El santo

San Roque. Imagen tomada de internet

Cuento

Para Don Miguel

En aquel tiempo de los fabulosos años setenta, dulce tregua entre el terremoto y la guerra, mi jefe, muy circunspecto, me llamó a su oficina para informarme que el BANCO, así todo en mayúsculas, porque los viejos funcionarios cuando pronunciaban aquella palabra, lo hacían entornando los ojos en medio de una nube de incienso, había tenido a bien promoverme a Gerente de una sucursal.  Me emocioné al extremo al escuchar tan tremenda noticia, pues no era cualquier empleado el que recibía semejante promoción.  Estaba a punto de decir, Señor no soy digno…, cuando el jefe, después de aclararse la garganta, aclaró, esta vez a mí, que se trataba de la “gerencia” de una agencia que la institución tenía en un poblado un tanto alejado y que después de un año y dependiendo de mi desempeño tendría la opción de obtener otra promoción.  Tendría a mi cargo un cajero, un contador y una secretaria locales que ya laboraban en la agencia.

Como en ese tiempo no tenía responsabilidad alguna y todavía tenía fe en la institución, acepté aquella “promoción” que con poquito de perspicacia hubiera sentido como un castigo.  Pero ¿qué sería de nuestras aventuras sin el espíritu audaz de la juventud?

Me trasladé al pueblecito aquel, metido en medio de la montaña y me instalé en un pequeño departamento anexo al local donde estaba la agencia del banco. No me costó adaptarme al trabajo, pues ya dominaba todos los procedimientos de funcionamiento de la institución, de tal manera que un par de semanas, la agencia ya funcionaba como un reloj.  Me costó un poco más acostumbrarme a la idiosincrasia de las gentes de aquel lugar, en donde daba la apariencia de que todos eran parientes entre sí y tenían cierta aversión y desconfianza para los fuereños.

Una de las costumbres un tanto arraigadas del pueblo era las novatadas que le propinaban a los forasteros, tales como brindar direcciones falsas, cambiarle el nombre al individuo o endosarle un infame apodo.  En mi caso, la prueba que me tenían preparada coincidió con las fiestas patronales, en donde además de los bailongos, juegos de azar, consumo exagerado de cususa, barreras de toros, instalaban en plena plaza un ring de boxeo, en donde los aficionados improvisaban torneos relámpago. Fui de espectador como una forma de integrarme a la comunidad y al parecer ya tenían planeado que en determinado momento, cuando subió al ring un gigantesco moreno a quien apodaban “Charles Atlas”, todo el mundo comenzó a corear mi nombre y no pararon hasta que con zapatos de vestir y en camisola, subí con determinación al ring.  Me miraba como el topo Gigio a la par de aquel gigante.  Lo que nadie sabía, ni se imaginaba, era que en mis años de universitario había practicado boxeo cerca de tres años en el gimnasio que Pambelé tenía en el Estadio Nacional y me retiré cuando ingresé al Banco y a la vez tuve que preparar mi tesis de graduación.   El moreno aquel era fuerte pero lento como tortuga a la hora de lanzar sus mazazos, de tal manera que pude esquivar los golpes que con todas sus fuerzas lanzaba hacia mi humanidad y casi al terminar el primer round, un par de ganchos al hígado y un uppercut de derecha que lancé a la quijada de Charles bastaron para que cayera como una tabla.  La gente enmudeció y fue al cabo de algunos minutos, cuando el tipo aquel logró despertar y levantarse como Lázaro después de resucitar, que la audiencia salió de su asombro y comenzó a aplaudir y aclamar al “gerentito”.  Esa fue la mejor dinámica para mi inmersión total dentro de aquella cerrada sociedad.

Después de aquel episodio, todos comenzaron a saludarme con respeto, a pesar de mi juventud, el Don no me lo apartaba, tuve invitaciones a tertulias, bodas, bautizos y demás fiestas de muchas personas, clientes o no de la agencia.

Una de las cosas que más me llamaba la atención era la proliferación de apodos en el pueblo.  Todo el mundo parecía tener algún remoquete que obedecía al color de su piel o de su cabello, a su parecido con algún personaje o animal, o bien a su oficio o a cualquier anécdota de su vida.  Creo que si no hubiera por el episodio del boxeo, me hubiera hecho acreedor de algún remoquete.  Por mi posición tenía que hacer un gran esfuerzo por averiguar el nombre verdadero de aquellos a quienes sólo se conocían por su apodo.

Lo más interesante es que a la par de aquellos apodos, algunos de ellos realmente procaces, había una categoría especial de motes que de cierta manera denotaban cierto respeto por la persona que lo portaba, aunque en un inicio parecía haber existido cierta sorna en el mismo.  Estaba el caso de don Felipe, un pintor de brocha gorda a quien todos llamaban “El ministro”, debido a que en su tiempo libre, ayudaba al Padre Miguel en la oficina de la parroquia.  Después de tanto tiempo de llevar aquel título, más que apodo, el señor en cuestión caminaba con parsimonia, vistiendo siempre de manga larga y hablando de manera pausada y magisterial.  Asimismo, “El canciller”, quien era un finquero llamado don Cosme y que recorría el pueblo en su jeep con mejores ayeres y siempre usaba de aquellas “corbatas” de vaquero, que era un grueso cordón con dos punteras y que estaban unidas en el cuello con una pequeña hebilla con una “C” gótica.  Era quien representaba a todos los agricultores y ganaderos del rumbo e incluso don Matías, el alcalde, a quien por cierto apodaban “El mono”, se dirigía a él con mucha deferencia.

Don Jeremías, era un viejo comerciante que había sido alcalde por mucho tiempo y que muchos aseguraban que era amigo personal del General, ostentaba el remoquete de “El cacique”, me imagino que más que por el poder que tuvo era porque tenía un aire a Nicarao.  Era consultado en muchas de las decisiones del pueblo y acostumbraba a pasear diariamente por las principales calles del pueblo, con aire marcial y esperando los saludos respetuosos de sus conciudadanos.  Por su parte, don Roque, quien además de realizar trabajos de fontanería, tocaba el trombón en la banda municipal era conocido como El maestro y de la misma forma, era tratado con mucha consideración y estima.

Había en aquel pueblo una especie de club, que por lo cerrado del mismo, se manejaba como una logia masónica.  Tenía sólo doce integrantes, motivo por el cual dicho grupo se conocía con el nombre de Los doce apóstoles del ceibo, debido a que se reunían en el patio de la casa de uno de los miembros que tenía un árbol de ceibo, a cuya sombra habían instalado una mesa en donde acompañados de varias botellas de licor se dedicaban a debatir sobre diversos tópicos de interés en el pueblo.  Se decía que ahí confluían, se filtraban y se diseminaban toda suerte de rumores que en determinados casos se convertían o bien en noticias o bien en simples calumnias.  También se decía que de aquella mesa habían salido casi todos los apodos del pueblo y los demás habían tenido que pasar por su aprobación.

En cierta ocasión necesitaba una mesita de madera para mi habitación y habiendo preguntado a mi secretaria dónde podía encargar una, ella me dijo que fuera donde “El santo”, un carpintero que trabajaba más o menos bien y a veces era cumplido.  Me dio la dirección y en el trayecto iba cavilando sobre aquel remoquete, imaginándome encontrar a un viejo de barbas hirsutas, casi con una aureola en su cabeza y pensando que debió ser muy piadoso, religioso y bien portado para hacerse acreedor a ese apodo.  Cuando llegué a la dirección pregunté por el señor carpintero, para no caer en cualquier equívoco y me indicaron que pasara al patio, en donde en un bajareque tenía instalado su taller.  Me recibió un tipo de unos cuarenta y tantos años, sin camisa, fornido, moreno que con una garlopa cepillaba una tabla.  Al verme dejó de cepillar y me preguntó qué se me ofrecía.  Su rostro tenía rasgos miskitos, tenía los ojos jalados hacia arriba, la boca carnosa, tenía el cabello cortado casi al rape y al hablar parecía ventrílocuo apretando los labios.  Después de observarlo, le expliqué lo que necesitaba y él accedió a elaborarlo y me dio el costo y el plazo, que me perecieron razonables y por lo tanto quedamos en un quedar.  Un par de días después del plazo se apareció por la agencia con la mesita, bastante bien elaborada y procedí a pagarle el importe sin dilación.  Al salir, el contador dijo: -A ver si no se bebe esos reales.  Me quedé intrigado, pues alguien que era considerado como santo no debía andar en esas danzas, cuando al observar mi inquietud, el contador se limitó a decir: -Mmmmm, arrecho al guaro es.

En las siguientes semanas escuché otros comentarios sobre el famoso santo, una vez se dijo que le había pegado una buena paliza a su mujer y en otra ocasión que había protagonizado una enorme trifulca en una cantina de mala muerte.  No omito decir que la intriga se apoderaba de mí con mayor fuerza ante aquellos hechos.

En otra ocasión, me visitó en la agencia uno de los doce apóstoles, don Marvin, que de manera individual le apodaban “El ronco”, por su vocerrón.  Era el propietario de la casa donde estaba ubicado el ceibo y su legendaria mesa.  Necesitaba una habilitación para la recolección del café de su finca y como reunía los requisitos, le tramité su crédito de manera expedita.  Muy agradecido me invitó a su casa a una sopa de res, un sábado, después de cerrar la oficina.  Con cierta curiosidad me dirigí al domicilio del presidente de aquel grupo y como una deferencia especial, me llevó a la famosa mesa, aprovechando que no tenía programada reunión de su club.  Con gran orden y gusto la mesa estaba cubierta con un mantel cuadriculado y tenía preparada una botella de Ron Flor de Caña, con sus respectivas gaseosas, hielo, limones y pequeños platos con boquitas variadas.   Nos sentamos y mientras llegaba la sopa, jugando- jugando nos terminamos la botella de ron y antes de pensar en sacarle el diablo, ya había aparecido otra botella en la mesa.

Conversamos de diversos tópicos, entre ellos le comenté sobre mis años de boxeador donde Pambelé, el me habló sobre las familias fundadoras del pueblo, entre ellas la suya, así como de las de sus colegas del club.   Al calor de los tragos, cuando ya me sentía medio cachetón, empecé a preguntarle sobre los apodos del pueblo y con mucha paciencia me explicó el origen de muchos de ellos.

Ya encarrilado en el tema me atreví a preguntarle sobre el apodo que tanto me intrigaba.  Le dije que en todos los casos había un parecido sorprendente entre el portador y su apodo o bien una gran pertinencia en otros casos, pero que sentía que había uno en donde habían fallado enormemente y era el apodo de “El santo”, pues no entendía cómo podían haberle puesto ese mote si más bien era un diablo.  Al escucharme, don Marvin lanzó una sonora carcajada, al estilo de Vincent Price y palmeándose incesantemente la rodilla, no paraba de reír.  Cuando medio se calmó, me dijo: – Lo que pasa es que le pusimos así porque es cagado a El Santo, el enmascarado de plata, se rió nuevamente y agregó: -con todo y máscara, el desgraciado y continuó riendo hasta que llegó la sopa.  Recordé al susodicho y en efecto, aquella estampa sin camisa, con sus rasgos, su boca y ojos, su forma de hablar eran, en efecto, el vivo retrato del luchador mexicano.

Así pues, le devolví el crédito (el del apodo) a don Marvin y más de una vez me escapé de ahogar con la sopa, al reír a más no poder junto al anfitrión, de aquel apodo tan bien logrado.

3 comentarios

Archivado bajo cultura, lenguaje, Nicaragüense

3 Respuestas a “El santo

  1. Oscar Martinez

    No se puede negar lo ingenioso que somos los nicaragüenses a la hora de poner un mal apodo. Siempre en el blanco. Recuerdo en la década del ’80 vinieron a Nicaragua unas bujías (había escasez en Nicaragua de estas luces) de la Unión Soviética y como eran pequeñas y un poco cuadradas, pues le “encajaron” a uno de los compañeros de trabajo “cabeza de bujía soviética” pues la forma de su cabeza se parecía mucho a estas bujias. En el barrio a una joven que se le quebro el brazo y le quedo un poco encogido de tal forma que caminaba con el brazo un poco abierto del cuerpo, pues le decian: “La fachenta” Y a la que le decían “la alfombra” Todos la pisaban. No se me queda la cancion de Rosita Alvarez del Piporro: Le decían “el minero” Tenia oro en la boca, plata en las cienes y plomo en las patas”

  2. Siempre haciendo gala de tu buen humor. Entretenida historia. Saludos, Orlando.

  3. Marco Antonio Cortez

    Excelente confieso que me gustó mucho inclusive reí mucho.
    Saludos Doctor Ortega

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