Somoza no ha muerto

Anastasio Somoza García

 

Para septiembre de 1956 yo tenía 6 años y tengo que admitir que no presentaba la precocidad que tiene un infante de la misma edad en estos días.  Guardo algunos recuerdos, un poco oscuros, de la consternación que se vivió en mi casa cuando llegó la noticia del atentado contra Anastasio Somoza García el día 21 de ese mes.

Mi abuelo era liberal, no sólo de nombre, ni por filiación política, sino que tenía muy arraigadas las ideas liberales y las practicaba, incluso había peleado en una de las tantas guerras que se dieron contra los conservadores en aquella época.  Tuvo una relación cercana con Somoza García, quien era casi de su misma edad, al llegar mi abuelo a San Marcos en 1919 y conocer a los Somoza cuando todavía no saboreaban las mieles del poder y vivían de una forma modesta.

Fueron días de ebullición en el pueblo.  Gentes entraban y salían de la botica de mi abuelo y hablando en susurros mostraban sus rostros más compungidos.  Mi abuelo que podía montar en cólera cuando su reverbero no funcionaba o cuando le llevaban un vaso mal lavado, en las grandes circunstancias de la vida mostraba una extrema ecuanimidad.   Con una expresión muy seria se limitaba a contestar con monosílabos.  Mi padre trabaja en ese entonces en el Hospital Bautista en Managua y antes que llevaran a Somoza a Panamá le comentó a mi abuelo que muchos médicos, como un acto de “cortesía”, se estaban presentando a Casa Presidencial para ponerse a la orden, a lo que mi abuelo se limitó a mover su cabeza en señal negativa.

Cuando temprano el día sábado 29 llegó la noticia al pueblo de que Somoza había muerto, a pesar de que las versiones oficiales declaraban que “ahí la llevaba”, comenzó un tremendo revuelo.  En mi casa, las mujeres lloraron, a excepción de mi madre que en realidad no tenía vela en ese entierro, y en mayor medida la tía Leticia, o sería que sus ojos verdes podían ocultar menos su llanto.  Mi abuelo y mi padre, en tanto se mantenían serios, pero sin otra manifestación.  Mi abuelo tomó la bandera nacional, que apenas unos días antes había colocado para conmemorar las fiestas patrias, le puso un lazo negro y la colocó en la puerta de la botica. Por la tarde eran muchas las casas que mostraban el pabellón nacional con una cinta negra.  Los conservadores, desde luego, se abstuvieron de hacerlo y se limitaban a mostrar una sonrisa en sus rostros, salvo aquel guasón que sacó una bandera con un lazo rojo y al ser interrogado por la guardia nacional, alertada por algún sapo, declaró que era un acto solidario con el partido liberal, cuya bandera era roja.

Los días subsiguientes todo parecía girar en torno a la muerte de Somoza García y me imagino que a las alternativas de la sucesión, sin imaginar nadie que ya habían sido amarradas, incluso antes de su muerte.   No recuerdo muy bien pero me parece que nadie en mi casa asistió a los funerales de Somoza y la imagen de esa ocasión que se me quedó grabada fue la foto que apareció en un periódico, de un caballo que tirado por un oficial de la guardia nacional, llevaba amarradas las botas del dictador.

Ya en octubre, la calma fue regresando al pueblo y la tarea entonces fue asimilar la sucesión, al nombrar el Congreso Nacional a Luis Somoza Debayle como Presidente y a Anastasio Somoza Debayle como Director de la Guardia Nacional.  Pareciera que el pueblo nicaragüense tiene una tremenda facilidad para asimilar las cosas.

Para ese entonces ya realizaba algunos mandados en la casa y en esa ocasión mi madre me envió a poner una carta al correo, ubicado en ese entonces junto al edificio del Cabildo Municipal.  Al finalizar el trámite, me fijé en un pequeño cartel impreso colocado en esa oficina que mostraba una foto de Anastasio Somoza García y un texto que decía:  SOMOZA NO HA MUERTO.  Me quedé patitieso, volví a leerlo y en efecto, eso decía, que Somoza no había muerto.  Salí en una sola carrera hacia mi casa, que ni el propio Usain Bolt me hubiese alcanzado (tal vez porque nació hasta en 1986) y llegué hasta donde mi abuelo estaba practicando su alquimia.  Con la voz entrecortada le dije: -Papá Emilio, Somoza no ha muerto.  –Que ¿qué?, me respondió. –Que en el Correo hay un cartel que dice que Somoza no ha muerto- agregué.  –No puede ser- me dijo. –Vamos a ver, Papá Emilio, le reclamé.   Entonces mi abuelo se quitó su sobrero de alquimista y se puso el de abuelo y con un gesto de agarrar paciencia, me tomó de la mano y juntos fuimos al Correo.

Cuando llegamos a esa oficina, le mostré el cartel; él lo miró y se puso a reír.  Luego me dijo: -Ay muchacho, lee bien qué dice debajo de la foto.  Me fijé entonces en una letra un poco más pequeña que decía:  VIVE EN EL CORAZÓN DE LOS NICARAGÜENSES.    Sonriendo, me tomó de la mano y juntos nos regresamos a la casa, tratando mi abuelo en el trayecto de explicarme la diferencia entre una expresión literal y el lenguaje figurado.  Ahí fue donde comencé a buscar todas aquellas expresiones que principalmente en las canciones, las tomaba yo de manera literal y que se trataba simplemente de figuras, como aquella que decía: “Corazón, corazón, no me quieras matar, corazón”  que a mí me parecía la canción de un cardiópata o aquella que decía “¿Quién será la que me quiere a mí? y que yo me figuraba se trataba de un ciego.

Han pasado ya 58 años desde aquel episodio y me he vuelto un experto en diferenciar la realidad de las metáforas o alegorías, así que la propaganda ya no me agarra desprevenido, sin embargo, aquella figura en particular me hace reflexionar constantemente, pues ha pasado tanto tiempo y año con año, se recuerda aquel episodio de nuestra historia y tanto la víctima como el victimario, o cómo se quiera llamarlos, vuelven a ocupar la memoria de tantos ciudadanos, cada quien viéndolo desde su propia perspectiva.  De la misma forma, sentimos que nuestros seres queridos, seguirán vivos en tanto se mantengan así en nuestros corazones.  En especial, recuerdo a mi abuelo, ecuánime y en aquella ocasión, paciente, acompañándome y explicándome aquella importante diferencia.

4 comentarios

Archivado bajo cultura, lenguaje, Nicaragüense

4 Respuestas a “Somoza no ha muerto

  1. Elizabeth Pasquier

    Es cierto, eso que escribe Sr. Ortega. Cada quien recuerda ese episodio dependiendo con la intensidad que lo vivió. Yo tenía también casi siete años y recuerdo bien las circunstancias y cuando mi madre me mandó a callar cuando junto con mi primita regresamos de comprar unas medicinas en la farmacia de la Dra. Tuckler en la avenida del ejército y escuchamos los comentarios de los adultos. Yo le dije : mama, mataron a Somoza y ella replicó: callate, ¿quién te dijo eso?
    Le agrego don Orlando, que mi madre me llevó a todas las exequias e hicimos filas en el Palacio Nacional para verlo con la “pijama de palo”; lo recuerdo tan bien, un cadete me cargó para que pudiera verlo. Pero en otra circunstancia ya lo había visto, pero ese es otro cuento.
    Gracias por los escritos con que nos deleita. Le envía saludos Milagros Brenes.

  2. Melba Reyes A.

    Un buen escrito, Orlando, como nos tienes acostumbrados. Yo, con cinco años, todavía cortaba florecitas silvestres por esos montes segovianos. entonces, no me dí cuenta de nada. Ayer, leyendo un artículo en La Prensa sobre la muerte del personaje en mención, recordé a don Adolfo, un señor que trabajaba en La Casa de las Tarjetas. De él me llamaba la atención que el dorso de una mano era velluda y la otra era lisa, sin señales de vello. Le pregunté si había alguna razón y me dijo que siendo un jovencito y viviendo aquí en Managua para la muerte de Somoza había sido detenido y le habían aplicado el chuzo eléctrico. Consternada, no pregunté más, lo cual lamento.

    Las historias que forman parte de la Historia deben ser contadas. Entre más objetivas, mejor.

    Saludos

  3. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    Siempre que llega septiembre, viene a la memoria el ajusticiamiento de Somoza por Rigoberto López Péres. Sin embargo, en esta ocasión, decidimos mejor compartir con ustedes las vivencias de Orlando Ortega alrededor de ese magno suceso de nuestra historia, con la seguridad de que algo les hará recordar al respecto.

  4. Moyogalpa Profundo

    Gracias Orlando. Excelente relato. Yo tenía 5 años cuando eso y me acuerdo vivamente de los llantos de mi abuela la mañana después de la balacera. Ella guardó luto dos años y yo guardé los recuerdos por 58. Ese día fue cuando comencé a obsesionarme sobre la vida política de los dictadores–Trujillo, Stroessner, Fidel, para mencionar algunos. Es increíble ver como las cosas no han cambiado.

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