La otra niñez

Castigo

 

Todos aquellos que crecimos en la segunda mitad del siglo XX tenemos la gran suerte de haber sido testigos de cambios fundamentales que se dieron en la historia de la humanidad.  Nos correspondió ver en  vivo y a todo color, la vertiginosa carrera de la tecnología de los últimos sesenta años.  Pudimos gozar de los adelantos en la medicina de tal  forma que nuestras expectativas de vida se han prolongado respecto a las generaciones anteriores.

A estas alturas del partido,  de repente nos ataca una intensa sed de filosofar y pensar en lo que pudo haber sido y no fue, como decía Consuelo Velázquez, en especial ahora que parece haber una extrema conciencia por la tolerancia, la no violencia y el bienestar y protección de los niños a la luz de sus derechos fundamentales.

Me pregunto yo, qué cambios fundamentales hubiesen ocurrido en mi persona, si en mi niñez hubiese estado vigente esta conciencia.  De entrada debo de admitir que no me considero haber sido un niño maltratado, crecí en un ambiente de armonía en mi hogar, sin violencia intrafamiliar, no obstante, en mi casa, al igual que en todas, se manejaba el castigo físico como una manera de corregir acciones consideradas fuera de lo correcto.  Era en ese tiempo, algo normal.   Mi abuela era aficionada a los coscorrones, mi abuelo ocasionalmente manejaba uno que otro querque, mi padre llevaba la voz cantante en los castigos con su cinturón de cuero y mi madre, enemiga de la violencia, sólo para cubrir el protocolo utilizaba una faja de tela, de aquellas que forraban para hacer juego con el vestido, pues estaba convencida que tenía un mayor efecto una explicación sobre la falta, que un castigo corporal.

En la escuela tuve una gran suerte, a pesar de que todavía estaba vigente aquel infame dicho: “La letra con sangre entra”.  Mi primera maestra, la Prof. Ofelia Ortega v. de Morales, me enseñó con un gran cariño y eso me ayudó a aprender a leer y escribir en tiempo record.  Al ingresar al Instituto Pedagógico de Diriamba, el Prof. Juan Carlos Muñoz, con una clara vocación magisterial, tenía una enorme paciencia para sus alumnos y jamás utilizó el castigo físico.  Sin embargo, cursaba yo el tercer grado, semi interno, cuando a la hora del almuerzo, un compañero soplón me acusó ante el hermano que supervisaba, de haber expresado una opinión adversa sobre la calidad de la comida y éste, sin averiguar nada, sin probar aquel bodrio, ni darme derecho de defensa, me soltó una bofetada que me hizo dar vueltas como el Chómpiras.  Me ardió y me dolió, más que nada ante la impotencia de no poder reaccionar, ni poder hacer nada.  Para evitar represalias posteriores no comenté nada de eso en mi casa.

Luego en quinto grado, en la Escuela Fernando Rojas Z. un profesor sustituto me dio un par de azotes con un varejón que me marcaron grandes verdugones.  Cabe decir que lo merecía, pues yo estaba con un asta de bandera presionándola contra el cuello de un compañero de clases que me había roto una carabina de juguete.  Tuve que comentarle lo sucedido a mi madre, por lo de la carabina, que no era mía y tuvo que salir lo de los varejonazos.  Mi madre fue a reclamarle al profesor, pero éste como dicen en México, se hizo güey.

En sexto grado de primaria, por deferencia de mi madre con el cura del pueblo, ingresé a un instituto parroquial, sin embargo, ella no sospechaba que el clérigo era aficionado al castigo físico extremo.  Tenía el padre un azote de tamaño mediano, que según algunos fue elaborado de una verga de toro.  En cierta ocasión me tocó presenciar uno de los castigos más brutales que he visto en mi vida.  Un muchacho del norte que había sido encomendado al cura, cometió una falta, la cual no recuerdo, pero no era nada grave, sin embargo, reunió a todo el colegio y a la vista de todos, le obligó a quitarse la camisa y en la espalda lo azotó hasta que de los grandes verdugones empezó a brotar sangre.  El párroco se sorprendió que el muchacho no lanzó ni un gemido, así que cesó los azotes y con la respiración entrecortada y con los ojos desorbitados, se dirigió a sus aposentos.  Muchos alumnos en ese instituto recibieron azotes, en menor grado, desde luego.  A mí en lo particular, me tocó una vez dentro de un castigo general, pero cuando llegó mi turno, el cura, al conocer a mi madre y presentir que podía meterse en honduras, me dio el  azote de vacilada, de tal forma que no sentí dolor y no quedó ninguna marca.

En secundaria de regreso en el Pedagógico de Diriamba, nunca tuve ningún episodio de castigo corporal.  Conocí sin embargo el caso de un amigo muy cercano a nuestra familia que en una discusión con el hermano cristiano, éste le soltó un puñetazo en la nariz que le fracturó el tabique.  Su padre llegó a reclamar, sin embargo, el ínclito hijo de La Salle, con el mayor recogimiento se hizo güey y el caso no pasó a más.

He tratado de analizar si estos castigos provocaron algún trauma en mi persona y en realidad, no encuentro nada al respecto.  Tal vez deba agregar que tiempo después, el destino puso en mi camino a dos de estos agresores.  Vivía entonces en Managua, cuando conduciendo una station wagon de mi padre por la Avenida Roosevelt, hacia el sur, cuando al llegar al semáforo de El Hormiguero, observo que el hermano cristiano de la bofetada iba cruzando la calle hacia el Pedagógico de Managua;  muy quitado de la pena, como Paul Mc Cartney en Abbey Road, cuando se me puso la luz verde, entonces le refundo el acelerador hasta el tope y los ocho cilindros de la camioneta respondieron al instante, luego esquivé al ínclito hijo de La Salle, llegando casi a rozarle la sotana.  Todavía seguía acelerando cuando en el espejo retrovisor lo divisé con el puño en alto y agitándolo.  Llegué a mi casa con una sonrisa de oreja a oreja.

Casi por esa misma época, en segundo de universidad, participaba en las novatadas o peloneadas a los de primer ingreso, cuando observo que llega a inscribirse en humanidades el profesor sustituto aquel del varejonazo.  -¡Ay, papito! Dije para mis adentros.  Le corté el pelo y además lo rasuré al rape con una máquina de afeitar y cuando estuvo listo, le apliqué una generosa cantidad de un “after shave” que los estudiantes de química habían preparado en su laboratorio con benzaldehído.  Me imagino que le ardió como a mí me ardieron los varejonazos.  Tal vez, mas.  Me lanzó una mirada inquisidora y yo tranquilamente le miré como haciéndome güey.

Así que me pregunto, qué tipo de persona seríamos ahora, si en nuestra niñez, el castigo corporal hubiese estado proscrito, si hubiese podido acusar al hermano que me abofeteó y éste hubiese sido sancionado o bien si el profesor sustituto hubiese sido retirado de su función por haberme varejoneado.  Si hubiese servido de escarmiento si una Comisaría hubiese detenido al párroco y lo hubiese sido juzgado por maltrato y lesiones psicológicas a un menor, o el hermano cristiano que le rompió la nariz al amigo aquel, hubiera servido unos dos años por lesiones permanentes.

Lo cierto es que nadie puede asegurar nada.  Podría ser que fuera una mejor persona, de la misma forma que podría ser algo peor o incluso, de cualquier forma hubiese sido igual a lo que ahora soy.

Aunque la verdad de la verdad, creo que no cambiaría mi niñez por nada, con todos sus defectos y limitaciones, me parece que no escogería nada diferente y así mismo, deben pensar todos mis coetáneos, aún con los coscorrones incluidos.  Nuestro compromiso es crear un ambiente en el cual crezcan nuestras futuras generaciones  para que cuando alcancen nuestra edad, ellos sientan que tampoco cambiarían su niñez por nada del mundo.

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9 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

9 Respuestas a “La otra niñez

  1. Sí, pienso que es un privilegio haber pasado del telégrafo y de las cartas por barco a la comunicación instantánea así como tantas ventajas tecnológicas. Mi anticlericalismo hubiera sido más radical de haber conocido un solo caso de las golpizas de los “hermanos cristianos”. Qué horrible, me quedo sin palabras 😦 …

    Saludos.

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  2. Enrique Baltodano

    Yo, todavia agarre un poco de las golpizas de los profesores, aprendi a leer a punta de reglasos, en primer grado me pusieron en el sol una tarde entera por culpa de un compañero, en el Colegio Centro America me fajearon, siempre pense que estos castIgos hacian mejores personas, muy equivocado estuve. el castigo fisico no debe aplicarse a los niños, estos generan traumas y remordimiento que quedan plasmados toda una vida.

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  3. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    Reblogueamos este artículo de Orlando Ortega porque creemos que, al igual que a nosotros, la pregunta lanzada por el autor les pondrá a pensar en el dilema de fondo: ¿sería yo una mejor persona si hubiese sido creada con la permisividad y apoyo a la niñez vigente en nuestros días?
    Léanlo, discútanlo y si les sobra un poquito de tiempo, coméntennos al respecto.

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  4. Yolanda

    Pienso que los tiempos actuales exigen la prohibición total de cualquier tipo de maltrato hacia los niños y adolescentes. Pero, a pesar de que ante lo ocurrido con el Kinder Montessori la sociedad en coro pide poner la cabeza de la directora en la picota, lo que sucede en la realidad refleja una tremenda hipocresía. Todavía, con las leyes de protección a la niñez vigentes, una considerable proporción de padres de familia maltrata física y psicológicamente a sus hijos, ya ni se diga a su pareja. En algunas escuelas, públicas en su mayoría, también se mantiene la agresión física y ni se diga piscológica a los alumnos y alumnas. En la mayoría de centros escolares, se tolera abiertamente el acoso escolar. Con todo esto, asusta la enorme fila para disputarse quién lanza la primera piedra.

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  5. Marcos Sandoval

    Infortunadamente creo que el exceso de disciplina de hace varios ayeres, que dicho sea de paso tildaba en abuso de poder de adultos hacia niños y adolescentes hoy en día se ha relajado a tal grado que ahora los niños no respetan a sus mayores. Pareciera que se cumple aquello de que yo no voy a hacer con mis hijos lo que hicieron conmigo, pero ha sido tan literal que en la actualidad yo como adulto no puedo pedirle a un joven que le de el asiento a una dama o persona mayor por que soy objeto de insultos, ahora imaginemos que valores le va dar este mismo joven a sus hijos.

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  6. Manuel Gurdián Cabrera

    Nací en una familia pobre y, como dicen ahora, disfuncional; aprendí a leer en “escuelita pagada” (dos pesos semanales) como alumno de Doña María primero, y de Doña Isabel después, dos MAESTRAS que seguramente nunca oyeron de derechos del niño, pedagogía, estimulación temprana y otro montón de cosas que ahora “facilitan” la educación. Pero es el hecho que cuando entré a primer grado, ya por cumplir siete años, yo ya sabía leer “de corrido”, escribir en letra “de carta” y dominaba las cuatro operaciones aritméticas y hasta un poco de “quebrados” y regla de tres; gracias a esas dos señoras.
    Después de dos años en la “escuela pública”, me matricularon en tercer grado en el Primero de Febrero, un colegio con fama de reformatorio, donde estudié hasta mediados de secundaria, en el que el castigo físico era como el pan, de lo más común y normal. En esos años, y en ese colegio en particular, los padres tenían muy poco espacio para criticar los métodos “educativos”; y muchas veces recibí clases de militares en uniforme y con una Browning al cinto, alternando con profesores civiles, todos muy capaces. Y como yo pertenecía al grupo de los “chavalos rebeldes”, no pocas veces fui objeto de gritos, coscorrones, reglazos, palmadas, exposiciones al sol, ejercicios extenuantes y otras linduras por el estilo; pero, la verdad, hoy no siento que eso haya sido causa de traumas, lesiones sicológicas, ni cosas parecidas. Después cursé estudios superiores y de posgrado, hasta en universidades extranjeras y aprendí muchas cosas buenas…y malas también. Creo que los defectos, limitaciones y “malas conductas” que, a la par de alguna que otra “virtud” definen mi persona hoy que tengo 60 años, tienen poco que ver con aquellos “castigos y abusos”.
    Por eso, cuando veo el desempeño en lectura y habilidades aritméticas de cualquier “bachiller” de los que hoy día se presentan al examen de clasificación en la UNI, me dan ganas de llorar y recuerdo a aquellas dos viejitas, y doy infinitas gracias a la vida por haberlas tenido como maestras.

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  7. AZA

    Escribir sobre esto podría revertirse, ya sea que estuviera de acuerdo o en desacuerdo con las “regleadas” y ciertamente, éstas o la ausencia de ésta no serían la diferencia entre ser hoy o no ser una persona de bien o de mal. Es muy complicado ser categórico con un juicio de valor al abordar el tema. Pero lo cierto es que hay una mayoría abrumadora que piensa que el castigo físico incidía en el respeto a los maestros y maestras. Recuerdo dos cosas en mi vida de estudiante de primaria: una cuando un desobediente cortó unas frutas sin permiso del director de la escuela. Su penitencia fue quedarse bajo el solo por el resto de la mañana, sosteniendo la fruta con los dientes; al final de la mañana y antes de irnos a almorzar, el desobediente fue puesto como ejemplo de lo que no debía hacerse y para mayor escarnio fue conminado a comérsela ante todos los que estábamos haciendo la fila. Otra fue, cuando un sacristán que llegaba a darnos la clase de religión, interrumpió mi insolencia con una sonora bofetada, que todavía me suena y hace no olvidarme del lego de marras. Cada vez que lo veo, pienso desquitármela de alguna manera, pero concluyo que la mejor venganza es la de ignorarlo.

    Pegarle a un insolente, era sinónimo de decir que así como las letras entran con sangre, igualmente pasa con la disciplina y los valores ocultos que implican, como el respeto a los viejos, al maestro, no rayar las paredes, no escupir, no mentarse la madre, respetar a las niñas, etc., que con el paso del tiempo parecen estar fuera de moda. Recuerdo también que las madres llegaban a la escuela a oír de boca de los maestros lo mal que su hijo se comportaba, y la casi súplica de ellas al director para que castigara al pupilo: -Dele duro, que yo no me enojo,- decían- al tiempo que le lanzaban la amenaza de que al llegar a la casa le esperaba otra reprimenda física, cuyo verdugo podría ser el padre, la abuela, ella misma, o el tío y a veces hasta el padrino o vecino de confianza. ¡Tiempos para haberlos vivido!

    Hoy, estas prácticas correctivas son impensables, y alguno que otro con añoranza diría que son indispensables ante el estado de cosas en las escuelas.

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  8. L. Villacio.

    En 4to.,grado habia un profesor (Adolfo Ocampo—El Cuervo Ocampo) era terror para nosotros pasar al frente y recitar de memoria la leccion…..sino la sabiamos era un solemne cocacho (asi lo llamaba el, al coscorron), usaba su enorme anillo de graduacion para ello. o ponia a dos estudiantes cerca la cara uno con otro y sin previo aviso y con fuerza hacia chocar ambas frentes, las cuales sonaban como coco. De puro miedo, me aprendia de memoria lo que dejaba de tarea, que aun a estas alturas del partido, puedo recitar la mayoria de esas lecciones.

    Por increible que parezca, habian padres y madres que llegaban a autorizarle ese maltrato, alegando que solo asi podian ser mejores estudiantes…….que tal Montezzori?

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  9. Marco Antonio Cortez Castillo

    Exelente su escrito Dr. Ortega.
    Entiendo, que los padres de hoy, diferentes a los nuestros, se molesten si sus hijos reciben una mirada de reprobación, y más grave aún, un golpe de regla o faja, lo que no era raro en aquellos tiempos que produjeron otro tipo de sociedad no una tan distorsionada como la que estamos padeciendo, y en la cual desgraciadamente se mueven nuestros hijos y nietos…Los tiempos han cambiado y obviamente es reprobable el castigo a pequeños y se deben aplicar sanciones a los abusos. Hoy, hasta los padres se sienten recortados en aplicar la mano dura que contribuye a enderezar. Y tenemos una sociedad, diferente. Muy diferente.

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