La fruta de la Pasión

Jocote.  Foto tomada de Wikipedia

Cada viernes de cuaresma, con relativa puntualidad, a las cuatro de la tarde, salía de la parroquia de mi pueblo, la procesión del viacrucis. La misma no tenía el rigor ni la solemnidad de las procesiones de la semana santa, de tal manera que las respectivas costumbres eran un tanto relajadas. De conformidad con las finanzas de la parroquia, salía con música de viento o simplemente con los cánticos de los fieles, aquellos clásicos Perdona a tu pueblo Señor y Oh madre dolorosa, madre del pecador. Era una procesión mayoritariamente de mujeres quienes participaban con la cabeza cubierta con una mantilla, mientras los pocos hombres, cuatro de ellos cargando al santo y otros cumpliendo una promesa o purgando una penitencia con caras compungidas para la ocasión. Cuando había música de chicheros, los mismos se ubicaban en la parte posterior a la imagen del nazareno.

Como salida de una película de Fellini, la procesión la iniciaba un carretón que llevaba un canasto con frutas de la estación, básicamente jocotes y mangos. Detrás del carretón iba el contingente de niños varones, un tanto alejados de la devoción que flotaba en la parte central de la procesión.

En esa época yo no tenía idea de la movilidad de las fechas de celebración de la cuaresma y la semana santa, sólo sabía que cuando empezaban a aparecer los jocotes iniciaba la época de los viacrucis, y además del deleite de probar aquella fruta, estaba por llegar aquel rito qué quién sabe cuándo se había instaurado en el pueblo, de abrir la procesión del viacrucis con niños comiendo jocotes y mangos. Mientras platicábamos de temas varios, comíamos aquellas frutas y cuando la atención de los fieles parecía concentrarse en alguna estación o misterio, aprovechábamos para un rápido intercambio de semillazos, ya sea entre los muchachos participantes o contra los que se limitaban a ver pasar la procesión. El cura, pensando en una de las siete palabras: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”, no le quedaba de otra que concentrarse en su ministerio, pues además nunca se registraban excesos. Mi abuela por su parte, quien no se perdía esa procesión acompañada por mi hermana, se hacía de la vista gorda, pues me había prohibido consumir jocotes de la calle, pues en la casa pasaban primero por un riguroso proceso de desinfección, por aquello de las bacterias que podrían provocarnos serias enfermedades y llevarnos irremediablemente hasta la muerte.

De cualquier forma, aquella temporada se nos manifestaba por los sentidos, por el olfato nos inundaba del olor a corozos y en el gusto se disolvía en la delicia del jocote. Había una dulzura que se conseguía a voluntad, pues bastaba con buscar una fruta verde o celeque para lograr una acidez que se hacía pasar con sal, hasta llegar en el otro extremo a la miel de los frutos que tenían un tono rojo encendido. Había de distintas variedades, sin embargo, pareciera que en cada región manejaban los nombres a su gusto y antojo. La memoria me alcanza para recordar los verdes dulces, tronadores, jobos, huaturcos. El caso es que disfrutaba al máximo la temporada de esa fruta, ya fuera con el rigor de la higiene en la casa o comprados clandestinos en la calle, sin el menor tratamiento.
Para semana santa, ya las procesiones tenían una mayor solemnidad y aquel contingente de niños al inicio incluyendo la ingesta de jocotes no estaba permitido, dándonos como premio de consolación, la oportunidad de cargar a San Juancito, una imagen liviana que los niños podían cargar por la módica suma de un chelín, precio que incluía la posibilidad de registrar debajo de la túnica del santito en donde se observaban dos escuálidas reglas en lugar de piernas.

En las casas, en cambio, se probaban las delicias de los almíbares y del curbasá, en donde el jocote tenía un papel relevante. El fruto carnoso sacrificaba su ser, por la mezcla del sabor propio con la del dulce de rapadura que resaltaba en aquel fruto con la piel pegada a la semilla pero proporcionando una delicia en las tiras un tanto correosas de su carne.

Una última probada de los jocotes, al igual que otras frutas se daba en el Huerto ubicado en el atrio de la iglesia, en donde al amparo de una imagen del Nazareno se vendían a precios más elevados, pero que por alguna razón no necesitaban pasar por el proceso de desinfección que mandaba mi abuela.

Con la llegada del domingo de resurrección, el levantamiento del ayuno y la abstinencia y el regreso a la comida de todos los días, también desaparecían los jocotes del panorama. Sin embargo, al ser una fruta insistente, al llegar el invierno, allá por agosto, salía una variedad de jocote amarillento al madurar, llamado jocote agosteño. Su sabor tenía una especial acidez y un tímido dulzor. En realidad nunca me gustó, sin embargo, siempre sentía la curiosidad respecto a esta fruta cuando era ofrecida “cocida”, misma que estaba prohibida pues según mi abuela, era cocida en agua de charco. Cuando de manera furtiva, llegué a probar los jocotes cocidos, en realidad no me supieron tan mal, como ocurría con todo aquello que estaba prohibido. En cierta época en los años cincuenta y todavía en parte de los sesenta, por la similitud del color del uniforme de la guardia nacional con la fruta cocida, se les llamaba a los efectivos del cuerpo castrense “jocotes cocidos”.

Cuando me casé, llegué a conocer en la casa de mi esposa, la cusnaca. Al comienzo, me daba cierta aprensión pues en su preparación intervenían una serie de ingredientes que no iban con lo tradicional que yo conocía y que a simple vista no rimaban, como eran los jocotes, la cebolla, la leche y el dulce de rapadura. Sin embargo, con el tiempo le fui tomando el sabor y ahora puedo coincidir con aquellos que sitúan a la cusnaca entre los dulces más sabrosos en la gastronomía nicaragüense.

Cuando viví en México, descubrí que había una variedad, no tan parecida a los jocotes de aquí y que llevan por nombre “ciruelas criollas”, pero para llenar el vacío de la ausencia, eran buenos sucedáneos. En cierta ocasión me encontré en el mercado de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, un canasto con jocotes iguales a los de acá y pregunté muy circunspecto: -Cuánto valen las ciruelas criollas y con un gesto de asombro me respondió la señora _¿Qué??? -Esos de ahí, entonces me dice: -Ah, los jocotes. –No pos sí. Me llevé todo lo que alcanzó en la valija para darnos un atracón con la familia.

A estas alturas del partido, sigo teniendo una especial predilección por los jocotes. Nunca los como con sal, como algunos conciudadanos, cosa que mi riñón agradece. Me produce escalofríos ver cómo algunos valientes consumen los jocotes con una especie de vinagreta que parece aceite de motor quemado, pero como dicen, en gustos se rompen sacos. En cuanto al precio, lo que en mi niñez compraba con cincuenta centavos puede llegar a costar fácilmente más de veinte córdobas, como si se tratara de kiwis de Nueva Zelanda o dátiles de Djerid, pero vale la pena. No he perdido el gusto por los jocotes en almíbar, sin embargo, la sombra de la diabetes parece perseguirme, azuzada por el afán de los laboratorios farmacéuticos de empujar a la humanidad hacia las enfermedades más rentables para ellos. Así pues, de vez en cuando, allá a la muerte de un obispo, pesco uno o dos jocotes del almibar o de la cusnaca y lentamente saboreo esa delicada mezcla del jocote, el dulce y lo prohibido.

Las procesiones ya casi han pasado a la historia, especialmente en la capital. En algunas parroquias sale de madrugada, tal vez para evitar el calor de la tarde o para magnificar la penitencia agregando la madrugada. De vez en cuando, me encuentro los viernes por la tarde, una mini procesión, con una veintena de fieles, solos, con una imagen en miniatura, que van jugándose la vida con el despiadado tráfico y me viene a la mente aquellos recuerdos de la niñez y me pregunto: ¿y los jocotes?

9 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

9 Respuestas a “La fruta de la Pasión

  1. Gracias por tu artículo, Orlando. Nunca vi lo de los jocotes y los mangos, posiblemente algo exclusivo de tu pueblo. Tampoco lo de San Juancito. Todo muy interesante. Saludos.

  2. Chepeleón Argüello U

    Una vez más tus escritos incitan a divagar al lector, en la niñez nunca discrimine al jocote, verde o maduro, de temporada o no, con o sin sal, cocino o sin lavar, tiene un sabor que trae a Semana Santa y a niñez. Muy pocas veces disfrute de las procesiones del viacrucis, ya que esa semana, salíamos siempre rumbo a las playas de Rivas: Brito, La Virgen, San Juan, Santa Ana etc., Creo si no me falla la memoria en el patio de la casa de los Góngora, existía un palo de esas “ciruelas”, que vos y yo, por nuestra descendencia mexicana, disfrutamos en México DF, en Puerto Vallarta, hace unos años, me encontramos a una señora en la calle vendiendo con un canasto de jocotes, tenía más de veinte años de no comer un jocote, y dado que estaba en México, espera hasta llegar al hotel, para lavarlos con agua purificada, por miedo a la maldición de Moctezuma, que ya me había jodido unas vacaciones en el 93, una vez más, tu plumas es merecedora de nuestra apreciación.

  3. Hola Orlando, buen post. Me has leído el pensamiento porque los jocotes son uno de mis frutas preferidas. Y en éstos días he pensado mucho en el famoso almibar. Tengo añales de de comer eso😦 / En Francia la expresión “Fruit de la passion” se refiere a la granadilla. / Me gustó leer tu texto, lleno de lindos recuerdos. Un abrazo.

  4. Indiana

    Aún en mi pueblito natal puedo saborear esa frutita aún en los Viacrucis los viernes de Cuaresma, y siempre al frente de la Procesión, con la salvedad que ahora va muy adelante de la misma, pero más que jocotes ahora se ha anexado la venta de turrones o pelotas como le hemos llamado desde chicos…
    Felicidades Orlandito por llevarnos una vez más a vivir esa bella época…

  5. josefina vivas

    También de niña, En mi amado Bluefields, me dí gusto comiendo los deliciosos jocotes que mi querida abuela Celia, nos mandaba ,en semerendos canastos de los que se desbordaban, como pidiendo ser saboreados; hoy a mis sesenta y seis años,me veo limitada, a solamente, meter mi cara entre los jocotes, para embriagarme con, su delicioso aroma, pues ,tan solo uno, me da dentera; pero , !!sí,…disfruto por cucharadas, de la deliciosa miel de jocote, mango, marañón, mamey, etc. del curbasá!!, las deliciosas rosquillas, tanelas, tamal pizque, yoltamal, chorreadas ,etc.por no mencionar “todas las delicias de comidas de la semana Santa”. Con el relato de ,”la fruta de la Pasión, me remonté a mi niñez, en la que no me perdía de ninguna procesión. Gracias, por revivir gratos recuerdos .Continúe escribiendo; lo felicito.

  6. Marcos Sandoval

    Felicidades y muchas gracias por regresarnos a nuestra niñez, Dios te bendiga hermano, seguí trayéndonos al presenté nuestros recuerdos de infancia.
    Marcos Sandoval

  7. Luis Villavicencio

    Deliciosos jocotes…en la epoca de mi adolecencia mi tio compro una finca en Sebaco donde existian una variedad de jocotes grandes…..me subia a los arboles con sal dentro de las bolsa de mi camisa y bajaba hasta que me dolian los dientes (dentera) de tanto acido…..comi ahi mismo, la cusnaca con jocotes perros……leche, azucar y no se que otra cosa. Gracias por tu articulo… me remonto al pasado.

  8. Marco Antonio

    Es un deleite los jocotes y por cierto que me gustan y de año en año disfruto de “La fruta d ela pasión. Saludos

  9. Oscar Martinez A.

    Que delicia! Almibar, cusnaca y curbasa. Diferentes sabores de fruta que disfrutaba cuando estaba pequeño. Y ya grande tambien. Lo que pasa es que estos sabores me recuerdan mi niñez en mi ciudad. Managua. Recuerdo que para Semana Santa, mi mama preparaba estas maravillas. Y ademas, la sopa de queso. Y la sopa de sardinas. Se me hace ¨agua la boca¨ al recordar todo esto. En una oportunidad en un lugar en Granada que le decian ¨La Cunuy¨ tuve la oportunidad de probar ¨gaspar en escabeche¨ Algo soñado y ¨fuera de serie¨ Cualquiera de estos sabores tiene el efecto de transportarme a una epoca en la que iba a las procesiones y a echarle ¨papelillo¨ a las muchachas y en especial a la que nos atraia en el barrio. Que tiempos! Gracias Orlando una vez mas por este pequeño viaje a trave del tiempo. Lo unico que no recuerdo es que la cusnaca lleve cebolla, Saludos,

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