El resucitado

Cristo resucitado.  Imagen tomada de internet

Uno de los recuerdos más atesorados de mi niñez es el de aquellas madrugadas del domingo de pascua, como se le conocía antes al día que daba fin a la semana santa, tan llena de prohibiciones, procesiones e incienso.   Todavía estaba oscuro cuando mi padre llegaba a mi cama a despertarme para asistir a la procesión del resucitado.  Mientras mi hermana, con las mujeres de la casa salían hacia la procesión de las féminas que acompañaban a una imagen de la virgen dolorosa, aquella que tenía un estilete atravesándole el corazón, mi padre y yo nos uníamos a la procesión de puros hombres que en silencio acompañaba a la imagen de un Cristo con el corazón expuesto y que se le conocía, en esa ocasión en especial, como el resucitado.  Una cuadra antes de llegar al punto de encuentro de las dos procesiones, aparecía una niña vestida de ángel llevada también en un anda y que iba de una imagen a otra repitiendo al encontrarse con la virgen: -Madre ahí viene tu hijo e -Hijo, ahí viene tu madre al llegar a la imagen del Cristo, acelerando los cargadores la velocidad a medida que se iban acercando las dos procesiones.

Cuando ambas imágenes se “topaban” precisamente en el Banco de los Briceño, las imágenes eran subidas y bajadas, al igual que el angelito, al momento en que los chicheros tocaban una fanfarria, mientras que un derroche de pólvora anunciaba el cierre de la semana santa.

Más que el evento en sí, lo que me emocionaba era ese acercamiento con mi padre, generalmente dedicado a su profesión de médico a tiempo completo, pero que en esos días suspendía totalmente su apostolado para dedicarle tiempo de calidad a su familia.  Ir de su mano por las calles del pueblo era una experiencia única y sentir que me levantaba hacia sus hombros para que viera mejor el encuentro de la madre, el hijo y el angelito, era algo espectacular.

Muchas veces, después de un suculento desayuno, salíamos de viaje a alguna playa o bien a la capital a ver alguna película.

A finales de los años cincuenta nos trasladamos a la casa nueva de la calle de El Calvario y cuando mi padre estaba en la casa, disfrutábamos sentándonos en el pequeño porche dividido de la acera por un muro de escasa altura.    Ahí sentíamos el aroma que venía de los cafetales de la parte norte de la ciudad, el frescor del clima que en aquel tiempo caracterizaba a los pueblos de Carazo y ver a los paisanos desfilar por la calle, todos ellos saludando con mucha deferencia a la familia.  No obstante, había un individuo que pasaba ciertos días, más o menos a la misma hora por la tarde y que con una estampa un tanto tenebrosa pasaba sin alzar la vista.

Cuando mi padre lo miraba acercarse comentaba: -Ahí viene el resucitado.  Por más que yo le buscaba, no le encontraba sentido a aquel remoquete, pues viéndolo bien, no se parecía en nada a la imagen del Cristo que sacaban en aquella procesión.  Este era un individuo de mediana estatura, tal vez un poco más alto que el promedio, de contextura recia, con cierto sobrepeso.  Su rostro era duro, su boca dibujaba un rictus que llegaba a ser aterrador, sin embargo, lo que más llamaba su atención era una especie de giba que sobresalía en su nuca, con unos profundos surcos que parecía papaya rayada y aparentemente lo obligaba a caminar un tanto enconchando como decían antes.   Invariablemente usaba camisa manga larga y con un andar un tanto tropezado, pasaba hacia el este.

Un día en que mi padre estaba de ánimo conversador, le pregunté por qué le decían el resucitado, si no se parecía a la imagen del Cristo.  Entonces me contó la historia que cualquiera me dirá ahora que es original de Tarantino, pero les puedo asegurar que años antes que naciera Quentin, ya esa historia era manejada por muchas gentes en el pueblo.  Resulta que aquel individuo se hizo de algunos enemigos por razones desconocidas o que debido al desenlace, tal vez ya no eran relevantes.  El caso es que sus enemigos lo emboscaron en un camino, si la memoria no me traiciona, entre San Marcos y Jinotepe, todos con machete en mano y cuando lo encontraron empezaron a ensañarse en él.  A diferencia de las katanas japonesas que incluyó Tarantino en Kill Bill, los machetes no tenían la capacidad de rebanar los miembros como sandías, sino que por más que le propinaron golpes en la nuca, no lograron decapitarlo, sin embargo, al caer inconsciente y derramar tanta sangre, los atacantes lo dieron por muerto y emprendieron la huida.

Unos lugareños que pasaban por ahí lo encontraron y en cierto momento vieron un débil signo de que seguía vivo y se lo llevaron a donde un curandero del rumbo que con pura medicina natural poco a poco lo fue sacando del estado deplorable en que lo encontraron.  Pasó escondido en el caserío en donde lo llevaron hasta que se recuperó totalmente.  Cuentan que cuando estuvo completamente restablecido, lo primero que hizo fue conseguirse un machete y buscó y encontró uno por uno a sus atacantes, asegurándose que al caer estuvieran completamente muertos.

Se perdió por un buen tiempo y cuando creyó que toda aquella historia había quedado en el pasado, apareció de nuevo, haciéndose acreedor en pueblo del remoquete del resucitado.  Nunca supe de dónde venía ni hacia donde iba, ni en qué se ocupaba.  El caso es que ciertos días, más o menos a la misma hora, pasaba por mi casa, con su figura patibularia, rumbo hacia el este.

En cierta ocasión, muchos años después, estando sentado con mi padre en el porche de la casa, le comenté: -Tiene rato que no pasa el resucitado.  –De verdad, dijo mi padre, lo más seguro es que se ha de haber muerto.  – ¿Será? le dije, -Si, agregó mi padre, nadie resucita dos veces.

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5 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

5 Respuestas a “El resucitado

  1. Reblogueó esto en En la Makenzin-Boly comentado:
    En esta ocasión y a propósito de la proximidad de la Semana Santa les comparto este ameno artículo de Orlando Ortega, sobre uno de esos personajes de pueblo que viven para siempre en la memoria colectiva.

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  2. Josefina Vivas Vogel

    Muy buena remembranza!!! Continúe escribiendo , publicando y enviando, todas esas vivencias, es, como estar viviendo de nuevo esa época y escenario. GRaciasss😊👌👌👌

    Enviado desde mi iPhone

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  3. Muy buena historia, Orlando. Lo más conmovedor, la unión con tu padre. Gracias por compartir. Saludos

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  4. Encantado de leerlo, tipico encontrarse en los pueblos con esos personajes a veces taciturnos que cargan en sus hombros historias de leyenda.

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  5. leopoldo zepeda

    Gracias por fortalecernos con esos recuerdos, el angelito alque te referis, se conocia como el angel del anuncio, y nos hacia sudar la gota gorda por que tenias que ir de un lado a otro lo mas rapido que pudieras.

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