Las amarillas tardes

Doña Griselda Rosales de Ortega. Foto Celeste González

Este 8 de marzo, precisamente en el día internacional de la mujer, nos tocó ir de entierro.  Una vez más recorrí el trecho que va desde la parroquia de San Marcos, hasta el cementerio municipal.  Acompañaba ahora a mi tía Chelda a su última morada, al lado de mi recordado tío Emilio.  Mientras el ataúd bajaba a la tierra, de pronto el cielo me pareció que cambiaba al amarillo intenso de mi niñez.  No sé por qué razón, pero siempre he creído que las tardes de aquella época guardaban otro color, no era el pálido intenso de estas tardes, en donde pareciera que el sol amenaza con caernos encima, sino que era un amarillo más tirándole a rojizo o naranja.  Nunca he sido muy bueno para describir los colores, pero definitivamente era un amarillo completamente diferente.

En aquellas tardes, recuerdo invariablemente las figuras juveniles todavía de mis padres y en especial las de mi tío Emilio, que por el cariño entrañable que le guardábamos era nuestro papá Emilito, para distinguirlo del abuelo del mismo nombre, así como la de su esposa Griselda, de una esbeltez tremenda que la hacía parecer modelo de un figurín.  A pesar de que mi tío trabajaba en el servicio exterior, fueron muchas temporadas en que vivieron en el pueblo y era un deleite para mí convivir con mis primas mayores, casi de mi misma edad.  Recuerdo los paseos vespertinos hacia la estación de trenes, o al parque Jorge Robleto, una caminata hacia El Convoy o a La Corina de don Silvestre Pérez, amigo de la familia o bien un paseo en un Ford 28 de doña Amada v. de Somoza, hacia una finca al lado de Santa Teresa.  Al igual que todas las fotografías viejas, van tomando un tono sepia, todos esos recuerdos están enmarcados en medio de ese amarillo tan particular que predominaba en esas tardes.  Cuando los tres hermanos y sus respectivas familias se reunían era una verdadera fiesta, todos los primos haciendo tropelías en el patio de la farmacia del abuelo, mientras los adultos departían escuchando a Agustín Lara, Lupita Palomera, Pedro Vargas y demás música de la época.

Mi tía Chelda era exageradamente ordenada, estricta y escrupulosa; mantenía una férrea disciplina con sus hijas y pretendía que yo a mi corta edad me comportara como uno de los miembros del cuerpo diplomático con un trato exquisito hacia mis primas, cuando en realidad yo era un irredento que podía jugar con ellas, abrazarlas o bien darles un coscorrón cuando creía que se lo merecían, lo que provocaba la ira de mi tía que reclamaba castigos ejemplares para mi persona.  Sin embargo, nos sorprendía cuando llegaba a nosotros con las manos escondidas y diciendo: -Chin chilillo, a lo cual todos debíamos responder inmediatamente: -Yo cuchillo, haciéndonos entonces acreedores a dulces o chocolates que repartía en profusión.

Mi tía nunca se cansaba de darme consejos en el trato hacia las muchachas, pues decía que la fineza en el mismo hacía distinguir a un joven elegante de un simple guardia.  Yo en realidad aspiraba a parecerme a mi tío Emilio, quien vestía con una elegancia mayúscula, cuando tenía que vestir formal se distinguía con sus bien cortados trajes y cuando debía vestir sport, lo hacía también con un estilo único.  Manejaba su carro con guantes de cuero y lentes de sol.  Su trato era exquisito y manejaba la ironía como una filigrana.  Ortega al fin.  Comía con la elegancia de Cary Grant, manejando magistralmente los cubiertos y hacía gala de un profundo conocimiento de vinos y licores.

Faltando un par de semanas para los quince años de mi prima Giselle que se celebrarían en Tegucigalpa comme il faut, un domingo de mayo de 1964 llegó muy temprano un telegrama en donde avisaban a mi padre que mi tío Emilio había fallecido esa madrugada de un infarto al miocardio.  Acompañé a mi padre al aeropuerto, en donde con el corazón atravesado vimos como un Douglas DC-7 de la Fuerza Aérea Hondureña arribaba, con mi tía Chelda, sus hijas y mi tío inerte en un fino féretro.  No me alcanzan las palabras para describir todo el dolor que llegó en ese avión, pues nadie daba crédito a la noticia de la muerte de mi tío, pues era de las personas que se esperaba que llegaría a anciano con la extrema elegancia que mantuvo toda su vida.   Mi casa quedó impregnada de todos esos sentimientos que se acumularon durante la vela de mi tío y al día siguiente recorrimos ese funesto camino hacia el cementerio, en donde fueron muchas las esquinas en donde algún orador tomaba la palabra para exaltar la memoria de Don Emilio Ortega Corea.

No lograba imaginarme todos los sentimientos de mi tía, que además de todo lo que significó la inesperada partida de mi tío, a las pocas semanas su madre, Doña Emelina, falleció también.   Muchas gentes en el pueblo apostaron a que mi tía perdería la razón, pues nadie podía reponerse de semejantes golpes, sin embargo, se equivocaron, nadie supo de dónde sacó  fuerzas para levantarse y seguir el camino.  Conociendo su capacidad, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, acordaron dejarle el puesto que dejó mi tío y de esa manera, con el corazón en pedazos, mi tía se levantó y tomó decididamente el timón de aquel barco que aparentemente había quedado a la deriva.

Fue una verdadera lección de entereza la que mi tía le dio a todo el mundo, con valentía asumió el doble papel de padre y madre y continuó la cotidiana batalla por la vida.  Una vez al año regresaba con sus hijas al pueblo y para nosotros era motivo de inmensa alegría reunirnos con esos elementos significativos de nuestra niñez.  Mi tía no parecía reponerse definitivamente, pues en su rostro no volví a adivinar aquella sonrisa de cuando nos gritaba: -Chin chilillo.

Luego con el tiempo dejamos de vernos por un enorme espacio y no fue hasta mediados de los noventa cuando yo regresé de México y ella de Costa Rica cuando reiniciamos una estrecha relación.  Yo dejé de ser aquel muchacho inquieto, malcriado y demás, para convertirme en el hijo varón que nunca tuvo, el hermano que sus hijas siempre añoraron. Muchos fueron los sábados en que pasamos con sus hijas reconstruyendo todas las escenas de la niñez y dando rienda suelta a todos nuestros recuerdos.  Volvía a ver en su rostro aquella sonrisa que recordaba de mi infancia, cuando nos acercábamos a la medianoche riéndonos de todas las anécdotas jocosas de esos tiempos.

Durante todos mis cumpleaños, ella siempre estuvo a mi lado, festejando la ocasión, así como en todos los eventos significativos de la familia.  Sin embargo, fue a partir de un asalto sufrido en la soledad de su casa, que su vida comenzó a declinar.  El ataque que sufrió fácilmente hubiera llevado a la muerte a cualquier persona, pero no a ella, mientras el asaltante golpeaba su cabeza contra el suelo, ella tomó fuerzas para agarrarle los dídimos y apretarlos con la fuerza de un ninja, de tal forma que el ladrón salió en desbandada aullando gritos de dolor, ahora con su nueva voz de Joselito.  No obstante, después de ese golpe, sucedieron una serie de acontecimientos, varias caídas vinieron a minar la salud de hierro que había mantenido y aquella vela, que tal como decía Elton John nunca perdía intensidad con el atardecer, poco a poco se fue consumiendo.  Su participación en las conversaciones de los sábados fue disminuyendo poco a poco, limitándose solamente a escucharnos.

En el año dos mil diez, celebramos con júbilo los noventa años de la tía Chelda, con la participación de gran parte de la familia y amigos cercanos.  Fue un acontecimiento único en donde departimos alegremente, a tal punto que me animé a cantar una canción para ella y que por cariño de los asistentes no me pidieron parar.

Cuando presenté mi libro en agosto pasado, además de la enorme satisfacción de contar con la participación de la mayoría de mis hermanos, familiares y amigos entrañables, sentí un enorme gusto al ver entre la audiencia a dos pilares fundamentales de mi niñez, mi tía Chelda y mi maestra Ofelita Ortega, ambas en sillas de ruedas.

A finales del año pasado, después de una enfermedad que me postró por cerca de dos semanas, tomé fuerzas un sábado y fui a visitarla.  Cuando le comenté que había pasado enfermo, me dijo con su voz, cada vez más apagada: -Te hubieras venido para acá, aquí sobran manos para atenderte con cariño.  No pude responderle nada, simplemente le di un beso, pues sentí que las palabras no hubieran podido salir de mi boca sin quebrarse. 

El 7 de marzo, temprano de por la mañana recibí la llamada de mi prima Giselle, avisándome que hacía algunos minutos, mi tía había fallecido.  Afortunadamente no tuvo una agonía prolongada, sino que con la mayor placidez, se marchó de este mundo.  No me sorprendió la noticia, pues sentía que ella ya merecía descansar.

Cuando el albañil terminó de cerrar la tumba de mi tía, sentí que ahí quedó una gran parte de mi niñez.  Debí haber tomado la palabra para expresar mi sentir en ese evento, sin embargo, estaba seguro que mi voz no hubiera resistido la emoción y se hubiera roto al primer intento.  El cielo como decía, me pareció tener un tono de amarillo intenso y con el corazón en la mano emprendí mi regreso, con la plena conciencia de que cada vez, de manera inexorable, me afianzo más en esa primera fila que me han cedido tantas gentes queridas.

Descanse en paz, tía Chelda

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11 comentarios

Archivado bajo Familia, Nicaragüense

11 Respuestas a “Las amarillas tardes

  1. Mi amiga Norma Vaughan-conocida más como Norma Baca- me contó que doña Griselda era su prima y estuvo en ese entierro. Estos seres angelicales seguro descansan en paz. Un abrazo condoliente.

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  2. Matylde Zepeda mejía

    Mi más sentido pésame por la muerte de Doña Shelda, no me dí cuenta, estaba trabajando en El Salvador, regresé ayer y hoy estoy leyendo lo nuevo de tus escritos para disfrutarlos y que sorpresa cuando leo esto. Muy lindo, que belleza la forma como la recuerdas y como lo escribes. Aprovecho para agradecerte el libro, lo he disfrutado tanto, transportandome en la máquina del tiempo muy bien manejada por vos en tu libro. Precioso! leerlo es volver a vivir el San Marcos de nuestra niñez.
    Amiga sigue escribiendo, que Dios te bendiga y cuide siempre esa memoria fotografica que tienes unida a esa maravillosa forma de escribir. Un abrazo y cuidate. .

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  3. Oswaldo Ortega Reyes

    Si en la época actual aún encontramos una férrea resistencia hacia la representación femenina en la función pública resultante del modelo masculino predominante en la política,es fácil imaginar que en los años 60 esas mismas barreras y estereotipos excluyentes eran extremadamente decisivos para disuadir a una mujer de accesar a una posición de relevancia. Mi Tia Chelda revaloriza desde su puesto de trabajo la posición de la mujer nicaraguense hasta entonces percibida como ajenas a la gestión pública consecuencia de las normas culturales imperantes. Requería más que capacidad y disciplina al desarrollar una labor administrativa para desafiar prejuicos y presiones que nunca faltaron privilegiando a la vez su extraordinario rol de madre.
    Nos deja gratos recuerdos y el gran ejemplo de firmeza y valor característicos de personas extraordinarias que supieron anticiparse a su tiempo.

    Te felicito por tu artículo que leí con deleite aunque con profunda tristeza

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  4. Mi mas sentido pésame, la verdad es dificil alegrarse como lo hacian nuestros antepasados indígenas cuando moría sus familiares y amigos, pues ahora el peso de la asuencia se ven asentuados por toras creencias que hacen crecer incertidumbres. En lo personal no temo morír, pero si temo ver morír a mi mamá a mi papá a mi hermana etc, ojala no lo vea n mis ojos lo deseo todo el tiempo… no creo comprender la magnitud de su congoja pero estoy seguro que su tia sigue siendo un espíritu férreo que lo seguirá aconsejando como tratas a las damas un saludo y gracias por compartirnos esto…

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  5. Inmaculada Robleto Abaunza

    Gran Dama a quien mama, profesaba especial cariño mis condolenicas para ti, en cuanto llegue a San Marcos este proximo junio a vistiar a mama, ire a saludar a Guisell, a uqien guardo mucho cariño, me gustaria verla ya que tengo tanto tiempo de no verla. Saludos

    Inmaculada

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  6. Manuel Gurdián Cabrera

    Señor Ortega:

    ¿Ha publicado un libro recientemente; de qué trata; cómo, dónde se puede obtener?

    Saludos cordiales.

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  7. A. L. Matus

    Muy bonito homenaje a su tía y a su valentía al asumir semejante reto. Saludos

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  8. Luis M. villavicencio

    Estaba gordito el tio Emilio cuando le dio el ataque al miocardio? Como se llama y adonde puedo conseguir el libro al que se rfieren? Saludes, como siempre tremendaa narrativa……..Que descance en paz la tia Griselda.

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  9. Maira

    Pues si así sintió usted que un ser querido tan especial como su Tía pues muchos hemos sentido cuando con aquellos seres muy queridos,padres, hermanos,hijos, hermanos y demàs familiares,se siente tambien que una parte de la vida de uno se va con ellos a no mas volver, pero su alma ahi esta juntos a nosotros cuando les recordamos.

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  10. Marielos

    Buscando el paradero de Silvia,acabo de caer en este lindo homenaje que usted hace de su tía y nuestra muy querida Doña Griselda, lamento no haber tenido la oportunidad de haber vuelto a verla después de haber estado con todas ellas enCosta Rica a principios de los anos70 en particular de los años que paso contoda su familia en tegucigalpa,
    siempre la he llevado en mi corazón al igual que todas sus hijas. Tengo inmensos deseos de hablar cón mi gran amiga Silvia, por favor déjele saber mi dirección electrónica Macangel29@bluewin.ch espero sus noticias.

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