Dador a creer

Mascaras. Imagen tomada de Internet

 

Existe una expresión en el habla nicaragüense que a pesar de no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia de la lengua, ha sido de uso común en el lenguaje cotidiano.  De hecho, se trata de un sustantivo compuesto y se deriva del verbo dar, de la preposición “a” y del verbo creer, que da como resultado: “dador a creer”.

Este vocablo se ha utilizado para señalar a una persona que realiza un esfuerzo para aparentar ser lo que en realidad no es.  Así pues, recurre a cualquier estrategia para dar a creer a los demás que es una cosa diferente a lo que realmente es.  Un sinónimo podría ser farsante, que es quien finge lo que no es o lo que no siente, sin embargo, en Nicaragua, por muchos años farsante más bien ha sido sinónimo de engreído, arrogante o presuntuoso.

En realidad es un sustantivo que suena extraño, pues “dador” es una expresión no muy usual, pues en su lugar generalmente se utiliza donante, a excepción de la Biblia en donde prolifera: Dador de vida, Dador alegre, Dador de la Ley, entre otros.

Podría decirse que el nicaragüense ha sido siempre proclive a aparentar, no obstante, no fue sino hasta en el siglo XX que se fue extendiendo esta forma de calificar a los conciudadanos que padecen de este mal.

Los ámbitos en los cuales las personas tienden a dar a creer son variados, no obstante, sin temor a equivocarme podría afirmar que el terreno socioeconómico es donde más se recurre a esta práctica.  En un país en donde casi la mitad de la población vive bajo la línea de pobreza, una proporción de la otra mitad quiere dar a creer que se encuentra varios percentiles arriba o abajo de su verdadera situación económica.  En el primer caso, quienes presumen de tener dinero o “andar chineados” pueden hacerlo a la pura “imprenta”, apantallando y a la hora de la verdad como diestros en el ruedo ejecutan un magistral capotazo o simplemente se “camisean”, fingiendo desesperadamente una búsqueda de efectivo en cada una de las bolsas que tiene su vestimenta. Ya por último sacan una tarjeta de crédito más vencida que una Mejoral en el baúl de la abuela.  Otros hacen malabarismos con su presupuesto para financiar gastos de demostración o figureo, sacrificando el resto de sus erogaciones o bien incrementando de manera peligrosa su nivel de endeudamiento, con el riesgo de que alguna institución bancaria los balconee en las listas de morosos que publican en los diarios.

Aunque parezca increíble, existe el caso contrario de personas que dan a creer que tienen menos dinero del que en realidad tienen.  Algunos lo hacen por precaución, ya sea por temor a la delincuencia o por quedar expuesto ante algún amigo necesitado que le quisiera propinar un sablazo; otros lo hacen para ocultar el origen de sus fondos y otros, en el otro extremo, para causar conmiseración y ver qué agarran o qué logran con el bate de aluminio.

Otro ámbito en el que muchos paisanos insisten en dar a creer es el relativo al linaje.  Son muchos los que realizan toda suerte de acrobacias para mostrar una genealogía que los vincula a las principales casas reales de Europa y presumen tener una sangre tan azul que poco les falta para poner una fábrica de bolígrafos.  Algunos de ellos incluso se tutean con Cayetana y Letizia.  Otros se conforman tratando de borrar o disimular cualquier vestigio de mestizaje que acuse el color de su piel o el tipo de su cabello.

De la misma forma, está muy generalizado el dar a creer una erudición fuera de serie.  Es impresionante el dominio que un ciudadano aparenta tener sobre temas de medicina, ingeniería, sismología, meteorología, psicología, arquitectura, física cuántica, aunque su preparación académica a duras penas le alcance para el manejo del kardex o para labores de gestoría.  Ni se diga si se trata de politología, en donde el propio Maquiavelo les haría los mandados.

En el terreno de la espiritualidad y las virtudes, los conciudadanos no se quedan atrás, pues existe siempre una tendencia a exagerar la nota en este campo.  Pareciera que no es suficiente el baño diario o los eventuales baños en el mar, sino que es menester darse baños de pureza que llevan al paisano al umbral de un proceso de beatificación.

Con la llegada del tercer milenio, de pronto, la práctica de dar a creer dejó de tener el significado que por mucho tiempo tuvo. Fue como si de pronto la gente se hubiese acostumbrado a observar este tipo de actitudes y dejó de ponerle mente.  Podría haber influido el hecho de que las nuevas técnicas de marketing se enfocaron al manejo de la imagen personal, haciendo que determinadas personas resaltaran algunas características para convertirse en líderes y por qué no, únicos y sobresalientes, aunque en este esfuerzo caigan irremediablemente en la categoría de dadores a creer.  Incluso existen expertos en manejo de imagen que si se les llega al precio, se encargan de transformar a un ciudadano común y silvestre en un político de éxito, educándoles la voz, para que a través de ciertos tonos e inflexiones transmitan seguridad y confianza, recomendándoles sus vestimentas para que den una imagen de sobriedad y elegancia, ejercitando por muchas horas frente al espejo el  lenguaje corporal que a la hora de un chagüite dejarían pálido  al propio Demóstenes.  De la misma forma, se aprenden un par de frases que harán creer que tienen una extrema sensibilidad social y ambiental.

Esta práctica se ha generalizado a muchos campos y así vemos a ejecutivos, gentes de la farándula, en fin de todo aquel que vive de la impresión que causa en el prójimo, manejar profesionalmente su imagen.  Hasta las concursantes de los certámenes de belleza, además de que les sacan los golpes como a los carros, les dan una embadurnada para que derramen exquisitez y erudición, además de llegar a los extremos de ser políticamente correctas, amantes de las causas nobles, de la paz mundial, de la irrestricta tolerancia y del combate frontal contra la pobreza,  aunque a la hora de una pregunta de sexto grado de primaria, por no quedarse calladas responden cualquier estulticia.

En la búsqueda de empleos, bajo el lema de que la primera impresión es la que cuenta, muchos aspirantes a un puesto hacen gala del más refinado trato, dando a creer que son la última coca cola del desierto, promocionándose como  los candidatos ideales para el puesto.

Con la proliferación de las redes sociales, se ha facilitado ese síndrome de dar a creer que sigue latente bajo la máscara del manejo de imagen, aunque ya no a niveles corporativos, sino que en los círculos de amistades y familiares, aunque a veces los horrores de ortografía evidencian la realidad de las cosas.  Lástima que el Facebook sólo tenga el botón de “Me gusta”, pues debería tener uno con un gran signo de interrogación o aquella famosa expresión dubitativa de Tres Patines: ¿Serapio Silva, chico?

Es aceptable, incluso admirable, que alguien se mantenga en una constante lucha por superarse, por cambiar y lograr ser una mejor persona, siempre y cuando sean cambios verdaderos y sostenibles, no ponerse una máscara para dar a creer otra cosa diferente a lo que realmente es.

4 comentarios

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4 Respuestas a “Dador a creer

  1. Excelente artículo, como siempre,Orlando. Saludos.

  2. Marcos Sandoval

    Excelente Orlando, pero por desgracia mucho de esto resulta de no aceptar la genética de nuestra historia, del español que llego, del chorotega que combatió y no pudo más y el africano que trajeron de esclavo hacia nuestras latitudes. Y que somos el resultado de todo esto para bien o para mal y que atravez de nuestros actos podemos modificar el futuro.

  3. Elizabeth Pasquier

    ¡Actentico Casilda! Como decía Pancho Madrigal.

  4. Oswaldo Ortega Reyes

    Muy ilustrativo este artículo. Recuerdo a muchos que exigian el whiskey mas caro en las fiestas y después de mucho alarde cerraban el capítulo con una vulgar leonesa. Especialistas en solicitar créditos tenían a medio mundo colgado ,a los hijos aburguesados y a las empleadas domésticas uniformadas y mal pagadas.
    Habian ciertas frases muy usadas que los distinguían: “Borron y cuenta nueva” “Que se pierda la plata pero no la amistad” “El que paga sus deudas se roba asimismo” “Hoy por mi mañana ya veremos”

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