¿Por qué no te callas?

¿Por qué no te callas?  Imagen tomada de internet

 

La libertad de expresión lleva consigo cierta libertad para escuchar

Bob Marley

 

 

Crecí en un país en extremo intolerante.  En ese tiempo, parecía que nuestro carácter debía ser forjado conforme a un marcado rechazo a todo lo que se apartara de los estándares que en ese momento la sociedad marcaba como lo que debía ser.   Era parte del ejercicio cotidiano castigar aquellas diferencias, siempre y cuando estas no nos afectaran en lo particular o a nuestros seres queridos; practicando un bulling que no se circunscribía a la escuela, sino que se extendía a todos los ámbitos de la vida diaria.

Dentro de la práctica de esto, que en aquel entonces se consideraba una virtud, destacaba un impune atropello a la libertad de expresión.  No me refiero al aspecto institucional del asunto, en donde un régimen totalitario reprimía duramente la crítica, la protesta y demás manifestaciones que denunciaran los desmanes que cometía el dictador en turno y su guardia pretoriana, sino a la falta de respeto a la libertad de expresión de los ciudadanos de parte de otros ciudadanos.

Era muy usual que cuando un individuo, por el motivo que fuese, no deseaba seguir escuchando a su interlocutor, lo invitara a callar.  Sin embargo, la forma cómo lo hacía no obedecía a una fórmula de cortesía.  No era cuestión de expresarle que su plática o argumento no le interesaban y que hiciera el favor de no continuar con su discurso, o bien que si tenía razón, era poca y esa poca no tenía ningún valor, por lo tanto era prudente no continuar con sus argumentos.  Tampoco se utilizaba la fórmula real que en 2007 Juan Carlos I utilizó con Hugo Chávez para que desistiera de su perorata: -¿Por qué no te callas?  Nada de eso trajo el barco, en aquellos tiempos el ciudadano que no deseaba seguir escuchando al otro, lo hacía de una manera brutal, por así decirlo, haciendo uso de una interjección que originalmente se utilizaba para detener a las bestias: ¡So!

Esta fórmula, hasta cierto punto infame, era espetada al interlocutor con un tono imperioso y despectivo y en el mejor de los casos, sin agregados, pues de conformidad con las agallas del primero, podía incluirse algún epíteto soez como: jodido o peor aún, hijueputa.

En ciertos casos se utilizaba la derivación de la interjección que en otros países como Cuba se convirtió en Sió y que en estas latitudes se pronunciaba Shó.  De la misma manera se le agregaba los consabidos epítetos.

En dependencia del carácter del individuo invitado a guardar silencio, se podía escuchar una respuesta que invitaba al otro a mandar a callar a su progenitora, acompañado lo anterior de los mismos epítetos, o bien utilizaba la fórmula que sustituía a la progenitora por la sexoservidora que lo había traído al mundo.

Esta invitación era utilizada también cuando alguien estaba produciendo algún ruido, molesto o no, pero que el afectado no estaba dispuesto a tolerar.

Otro atropello a la libertad de expresión era aquella que a pesar de no ser tan odiosa como la antes mencionada, era una manifestación de burla, desprecio, ninguneo y con ciertos ribetes escatológicos.   Tal vez algún ciudadano inspirado por la ocasión se lanzaba a declamar ya fuera el Brindis del Bohemio o la Salutación del Optimista, cuando en la parte en que con tremenda emoción, el émulo de Manuel Bernal lanzaba los versos al aire, un barbaján, con el mayor desparpajo se llevaba la mano extendida con la  palma hacia abajo a la boca y con la acción del labio inferior y la lengua sobre la palma,  producía un estruendoso ruido que imitaba a un flato (pedo para los alérgicos al DRAE).  En otros países le llaman a esta acción pedorreta, sin embargo, en Nicaragua no se utilizaba ese vocablo y las referencias simplemente acusaban que a tal individuo lo habían cagado.

Eran aquellos tiempos en que cualquier ciudadano que se atrevía a expresar sus ideas en público o a mostrar sus dotes en la declamación o el canto, lo hacía un tanto con el fondillo a dos manos, por el riesgo de que cualquiera, conocido o no, se atreviera a callarlo abruptamente con aquella interjección o si le salía barato, llevarse una sonora pedorreta.

No podría precisar en qué momento todo esto quedó en la historia, mucho menos los motivos que llevaron a dicho cambio.  Podría argumentarse que nuestra sociedad poco a poco se ha hecho más tolerante,  aunque los avances en este campo han sido modestos y parciales.  Tal vez, al crecer tan vertiginosamente la población del  país, ya es más difícil conocer a los demás y en ese sentido, la forma en que podría reaccionar la persona que recibe la interjección o el efecto sonoro, puede variar de manera tan impredecible, que puede llegar a la extrema violencia.  Qué tal si alguien invita a callar a un individuo que resulta ser un guardaespaldas y que ante dicha provocación saque su arma automática y si bien es cierto, con su mala puntería no le pega ni al tren, existe el riesgo de que se eche al pico a dos o tres inocentes transeúntes.

El caso es que en estos dorados tiempos es muy extraño que un individuo exprese su opinión con el temor de que algún conciudadano le lance aquella temible interjección.  Ya a nivel individual por lo menos, hay un respeto a esta libertad de expresión y a lo sumo, alguien le puede dar el avión o simplemente mostrar su indiferencia con el  lenguaje corporal.  Hay excepciones, pues todavía hay ciertas ocasiones, en que ante el estridente sonido de esas “baratas” que pregonan compra o venta de todo tipo de enseres o chatarra, alguna señora entrada en años, en un impase del locutor grite a todo pulmón un sonoro: ¡Shó jodido!, sin embargo, el locutor no se inmuta e inmediatamente cambia su oferta y dice:  ¡Compro viejas malcriadas a cinco pesos!.  Cosas veredes.  Lo que si cayó en desuso es la pedorreta, aunque a muchos, en ciertas ocasiones, ganas no le faltan de interrumpir un discurso demagógico con aquella añorada práctica.

Las redes sociales han contribuido a mejorar el respeto a la libertad de expresión, pues a pesar de que todos los integrantes de determinado círculo son supuestamente “amigos”, cada quien tiene su punto de vista particular y lo expresa libremente en la red, a veces exagerando la nota, y sus amigos tienen que apechugar ante sus exposiciones y si están de acuerdo le pondrán “me gusta” o en caso de estar en desacuerdo pueden no ejercer ninguna acción,  lo peor que puede pasar es que algún amigo lo elimine de su lista.  A pesar de que no lo expresan, muchos individuos añoran aquellos dorados tiempos y de su parte Mark Zuckerberg debería agregar, además de la opción “me gusta” una que diga “So” y otra que señale “ptrrrrr”.

 

 

5 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense, urbanidad

5 Respuestas a “¿Por qué no te callas?

  1. La intolerancia es muy grande en todos los ámbitos y de manera muy marcada en lo religioso y la política. No obstante, se observa la tendencia a rehuir la crítica artística o literaria con un Me gusta o con elogios fuera de lugar, lo cual tampoco es edificante.

    Gracias por tu artículo interesante, Orlando. Que tengás un estupendo fin de semana con tu familia.

  2. Rafael Durán Barraza

    Bien Orlando, muy bien. Esto es pensar con la cabeza. Dejas a más de alguno con su chichote en América Central.

  3. Marcos Sandoval B.

    Siempre es un deleite leer tu prosa, por fortuna esas prácticas ya van quedando en el olvido, ojalá que esta modernidad nos traiga como consecuencia la necesidad de ser un pueblo pro activo y positivo. Saludos Orlando.

  4. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    Desde muy chavalo, me han gustado las fábulas de Esopo y con el tiempo he llegado a la conclusión de que me gustan porque en cada relato se refleja, con mucha precisión y detalles, el comportamiento de nosotros los humanos utilizando como disfraz literario a personajes no humanos (léase: animales).
    Recordemos, por ejemplo, la fábula de la serpiente y la luciérnaga. La primera persigue a su víctima por mucho tiempo, hasta que esta, cansada ya de huir, le reclama: “— ¿Por qué me sigues?” A lo cual la depredadora responde: “— Porque brillas”.
    Lo anterior puede aplicarse al comportamiento humano en lo que hemos acordado en llamar el derecho a expresarse, mejor conocido como la libertad de expresión.
    Y es que en Nicaragua —tal como sabiamente lo afirma Orlando Ortega Reyes en el artículo que a continuación reblogueamos— venimos de un pasado de intolerancia extrema a la opinión ajena, sobre todo, cuando esta opinión nos molesta o simplemente no coincide con la propia, dando lugar a las situaciones magistralmente descritas por el autor del artículo. Disfrútenlo.

  5. Marco Antonio

    Me gusto este artículo: Estoy totalmente de acuerdo que las redes sociales han contribuido a mejorar el respeto a la libertad de expresión.
    Creo que el pueblo tiene derecho a saberlo todo, porque donde no hay libertad de expresión, no es posible ninguna otra libertad.
    Saludos Dr. Ortega

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s