El tren hacia el olvido ya partió

Estacion de Masaya.  Foto Celeste González

Decía el poeta catalán Miquel Martí Pol “No hay presente: todos los caminos son recuerdos o preguntas”.  Son muchas ocasiones en que reflexiono sobre mis recuerdos respecto a todo lo que me ha tocado vivir y llego a la conclusión de que he tenido la suerte (¿será suerte la mía?) de vivir en una época en que la tecnología se ha desarrollado de una manera tan vertiginosa, que me ha permitido ser testigo de la aparición de cosas que en determinado momento parecían ser solo una fantasía.  Cuando tenía unos ocho años, mi madre me llevó a ver la película “1984”, basada en el libro de George Orwell, con un tema tan elevado para mí, que lo único que se quedó grabado en mi memoria fue la omniprescencia del Gran Hermano, a través de cámaras que captaban la vida de todos los ciudadanos.  Me pareció una utopía y  que tal vez nunca lo vería yo en la realidad.  Ahora con una cruel naturalidad vemos la presencia cada vez mayor de aspirantes a Gran Hermano y toda una maquinaria de cámaras, satélites, monitores y organizaciones que amenazan con mandar al traste nuestra precaria intimidad.

Aun así, no desarrollo ningún arrepentimiento de haber nacido en esta época. Tuve el privilegio de ser testigo, a veces presencial y a veces de oídas de los grandes acontecimientos del siglo XX.  Conocí y tuve el placer de caminar palmo a palmo la vieja Managua, miré el surgimiento de la televisión, primero en blanco y negro y luego a colores, la aparición del radio de transistores, la grabadora de casettes, el CD, el VHS, el DVD y el Blue Ray.  Seguí de cerca la conquista del espacio, desde el viaje de Yuri Gagarin, la conquista de la luna, hasta la llegada a Marte de la misión espacial Curiosity.   Viajé desde los tetramotores Viscount, hasta los modernos jet, desde los viejos Buick, hasta los vehículos con inyección electrónica de combustible.  Comencé realizando operaciones aritméticas con los dedos, luego con una sumadora National, luego una Casio cuyos números titilaban y ahora con una aplicación en mi teléfono celular u hojas de cálculo en Excel.  Mis primeras fotos las tomé con una Kodak Brownie Fiesta y ahora sigo mi afición con una Panasonic Lumix.

No obstante existe algo que me impactó tanto, que aún ahora sigue en mi mente como uno de los recuerdos más impresionantes y es el ferrocarril. Fueron muchas tardes que acompañé a mi madre a la estación del ferrocarril en San Marcos, en donde, casi puntualmente a las cinco de la tarde arribaba el tren proveniente de Masatepe y Masaya.  La espera se acortaba cuando se escuchaba el poderoso motor de vapor de la locomotora echando alma, vida y corazón en la cuesta que iniciaba en la finca de don Carlos Romero y que a veces parecía provocar un paro en el corazón del coloso en movimiento y así, entre interminables resoplidos, la pesada máquina pitaba, tañía una campana y se detenía en la estación, provocando un enorme revuelo entre pasajeros, vendedores y público en general.

Era una época en que la mayoría del transporte, de personas y de carga, se realizaba por vía férrea, en los tramos de Corinto a Managua, Managua a Granada, Managua, Masaya y los pueblos circunvecinos hasta Diriamba, sin contar con el ramal de San Jorge a San Juan del Sur.  De la misma manera, se desarrollaron centros de comercio en cada estación del ferrocarril, que provocaban una enorme ebullición y un ruido ensordecedor con todos los pregones que emitían los pequeños comerciantes.  El poeta leonés Edgardo Prado escribió en los años 30 un poema llamado Los pregones de Masaya en donde retrata de manera impresionante el palpitar de la estación de la ciudad de las flores, pieza que es declamad de manera sin igual por la distinguida dama de Masaya, doña María Antonia Bermúdez.

Tuve la oportunidad de viajar en un par de ocasiones a Chichigalpa, en donde residía un amigo íntimo de mi padre y su familia.  Fue toda una aventura, pues en vehículo salíamos de madrugada de San Marcos hacia Managua, en cuya estación tomábamos el ferrocarril hacia Chichigalpa y en donde sentía una emoción tal que sentía que mi corazón latía con la misma fuerza del enorme tren, que recorría, chiqueándose, toda la franja del Pacífico, pasando por Mateare, La Paz Centro, Nagarote, León y luego Chichigalpa, bordeando en un gran trecho el lago de Managua, con la imponente figura del Momotombo, ronco y sonoro al  fondo.  No tenía el tren la elegancia del Expreso de Oriente, más bien parecía uno de los trenes de la Indian Railways, sin embargo, la excitación que provocaba en los niños era sin igual. Lo que más me impresionó fue cuando le pedí a mi padre que me llevara al excusado, que en mi mente me imaginaba uno elegante y cuál no sería mi sorpresa cuando miré un asiento como de pon pon que daba directamente a la carrilera, provocándome cierto mareo el observar los durmientes que pasaban a toda velocidad bajo mis ojos, mientras descargaba mi vejiga.  Luego me reía sólo cuando me imaginaba todas las peripecias que había que hacer para hacer del dos. No obstante, lo que más se quedó grabado en mi mente, fue el olor del vapor de agua que se metía en mis narices durante todo el viaje junto al olor a cuero de los asientos del vagón.

Cuando mejoró la infraestructura vial del Pacífico, realizamos dicho viaje por automóvil, dejando atrás el recuerdo del viaje en ferrocarril.  Luego llegaron las máquinas diesel y posteriormente el sistema comenzó a agonizar.  Durante la administración Somoza, el ferrocarril equivalía al INSS de ahora, que es la caja chica del Gobierno, más bien de los gobernantes y de tanto que la ordeñaron, la empresa indefectiblemente se dirigió a la quiebra.  Posteriormente, otros funcionarios más visionarios, vendieron hasta el hierro de las vías del tren, desapareciendo el vestigio del coloso en todo el territorio, salvo algunos pequeños tramos en donde todavía se adivina la vía.

Las estaciones del ferrocarril con el tiempo se fueron deteriorando hasta quedar algunas en puras ruinas, sin embargo, algunos gobiernos locales comprendieron el valor histórico y cultural de estos sitios y se dieron a la tarea de reconstruirlos y dejarlos como patrimonios de la comunidad.  Claro ejemplo de lo anterior son las estaciones de Granada, Masaya y Masatepe, entre otras.

Así pues ahora el ferrocarril en Nicaragua no es más que un melancólico recuerdo de aquellos que tuvieron la suerte de conocerlo, de realizar alguna travesía a bordo del mismo y guardar en su memoria el ruido y olor asociado a su marcha.  Algunos todavía tendrán en su memoria auditiva la algarabía de las estaciones con un sinfín de pregones y ahora sienten en las solitarias estaciones, tan sólo el ruido de los pasos que se pierden en el eco de esos recintos, mientras el tren hacia el olvido ya partió.

 

 

 

 

 

 

 

5 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

5 Respuestas a “El tren hacia el olvido ya partió

  1. De la que me perdí . Durante años tuve la idea dejando el viaje para ‘después’ hasta que llego el día en que resultó imposible.😦

    Muy buen artículo, felicidades, como siempre, te lucís.

    Saludos

  2. Este post ya lo había leido pero hasta ahor

  3. hasta ahopra lo comento. En Masaya queda el esqueleto en solo la entrada, y las direcciones las dan: de la estación tantas cuadras…: en Granada es todo un museo. Hasta la locomotora esta acondicionada. Mi prima se saco fotos de películas. Cuando vaya yo será mi turno.

  4. Con este relato, subi al tren y disfrute su recorrido, como transportan sus anecdotas.

  5. harold guevara

    hola mi nombre es Harold Guevara Reyes, me gusta las historias y los recuesdos que no pueden morir, ni dejarlos morir, por somo personas que quieren conocer los que paso en nuestro querido san marcos. gracias

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