El judío errante

 

El judío errante. Imagen tomada de Internet

 

En el cuarto de mi abuelo había un librero antiguo con puertas y sólo él tenía acceso al mismo.  No tenía llave, de tal manera que cuando mi abuelo viajaba a Managua a sus negocios, yo aprovechaba y con el máximo sigilo lo abría.  Había una gran cantidad de libros y revistas y la que más me llamaba la atención era una publicación argentina llamada “Rico Tipo” que era algo parecido al Condorito pero con más personajes, así que me llevaba una de estas revistas al patio y tranquilamente la leía, disfrutando de las aventuras de Fulmine, Fallutelli, El otro yo del Dr. Merengue y otros que ya no recuerdo.  Cuando terminaba de leerla, volvía a colocarla en su lugar y cerraba bien las puertas para no dejar ninguna huella.  Después que murió mi abuelo en 1961, mi acceso al citado librero fue más frecuente e irrestricto.  Terminé de leer la colección de Rico Tipo y seguí con las revistas Leoplán de Argentina y Carteles y Bohemia de Cuba.  En esta última me gustaba sobremanera una caricatura de humor negro a cargo del caricaturista Prohias que se llamaba El hombre siniestro.  Años más tarde me volví a encontrar al caricaturista cubano en la revista norteamericana MAD con la caricatura, más o menos del mismo corte que El hombre siniestro, llamada Spy vs Spy.

En cierta ocasión que me dedicaba a navegar por el mar de publicaciones en el librero de mi abuelo, me encontré una carpeta de papel kraft, en la que estaban guardadas varias fotografías de personas que yo no conocía, recortes de revistas y periódicos y una fotografía en particular me llamó la atención.  Era una instantánea (así le decían antes a las fotos en donde el sujeto era sorprendido, en lugar de posar para la misma) de un tipo caminando por la acera de una calle desconocida, cabello y barbas hirsutos, descuidados, vistiendo ropas harapientas y con un costal al hombro.   Para no quedarme con la duda, después de mucho pensarlo le pregunté a mi tía, una prima de mi padre que se había criado en la casa de mis abuelos, que quién era el sujeto de la foto.  Frunció la cara en un gesto de desaprobación por haber sacado aquella foto y de manera cortante me dijo: -Es el judío errante-y acto seguido me arrebató la foto y la fue a guardar a su lugar.    Le pregunté a mi madre quién era el judío errante y me comentó que era una leyenda sobre un judío que le había negado agua a Jesús en su camino al Gólgota y que éste le había condenado a vagar por toda la eternidad.    Le dije que mi abuelo tenía una foto de ese judío errante y ella se limitó a reír.  Entendí que mi tía, una vez más me había tomado el pelo, pues ella era de aquella vieja escuela en donde al niño no debía contestársele sus preguntas y en su lugar había que responderle con vaciladas.

Seguí en mis incursiones en el librero de mi abuelo y cada vez que podía volvía a registrar la foto aquella, hasta que un día la carpeta completa se perdió para siempre.  En cambio, encontré el libro “El mártir del Gólgota”, de Enrique Pérez Enrich y lo leí, encontrando ahí la historia del famoso Samuel Belibet conocido como el  judío errante.  Más o menos por ese mismo tiempo, la Radio Católica incluyó en sus dramatizaciones de semana santa la historia del judío errante y cada vez que la escuchaba, me venía a la mente aquella figura que aparecía en la foto del librero de mi abuelo. Era interesante el hecho de que en aquella época, mucha gente creía a pie juntillas que la historia del judío errante era cierta y que en la temporada cercana a semana santa, se le miraba transitar por todo el  mundo.

No mucho tiempo después, estaba yo en mi casa; tuvo que ser en tiempo de cuaresma, pues yo estaba de vacaciones en el colegio, que en aquel tiempo se extendían de febrero a abril y estaba haciendo un leve calor, sabrosón, como era el clima aquel tiempo en el pueblo.  Estaba sentado en el muro de mi casa filosofando (¡no seas malo!) cuando de repente, vuelvo a ver a mi izquierda y observo que viene acercándose un sujeto que era la viva imagen de aquel que aparecía en la foto.  Sentí que se me fueron los pulsosmmm.  El tipo aquel vestía con ropa un tanto descuidada, más no harapienta, sus cabellos y barba un tanto hirsutos y cargaba una de esas bolsas de marinero.  Se acercó y con una voz grave saludó:  -Buenos días amigo.  Haciendo un gran esfuerzo, le regresé el saludo e inmediatamente agregó: – ¿Serías tan amable en regalarme un vaso de agua para calmar mi sed?  Me quedé vacilante un momento y luego bajé del muro y fui a la cocina en donde se encontraba mi madre.  Le dije que un señor pedía un poco de agua y ella me alcanzó un vaso y lo llené de la paja (grifo) que era lo que se estilaba cuando no nos había inundado la propaganda de que debemos beber agua embotellada.    Llevé el vaso al individuo aquel y con una amplia sonrisa lo tomó y me dijo: -Muchas gracias, amigo.  –¿Cómo va todo por acá? –Bien, le respondí lacónicamente.  Empezó a apurar el líquido poco a poco, como si se tratara de un fino licor y embelesándose con cada trago.  Yo lo observaba cuidadosamente, tratando de encontrar alguna pista sobre su identidad, pero nada.

De pronto me armé de valor y le pregunté: -¿Es usted de estos lados?, así ambiguamente para ver qué me decía y él tranquilamente me contestó: -No, mi amigo, soy de muy lejos.  Recórcholis, pensé para mis adentros.  Me quedé vacilante sobre la siguiente pregunta que le lanzaría, cuando entregándome el vaso me dijo:  -De casualidad ¿no tendrás un bocado para este pobre peregrino?  Volví a la cocina con mi madre y le pregunté si no tendría algo de comer para el  señor.   Ella sin hacer ninguna pregunta, tomó un pedazo de pan, lo abrió y le introdujo un par de rodajas de jamón y me lo dio.  Se lo llevé y le pregunté si estaba bien y se limitó a decirme: -Perfecto y se lo engulló, como decían algunas viejas del pueblo, con una “hambritud” de pelón de hospicio.

Ya con cierta confianza, me atreví a lanzarle la pregunta de los 64,000 dólares.  Sin más ni más le lancé: ¿De casualidad, es usted el judío errante?  Y cerré los ojos esperando que el sujeto montara en cólera o algo por el estilo, pero para mi mayor sorpresa, después de un corto silencio me respondió: -Sí, yo soy.    –Ay, nanita, pensé.  ¿Y ahora?  En ese momento me acordé de las judeas que representaban la pasión de Cristo y en el episodio en donde van a apresar a Jesús los soldados romanos, Jesús les pregunta: -¿A quién buscais? – A Jesús de Nazareth, respondían, entonces él les decía: -Yo soy, a lo que los soldados romanos se dejaban caer al piso, dándose un soberano platanazo.   Pero a pesar de la sorpresa, yo no estaba para esos lances.

Volví a ver al supuesto judío y tratando de mostrar tranquilidad le volví a preguntar: -Entonces, ¿usted se llama Samuel Belibet?  Mostró una enorme sonrisa y me dijo: -No, mi estimado amigo, ese no es mi nombre.  Ese nombre se lo inventaron por ahí, como parte de una leyenda, pero nada de eso es cierto.  Toda esa leyenda ha sido un pretexto para ensañarse con el pueblo judío, primero los romanos y finalmente los nazis.

Ya agarrando confianza le pregunté: -Entonces ¿por qué lo castigaron?  Volvió a sonreír y me dijo, no fue un castigo, más bien fue una especie de premio, si así lo pudiéramos llamar.  ¿Premio? –le interrogué.  –Bueno, pudiera decir que fue un pago por mi silencio.  En realidad fui testigo de un hecho que si se conocía hubiese cambiado todo el curso de la humanidad.  –Rayos y centellas, pensé como los vaqueros de los paquines.  –Como mi sueño era viajar por todas partes, se me concedió el don de la inmortalidad para poder viajar por cada rincón de este mundo y todo a cambio de mi silencio.

Como era evidente que no soltaría prenda sobre lo que había visto aquel individuo, le pregunté: – Y ¿no se aburre? –Pues no, me contestó, siempre hay algo nuevo para ver, aunque a través de los siglos, el ser humano no ha cambiado nada.  –¿Y cómo viaja? Seguí con mi interrogatorio, aunque si hubiese sido en estos tiempos diría entrevista.  –Ratitos andando y ratitos a pie, dijo tratando de disimular su sonrisa y mostrándome sus zapatos agregó:  –Estas joyas me ayudan mucho, luciendo unos tenis Converse All Star. –Me los regaló el propio Chuck Taylor, dijo con cierto orgullo.

A esas alturas ya me sentía un Gabry Rivas y seguí con mis preguntas. –¿Y de qué vive usted? –Pues, con todo lo que sé y he vivido, me defiendo como asesor, trabajo un tiempecito y luego descanso otro rato y aprovecho para viajar.

Iba yo a seguir con mi interrogatorio cuando me dijo: -Bueno mi joven amigo, me voy porque tengo un negocito por el rumbo de Niquinohomo y me queda un buen trecho por caminar, agradezco mucho tu hospitalidad y en agradecimiento te voy a dejar un consejo que aprendí del propio Siddhartha: “Duda de todo, encuentra tu propia luz” y con su bolso al hombro se dirigió hacia el este.

Cuando regresé a la cocina, mi madre me preguntó: ¿y quién era el señor a quien le llevase de beber y comer? –Un judío, me limité a decir. Mi madre volvió a reír y me dijo: -Los judíos no comen jamón ni a palos, pues el cerdo es animal inmundo para ellos. –Me volvieron a tomar el pelo, pensé para mis adentros.  Al comienzo, me sentí un poco mal, al haber sido tan ingenuo, sin embargo, luego pensé que la clave de todo estaba en aquel consejo: “Duda de todo, encuentra tu propia luz”, que me ha ayudado tanto a lo largo de toda mi vida.

9 comentarios

Archivado bajo cultura

9 Respuestas a “El judío errante

  1. Chepeleón Argüello U

    Orlando, en nuestros tiempos éramos más ingenuos, no teníamos malicia, en esa sencillez, lo que un adulto decía, era tomado como verdad, especialmente lo relacionado a la religión seguido y entrelazadas con los cuentos de camino. Cuando llegue a vivir a San Marcos, tenía seis años, lo primero que me cautivo de este pueblito era esa atmosfera de misterio que encontraba al platicar con los vecinos. Una vez en la casa de don Juan Reyes, encontramos en un palo de papaya varios alfileres, le preguntamos a la sirvienta y lo primero que nos dijo que eran signos de brujería, lo peor de todo, es que le creímos, por varias noches nos atormento la idea y hasta tuvimos pesadillas. Me imagino que de igual manera nos vacilaron. Gracias por compartirlo, Un gusto mi hermano.

  2. Edwing Salvatore Obando

    ja, ja, ja,ja, encuentros cercanos del tercer tipo

  3. Jeje, Hermosa narración, Es un artista narrando sus vivencias,vuelvo a decir, que las vivo, como si hubiera estado viendo a través de alguna ventana. Usted trae recuerdos hermosos de mi niñez en mi amado Bluefields, pues al igual que usted, tuvimos la dicha de ser niñ@s en esa época y vivir en pueblos y lugares alejados,” y que por la Gracia de Dios,eramos realmente ingenuos y …!Muy felices! “. Muchas ,Muchas Gracias; !!!;” nuevamente ,vuelvo a ser tan Feliz”
    .

  4. Me conmueve su publicación,porque algo similar allá por el año 1955; tenía unos siete años, ocurrió que mi mamá nos decía; que si no obedecíamos el judío errante nos iba a llevar.Durante la semana santa salía la judea por las calles de San Marcos tipo dos p.m y entonces yo, cuando oía las cadenas,corría a esconderme o a cerrar la puerta de la casa donde vivíamos, porque me daba terror, pensaba que se iba a meter y que a la fuerza nos iba a llevar yo; temblaba, mi corazoncito latía rápido y salía hasta que ya no escuchaba ruidos. Para mí la semana santa era tiempo de estar en casa o en la parroquia con mi mamá. igual nos decían que si alguien pasaba pidiendo agua que le diéramos porque supuestamente ese hombre podía ser el judío errante. Hoy en día difícilmente me engañen, nadie cree en el judío que puede ser,sino en el delincuente que te va robar. Gracias por compartir.

  5. Rafael Durán Barraza

    Es una hermosa página, la cual me ha hecho recordar que hace muchos, muchísimos años, siendo un niño caminaba de la mano de mi padre por las calles del centro de San Salvador; cuando encontramos a un pobre hombre que vestía una chaqueta sucia, un anormal sin duda. Al pasar junto a nosotros me pegué más a mi papá quien emitió un sonido equivalente más o menos a un “ujuujummm”, después de unos pasos le pregunté que quien era y él me contestó: es el judío errante. Ya en la casa le conté a mi mamá que había conocido al judío errante, ella se sonrió.
    También yo fui sorprendido.

  6. corré que hay viene el judío errante

    Jajajá. Muy bueno. Me hiciste revivir los momentos cuando con una ganzúa abría el ropero de un tío mío para leer su colección de Sexología, que en Granada era literatura prohibida para menores de 45 años. En cuanto a la figura del judío errante me asombra el adoctrinamiento que sufrimos antes de la primera comunión; los judíos siempre eran los malos de la película. Ahora que acabo de pasar los 40 (con desviación estándar de 20 añitos) me doy cuenta de lo mucho que esos cuentos han influido nuestros prejuicios de adulto. Gracias por el relato.

  7. AZA CHAVEZ

    Me gustó mucho y me transportó en el tiempo.

    Nunca vimos al Judio Errante, pero todos creíamos que existía. Lo esperábamos y nunca llegaba. Nadie quería ser como él. Cuando niños -recuerdo- si no estábamos quietos en un sólo sitio de la casa, mi bisabuela nos decía que ya parecíamos el Judío Errante. Luego, tal como le pasa a Santa Claus, Samuel Belibet desaparecía después de Semana de Pascua. Ahora pocos lo recuerdan, pero a Santa Claus, la Coca Cola siempre lo revive paa Navidad y aunque no existe, todo el mundo lo espera.

    Al recordar al Judío Errante, es imposible hacer a un lado a las judeas de pueblo y al personaje característico de las mismas. En Chinandega, Toño Bustamante -El Centurión para orgullo de él cuando estaba en vida o Nariceta para quienes querían hacer escarnio- caracterizaba a Boanerges, cada Viernes Santo, en las diferentes estaciones del Santo Entierro. No hablaba el día entero, desde antes que saliera el sol, hasta que entraba la procesión a la iglesia de Santa Ana, despúes de la media noche. La cohorte de El Centurión la integraban otros vestidos de soldados romanos, ataviados de la manera más o menos original: copas de carros como escudos; pecheras de cuero o de papel de aluminio pegada a un cartón, para simular armaduras; machetes que nunca brillaron pero que sacaban chispas del suelo cuando se batían a duelo simulado, o un soldado romano muy bien caracterizado con su falda corta, su casco -o cresta- colorada, mandibulera de metal pulido, capa púrpura aterciopelada, y la única excepción discordante: las botas vaqueras que usaba para cabalgar sobre un cholenco Rocinante.

    La reconvención del Viernes Santo era la misma: no gritar, no saltar, no correr, no escupir, no decir malas palabras, no comer carne de ningún tipo, no armar algarabías: el Señor está en las Tres Horas de Agonía en la Función. Corría el riesgo de parecerme a los judíos si mi conducta era contraria al acto de constricción que debíamos hacer ese día especial de la cuaresma, amén de la mirada dura o la probable “fajeada” el Sábado de Gloria. ¡Vida para que fuera eterna! ¡Cómo se gozaba de la sencillez de los tiempos!

  8. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    Nuevamente, Orlando Ortega Reyes nos regala una historia semanasantera, de esas que uno debe leer con calma para poder disfrutar los recuerdos que nos evoca: la leyenda del Judio Errante.
    Coincidimos con el autor en que “toda esa leyenda ha sido un pretexto para ensañarse con el pueblo judío, primero los romanos y finalmente los nazis”, pero su valor en la cultura popular nica se mantiene.
    También nos declaramos seguidores del consejo que el judío de la historia aprendió del propio Siddhartha: “Duda de todo, encuentra tu propia luz”…

  9. Me he deleitado en la lectura de la amena narrativa de tus experiencias. Muchas gracias. Gaj

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