¿A quién buscáis?

A quien buscáis. Imagen tomada de Inernet

 

En mi pueblo no había judeas para Semana Santa.  Esta tradición de realizar una representación de la pasión y muerte de Jesucristo se observa en muchas localidades de Nicaragua, en donde grupos de teatro de aficionados realizan la representación de esos eventos, con el toque particular que cada director quiere darle o bien que marca la tradición que se trasmite de generación en generación.  En el  vecino Masatepe, son famosas esas judeas, en donde la representación se centra en la búsqueda y encadenamiento de Judas Iscariote, para vengar la traición que le hizo al Nazareno.  Con un toque más folklórico que de apego a los relatos de los evangelios, estas judeas atraen cada vez a más turistas.

En el pueblo, allá por la mitad del siglo XX, se manejaba que dichas judeas eran un soberano relajo, pues en cada barrio se organizaba una representación y durante el recorrido, amarraban al Jesús a un poste de luz y el resto de judíos se metían a una cantina a ingerir licor, de tal suerte que cuando salían la cosa se ponía alegre, al punto que si llegaban a coincidir dos de esas comparsas, se armaban tremendos pleitos.   Así pues, por prudencia, no se daba ninguna afluencia de paisanos al vecino pueblo.

En cierta ocasión, a finales de los años cincuenta, el Teatro Julia anunció para la semana santa, la presentación de una judea, sepa Judas de dónde venía, pero se revestía de cierta categoría pues se hablaba de un cuadro dramático, con actores, director, productor, efectos especiales y demás.  Al ser una novedad para el pueblo, la noche del estreno y cabe aclarar, la única función, el teatro se puso de bote en bote.  Todas aquellas viejecitas que nunca asistían al teatro al considerar que el cine era algo pecaminoso, se aparecieron aquella noche con sus mejores galas.  Mi madre me llevó a ver aquel espectáculo, llegando temprano para agarrar lugar, pues en efecto, cinco minutos antes de la hora señalada, ya no cabía ni un alfiler.  El teatro estaba inundado de un penetrante aroma de Heno del Campo, el perfume de moda en aquel momento.

Casi puntualmente se abrió el telón del teatro y un individuo elegantemente vestido de saco y corbata, se presentó como el director de la compañía fulana de tal, que se enorgullecía en presentar, ante tan selecta audiencia (aquí se observaron profundos suspiros de la concurrencia), la representación de la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo.  Solicitó encarecidamente al respetable público,  que guardaran silencio para que todos pudieran apreciar los diálogos provenientes de las sagradas escrituras.  El director realizó una marcada reverencia y los aplausos de la concurrencia no se hicieron esperar, saliendo éste de escena con pompa y circunstancia y caminando con cierta dificultad, pues el pantalón le quedaba un tanto apretado, como decían antes, era más pequeño el difunto.  Abajo el telón.

Una voz en off, ubicaba al redentor en el huerto de Getsemaní con sus discípulos, la noche de la pascua judía; se levantó el telón y ahí estaba un Jesús, para el gusto de la concurrencia, un poco más chaparro de lo esperado, pero por respeto nadie se atrevió a comentarlo y en profundo silencio se escuchó la tremenda voz de locutor del Jesús aquel, expresándole a sus discípulos de confianza que su alma estaba triste hasta la muerte y que velaran con él y a continuación con la oración en que pedía a su padre que apartara aquel cáliz.

Cuando finalizó aquel cuadro, apareció en escena Judas Iscariote.  Como siempre sucedía en aquellos tiempos, para resaltar al personaje y facilitar su identificación, el director recurría al racismo y el actor que lo encarnaba era moreno con ganas, con una barba medio escasa y con un ligero estrabismo, que desde luego no era actuado.  Alguien de gayola exclamó: -Ah que fulanito, para indicar su parecido con algún paisano, sin embargo, la concurrencia lo calló inmediatamente y no le celebró el chiste.    Después que el discípulo le estampó un beso al Jesús y éste le reclama si era así que entregaba al hijo del hombre, entran al escenario los soldados del templo.  Para magnificar el carácter de la autoridad de aquellos soldados, el encargado del casting había seleccionado a tres recios actores, que de tan fornidos rayaban en la obesidad, resaltada con aquellos uniformes que parecían las minifaldas que Mary Quant lanzaría años más tarde y que dejaban al descubierto las peludas y mochetudas extremidades de los soldados.

En ese momento, Jesús saca de su ronco pecho la frase: -¿A quién buscáis?, a lo que al unísono los soldados exclaman: – A Jesús de Nazareth, a lo que sin dilación el primero responde: – Yo soy.  En ese momento, los soldados retroceden y se tiran al suelo.

Ni el director, ni el encargado de la logística se habían tomado la molestia de revisar el escenario en donde se realizaría la representación.  Si de manera responsable lo hubiesen hecho, se habrían dado cuenta que las tablas del escenario eran las originales del teatro y nunca le habían dado mantenimiento, por lo tanto no tenían la resistencia del Teatro Apollo de Londres, por ejemplo.

El caso es que al caer de un solo mecatazo cerca setecientas libras de los tres soldados, el tablado cedió y se rompió, cayendo los tres al fondo del foso.  Aquello parecía una escena del coyote y el correcaminos.  El respetable público no resistió y comenzó a desternillarse de la risa, seguido de aplausos en estacato y rechiflas por doquier.  Ni siquiera una película de Cantinflas había provocado aquella algarabía.  Inmediatamente, el director pidió que bajaran el telón y muy circunspecto salió para dirigirse al público, exclamando: -Distinguida concurrencia, recuerden que esta es una representación sacra, más respeto por favor.  Las carcajadas y aplausos no cesaban, lo que provocó la ira del director, que clamaba por respeto, amenazando con suspender la obra, a lo que algún lustrador le lanzó una sonora pedorreta, la cual fue celebrada por el auditorio con más aplausos.    Una señora cercana a nosotros exclamó: -Esto huele a rifa.  Mi madre no quiso esperar más, me tomó de la mano y antes que las cosas pasaran a más, salimos corriendo del teatro.

Nos dimos cuenta luego que la representación no continuó, debido a la molestia del director, además que los mismos soldados del templo, con un ligero cambio de indumentaria, serían los soldados romanos que llevaban a Jesús al calvario y estos mostraban politraumatismos y escoriaciones en diferentes partes del cuerpo, como diría un socorrista de la Cruz Roja a los micrófonos de la nota roja.  Los organizadores del evento se negaron a regresar las entradas y al final de cuentas, el público tuvo que sopesar que el precio que habían pagado por la entrada, valió la pena por la escena de los tres soldados dar el ranazo contra las tablas del escenario.

Me parece que esa fue la última, tal vez la única judea en vivo que se vio en el pueblo.  A inicios de los años sesenta, pudo darse la oportunidad de organizar el teatro popular religioso en el pueblo, cuando llegó el Padre Etanislao García (q.e.p.d) quien tenía una marcada vocación para la farándula, al insertar representaciones en vivo en los via crucis y demás procesiones, amén de una pastorela que causó sensación en la región.  Según algunos allegados al párroco, estaba planeando organizar una judea, cuando le llegó la noticia de su relevo de parte de los padres canadienses.

Como es natural, muchos de los recuerdos de la infancia, a mi edad se van difuminando y amenazando con desvanecerse por completo, sin embargo, aquella escena todavía está nítidamente marcada en mi memora, cuando después de escuchar la poderosa voz de aquel Jesús exclamar: -Yo soy, veo en cámara lenta a los corpulentos soldados caer al suelo y chocar con las frágiles tablas y sus rostros de estupefacción al darse cuenta que las tablas cedían y caían con ellas hasta el fondo del foso, y veo en aquella escena, en blanco y negro, como una película de Fellini, a las señoras emperifolladas riendo a carcajadas y aplaudiendo a más no poder.

 

10 comentarios

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10 Respuestas a “¿A quién buscáis?

  1. Marcos Sandoval

    Como diría la película de Joaquín Pardave, “que tiempos aquellos Señor Don Simón ” ahora en el recuerdo todo parecería en blanco y negro, eran tiempos de mucho más ingenuidad, yo vi la primera representación como a los 6 años de edad en Nandaime y aseguro que es la mejor que he visto en mi vida, aunque ahora tengo mad de 30 años de vivir fuera de la patria.

  2. Rafael Durán Barraza

    Sensacional, como todo lo que tú escribes Orlando.

  3. Me destornille de la risa…Buenisimo! Gracias Orlando

  4. 😀 Jajaja Muy buena historia Saludos

  5. Chepeleón Argüello Urtecho

    Excelente relato, lograste como siempre cautivar al lector, he terminado con los ojos llenos de lágrimas y risa, a consecuencia del poder de la imaginación y tu buena pluma… Bien logrado.

  6. Excelente Orlando. Recuerdo haber visto una Pasión de Cristo en el cine Trebol, y fur tan jocosa como la tuya, la única diferencia es que la vi toda. La mayor parte de los actores eran vecinos del mercado ¿Boer?

  7. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    Umberto Eco, en su novela “El Nombre de la Rosa” (al menos en su versión cinematográfica) da a entender que cuando el ser humano perdió el miedo a lo divino fue porque inventó la risa. Ese pensamiento viene a mi memoria a propósito de este artículo de Orlando Ortega sobre las judeas de Semana Santa y las anécdotas que las acompañan y que todavía, después de tantos años, nos siguen haciendo reír.
    Sería interesante hacer una compilación de estos relatos vinculados a las judeas, como aquel del pobre actor que interpretando al Colochón, amarrado en la cruz, se le cayó la sabana que cubría sus partes pudendas quedando estas a la vista del público, por lo cual fue rebautizado por la sorna popular como el “Jesús Cochino”.
    ¿Y qué me dicen de aquella otra anécdota donde seleccionaron a dos vecinos con viejas rencillas para interpretar a Jesús y al centurión romano que lo azotaba, terminando la obra en una inusual y reñida con la historia pelea callejera?
    Disfruten el artículo, les va a gustar.

  8. AZA

    Muy simpática anécdota del autor que manda a reír de inmediato. Esa me recuerda otra contada por un entrañable amigo masatepino, quien me refirió que en ese pueblo una vez no iba a presentarse la Judea de todas las semanasantas, porque la actriz que caracterizaba a la Virgen, ¡estaba embarazada!, pero por respeto y en cumplimiento a la tradición, así salió, aunque fajada para no dejar ver la hinchazón del ombligo.

    En mi Chinandega recuerdo a Nariceta (q.e.p.d), el eterno Centurión, que caía postrado, no más entraba a la iglesia de Santa Ana el Santo Entierro. Nariceta no hablaba durante todo el Viernes Santo y cuentan que era una promesa. Su vestimenta era la copia más fiel que se veía de un centurión, quizá traído de la famosa película “El Manto Sagrado” o de otra de las clásicas del cine a color. Montado a caballo era un espectáculo verlo recorrer las calles de la ciudad buscando a El Nazareno, pagando su promesa. El también representaba a Boanerges, un soldado romano quien se encargaba de dar azotes al pobre Redentor barbado de mentiras, interpretado casi siempre por algún lampiño, flaco, quien de receso en receso, aprovechaba para fumarse su cigarro, sobre la cuneta, a falta de camerino portátil. El resto del elenco, enfundados en sus ropas de actuación, saboreaban su raspado o apuraban un triste en jícaras, con una cosa de horno, proveídas por la matrona anfitriona de la presentación.

    Con el tiempo, y la famosa globalización, esta tradición evolucionó: el intérprete de Jesús no fuma, pero aprovecha el intermezzo para enviar un mensaje de texto desde su celular; el sustituto de Nariceta, monta un Rocinante, pero usa unas botas vaqueras estelianas, bien lustradas, a cuyas taloneras les adosa las infames espuelas, y blande un desafilado machete como espada en su mano derecha, y en la izquierda, un imponente escudo, que no es más que una tapadera de carro con el orgulloso emblema de Mercedes Benz. Atrás, un miembro de la cohorte, aprovecha dicho descanso montado en su corcel muy desnutrido y chelicoso, para apurar presumidamente una lata que dice Coca Cola. Con las calles pavimentadas y el inmisericorde sol chinandegano, no hay solado a pie. Todos a caballo, de sandalias de cuero crudo, excepto el sustituto ya mencionado. Pero el ambiente de la Judea de Semana Santa, es el mismo. “No hay Judea sin Semana Santa, ni Semana Santa sin Judea”.

  9. Marco Antonio Cortez Castillo

    Excelente anécdota, confieso que me hiso reír al imaginar a los “corpulentos” soldados caer al piso y estrellarse con las tablas… Todo por confiar que todo estaba bajo control.
    Gracias Dr. Ortega y mis saludos para usted.

  10. Oscar Martinez

    ☺ja ja ja ja. Me imagino ver cayendo a los soldados romanos como en una película de Fellini en blanco y negro, como bien lo describe Don Orlando. Nada mas que yo los miro en cámara lenta. Y las señoras riéndose a mandíbula batiente (no se que significan estas dos ultimas palabras, pero las utilizo) . Siempre en estas “judeas” hay muchas anécdotas. En mi barrio cada año el “chino Cardoza” hacia este tipo de representaciones. Y no era raro que Jesús, y los otros “actores” se tomaran sus tragos de “lija” para darse un poco de valor en el papel que interpretaban y era fijo que se les fuera la mano. Asi que no era raro ver al Nazareno con sus buenos “nepentes” entre pecho y espalda. Esta entrada la he compartido a nivel familiar y como se dice en buen nicaragüense, hemos gozado. Saludes Don Orlando!

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