Yo, ya

 

 

A mediados del siglo pasado era común observar en cada población, una agrupación femenil de carácter religioso, denominada Hijas de María.  Estas agrupaciones eran exclusivas para mujeres, jóvenes en su mayoría, que honraban a la Virgen María, mediante ejercicios piadosos, la búsqueda de la santidad a través de la imitación de la madre de Jesucristo y la promoción del apostolado entre los demás miembros de su comunidad.  Lo más interesante y peculiar de esta agrupación era que las integrantes de la misma, debían de ser “señoritas”.  Aquí es preciso abrir un paréntesis para ampliar sobre dicho término.  El vocablo señorita es un tratamiento de cortesía para denominar a una mujer soltera, sin embargo, debido a que en aquel tiempo no se podía ser tan explícito, el término señorita quería decir, para fines de la membresía en tan exclusivo grupo, que la muchacha en cuestión se mantenía virgen, es decir, soltera y doncella.  Así pues, las Hijas de María, dedicaban su castidad, en pensamiento, palabra  y obra, a la madre del Salvador.  Aquí podría caber una jaculatoria.

En mi pueblo, desde luego, había una de estas agrupaciones y aunque francamente no recuerdo si tenían actividades sostenidas respecto a su apostolado, sí vienen a mi memoria las procesiones que a lo largo de todo el año salían del templo a recorrer las principales calles del pueblo.  En dichas procesiones, resaltaba el grupo de las Hijas de María que iban de blanco en punta, como decían las viejas del pueblo, con sus mantillas blancas en señal de sumisión y con el distintivo que era una medalla ovalada que era sostenida con una cinta multicolor, azul y blanco, si mal no recuerdo.   Encabezando el grupo, una de ellas portaba un estandarte, distinción que me imagino había ganado por antigüedad y/o liderazgo en el grupo.

Aquel contingente tendría una media (estadística, no de Flor de Caña o de nylon) de unos 21.63 años como precisaría El Firuliche.  Algunas de ellas tenían novio oficial, pero en aquellos tiempos, se presumía una compatibilidad entre el noviazgo y la castidad, pues las muchachas en cuestión defendían su doncellez como gato panza arriba, además de la estrecha supervisión de parte de sus respectivas madres, muchas de las cuales forzaban la relación a una simple sujeción de la mano, sin nada de besos, pues eran de la opinión que la que da el “pico” da otra cosa.   Otra parte del contingente, que se situaba al filo de la desviación estándar, estaban con un ojo al gato y otro al garabato, es decir, con uno en la procesión y el otro en la estación del ferrocarril, en donde la máquina emitía impacientemente sus últimos silbatazos.

La tradición marcaba que cuando una de estas señoritas llegaba a contraer matrimonio, había una ceremonia en donde entregaba su medalla al grupo y se despedía, pues no podía regresar después a contar su experiencia.

La anécdota que les voy a contar, la supe de buena fuente y ocurrió en una localidad de Nicaragua, de cuyo nombre no debo acordarme.  No vaya a ser.  Lo único que puedo aclarar, para que no me borren de sus listas mis apreciadas amigas de mi pueblo, es que definitivamente no ocurrió en esa localidad, es más, fue en un lugar un bastante retirado de ahí.

Resulta que en ese pueblo, había una agrupación de Hijas de María, no tan nutrida, pero con suficientes miembros para destacar en las procesiones.  Quien tenía el honor de portar el estandarte era una señorita que no se cocía al primer hervor.  Su belleza era completamente interior, así que se pueden imaginar que no pecaba ni daba tentación.  Podía pues hacerse acreedora del título de virgen y mártir, virgen a la fuerza y mártir del deseo.  El caso es que tenía su honradez a toda prueba y por esa razón había portado aquel estandarte por varios años, siempre con la frente en alto.

El caso es que en cierta ocasión en que había un festejo mayor en el pueblo y toda la población esperaba con ansias ver el contingente de las Hijas de María en la procesión, ocurrió que la capitana del grupo, captó por ahí un virus que la doblegó y se encontraba en cama con cuarenta (grados de temperatura) y se le hacía prácticamente imposible acudir al solemne evento.

Cuando en la casa cural, en donde la agrupación ocupaba un salón para organizarse, escucharon la noticia de la ausencia de la eterna portadora del estandarte.  Después de la conmoción producida por la noticia, comenzaron a barajar nombres y al resultar nominada una de las hijas que ocupaba el segundo lugar en el escalafón, la muchacha en cuestión se sonrojó como un tomate y expresó que ella no era digna de portarlo.  Cuando el grupo protestó, según ellas por la falsa modestia y la presionó para que aceptara, no tuvo remedio que comunicarles: -Es que…  yo, ya.   Un enorme murmullo inundó el salón y entonces alguien decidió nominar a la tercera en el escalafón, quien después de pensarlo un poco se decidió y con una risita de puro nerviosismo dijo: -Ji, ji, ji, yo, ya.  Y así fueron desfilando una por una y resultó que aparentemente todo el grupo había roto su compromiso de castidad que debían a la virgen, o a lo mejor lo que realmente sucedió es que una buena parte del grupo “ya” y la otra que todavía no, para no quedar como desfasadas, lo admitió falsamente.

Fueron todas muy listas al no dar detalles del “ya” y de esta manera quedó flotando la duda sobre la gravedad de la falta de castidad.  El caso es que al darse cuenta el párroco del barullo que había ocurrido en el salón, fue a investigar.  Después de muchas evasivas de parte del grupo, llegó a averiguar la verdad de los hechos.

El cura era, según me comentaron, un viejo zorro y se las sabía todas.  Con un pragmatismo digno de Steve Jobs, sopesó todas las alternativas que se le presentaban y la de suspender la participación de las muchachas, era la peor de todas, pues se llevaría en el saco, no sólo la honra de muchas familias relevantes del pueblo, sino que la credibilidad misma del grupo y por ende de la propia parroquia.  Así pues, decidió que las muchachas participarían en la procesión, como si nada hubiera pasado y después de mucho cavilar, seleccionó a una de ellas para portar el estandarte, no sin antes realizar con el grupo un pacto al estilo Omerta, para que lo sucedido no se divulgara.

En virtud de que en este mundo no hay nada oculto bajo el sol y menos en un pueblo chico, donde como dicen, hay un infierno grande, como sin querer queriendo se fue filtrando la información y parece que al amparo de alguna bebida espirituosa, el cura comentó que había seleccionado a la muchacha que tenía menos probabilidades de sonrojarse para ir cargando el estandarte.  Como en el pueblo, cada quien tenía una pariente en mayor o menor grado en aquel grupo, el incidente se tomó como algo jocoso, sin mayores consecuencias.

A fines de la década de los sesenta, con los vientos del cambio que empezaron a soplar, estos grupos se convirtieron en lo que se llegó a conocer como Comunidades de Vida Cristiana, en donde el ideal de imitación de la virgen, exclusivo de mujeres, dio un giro hacia la formación de hombres y mujeres comprometidos al servicio de la iglesia.

Ya en estos tiempos, es muy raro ver una procesión, especialmente en las grandes ciudades.  Tal vez en los pueblos pequeños sea más fácil el mantenimiento de esa tradición, sin embargo, siempre se extrañará a aquel grupo de muchachas, que con sus vestidos blancos, como anuncio de detergente, marchaban sonrientes, mientras la del estandarte, muy seria miraba como a lo lejos, el tren, lanzando el último pitido, se perdía en el horizonte.

 

 

 

3 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

3 Respuestas a “Yo, ya

  1. Como ahora ni tren existe :)…Me has hecho reir😀 Saludos, Orlando.

  2. Fijese Orlando que a mí me contaron un cuento bastante parecido que ocurrió aquí en California por aquellos años. Imagínese. Aquí por estos lados del mundo tambien las niñas… “ya”.🙂 Muy bueno, saludos.

  3. Marco Antonio Cortez

    Exelente “Yo, ya” . Saludos mi estimado Dr.

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