Santa paciencia

Estoy completamente seguro que si Job tomara un automóvil y se aventurara a manejarlo en el tráfico de Managua, perdería toda la paciencia que tenía acumulada y terminaría por abandonarlo y lanzar las llaves al aire, exclamando: ¡No Joban!.  Y es que el tráfico en la ciudad capital se vuelve cada día más caótico, de tal forma que conducir un vehículo automotor está a nivel de cualquiera de los trabajos de Hércules.

Como decía Jack el Destripador: -Vamos por partes.  En primer lugar hay que mencionar al enemigo público número uno en el tráfico citadino y es el autobús.  Atenido a su enorme tamaño y peso, estos bólidos no respetan ninguna disposición de tránsito y lo más probable es que se les encuentre en un duelo con otra unidad, peleándose por el pasaje o bien en una carrera contrarreloj que le impone el dueño.  Así pues, al mirar a una de estas unidades con malas intenciones, lo mejor que se puede hacer es detenerse y esquivar el sopapo, pues es seguro que el bus no frenará y no lo hacen tan solo porque tengan algún problema de frenos, sino porque al hacerlo es probable que los pasajeros que van de pie le caigan encima al conductor y después de eso se le amotinen.  De esta forma, difícilmente respetarán una luz roja en el semáforo. Hay que tener presente que el conductor se detendrá donde se le pegue la gana, no importa que exista una bahía para este propósito, él lo hará donde mejor le acomode. A la hora de una colisión, el conductor se muestra como un pobre trabajador del volante y sin recursos para hacer frente al daño, su licencia no tiene seguro y el propietario del bus, bien gracias, así que es pérdida de tiempo, de recursos y de paciencia el tratar de hacerlo responsable por la colisión.

Los taxis podrían ocupar fácilmente el segundo lugar en esta lista de amenazas en la calle.  Ellos circulan bajo la premisa de que “andan trabajando”, como si el resto del tráfico lo constituyen vacacionistas que salen a perder el tiempo y gozar del paisaje en la calle.  Bajo estas circunstancias, todos tienen que cederles el paso, esquivar sus zigzag, resaltar sus reflejos cuando se detienen de improviso y caminar a su ritmo.  Si acaso se detuvieron en un segundo carril para levantar a un pasajero, obstaculizando el paso, el resto de vehículos debe tener la paciencia para esperar hasta que termina una negociación, a veces más larga que la de un caso de rehenes.  Si el pasajero está en la banda contraria, hay que adivinar que en las propias narices dará una vuelta en “U”.  Si hay una enorme fila no es extraño ver que el taxi avanza raudo y veloz en el carril contrario, no importa que al momento de aparecer alguien en ese carril, quiera meterse a presión a la fila.

Las motocicletas son un caso aparte.  Ya pertenezcan al grupo de los temerarios que circulan a toda velocidad y sin respeto a la ley de tránsito, o bien sean del grupo de extremadamente cautelosos, ambos constituyen una amenaza para el resto del tráfico.  Dentro de los temerarios podría ubicarse a los repartidores de pizza o de farmacia, que al trabajar con tiempos límites, avanzan a toda velocidad, zigzagueando y realizando toda suerte de acrobacias, sin respetar semáforos, altos ni nada.  Sin embargo, lo que realmente mata la paciencia y tolerancia de un conductor es cuando estando un automóvil de primero en la línea en un semáforo en rojo, entre las filas de los automóviles avanzan motocicletas, en algunos casos golpeando los retrovisores o rayando algún vehículo, para situarse de primero en la fila.  Pero eso no es todo, cuando el semáforo se pone en verde, se quedan algunos segundos filosofando sobre el cambio de color, de tal manera que la mitad de los vehículos que debían pasar con la luz verde, se quedan ante la luz roja que ya se volvió a encender.  Total, todo su afán para estar primeros en la fila es para fastidiar a los demás.   Otros, que pecan de prudentes, simplemente porque cargan dos o más pasajeros, la mayoría sin casco, se ubican justamente delante del vehículo, a mitad de la banda y a paso de tortuga dan la impresión que es una escolta de honor que marcha en una procesión fúnebre y ante un intento de aventajarlos, se ubican en el extremo izquierdo de la banda para evitarlo.

Los automóviles privados se unen a ese concierto caótico con las particularidades que reflejan los caracteres de un variopinto de conductores.  Unos con complejo de ambulancia, simplemente ponen de día las luces altas y pretenden que el resto del tráfico se aparte y les ceda el paso.  Otros más graciosos circulan en contra sentido en calles de una sola vía. Existen algunos que realizan maniobras sin utilizar ni los espejos retrovisores ni el sentido común y solamente si alguien les toca el claxon, vuelven a su lugar, si no escuchan nada, proceden con su maniobra.  Hay quienes todavía no han descubierto que el acelerador es un mecanismo que a mayor presión sobre el pedal, el automóvil responde automáticamente con una aceleración directamente proporcional a la presión ejercida con el pie, de tal forma que pretenden resolver una ecuación hipocicloide para calcular la velocidad que resultará, de tal forma que cuando se necesita que agilicen el tráfico, provocan un cuello de botella.

Los peatones constituyen una plaga que azota las calles de la capital.  Es cierto que la configuración de Managua no es nada amigable para el peatón, pues no tiene el mínimo diseño para la circulación segura de estos, sin embargo, como si se tratara de una venganza, circulan de manera que ponen en riesgo sus vidas y la integridad de los conductores.   Una de las lecciones básicas en la educación vial es que los peatones deben de mirar en ambos sentidos antes de cruzar una calle, pues de un tiempo acá, hay peatones que miran de frente y cruzan la calle sin importarles si viene un vehículo o no, con la mirada fija hacia adelante, con la determinación de aquellos primeros cristianos que en el circo romano se dirigían hacia los leones sin el menor asomo de miedo.   Así el conductor, debe de frenar en seco, pues cualquier incidente el peatón se convierte en neurocirujano y reclama el lucro cesante y demás indemnizaciones.  Así pues hay que andar súper alertas, pues no importa si no es boca calle, en cualquier lugar y momento una fila de peatones cruza la calle con la placidez de la cuarteta de Liverpool en Abbey Road.  Otros caminan a lo largo de la calle, a mitad de la misma como lo hacían aquellos pobladores de las ciudades del lejano oeste y montan en cólera cuando un vehículo se atreve a sonar el claxon.  En avenidas de cuatro carriles, los peatones en lugar de utilizar un puente peatonal, si lo hay, siguen la técnica de la raya amarilla.  Bajo la premisa de que es prohibido para un vehículo cruzar la raya amarilla, el peatón atraviesa los dos primeros carriles y se refugia en dicha raya, mientras los otros dos carriles se despejan, sin considerar que es una restricción virtual y que si un vehículo pierde un poco el control, frena y se desliza o realiza cualquier otra maniobra accidental, sin remedio invadirá la raya amarilla y atropellará a quien ahí se encuentre.  Tal vez aquí podrían caber los que se movilizan en un carretón de caballos.  Muchas veces en una calle estrecha con un solo carril y sin posibilidades de aventajar, estos graciosos ponen al equino a paso de Hípica mientras ellos parecen regocijarse al igual que Joselito cuando cantaba Doce Cascabeles.

La gente de los semáforos constituye una clase aparte.  Aquí los más molestos son los limpiadores de parabrisas.  Estas personas, sin solicitar permiso o sin que el vehículo lo necesite, lanzan un chorro de un líquido pegajoso y no importa la manera en que el conductor rehúse su servicio, la mayoría se enojará.  Algunas veces no hacen caso de la negativa del conductor y continúan y si el primero enciende los limpiaparabrisas del automóvil para que detenga su acción, es como si le dieran un sombrerazo a una lora. Yo creo que la acción de estos limpiaparabrisas no deja de atentar contra la integridad de los pasajeros, pues equivaldría a que un conductor, por su propia inspiración, considerara que uno de estos muchachos está muy sucio y sin mediar palabra sacara una manguera y procediera a echarle agua hasta considerar que está limpio.  Sin duda alguna lo acusarían ante los derechos humanos.  Si bien es cierto, el resto de los vendedores hace lo posible por no obstaculizar el tránsito, los amigos de lo ajeno aprovechan estas aglomeraciones para identificar una presa fácil, romper un vidrio o abrir una puerta y desvalijar al pasajero, generalmente una dama que lleva expuesta su cartera.  Entre los que piden una pequeña limosna, hay quienes se resignan a la negativa, sin embargo otros lanzan alguna maldición o improperio.

A pesar de que la Constitución garantiza el libre tránsito por todo el territorio nacional, aquí cualquier hijo de vecino, con el mayor desparpajo posible cierra una calle de manera impune.  Ya sea para protestar por cualquier motivo, en lugar de realizar alguna acción directamente contra el causante de su enojo, se ensañan con el tráfico local y con un tranque provocan un caos que redunda en pérdidas, en algunos casos millonarias, del resto de personas que utilizan la vía pública.  Pueden ser estudiantes, simpatizantes políticos, buseros, taxistas, comerciantes, organizaciones, asociaciones y demás.  A veces no se trata de una protesta, sino de un evento, ya sea deportivo o festivo, de cualquier índole, de la manera más fácil cierran una calle y parte sin novedad.  Hasta fiestas privadas, cuando el anfitrión no tiene espacio suficiente en su casa para alojar a los invitados, recurre a esta nueva práctica de cerrar la calle e instalar un toldo.

Otro de los peligros que afronta el conductor en la capital es el agente de tránsito.  A pesar de que en el resto del mundo las normas indican que un conductor solo puede ser detenido por una patrulla motorizada cuando comete una flagrante infracción o bien por un retén instalado para una búsqueda específica, aquí en cualquier parte, especialmente en un lugar subrepticio, aparece como el Chapulín Colarado, un agente de tránsito.  Algunas veces instalan un cono que en un tiempo fue rojo y que ahora le tira a color tierra y parece el sombrero de Merlín, otras veces no hay cono ni pequeño ni grande o bien está situado a un kilómetro.  Algunas veces la detención es a la por si pega, ya sea el vencimiento de la licencia o del seguro obligatorio del automóvil.  Otras veces se trata de la famosa “invasión” de carril, en donde el agente, cual umpire de beisbol que marca un foul, con una visión de águila observa que la llanta rozó el filo de la raya blanca o amarilla.  Otras veces, sin tener la visión directa del semáforo, acusan la violación de la luz roja basados en el reflejo de dicha luz tiene sobre la carrocería del automóvil, habilidad que ni Superman la tiene.  El caso es que pretextos sobran.

Como si lo anterior fuera poco, las propias calles de la capital son una constante trampa en contra de los vehículos.  Los baches que se forman con el tiempo y especialmente con la lluvia, son un atentado contra el sistema de suspensión y dirección de cualquier vehículo.  En caso de que la calle sea adoquinada, el caso es peor, pues la lluvia puede arrastrar un lote de adoquines que dejarán un hueco que fácilmente puede provocar una ruptura de llanta o de la propia dirección.  Si está lloviendo, peor, pues el agua tapa todos estos baches y no hay forma de anticiparlos.   Por otra parte están los reductores de velocidad, conocidos acá como “policías acostados”.  Su instalación obedece a la incapacidad de los conductores de interpretar los avisos de velocidad máxima en un tramo, sin embargo, debería de existir una especificación para que los mismos, a la vez que obliguen a reducir la velocidad, no constituyan un peligro para los vehículos.  La mayoría de estos reductores no están pintados en amarillo para su fácil detección, así que si no conoce el terreno, de pronto, sorpresivamente, volará por los aires.  Otros más agresivos, los construyen de tal forma que imitan las vallas en las carreras de atletismo, así que es toda una proeza cruzarlos.  En los últimos años se ha puesto de moda el robo de las tapas de los manjoles, de tal forma que en una noche oscura cualquiera se rompe la crisma en una de estas trampas.

Así pues, no es para cualquiera el manejar en la capital.  Lo más probable es que esta aventura provoque hipertensión, diabetes o cualquier otra dolencia a quien no se adapta a este caos y se requiere más que paciencia para sobrevivir.  Si no, pregúntenle a Job.

 

6 comentarios

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6 Respuestas a “Santa paciencia

  1. Obdulio Eduardo Ortega

    Qué te digo,hermano? No cuento los kilómetros, cuento las mentadas de madre para tanto caballo. Ni en el D.F. esto es otra cosa. Yo he visto un par de motos- y no como andaban-ir platicando carretera a Masaya , ocupando los dos carriles. Y qué me decís del las motitos? jijos de su repi…. Lo que más me en..noja, son los pinches polis, enboscando detrás de un palo en una curva, al mejor estilo de “lunita”. VW invirtió por muchos años en campañas de educación vial, vía televisión y cine; enseñó mucho, manejar es cosa de locos. Buenísimo mi bro, un abrazo.

  2. Henry Soto Vivas

    Orlando, todo esto es muy cierto, entre los vehiculos privados estan los famosos que transportan dinero de los bancos, a estos hay que esquivarlos ya que uno puede perder la vida por sospecha de asalto, pero que vamos a hacer asi es Nicaragua, bendita de mi corazón a como dice el corrido.
    Saludes

  3. A.L. Matus

    Buen artículo. Tal vez hubiera merecido la pena mencionar a los vehículos escoltados. Parece que de un tiempo a la fecha, se han multiplicado los personajes de la nomenclatura que ahora se dan el lujo de contar con una escolta de la policía. El auto que escolta al grandote o a su familia, se la pasa haciendo maromas en la calle, pasando de un carril a otro, solo para llamar la atención. Tanto dinero desperdiciado en gasolina y en el sueldo y alimentación de los Rambos.

  4. Carol Bendaña

    Muy bueno Orlando. De acuerdo con Eduardo. Venía de copilota hace poco con mis 4 ojos bien puestos en los 4 puntos cardinales- no se por qué los abro aún más de copiloto que cuando vengo conduciendo- mi marido iba a doblar hacia la derecha para tomar la lateral que nos lleva hacia edificio Pellas, cuando a Dios gracias me fijé y le pegué un cuidado! con mi galillito, que lo dejó tembelequeando; venía una moto como cachinflín aventajando por la derecha… por un pelito casi lo atropellamos!
    Abusados con las motos metidas en la derecha, entre el auto y la acera, mis queridos bróderes!

  5. Gustavo Arcia

    Cada vez que iba al aeropuerto a tomar un vuelo de vuelta a Miami me detenía un policía cerca de la esquina del bypass con la carretera norte. Este policía había sido entrenado especialmente para detectar los carros alquilados y reconocer a conductores que ya se iban del país y que, por lo tanto, no podían ir a pagar la multa para recuperar su licencia en el Tránsito. Tal como mencionas, ellos me decían algo así como: “Ud. miró para la izquierda” o “Venía a medio km/h más de lo reglamentado”; cualquier vaina para confiscarme la licencia. La solución que encontré fue pedirles el favor que, ya que me iba del país, que por favor ellos llevaran la plata de la multa al tránsito y que pagaran la multa por mí. Yo les daba los 35 tucos de la multa y ellos me devolvían la licencia. Nunca ninguno dijo que no. Es un milagro que no me pidieron plata extra por hacerme el favor.

  6. Oscar Martinez

    Asi es Don Orlando! Le podria asegurar que ningun taxi pone las luces de parqueo cuando recoge un cliente, y ademas lo hacen donde se les antoja. La gran mayoría de choferes, no ponen los los pidevias cuando van a doblar. Y las motocicletas? Esto es una plaga peor que el zika. Lo aventajan por la derecha, por la izquierda y cuando no pueden pasar, se suben a las aceras. Actualmente ya andan casco casi todos, pero es peligroso por las noches porque no se les mira la cara y esto es propicio para un asalto. En otros paises es obligatorio que los motociclistas lleven chalecos reflectivos y un numero al frente y atras. En Costa Rica, tienen que llevar las luces encendidas las 24 horas. Yo recuerdo que en la decada del ’80 antes de otorgar la licencia, debian pasar por un curso que daba la Policia de Transito y ademas debían andar en la guantera un Manual del Conductor. Y los semaforos? Bueno, son modernos, pero creo que estos no son “inteligentes” . Son tontos todos. Todos los buseros necesitan seminarios de atención al cliente, de educación vial, talvez asi se mejoraria un poco la seguridad al manejar por las calles de Managua. Asi Job podria conducir por las benditas calles de Managua.

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