La Bolívar

Avenida Bolivar.  Foto Orlando Ortega Reyes

 

Me parece de lo más natural que a cierta edad, cuando el camino por recorrer es mucho más corto que el ya recorrido, se tienda a volver la vista atrás y evocar a Jorge Manrique en aquellos versos de su elegía: “…cómo a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor…”  A pesar de las numerosas críticas a esta actitud, muchos seguimos añorando la vieja Managua, aquella señorial ciudad que guardaba celosamente el alma de los capitalinos y que en cada una de sus calles desbordaba la inconfundible identidad de sus habitantes.

Uno de los pasajes más emblemáticos de aquella ciudad era sin duda alguna la Avenida Bolívar, conocida también como la Primera Avenida Oeste.  A diferencia de la Avenida Roosevelt, la arteria central de la ciudad, la primera era mucho más tranquila pues había una mayor proporción de casas de habitación respecto a los locales comerciales.  Era una calle que invitaba a caminar por ella, ya fuera en una fresca tarde de diciembre o bajo el abrasador sol de abril a medio día, cuando a lo lejos, el paisaje parecía difuminarse como dunas en la lejanía del desierto y el asfalto de la calle se sentía derretirse bajo las suelas de los zapatos.

Muchos de mis recuerdos más gratos de la vieja ciudad están ligados a esta avenida, aunque en ese sentido debo de admitir que envidio la memoria prodigiosa de los grandes cronistas de la ciudad: Cuadra Moreno, Fischer Sánchez, Sánchez Ramírez, Gutiérrez Barreto, entre otros, que de manera magistral pueden recorrer de memoria una a una las casas de toda la avenida.  Yo tengo recuerdos un tanto dispersos de esos lugares, pero que en su conjunto me traen la imagen de una calle tan llena de vida.

Tal vez el lugar que más frecuenté fue una casa que estaba ubicada esquina opuesta al Teatro González, en donde tuvo su consultorio el Dr. Boris Gutiérrez y Gutiérrez, dentista muy amigo de mi padre y que se encargó de atender mis constantes dolencias dentales, así que mis recuerdos están mezclados con enormes sentimientos de temor y dolor, en un tiempo en que todavía no se utilizaba la anestesia para las intervenciones odontológicas.  Era una casa amplia, en alto, elegante, en donde también despachaba un médico de apellido Fuentes, que según mi padre había estudiado en Francia y era una eminencia.  Al fondo se observaba un enorme jardín de un extremo verdor, con abundantes coludos.  Desde la sala de espera se observaba el Teatro González, en donde tuve la oportunidad de ver muchas películas, sin embargo, el recuerdo más vívido es el de la primera vez que fui a ese teatro y fue cuando estrenaron La dama y el vagabundo, de Walt Disney y mi abuela le pidió a mi padre que nos trajera y ahí estábamos disfrutando la película con una bolsa de palomitas de maíz que nos supieron a gloria, pues en el cine del pueblo apenas llegábamos a chicles, maní y caramelos de nancite.  También recuerdo claramente la promoción de bachillerato de mi querido y recordado primo Eduardo Ortega Gasteazoro (q.e.p.d), cuando quedé impresionado con un número musical que me dejó con la boca abierta, pues un joven con un arco de violín le arrancó tremendas canciones a un serrucho de carpintería, una de ellas la clásica Humo en tus ojos.  El joven aquel se llamaba Carlos Mejía Godoy.

Frente a aquel consultorio, en la parte oriental, se encontraba el Edificio Paiz, de don Domingo Paiz, en donde tenía su correduría de seguros y alquilaba a otras oficinas y negocios.   En la otra esquina, al noroeste, estaba el Club Internacional, en donde sólo ingresé una vez y fue durante una feria agostina que organizaban las damas diplomáticas para recaudar fondos para fines benéficos.

Por ese rumbo se encontraba el legendario Gambrinus, un salón cervecero-restaurante, que para ser sincero nunca visité, sin embargo, muchos conocedores todavía recuerdan las delicias que ahí servían.

Del Teatro González hacia el norte, recuerdo el INFONAC y la final de la avenida, frente al Parque Darío, el Palacio del Ayuntamiento, un edificio de estilo griego con escalinata y columnas, construido en 1927 y que alojaba al Distrito Nacional que era el equivalente a la Alcaldía de Managua, con la diferencia que antes el titular de esa oficina era designado por el Presidente de la República y ahora, bueno, ahí lo dejamos.

Otro local que visité mucho fue, un poco más al sur, Los Mejores Trajes Gómez, de don Miguel Gómez, uno de los mejores sastres de Managua y que había estudiado en La Habana, Cuba.  Mi padre había sido uno de los primeros clientes de don Miguel, de tal manera que cuando llegábamos, él personalmente nos atendía con enorme cortesía.  Era un negocio floreciente y observé la ampliación que fue experimentando en la década de los cincuentas y sesentas.  Ahí fuimos los estudiantes del Pedagógico de Diriamba, a dar a confeccionar nuestros smokings para la ceremonia de graduación, cuando el título de Bachillere en Ciencias y Letras, al igual que yo, tenía un considerable peso.  El caso es que al momento de realizar las órdenes y desde luego pagar el adelanto, no se encontraba Don Miguel y un encargado me advirtió que mi traje, por ser talla 48, tendría un sobre precio; me sorprendió mi rapidez al argumentarle que con la tela que les iba a sobrar del traje de un compañero que era XS, podían finalizar el mío y ambos pagaríamos lo mismo.  Al final el encargado tuvo que acceder.

Tuve la suerte de conocer al efímero Hotel Balmoral.  A inicios de diciembre de 1972, invitaron a mi novia a una boda en ese hotel, así que asistí como agregado cultural.  En esa época, estaba iniciando la moda de realizar los eventos en extremo elegantes, en un club o en un hotel.  Así pues, disfruté de una fiesta en ese elegante recinto, en donde corrieron los más finos licores y las más exquisitas viandas.

En mi memoria olfativa se encuentra una farmacia, no estoy seguro si se llamaba San Antonio y que tenía incorporada una fuente de sodas, en donde vendían toda suerte de refrescos, de tal manera que al transitar por ahí, se mezclaban los aromas de los productos farmacéuticos con los emanados de la fuente de sodas.  En cierta ocasión que acompañaba a mi padre por el centro de la ciudad, el calor era tan intenso que estábamos a punto de deshidratarnos, de tal manera que ingresamos a la citada farmacia y pedimos un par de refrescos.  Al momento de pagar el encargado preguntó qué refrescos habíamos pedido y mi padre, muy dado a la broma, le dijo que no había podido identificar la esencia que habían utilizado, lo cual ocasionó que el señor aquel montara en cólera y aclarara que en ese local sólo servían refrescos naturales.  Al salir, mi padre pasó de la extrema seriedad a esbozar una enorme sonrisa.

En esa avenida estaba ubicada una librería, propiedad de un profesor del Colegio Calazans de nombre Lucinio, de origen español.  No tenía un enorme surtido, pero tenía la ventaja que siempre atendían a la clientela con mucha amabilidad.

También recuerdo en esa avenida a la escuela de comercio de la familia Matamoros.  En aquellos tiempos una de las carreras técnicas más socorridas era la de Comercio, que era básicamente mecanografía, taquigrafía, redacción y ciertos elementos de contabilidad.

Se ubicaba en esa avenida el Restaurante Pacífico, que según algunos conocedores de la comida china, en especial los que trabajaban en los bancos Nacional y Central, se servía el mejor chop suey de la capital.

En la intersección de la calle 11 de julio con la Avenida Bolívar estaba un enorme guanacaste, que proyectaba una enorme y acogedora sombra sobre sus alrededores.  Ya en ese sector, empezaban a dominar las  casas de habitación.   Un poco hacia al lago, a mano izquierda, bajando, estaba la casa de habitación de un sacerdote que fue párroco de la Iglesia El Calvario.  Según algunos comerciantes de ese rumbo, el padre, tan sólo con el afán de reactivar el comercio, realizaba préstamos para capital de trabajo a ciertos feligreses que requerían de liquidez.  Dicen que cobraba una tasa de interés un tanto arriba de lo que cobran actualmente las tarjetas de crédito y los solicitantes debían de presentar una garantía colateral, preferiblemente las escrituras de algún inmueble.  En los años sesenta circulaba una anécdota que más bien parecía ficticia, pues aseguraban que en cierta ocasión llegó un feligrés a indagar sobre el sacramento de la confirmación y exclamó en la sacristía: – ¿Hay confirma? a lo que la grave voz del párroco se escuchó desde el fondo: -¡No, sólo con hipoteca!  Así pues, cuando iba al centro con mis hermanos  y pasábamos por la casa del citado sacerdote, en especial cuando mirábamos que se encontraba un flamante Mercedes Benz en el garaje, nos turnábamos para gritar: -¿Hay confirma? mientras salíamos disparados hacia el norte.

Del guanacaste hacia el sur había un variopinto de estilos de casas de habitación, sin embargo, la que más llamaba la atención era una que tenía un enorme pasadizo para llegar a un jardín frontal en donde la familia que la habitaba tenía expuesta una tina de baño que según ellos había pertenecido al Rey Mosco.  En la sala de aquella casa había toda una colección de pinturas que adornaban las enormes paredes.

No estoy seguro dónde comenzaba oficialmente la Bolívar en el extremo sur, si en la Calle Colón, en el tope de la 27 de mayo o en el Hospital Militar.  Algunos sitúan al Club de Clases de la Guardia Nacional que quedaba entre las dos citadas calles, como parte de la Bolívar.  Después de ese sitio hacia el sur, en la banda oeste comenzaban las elegantes casas de Bolonia y en la banda este, además de la Colonia Militar, había un enorme predio vacío integrado a la explanada de la Loma de Tiscapa.

La última vez que miré aquella idílica avenida fue el 22 de diciembre de 1972, cuando la atravesé para dirigirme al Cine Darío en el este de la ciudad.   Al día siguiente, por la mañana acompañé a mi padre a presentarse a su trabajo en la Clínica Oriental del INSS y al atravesar dicha avenida por aquel Guanacaste, se observaba al igual que casi toda las calles de la capital, un torrente de dolor y muerte.  Todavía a media mañana estaban sacando cadáveres de aquellas pintorescas casas de la avenida.

Ahora, en pleno siglo XXI, la Avenida Bolívar es símbolo de estos tiempos que corren, pues es casi el triple de ancha que la original, con tres carriles por banda, cunetas bien elaboradas, bahías y paradas de buses elegantes.  Es muy difícil identificar los puntos que una vez caracterizaron aquella vía, salvo tal vez el Teatro González, que ahora, más traqueteado que el  acordeón de Peñaranda, luce un rótulo de publicidad de refrescos que anuncia “La casa de Jehová” y en lugar de la cartelera hay un horario de servicios de la iglesia que ahí funciona.  Donde fue el Club Internacional es el patio de la lonchera de Telcor.  Donde fue el Edificio Paiz es ahora una parte de la Cancillería y la recordada clínica del Dr. Gutiérrez y Gutiérrez es ahora una plazoleta junto a un súper héroe que carga una Kalishnikov y advierte que sólo los obreros y campesinos irán hasta el fin.   El enorme Guanacaste ya no existe y en su lugar se encuentra el estacionamiento de SERVIGOB.

Para quienes no conocieron la antigua avenida, la vía actual podría desbordar modernidad, hasta le van a instalar semáforos inteligentes, para suplir el vacío que campea en los recintos aledaños.  Los árboles majestuosos han sido remplazados por imponentes árboles metálicos y en su conjunto pareciera una avenida del primer mundo, sin embargo, para quienes conocimos la vieja calle, extrañamos aquel principio vital, aquel flujo que emergía del suelo y le daba vida, aliento y fuerza a todo lo que ahí se encontraba y que hoy, a pesar de todo lo que le quieren insuflar, no va a recuperar nunca.

 

8 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

8 Respuestas a “La Bolívar

  1. Edwing Salvatore Obando

    Bella añoranza

  2. Recordar es volver a vivir. No conocí la Bolívar antes del terremoto, este es mi medio para darme una idea. Gracias, Orlando. Saludos

  3. Jose Miguel Guerrero

    Una sola palabra: BUENISIMO. Gracias por este escrito. Es un deleite poder leerlo, disfruto mucho su remembranzas aunque yo solo tengo pequeños recuerdos difuminados de lo que era Managua antes del 72. Yo naci en el 66.

  4. Manuel Gurdián Cabrera

    Inolvidable. Quizás uno de los recuerdos imborrables de mi ahora poco fiable memoria es la primera cerveza que con todo aplomo pedí en un bar, meses después de cumplir 18 años, mientras esperaba a la Sarita, que estudiaba secretariado en la Escuela de Comercio Matamoros, situada una cuadra al lago, en la esquina nor-occidental. Fue en El Guanacaste; así se llamaba el “Drive Inn” alojado a la sombra de aquel enorme árbol que nos refiere OOR en esta evocación.

  5. Marco Antonio Cortez Castillo

    Me gusta esta historia, aunque debo de confesar no conocí la Bolívar antes del terremoto, guardo malos recuerdos de esa avenida pues la propia madrugada del 23 de diciembre de 1972 perdió la vida mi madre en el antiguo Hotel Balmoral, tendría yo apenas 2 años de edad. Mi padre me conto tanto de esa avenida que hoy al leer este articulo mis tristes recuerdos vienen a mí y es por eso que pensé tanto en comentar este artículo.
    Gracias Dr. Ortega

  6. Anastasio

    Excelente Orlando. Como siempre tus escritos tan amenos. Como vos sabes naci en San Marcos pero me recordaste al Balmoral, pues cuando me case con Magda Ovidia en Junio de 1971 esa noche la pase en el Hotel antes de partir hacia la Playas del Coco en Costa Rica donde fuimos a pasear de Luna de Miel . Un abrazo Magda y Anastasio.

  7. Oscar Martinez

    Esta avenida ya no se llama asi. Ahora se llama “Avenida de Bolivar a Chavez” Que le parece Don Orlando!!

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