Los secretos de La Capitalina

Farmacia.  Imagen tomada del internet

 

Gran parte de mi niñez, casi ocho años, la viví en la botica La Capitalina de mi abuelo, en San Marcos.  El recuerdo que guardo de aquel tiempo es tan colorido que pareciera formar parte de una novela de Alejo Carpentier.  Es obvio que con el paso de los años, algunos recuerdos poco a poco se van difuminando, sin embargo, en mis ratos de meditación, cierro los ojos y trato de recorrer aquel local lleno de colores, olores y sabores, desde los estantes de los cosméticos hasta la galería de las especias.  Después de tanto tiempo, todavía puedo traer desde la memoria el olor de la crema Hinds, del talco Mavis, de las pastillas Serafón, del álcali, del jarabe de Tolú, de la pimienta de Chiapas o el sabor de la magnesia calcinada, del maná, de las pastillas Valda o de las de soda y menta.  Ni se diga el color del Merthiolate, del azul de metileno, del ruibarbo, del aceite eléctrico o del picrato de butesín.

No obstante, cuando crecí, aquel mundo que me parecía mágico, adquirió una nueva dimensión para mí y pude realizar una serie de conexiones de eventos que en su momento me parecieron intrascendentes.   Hasta donde mi memoria alcanza a llegar, mi abuelo de 68 años, limitaba sus actividades a programar y efectuar las adquisiciones, realizar los preparados farmacéuticos y supervisar la parte operativa.  Generalmente si no estaba en su bodega, estaba sentado en una salita en la entrada de la botica, leyendo un libro o el periódico.  Quien llevaba la mayor parte del despacho en la botica era la tía Leticia, sobrina de mi abuela, mientras que esta última se encargaba de coordinar las actividades domésticas y ocasionalmente ayudaba en la botica.

La tía Leticia tenía treinta años en ese entonces y fue adoptada por mis abuelos cuando tenía nueve y desde ese tiempo ayudaba en el despacho en la botica.  Dominaba toda la farmacopea de la época, así como el precio de todos los productos que se ofrecían.  Asimismo, conocía a todo el pueblo.  Todo lo anterior, ayudaba al hecho de que, siendo su carácter muy sensible, reflejara en su rostro las reacciones ante el despacho de determinado producto, cosa que no sucedía con mi abuelo, cuyo rostro no se inmutaba.

Así pues, cuando ella despachaba picrato de butesín que era lo más recomendado para todo tipo de quemaduras, su rostro reflejaba el dolor ante el sufrimiento ajeno.  Estas manifestaciones bajaban en intensidad cuando se trataba de bálsamos como el Bengay, el mentolatum o bien los analgésicos como aspirina, divina, anacín, entre otros.

Por disposición de mi abuela, en la botica no se vendían preservativos y cuando algún ciudadano ignorante de aquella restricción los demandaba, tal vez murmurando entre dientes, la tía Leticia montaba en cólera y le espetaba un rotundo no, como si respondiera a las asechanzas del Maligno, llegando a la ira extrema cuando el individuo preguntaba en voz alta por el  adminículo, cambiando de color, de chota, chota, como ella decía, a morada, advirtiéndole de la manera más agria: -Señor, cuídese la lengua.  No me imagino cuál hubiese sido la política en esa botica si en ese tiempo hubiese salido la Viagra.

No obstante, no se le negaba ningún antibiótico a nadie y cuando algún individuo, a lo mejor el mismo del episodio anterior, llegaba solicitando una benzetacil de 1.2 millones de unidades, se le despachaba, tratando de ocultar una sonrisa entre pícara y maliciosa y descubriéndola (la sonrisa) cuando el pobre se alejaba con el medicamento caminando como John Wayne y bajando con sumo cuidado las gradas de la puerta.  Sin embargo, cuando intuía que el antibiótico era para otro tipo de dolencias, en especial pediátricas, mostraba una expresión de conmiseración.

Cuando llegaban a comprar Esencia de Coronado y Argirol, ella mostraba un gesto de congratulación, mezclado con cierta dosis de preocupación, puesto que la mencionada esencia, que venía en unos pequeños frascos forrados en papel kraft, era un coadyuvante para el parto y el Argirol era un compuesto de vitelinato de plata que prevenía las infecciones oftálmicas en el recién nacido y que provocaban no pocos casos de ceguera.  Había ciertos casos aislados, en que alguien llegaba a comprar la citada esencia, sin el colirio, provocando una extraña desazón en la tía Leticia.  Mucho tiempo después descubrí que la esencia mezclada con ciertas substancias y mediante una serie de malabarismos, podía provocar un aborto.

En la botica se vendía dos tipos de alcohol.  El que se conocía como alcohol a secas, que era metílico o industrial y que se utilizaba como antiséptico o solvente y el “alcohol puro” que no era otra cosa más que guaro y que se utilizaba en ciertos preparados o para algunas recetas de cocina como el Pío V o la sopa borracha y que ciertas personas encontraban más cómodo comprarlo en la farmacia que en la cantina.  El precio del primero era más bajo que el del segundo y en algunos casos, algunos bazukeros, desesperados e ignorantes de sus letales efectos, se atrevían a buscarlo.  La tía Leticia tenía un colmillo para detectar esas intenciones y con un gesto grave de desaprobación negaba el producto.

En aquella época salió como buena alternativa para estados diarreicos el Kaopectate, que no era otra cosa que la mezcla de caolín y pectina, que se vendía tanto en frascos sellados, como a granel, por cucharada.  En esos casos, la tía Leticia hacía un esfuerzo por mostrar una expresión seria y neutral, como una deferencia hacia el cliente y que éste no se sintiera incómodo.

La modernidad nos había llevado en esos tiempos las toallas sanitarias, cuyo monopolio ostentó por mucho tiempo la marca Kotex y que ofrecía su producto en unas cajas de cartón de tamaño poco discreto.  Cuando alguna fémina se acercaba a la tía Leticia y le susurraba algo al oído, ella mostraba una expresión de complicidad y si yo estaba cerca, me mandaba a preguntar algo a la abuela.  La curiosidad me alentaba a ir y regresar en un abrir y cerrar de ojos, momento en el cual ella ya había empacado cuidadosamente la caja en papel de envolver, como si fuera un regalo.  Las veces que llegué a preguntarle sobre el uso de aquel producto, arrugó la cara y se limitó a callar.

El Agua de Florida tenía un uso cosmético, pues era utilizado en muchos casos como una eau de toilette, sin embargo, ella tenía una tremenda intuición para detectar los casos en que se utilizaba como un mitigante, un tanto simbólico a mi modo de ver, en caso de personas “atacadas”, es decir que pasaban del borde de un ataque de nervios al colapso total, ya fuera por alguna decepción  o en el peor de los casos en caso de fallecimiento de algún ser querido.  Ella entonces mostraba una expresión de solidaridad, de la buena desde luego.

En la galería de las especias, había una extraña mezcla de productos y en la distancia pienso que el factor común era que se trataba de productos que se vendían a granel y que ya estaban previamente medidos y empacados.  Ahí convivían las especias con otros productos un tanto distantes como el albayalde. Ahí estaba entre otros el alumbre.  Era un producto con diversos usos, uno de ellos era el de constituir un rudimentario y a veces efectivo desodorante y ciertos caballeros también lo utilizaban como un primitivo after shave.  No obstante en algunos casos  la tía Leticia mostraba una expresión de desconcierto, un tanto entre la duda y el misterio, debido a que ciertas personas, féminas según escuché después, la utilizaban como un poderoso astringente que restituía en cierta medida la doncellez perdida.  Algunos recordarán a aquella muchacha de la capital que era conocida como la Virgen del Alumbre.

Por muchos años los inhaladores nasales se vendieron sin segundos pensamientos, pues era un agente, no muy efectivo desde mi punto de vista, para las congestiones nasales.  Había de dos marcas Vick y el otro de nombre un tanto cuanto bandido, alburero: Penetro.  No eran baratos, sin embargo, tenían una demanda no despreciable.  La tía Leticia los vendía sin mayor emoción.  Sin embargo, en cierto momento corrió el rumor que uno de los ingredientes activos del inhalador era una droga.  Aunque el debate respecto a si la desoxiefredina era o no igual que la metanfetamina nunca llegó a conclusiones contundentes, siempre permanecía la duda de que si el consumidor del producto padecía de una sinusitis crónica o de cierta adicción.  Así pues un enorme signo de interrogación se dibujaba en el ceño de ella cada vez que le tocaba despachar un inhalador.

Lo más interesante del caso es que mi abuelo había impuesto un estricto código de discreción y a pesar de no haber juramento, estilo hipocrático de por medio, nada de lo que ocurría, se escuchaba, se observaba o se  deducía, salía de la botica.  Algo así como What happens in La Capitalina, stays in La Capitalina.  A la fecha, la mayoría de los actores principales de este relato ya duermen el sueño de los justos y se llevaron a la tumba muchos secretos que de haberse revelado, hubiese ardido Troya.  Para ser sincero, mis esfuerzos de observación en esos días se centraban en los productos, sus colores, olores, sabores y en las expresiones de la tía Leticia.  De las personas que llegaban y provocaban sus reacciones, realmente no me acuerdo.

 

 

 

 

 

8 comentarios

Archivado bajo cultura, farmacias, Nicaragüense

8 Respuestas a “Los secretos de La Capitalina

  1. silvio j pacheco

    Lindos e inevitables momentos Orlando , estos Recuerdos del ayer, de la incipiente farmacología en nuestros pueblos. Yo los traigo a mi memoria como una Época de aquellos horrorosos purgantes preparados por el Boticario, en la botica Zeledon o en la Botica Gonzales brebajes recomendados por los Médicos, para curar nuestros males, en que no se patentaban aun la epicacuana, ruibarbo, magnesia y la fenacetina, en jarabes, para curar nuestras enfermedades ocacionadas por calenturas, parasitos o problemas estomacale,cuando visitábamos estas boticas, que tanto nos aterrorizaba, nos curábamos con solo el olor desprendido de tantas yerbas, brebajes e infusiones, perfumes que preparaba el Farmacéutico Boticario. Ese perfume de tantos revoltijos era un atenuante a nuestra visita.

    Estos Facultativos le daba uso para preparar sus brebajes a la miel de abejas, para preparar jarabes para la tos, la esencia coronada,o purgantes con cañafistola,,otros productos que preparaban eran linimentos, usaban la trementina,el camibar,aceite eléctrico, creosote de la Halla, aceite nervino, aceite castor,aceite mágico,aceite fino Olio Sazo,
    jabon de negro a base de cebo y jabon del paiss, se usaba la albayarda para limpiar zapatos, el jabón bonami,la brillantina a granel envuelta en paquetitos de celofán. El aceite de petróleo usado en las barberías, la piedra de alumbre, y una extensa lista de tantas especies de yerbas y químicos aromáticos.
    Para ese entonces en los anos 50 con patente apareció el jarabe de Tolu, la zerafon,la cola shaler, la Coca Cola embace pequeño, Las pastillas de Aliviol, Mejoral, las píldoras Rosadas, y las píldoras del Dr Ross, y píldoras de Reuter, El agua florida, los productos Vick los LAMANN & KEMP de la Bristol y los Dewitt, fueron de los primeros con patente en los estantes de las boticas que yo recuerdo en mi pueblo.

  2. Marcos Sandoval B.

    Como siempre excelente, tantos recuerdos y tantas cosas que se quedan en la memoria, a mi me toco que me purgarán con agua de Buda, las lombrices se sacaban con Padrax y una cicatriz que tengo en la cara me curaron la herida entre mi madre y mi abuela con aceite de camibar.

  3. Bonitos tiempos,Orlando. Gracias por traerlos a la memoria. Saludos.

  4. Manuel Gurdián Cabrera

    Desde hace pocas semanas pasé a engrosar la lista de los sesentones y la lectura de este post me provocó un Rewind que me mandó directo a Monseñor Lezcano y San Antonio, los dos barrios en que transcurrió mi niñez y adolescencia, en la siempre bien recordada vieja Managua; algunos nombres que recuerdo:
    Jabón y brillantina Paramí-Jabón Lifebuoy-Neumoticina-Alcanfor-Bromoquinina Grove-Azul de metileno-Talco Ammen-Talco Ammen y Talco Mennen-Crema C de Ponds (preferida por mi madre)-Pildoras rosadas-Old Spice y Aqua Velva de Williams (recuerdo vívido de mi padre)-Cuchillas de afeitar Guillette y Schick-Pildoras de Witt-Leche Klim-Tónico Vigorón-Mexana-Mentolatum-Nixoderm-Heno de Pravia y Heno del Campo-Colonia 747-Tricofero de Barry-Emulsión de Scott-Laxol-Peptobismol-Mejoral y Desenfriol D-Agua de Buda; y muchos otros que se perdieron en mi ahora poco fiel memoria.
    En particular recuerdo el gran vaso de vidrio del que un señor alto, pelón y gruñón despachaba la brillantina a granel; por un “real” (10 centavos) en un trozo de papel de envolver untaba una porción de aquella sustancia de encendido color verde, amarillo o rojo.
    Saludos.

  5. josefina vivas

    Gracias !!! Ya estaba extrañando sus típicos, entretenidos y graciosos relatos, que , me remontan a mi Feliz infancia en, mi amado Bluefields , con acontecimientos similares. Hermosas narraciones, continúe escribiendo!!!!

  6. Harold Alvarez guevara

    Me ha gustado escuchar Los relatos de la tía Leticia, saludes!

  7. Cuart'e Guaro

    La farmacopeia de mi niñez entró por los olores y los sabores. Por los olores: (i) es la fecha y no puedo oler romero sin acordarme de las ollas de agua de romero que usaban para que mi tía se bañara cuando estaba recién parida. El romero se usa mucho en la comida italiana y eso me ha creado problemas, pues me resisto a usarlo; (ii) el agua de florida; su olor lo asocio con los velorios de Granada, con señoras de luto llorando medio atacadas y caras compungidas. Por los sabores: nada com la sal de epsom, que me daban como purgante. Si los gringos hubieran usado eso en Guantánamo los majes confesaban rápido. Su amargor era tal que si lo recuerdo me da escalofríos. Como siempre, Orlando, eres un maestro de la memoria. Gracias

  8. Marco Antonio

    Como siempre excelente, su escrito acerca de la incipiente farmacología de antaño, como médico he de hacer notar que aún hay pacientes que me hacen la consulta acerca de las píldoras Rosadas, y las píldoras del Dr. Ross y en alguna farmacias sobre todo de los pueblos se comercializan productos como El Agua de Florida, Merthiolate, del azul de metileno, pastillas Serafón etc.
    Saludos Dr. Y este artículo me ha gustado mucho.

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