Las manzanas del San Miguel

Manzanas. Foto tomada de Internet

 

A medida que se acercaba diciembre, mi abuelo hacía más frecuentes sus viajes a Managua, con el objeto de realizar las compras con las que haría frente a la creciente demanda con motivo de la temporada del corte de café.  Cuando amanecía de buen humor y estimaba que su viaje no sería complicado, me invitaba a acompañarlo.  Para mí, viajar a la capital era toda una aventura, desde alistarse bien temprano y tomar la carretera sur para descender hasta la planicie de la gran ciudad.  Sentía una gran emoción al pasar el triángulo de El Crucero y empezar el descenso, cauteloso por todas las curvas de la sierra, hasta la tranquilidad de llegar a Las Jinotepes, en donde sólo faltaba librar las últimas curvas de Ticomo, para iniciar el descenso final y ver el tremendo espectáculo del lago y Chiltepe cuando llegábamos a Las Piedrecitas y observar la singular bienvenida que nos ofrecía una tupida alameda de chilamates que llevaban hasta la estatua de Montoya.

En aquella ocasión, ya había pasado la gritería y el viaje se mostraba más interesante por la navidad que se avecinaba.  Iniciamos el periplo de las compras en la calle 15 de septiembre, en donde invariablemente visitaba las librerías de don Elías Argeñal y de don Ramiro Ramírez Valdez, pasando luego a la esquina opuesta a este último, en donde se ubicaba la Droguería Guevara, distribuidor de muchos productos farmacéuticos, entre ellos la famosa Agua de Budapest o Agua de Buda como se le conocía popularmente.  Ahí nos atendía muy cordialmente don Roberto Argeñal y nos tardábamos un poco al establecer con mi abuelo sus conversaciones sobre el mundo de la farmacopea.

Tomamos luego la avenida Roosevelt hasta llegar al almacén de don Gilberto Morales, conocido de mi abuelo pues ahí compraba sus sombreros, que eran parte de su atuendo diario.  Después de conversar amenamente con él, mi abuelo colocó los paquetes que traíamos en una esquina en la entrada del  almacén y me pidió que me sentara en uno de ellos y lo esperara, encargándole a don Gilberto que me echara un ojo mientras él realizaría rápidamente algunas evoluciones.  No me pareció nada bueno, pero en esos tiempos, los niños no tenían derecho a disentir, así que no quedaba de otra que apechugar y esperar.

Pasó un buen rato, que a mí me pareció una eternidad, entonces abandoné mi improvisado asiento y me asomé a la calle, para ver si se divisaba la figura inconfundible de mi abuelo, sin embargo, nada.  La avenida se mostraba con un sin igual movimiento, tanto de tráfico vehicular como de personas que transitaban en ambas vías por la principal  avenida de la capital y estaba engalanada con diversos adornos navideños.   De pronto, sentí que una fresca brisa vino del lago y en ese momento percibí un aroma delicioso.  Era un olor cálido y dulce que llegaba en oleadas y que llegó a calmar aquella inquietud provocada por la ausencia de mi abuelo.

Seguí esperando pacientemente en el lugar designado, sin embargo,  después de otro eterno rato, decidí salir a buscarlo.  De manera cautelosa salí del almacén de don Gilberto y tomé rumbo al norte, fijándome bien en ambas aceras para ver si lo divisaba, sin embargo, nada.  Caminaba con la extraña sensación de libertad, al hacerlo sin la compañía de nadie en aquella avenida.  En ciertos comercios se escuchaban algunos sones de pascua que adelantaban la navidad.     Seguí caminando, más que con la intuición de dónde pudiera estar mi abuelo, siguiendo un camino marcado por aquel aroma que se hacía más intenso.

Después de un par de cuadras, que se me hicieron kilométricas, al llegar a la intersección con una calle, sentí que el aroma se hacía mayor y que venía del este.  Doblé hacia la derecha con la determinación de Baden Powell en el sitio de Mafeking, seguí la ruta del dulce aroma, hasta llegar a un punto en donde el comercio se miraba en ebullición y en las aceras se habían instalado numerosos puestos que ofrecían manzanas y uvas.  El aroma que sentía provenía de miles de docenas e innumerables racimos de estas frutas, predominando el de la manzana.  Caminé un buen trecho admirando la forma en que aquella  inmensidad relucía bajo el sol y que no se cansaba de emanar sus aromas.

De pronto, me llegó la conciencia de que en aquel bullicio podía perderme fácilmente y me entró temor.  Decidí regresar y aunque se trataba del simple ejercicio de desandar lo andado,  sentía terror de ir a dar a un lugar desconocido y buscaba en mi memoria los lugares por donde había pasado para confirmar el trayecto.    Al llegar a la Roosevelt, todavía no sabía que se trataba de la avenida de donde había partido y fue hasta que observé al sur las columnas del monumento al ex presidente norteamericano, que sentí un poco de tranquilidad.  Luego con la esperanza de que mi abuelo no transitara en esa vía y me viera, fui caminando poco a poco hasta encontrar de nuevo al almacén de don Gilberto.  Cuando llegué, sentí cierto alivio al encontrar los paquetes de las compras en su mismo lugar, así que fui a sentarme en el mismo lugar.   Don Gilberto estaba tan ocupado con sus clientes que me pareció que no se había fijado en mi ausencia.  Luego me entró el  temor de que hubiese regresado y al no encontrarme había salido a buscarme.

Después de otro rato, al fin apareció con más paquetes.  Por su expresión pude adivinar que no había regresado antes, así que respiré tranquilo.  Tomó una de las bolsas y de ella sacó una manzana y me la entregó, como premio a mi paciencia.  Sonreí y empecé a comerla y me supo a gloria, no tanto por el hambre que tenía, sino porque empecé a disfrutar esa mezcla de sabor y aroma de la fruta.

Acompañé a mi abuelo un par de veces más a Managua, sin embargo, no en diciembre.  Después que él murió, procuraba viajar con mi padre, especialmente en los días antes de la navidad.  Disfrutaba al máximo aquel aroma que inundaba el centro de la capital, así como los adornos navideños y aquella cordialidad de los capitalinos que se desbordaban en abrazos desando felices pascuas.  Ya viviendo en la capital, siempre era mi paseo favorito en la época navideño el transitar por la avenida Roosevelt, recordando aquella primera ocasión en que descubrí de dónde llegaba el aroma, transitando además por los mercados, principalmente el San Miguel,  que es donde se atestaba de puestos ofreciendo estas frutas.

Con el terremoto de 1972 todo aquello desapareció, sin embargo, uno o dos años después me llevé una sorpresa al pasar por Ciudad Jardín, cerca del supermercado La Colonia, de pronto se vino aquel aroma de las manzanas y las uvas que provenían de muchos puestos improvisados que se habían instalado en los alrededores de ese supermercado.

No volví a sentir nunca aquel aroma tan intenso, tan extendido, que traía el viento del Xolotlán, sería tal vez la  emoción con que recibía aquel estímulo.  Muchas veces cuando voy al supermercado paso por el área donde están las manzanas, pero no emanan, ni cerca, el aroma aquel.

Cuando ahora camino cerca de aquel lugar, con una fisonomía completamente diferente, trato de ubicarme en  aquella  época, pero es en vano.  El viento del norte trae un aroma de metal sobre piel, de agua putrefacta, de malas intenciones.  Entorno los ojos y me parece adivinar una figura que se acerca en la distancia, con un sombrero de fieltro y unos paquetes en sus brazos y me parece que se acercará y me extenderá una manzana, de aquellas del San Miguel.

6 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

6 Respuestas a “Las manzanas del San Miguel

  1. Elizabeth Pasquier

    Que bonito, con que añoranza evocás y recordás a tu abuelo. Por eso tu abuelo sigue viviendo. Saludos afectuosos desde Covington, Louisiana.USA.

  2. ¡Qué gratos recuerdos! Gracias por compartirlos. Es fácil dejar volar la imaginación y compartirlos. 🙂 Saludos

  3. Marcos

    Que momentos tan bonitos quedaron fotografiados en el lienzo de tu memoria para que los evoques y que nos los proyectes como en una película de 35 milímetros, Dios te bendiga, saludos afectuosos.

  4. Mis abuelos también me dejaron lindos recuerdo. Un día escribí un post de mi abuelo paterno, pero ahí lo tengo guardado. no lo he soltado. / Cuantos cambios ahora en Managüa, nada que ver con la de antes. / Saludos.

  5. josefina vivas

    Que Hermosos recuerdos !!!; relata tan claramente sus vivencias ,que ,me hizo tratar de respirar ese aroma , llenar mis pulmones y guardar en ellos ese aroma .

  6. bellos recuerdos DR lo Felicito y gracias por su blogGracias por su blo Dr Orlando Ortega

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