Todos somos fotógrafos

Camara Miranda. Foto Orlando Ortega Reyes

 

Me aficioné a la fotografía cuando tenía siete u ocho años.  En esa ocasión, mi padre, que era muy afecto a regalarme juguetes muy sencillos, me regaló una cámara fotográfica Kodak Brownie Fiesta, modelo “Chiquita” (como los bananos) que era la versión más simple de la línea de Kodak; casi un juguete pero que sacaba fotos reales.  La cámara captó todo mi interés y en las condiciones de aquella época, era obligado que la curva de aprendizaje fuera muy empinada (90% aprox.), pues había un costo monetario implícito.  El rollo de película de 12 tomas en Kodak Verichrome Pan 127, blanco y negro, era el más barato, costando cerca de 75 centavos dólar el rollo y su revelado estaba en el mismo precio, presupuesto que para un niño se presentaba elevado, pues una gaseosa costaba 7 centavos dólar, de tal manera que había que poner todo el empeño para que el rollo se aprovechara al máximo con buenas fotos y con la conciencia de que se trataba de un ejercicio no tan frecuente.  Sin tener la menor noción del arte fotográfico, lo que hice fue tener un poco de paciencia y dejarme llevar, como Luke Skywalker en su nave hacia la Estrella de la Muerte, por la fuerza, que era aquel llamado interior de cuándo apretar el disparador.

Así pues me convertí en fotógrafo a muy temprana edad, básicamente a nivel de fotografía familiar, pues los paisajes o naturaleza muerta en esa época no me llamaban mucho la atención.  Recién iniciaba en mi carrera de fotógrafo cuando logré una instantánea de mi hermano que estaba tan bien lograda que parecía de colección, así que toda la familia se quedó anonadada.  Mi padre llegó a augurar que llegaría a ser un Henri Cartier-Bresson.

En ese tiempo, eran muy pocos quienes en el pueblo tenían esta afición y a nivel profesional solo había dos fotógrafos, Felipe Quant, que se especializaba en fotos de estudio y además, el único con laboratorio propio y Manuel Molina, que se especializaba en eventos.

En 1963 mi padre viajó a Argentina y de regreso, en el puerto libre de Panamá, me compró una cámara que la empresa Kodak acababa de lanzar al mercado, la Instamatic 100, con flash integrado, que era todavía de bulbos, pero que me hizo sentir que estaba en la modernidad.  Esta cámara ya usaba los cartuchos sólidos del 126 y captaba fotografías, aunque no profesionales, sí mejores que la Brownie.   Así pues, seguí acumulando una serie de fotografías de la familia que engrosaron nuestro álbum, de aquellos de páginas negras y que sostenían las fotografías con unas esquineras adheribles.  En esa época, los álbumes eran algo muy íntimo, pues salvo alguna amistad muy cercana, no se compartían con nadie.

En 1965 apareció en un paquín un anuncio de un curso de fotografía de parte de una escuela argentina del tipo Hemphill Schools, que ofrecía las técnicas modernas para dominar el arte de la fotografía.  El costo no era muy elevado, de tal manera que mi padre me regaló un giro por la cantidad requerida y con cierto temor lo envié a la dirección en el país sudamericano.  A las quinientas, un día apareció un paquete a mi nombre y en vez de enviarme los fascículos de cada módulo una vez aprobado el mismo, para no estar gastando tiempo ni dinero en envíos lo mandaron de una sola vez.  Hice a un lado las lecciones de física y de óptica que por más que quería entrarle no se dejaban y me centré en los aspectos básicos del funcionamiento de las cámaras y las técnicas para obtener diferentes efectos.

Para esos tiempos, ya el número de aficionados a la fotografía se había incrementado, al estar al alcance de muchos tanto las cámaras como las películas y su revelado.  Nuevos modelos de cámaras salieron y  apareció el cubo flash, que nos parecía un arte de magia.

Cuando comencé a trabajar, en cierta ocasión una amiga me ofreció en venta su cámara.  No recuerdo la marca, pero era más completa que la Instamatic, tenía flash externo y en las pruebas que me permitió realizar, se notaba una mejor calidad.  Así pues que de esa manera me hice de mi tercera cámara fotográfica.  No obstante, muy pronto me desilusioné de la misma.

A finales de 1973 se impuso de moda del poster.  Era un retrato de tamaño considerable, 20 por 30 pulgadas aproximadamente y montado sobre un bastidor de madera, el cual no necesitaba marco.  Rápidamente un fotógrafo, en ese entonces radicado en Diriamba, Américo González, se convirtió en el gurú del poster.   Decenas de jovencitas y una que otra señora encargaron sus respectivos retratos, que llegaron a adornar muchas de las salas de Carazo y de algunas ciudades del resto de la república.

Quise hacer un ensayo ampliando al máximo una fotografía que había tomado en mi cámara y fue un fiasco.  De tal manera que de pronto ya no me gustaba para nada aquella cámara, aunque era posible que con una cámara profesional, tampoco hubiera obtenido los efectos que con alguna receta secreta le agregaba don Américo.

Cuando en 1975 iba a nacer mi primogénita, sentí que la ocasión ameritaba una buena cámara.  Fui a la Casa Roberto Terán, en la Plaza de Compras, en donde tenían el mejor surtido de cámaras profesionales.  La de mayor renombre era una Pentax, sin embargo, estaba fuera de mi presupuesto, así que me decidí por una cámara japonesa, Miranda Sensorex II, Reflex de 35mm. y que fue uno de los últimos modelos fabricados por esa compañía antes de descontinuar su producción.  Su precio rondaba los US$575.00, así que apliqué a un crédito y de esa manera tuve mi primera cámara profesional. Coincidió esto con la aparición de un servicio de revelado en los Estados Unidos, el Rochester Photo Service, que recibía rollos de película y por un módico precio las revelaba e imprimía las fotos con gran calidad y además enviaban un rollo nuevo gratis.  El correo en aquel entonces era fiable y nunca se perdió nada.

De esta manera fue que no sólo mi primogénita, sino que mis tres hijos tuvieron fotos al por mayor y llegamos a llenar más de una docena de álbumes que para ese tiempo ya eran de un cartón especial recubierto con plástico adherible y que con el tiempo se hacían melcocha o perdían el pegamento.  La calidad de mis fotos, modestia aparte, era de primera.  Siempre me enfoqué a la fotografía familiar y salvo unas contadas excepciones tomé algunos paisajes.

Esa cámara me acompañó gran parte de mi vida, pues no fue sino hasta la aparición del formato digital y la inminente desaparición del rollo de película y los laboratorios de revelado, que decidí cambiarla por una Kodak Easyshare, que era la Instamatic de las digitales, sin embargo, resolvía y permitía apreciar la dulce sensación de la inmediatez, así como el ahorro en rollos y revelado.  Así fue que comencé a integrar mis álbumes digitales.  Por mi formación siempre traté de aprovechar al máximo cada disparo, aunque el dispendio no formaba parte del vocabulario de ese tipo de cámaras.  Con la facilidad de comunicación a través del correo electrónico, compartía con la familia las mejores tomas.

Con la expansión de la oferta de cámaras digitales, en una amplia gama precios, se incrementó considerablemente la cantidad de fotógrafos aficionados, pues aquella tendencia a atesorar los momentos relevantes de la vida de cada persona era cada vez más factible.  Ya no era necesario un amplio conocimiento de la técnica fotográfica, pues todas las cámaras contaban con modo automático que realizaba por sí sola los ajustes pertinentes y otras llegaban al punto de detectar sonrisas para hacer el disparo.  Además, por ese tiempo se amplió el uso del Photoshop, que hacía milagros con las fotografías. Todavía el intercambio de fotografías era reducido y se mantenía en el nivel familiar a través del correo electrónico.

Con la aparición y auge de las redes sociales, el intercambio fotográfico se multiplicó significativamente y en un círculo mucho más amplio, pues ya no sólo la familia participaba en el mismo, sino que también amigos o simplemente conocidos, ávidos de socializar.  Era una experiencia única observar, a través de fotografías, a algunas personas que no se habían visto en muchos años y que vivían en lugares remotos, otros solicitaban fotografías del pueblo donde crecieron o bien presumían de las ciudades en donde residían.

Luego, con la evolución de las redes sociales y la aparición de los teléfonos inteligentes, con cámara integrada y acceso al internet, la cantidad de fotógrafos aficionados creció exponencialmente y dichas redes se vieron inundadas con toda suerte de fotografías, desde las clásicas fotos de familia, hasta todo aquello que llamara la atención del individuo, como alimentos, animales, paisajes, eventos, pues muchos han sacado su vocación periodística y registran desde accidentes hasta fenómenos de la naturaleza, muchos de ellos casi en tiempo real.

No obstante, lo que ha venido a revolucionar la fotografía en el ámbito de las redes sociales ha sido el selfie, término que equivale a una fotografía de autorretrato o autofoto.  En el pasado, muchas cámaras contaban con un autodisparador, que le permitía al fotógrafo ponerlo en marcha, correr hacia el objetivo y sumarse al grupo y de esta manera aparecer con ellos.  En muy pocas ocasiones se utilizaba este dispositivo para realizar fotografías en solitario del fotógrafo.  Sin embargo, alguien descubrió que con la cámara al revés y alargando el brazo a la máxima distancia y en cierto ángulo, se podía obtener una auto fotografía ya fuera sólo o acompañado y si aparecía un pedazo de brazo, se recortaba y punto.  Luego, las cámaras de los celulares se adaptaron al selfie poniendo una cámara adicional al frente que permite ver en la pantalla el objetivo y algunas tienen un sensor para que con un movimiento de la mano se dispare el obturador.  El colmo de estos inventos ha sido el selfie stick es decir el palo para selfies (no confundir con el palo para ser feliz), que permite un mayor ángulo en la toma.  Existe una tendencia errónea de llamar selfie a cualquier fotografía de un grupo tomada con un celular, sin importar quién la tome.  El caso es que de acuerdo a estimaciones de expertos, del nivel de El Firuliche, actualmente circulan en el ciber espacio alrededor de 240 mil millones de selfies.

Esta fiebre que raya en la adicción, ha conllevado, como era de esperarse a toda clase de excesos, pues en ciertos casos se ha dado una exacerbación del narcisismo o bien ciertos sentimientos de inseguridad, soledad o trastornos psicológicos según expresan científicos que han estudiado el fenómeno.  En muchos casos se trata de la propia imagen tal cual, pero produce cierto repelo el observar a personas que se fotografían poniendo la boca como pato supuestamente para parecer más “sepsy”.  Aquí podría caber una jaculatoria.  No obstante, el colmo de los colmos ha sido el sacrificio de algunos animales acuáticos que han sido sacados de su hábitat para incluirlos en el selfie de algún gaznápiro y que ha conllevado a la muerte del animal (el acuático).

Es innegable  que la evolución de la tecnología, así como todo lo que gira alrededor de ella es vertiginosa y no sabemos hasta dónde nos va a llevar.  Qué nuevas formas de comunicarnos y socializar están por venir, es una interrogante que inquieta a muchos.  Lo cierto es que una acción inherente a las aspiraciones del ser humano como es guardar en una imagen cualquier momento que los emociona, de la misma manera que el ojo humano guarda en la memoria dichos momentos, está ahora al alcance de una inmensa mayoría.  La fotografía se ha democratizado y ahora podemos decir: ¡Todos somos fotógrafos!

Por mi parte, todavía me gusta la fotografía, aunque no me dedico tanto a ese menester como en el pasado. Después de varios cambios compré una Sony Cybershot H300 que al final resultó del modelo “Chiquita” (banano) de tal manera que opto por tomar fotos con el celular que tiene una cámara decente de 8 megapixeles y que está siempre a la mano.  Además de las fotos familiares, de vez en cuando tomo alguna foto para ilustrar el blog, aunque en algunas ocasiones recurro a mi cuñada Celeste González, hija de Américo González, quien gustosamente me cede una de sus obras de arte. No soy afecto a los selfies, será porque cuando me veo en la pantalla me parece verme en una cuchara.  No creo que estirando el pico como pato me vea mejor.

Así pues, estimado lector, no dude en documentar su vida a través de fotografías, guarde las que tenga que guardar, comparta las que tiene que compartir y elimine las que tiene que eliminar, después de todo, como dijo Jorge Luis Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

 

 

3 comentarios

Archivado bajo cultura

3 Respuestas a “Todos somos fotógrafos

  1. Hasta mi nieta de cinco años toma fotografías y vídeos muy buenos con su tableta. Yo, me he quedado en el siglo anterior Felicidades por el buen artículo. Saludos.

  2. Oscar Martinez Aguirre

    Lo descriptivo de este post prácticamente es un selfie de un fotógrafo aficionado como Don Orlando! Narra de una manera amena los diferentes pasos de la fotografía a través de esos buenos tiempos. Creo que yo alguna vez fui fotógrafo, pues esto me hace recordar que también tuve una cámara, si cámara de retratar en la década del ’60. Creo que era una Brownie, Chiquita. Nada mas que fue la única, pues una vez la preste y me lo devolvieron llena de arena de mar. Ahi quedo esa bendita cámara, toda desarmada. Lo bueno es que con el avance de la fotografía, todo mundo tiene una cámara en su celular y toma fotos a mas no poder. Creo que he estado en el lente de esas cámaras cienes de veces. Lo único que añoro son esos álbumes de esos tiempos, ya que las fotos que me han tomado en el mar, en los cumpleaños, con amigos, solo, en grupo, selfies, etc. quizás me las enseñan en el momento, pero luego jamas las vuelvo a ver.

  3. Ivonne Smyth-osbourne

    Me encantan tus artículos . Son muy interesantes, con una narración muy bien documentada. Aún no he recibidos Marzo y Abril y la verdad me gustan tanto que no quiero perdérmelos . Saludos afectuosos

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