Hasta la última gota de mi sangre

Cuando alguien es tan dichoso de tener más de un hijo, dentro de la larga lista de compromisos que adquiere con ellos, está uno, no menos importante que el resto y es que hay que quererlos a todos por igual.  Sin embargo, por más que nos esforcemos en distribuir equitativamente el cariño, resulta que cada hijo es tan diferente al otro, que el amor, como la luz cuando atraviesa un prisma, se refracta de manera tan variada y al final pareciera que se les quiere con diferente intensidad.

La vida me regaló tres hijos y juro que he puesto mi mejor empeño para quererlos, no solo con toda el alma, sino asegurándome que cada uno recibiera una porción igual de mi amor.  No obstante, la vida misma se ha encargado de mover el prisma de tal suerte que uno de ellos pareciera haber acaparado mi cariño; pero insisto, no es cierto, puede tratarse de una ilusión óptica, de un error de apreciación, el caso es que, contrario a lo que se pueda decir, los quiero a todos por igual.

Lo que sucede es que con uno de ellos, por azares del destino, viví una experiencia que vino a cambiar radicalmente nuestras vidas.  De repente, me encontré en el papel del buen pastor, cuando el lobo caminaba directamente hacia mi hijo y tuve que interponerme en su camino, mirarle a los ojos sin el menor asomo de miedo y mostrarle los dientes.

Fue en 1982 y vivíamos en México.  De pronto nuestro segundo hijo, Orlando Emilio, de cinco años, el primer varón después de Cecilia María, la primogénita, empezó a apagarse poco a poco.  Después de ser un niño normal, con las enfermedades que usualmente padecen los infantes para intranquilidad de los padres y para tranquilidad de los pediatras, había empezado a mostrar ciertos síntomas que lo único que auguraban era un tortuoso camino.  Dejó de crecer, matando así mis sueños de que sería un gigante campeón de atletismo; perdió peso y color y la falta de hierro empezó a minar su ánimo.  En compañía de Cecilia, su madre, quien siempre ha defendido a sus hijos como una leona, asistió sistemáticamente, por varios años, al servicio de nefrología del Hospital Infantil de México; sin embargo, de repente los médicos, como baldes de agua fría, nos fueron dejando caer una serie de noticias que nos condujeron del miedo al terror.  En primer lugar nos informaron que nuestros hijos varones, Orlando y Rodrigo, padecían el síndrome de Alport, que entre otras cosas conducía inexorablemente a la insuficiencia renal; luego nos dimos cuenta que Orlando había nacido con un solo riñón, el cual estaba colapsando por la insuficiencia y que la única alternativa para salvarle la vida era un trasplante de ese órgano.

Todos sin excepción pensamos que la madre sería la candidata ideal para donar el riñón que necesitaba el niño.  No obstante, después de realizarse las pruebas preliminares, obligatorias para ambos padres, la nefróloga a cargo del caso nos llamó a su consultorio.  Yo fui con la clara expectativa de que nos confirmarían que Cecilia sería la donadora, sin embargo, cuál no sería mi sorpresa  cuando nos informó que yo sería el donante.  Me quedé de una sola pieza, pues nunca había contemplado esa alternativa.  Cecilia también se quedó atónita y no menos el resto de la familia.  Tal vez todos partíamos en nuestro razonamiento que Orlando no se parecía en nada a mí, es más, ni siquiera había heredado mi nariz aguileña imperial, sino que la suya parecía dibujada.  Sin embargo, en las pruebas de compatibilidad resultó que el índice era casi de uno a uno, es decir, histológicamente, más que mi hijo parecía mi clon.

Lo primero que hice al saber que yo sería el donador fue una promesa a mí mismo de que no importaba lo que pudiera pasar, yo lucharía con todas mis fuerzas e incluso con la vida misma para que ese trasplante se realizara y por nada del mundo, daría marcha atrás.  Lo anterior, por los innumerables casos registrados de padres de familia, muy machos todos, que a la hora de las piedras pómez ponían pies en polvorosa.  Así fue que los primeros meses de 1987 fueron intensos en cuanto a pruebas de todo tipo, algunas dolorosas, otras incómodas, sin embargo, nada nos detenía, pues nuestra lucha era para que Orlando llegara lo más pronto al trasplante, sin ingresar previamente a la hemodiálisis.   Cecilia por su parte luchaba con todas sus fuerzas para que todo marchara conforme a nuestros planes y que nuestro hijo estuviera en las mejores condiciones para la operación.  Yo por mi parte bajé más de 20 libras y me hice vegetariano.

Por fin, el martes 2 de junio de 1987, muy temprano por la mañana nos ingresaron a los quirófanos del Hospital Infantil de México, para una operación que tenía un tiempo estimado de tres horas.  Sin presumir de valiente debo decir que iba sin una gota de miedo, en primer lugar porque ya me había preparado mentalmente para todo, en segundo lugar porque era una oportunidad de oro para Orlando y en tercer lugar porque estaba involucrado un equipo médico de lujo: el Dr. Gustavo Gordillo Paniagua, el Dr. Ricardo Muñoz Arizpe y la Dra. Alejandra Mora, nefrólogos de primera línea a nivel nacional, con la participación de los Dres. Valdés y Pedraza, cirujanos de trasplante de enorme experiencia.

Desperté seis horas y media más tarde cuando la Dra. Mora me empezó a hablar y lo primero que dijo fue: -Orlandito está perfectamente bien, ya orinó y parece que el trasplante fue todo un éxito, su esposa lo está acompañando.  Respiré tranquilo y le pedí que llamaran a mi madre para que ingresara a la sala y estando ella ahí, lo único que pude hacer fue estrecharle fuertemente la mano.  Luego me llevaron a una incómoda habitación en donde me recuperaría y en donde me di cuenta que la operación se había demorado tanto porque yo tenía tres arterias en mi riñón y por su tamaño, para sacarlo sin dañarlo, tuvieron que serrucharme una costilla y hacer circo, maroma y teatro.  En ocasiones anteriores me habían serruchado el piso, pero eso era otra cosa.  Toda la piel en el costado izquierdo estaba insensible, sin embargo, el dolor que sentía al interior era insoportable, amortiguado tan solo por la idea que Orlando estaba bien.  Después me enteré que el médico encargado de mi seguimiento postoperatorio, pediatra como todo el equipo, me había dado una dosis de analgésico para un niño de 12 años.  Cuando pude caminar, me escabullí a la sala donde se recuperaba Orlando,  me acerqué y lo encontré dormido, sin embargo lo abracé y lo besé.

Afortunadamente todo marchó bien en un inicio, así que todavía con un intenso dolor fui dado de alta y un par de días más tarde Orlando llegó a la casa.  Empezaba a mostrar el síndrome de Chushing, como reacción a la prednisona, desarrollando unos cachetes descomunales.  Al día siguiente empezó a mostrar fiebre e inmediatamente pensamos que podría ser un rechazo del riñón, por lo que lo llevamos inmediatamente de regreso al hospital.  Después de varios exámenes los nefrólogos determinaron que se trataba de una reacción alérgica a la Ciclosporina A, un inmunosupresor, carísimo por cierto, que los laboratorios Sandoz se habían encargado de imponer en los protocolos de tratamiento post trasplante renal.  Podría decir, sin temor a equivocarme, que esa reacción alérgica le salvó la vida a mi hijo.  La decisión de parte de los nefrólogos fue retirarle la Ciclosporina A y manejarlo solo con prednisona y azatioprina, lo que según ellos constituía un enorme riesgo.  Con el tiempo llegamos a observar que el inmunosupresor de Sandoz, además de causar estragos en el organismo de los pacientes, era nefrotóxico y eventualmente provocaba graves trastornos renales que a la larga terminaban con la vida de los trasplantados.

Después de ese episodio Orlando evolucionó satisfactoriamente y en breve pudo integrarse a su vida normal, aunque por un buen rato utilizó cubrebocas para su protección.  Al consultarle a un médico sobre su incorporación a la escuela, de manera un tanto escéptica respondió que podría hacerlo, aunque los trasplantados cuando mucho terminaban la primaria y que lo más recomendable era que mejor aprendiera un oficio.  A pesar de lo anterior, nuestro hijo con gran entusiasmo regresó a su escuela primaria y logró finalizarla sin problema alguno.  Se convirtió en mi compañero de ejercicios, pues como él debía hacerlo periódicamente, me acompañaba a correr y así compartimos la sin igual experiencia de tener el Autódromo de la Ciudad de México, muy cercano a nuestra casa, casi de manera exclusiva para nosotros en las frías madrugadas.

Recién pasado el trasplante, Orlando sintió una enorme necesidad de expresar todo lo que había significado esa aventura para él y dibujó docenas de postales en las cuales plasmaba su felicidad por tener un nuevo riñón y todo lo que significaba su nueva vida para él.

Con el tiempo, Orlando dejó el cubrebocas y el síndrome de Cushing fue cediendo poco a poco.  Era impresionante cómo se cuidaba con extrema responsabilidad, en especial en lo relativo a la alimentación.  Con los niveles de hierro en la sangre en cifras normales, tuvo energías para continuar sus estudios en un instituto en donde los docentes supieron comprender su situación y sin problemas cursó sus estudios secundarios.  La prednisona esta vez no le produjo la reacción psicótica que le había producido una vez, antes del trasplante, pero le impidió el crecimiento en los últimos años en que tuvo la oportunidad de hacerlo.  Aunque lo ingresaron en un programa especial para tratar de que ganara unos centímetros, lo más que logró alcanzar fueron cinco pies, un poco menos de un metro cincuenta.

Por mi parte, después de algunos meses desapareció el dolor y prácticamente no sentía nada diferente en mi interior.  -Cuídese mucho, me advirtieron los nefrólogos, -que usted camina sin llanta de repuesto.  Seguí con una dieta vegetariana y por mucho tiempo me mantuve en mi peso ideal.  Una vez que terminó de cicatrizar la herida de cerca de 12 pulgadas, visible solo con la ayuda de un espejo, no volví a verla nunca más.  De la misma manera, después que envié las cuentas del costo del trasplante a Hacienda, para fines del Impuesto sobre la Renta, en la familia nunca volvimos a hablar del costo de mismo, mucho menos de los tratamientos posteriores.  Trabajamos duro para que el dinero alcanzara y eso bastaba.

Por su parte Cecilia seguía acompañando a Orlando en todo su seguimiento médico e ingresó en la asociación de padres de niños enfermos para ayudar a otros niños que sufrían el flagelo de la insuficiencia renal y ofrecerles alternativas para sus costosos tratamientos, así como asesoría para manejar de la mejor manera su situación, pues ella logró dominar los intrincados detalles de la nefrología y podría apostar que sabe más que un R-1.

En 1994, después de evaluar la posibilidad de dar seguimiento localmente a nuestros hijos, regresamos a Nicaragua, en donde Orlando ingresó a la universidad a estudiar administración de empresas.  Logró culminar su carrera satisfactoriamente y en la defensa de su tesis obtuvo la calificación de 100.  Luego cursó una maestría en administración de pequeñas empresas y finalmente la maestría en administración de empresas que el Tecnológico de Monterrey impartió con una universidad local.  Cada vez que orgullosamente me mostraba los diplomas obtenidos, agregaba: -Pinche doctorcito y su primaria.

Hoy se cumple un aniversario más desde que la vida me ofreció la oportunidad de darle a mi hijo un pedazo de mí y con ello una nueva oportunidad de vida.  Orlando está bien, tocando madera, pues cuando el destino se muestra tan traicionero, obligadamente se vuelve uno supersticioso.  Su índice de creatinina es mejor que el mío, será tal vez que ese órgano trabaja mejor en un Picanto que en un Kenworth.  Seguramente su caso causaría un enorme revuelo entre los asistentes a los congresos de nefrología y una bofetada para los laboratorios farmacéuticos que los patrocinan.

No obstante, todo este tiempo no ha sido un lecho de rosas para Orlando.  La acción de la prednisona ha minado su cuerpo y sus huesos son débiles, ha acentuado su hipoacusia, además de haberle provocado cataratas en ambos ojos y en la operación de una de ellas, un oftalmólogo de pacotilla que se autodenomina el amo del laser, casi lo deja ciego.  Para él, cualquier fiebre es motivo de salir corriendo a un hospital, ni se diga de un ataque de vómito.  Una Navidad nos hizo sudar con un dengue.

No puede tener un sueño plácido, pues los medicamentos que ingiere le producen horribles pesadillas y le toma un buen tiempo después de despertar, recobrar la calma.  Ha visto caer en la lucha a casi todos sus compañeros de infortunio que fueron trasplantados en el tiempo que estuvo asistiendo al hospital, sin embargo, el golpe más artero que tuvo que sufrir fue ver caer a su hermano Rodrigo.

En medio de todas las injusticias que le han llovido está la discriminación, pues no ha logrado conseguir un trabajo acorde a su preparación y capacidad, pues al no poder mentir en su información, las empresas consideran un riesgo contratar a un trasplantado.  El colmo es que la universidad en donde estudió su carrera y sus maestrías, “concursó” un puesto diseñado a la medida de sus capacidades, al cual Orlando aplicó y ni siquiera lo consideraron en la terna.

No obstante, Orlando nunca pierde el ánimo, siempre tiene a flor de piel el coraje de luchar y seguir siempre adelante.  Trabaja con una fuerza, una intensidad y una dedicación que de verdad lo envidio.  Se traza metas que en su mayoría va logrando una a una.  Es un guerrero nato y muchas veces a su lado me siento pequeño.

A pesar de todo lo anterior, vuelvo a jurar acá que mi amor por mis hijos es igual para cada uno de ellos.  Hoy, sin pensarlo dos veces, daría mi vida para que mi hijo Rodrigo volviera a este mundo y mi hija Cecilia María puede dar fe que ella está presente en cada momento de mi vida, en medio de mi inmenso cariño.

Esta no es una historia de heroísmo, es una historia de incansable lucha, de amor, compromiso y entrega, porque el papel de padre o madre no es simplemente traer un hijo al mundo, es estar presente en los momentos en que nos necesitan, sin necesidad de una plegaria.  Es tener la entereza para no poner a un hijo a prueba.  Es despojarse de la soberbia y no calibrar su fe en que se estará ahí.  Es tener la plena conciencia de que si las circunstancias lo demandan, por ellos hay que dar, si es preciso, hasta la última gota de sangre.

 

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20 comentarios

Archivado bajo Familia

20 Respuestas a “Hasta la última gota de mi sangre

  1. kenneth urbina romero

    Orlando que mas te puedo decir que tu historia conmueve lo mas adentro de mis entranas, igual me pasa con mis hijos y a veces me es dificil dividirme en 6 para poder estar con cada uno de ellos pero el destino me ha hecho ser fuerte para siempre estar en la misma lucha que has estado con la excepcion de que yo solo tengo un hijo Kritoppher Alexander que a sus 18 anos desarrolo sindrome nefrotico que nos llevo a buscar la causa y se le diagnostico ( no en Nicaragua porque hay un atraso tremendo en la medicina) si no en Costa Rica donde el Maestro de la Nefrologia en Centro y Sur America el Dr. Carlos Chaverri le hizo una biopsia de lo mas dolorosa donde sin anestesia de ningun tipo atraveso con un Thru Cut para tomar un trozo de tejido renal que a su vez atraveso mi corazon cuando escuche el alarido no grito de mi hijo por el dolor intenso y agudo que sintio en ese momento y encontrarme en llanto partido a su madre Ada Cristina desconsalada por el alarido que escucho de nuestro hijo Kristopher, la biposia revelo Glomerulonefritis mesangioproliferativa tipo IgM que es enfermadad autoimune, aca lo manejaron extraordinarios nefrologos entre ellos el Dr. Ronaldo Tenorio, asi como tambien estuvo en prednisona, ciclosporin A celcept ( micofenolato mofetilo) logro entrar en remision, ya hace esto casi 6 anos y todavia esta latente y estara el resto de mi vida y el de Ada el trauma por lo que todos pasado pero , el futuro de Kris esta en las manos de Dios porque eventualmente desarrollara Insufiencia renal siempre y cuando el no se cuide y necesitara transplante igual que tu hijo, y haria lo mismo que hicistes vos y asumo que pasaria por lo mismo, bueno Orlando no me queda mas que estar a tu lado y deseandote que sigas siempre con la fortaleza que te ha caracterizado, un gran abrazo Kenneth Urbina Romero

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  2. Orlando Morales

    Impresionante Orlando!. Sos de esos guerreros silenciosos en que el coraje, la fuerza de caracter y la sagacidad se usan para luchar por la vida y no para aniquilarla. Mis repestos para vos y tu hijo quien, indudablemente, es otro tremendo guerrero como su padre.

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  3. Orlando Morales

    mpresionante Orlando!. Sos de esos guerreros silenciosos en que el coraje, la fuerza de caracter y la sagacidad se usan para luchar por la vida y no para aniquilarla. Mis repestos para vos y tu hijo quien, indudablemente, es otro tremendo guerrero como su padre. Tremenda guerrera también es su madre, Cecilia, quien siempre ha estado en primera fila de combate en esta epopeya familiar que les ha tocado vivir.

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  4. Eduardo Ortega

    Ese es mi hermano. Un enorme abrazo.

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  5. Mario Arguello Urtecho

    Querido Orlando, realmente me enbarga la emocion al leer tu escrito y mas aun el leer la forma tan valiente que han enfrentado las vicisitudes que les ha impuesto la vida. Ver sufrir a nuestros hijos es el dolor mas fuerte que uno puede sentir en esta vida; mas que el dolor propio. Mis repeto y simpatia para toda tu familia.

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  6. Gustavo Arcia

    Orlando, fue muy emocionante leer tu relato. Como padre me da mucha alegría ver que tu amor y dedicación por tu hijo han producido un gran regalo: su compañía. Para un padre eso es suficiente. También me alegra ver que en la foto te ves más bajo que yo. Un abrazo.

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  7. Que historia, lo peor de todo es que no termina, siguen luchando día con día en superase asi mismo, ambos por supuesto. Usted Orlando, como Padre que seguirá dando hasta su utlima gota de sangre por los suyos, y Orlando Junior, tratandole de demortrarle a los pesimistes y los que se dejan vencer, que las fuerzas que nos impulsan a luchar, no se miden, solo existen…
    Excelente…

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  8. Marco Antonio

    No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos. Con este frase célebre de Friedrich Schiller Poeta y dramaturgo alemán, inicio este comentario, la verdad es que me ha impactado su artículo y hasta recordé la partida de Rodrigo su hijo y su sufrimiento, aunque usted diga “Esta no es una historia de heroísmo”, para mi si lo es y estoy seguro que muchas personas que lean esta historia van a estar de acuerdo conmigo.
    Es esta una historia de perseverancia, altruismo, generosidad, humanidad, abnegación, pero sobre todo amor.
    Gracias Dr. Por compartir con nosotros sus lectores esta maravillosa historia. Saludos.

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  9. Maribel

    Estimado Orlando: Esta es la historia mas tierna que yo haya leido de un padre hacia su hijo. Y me encanta de que sea de un padre nicaraguense. Es una historia conmovedora, de un amoroso padre dispuesto a dar hasta la ultima gota de su sangre por su hijo, tal a como esta titulada. Ahora que se acerca el Dia del Padre, esta es una historia que todos los nicaraguenses deberiamos de leer y tomar como ejemplo de lo que significa el amor de un padre hacia sus hijos.

    Lo he conocido a traves de sus maravillosos escritos y jamas me imagine por todo lo que usted y su esposa han pasado. Los logros de Orlandito son inmensos; en otros paises serian super reconocidos, pues ha logrado vencer obstaculos enormes para lograr sus metas. Pero estoy segura que llegara el dia en que se le abriran las puertas. Realmente la suya es una familia ejemplar! Que Dios los bendiga a todos!

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  10. elba

    maravilloso tu testimonio ,lleno de amor y entrega.

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  11. Hola, Orlando, mi comentario ca hasta hoy porque estoy sin computadora, te escribo desde un ciber. Me quedo sin palabras. Es impresionante tu historia. Un saludo con mucha admiración, para tu leona, para tus cachorros, león, porque te equiparás a una madre defendiendo tus cachorros. Vos mismo me enviaste el pps Leona al rescate, se los dedico a vos y a tu familia con todas sus letras.

    Saludos con admiración.

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  12. Reina Miranda de Campos

    Pues realmente es una historia de heroismo de un Padre lleno de muchas cualidades especiales…. creame que le admiro mucho y deseo que cada dia Dios le de las fuerzas necesarias para seguir adelante y enseñandonos a muchos el coraje, el amor y la valentia que usted nos ha compartido, tiene una esposa y unos hijos que valen mucho oro. Dios los llene de muchas bendiciones.

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  13. A. L. Matus

    Tal vez estamos acostumbrados a escuchar las historias comunes de niños que se despiertan cada día, con una salud de hierro y con la única preocupación de qué jugarán ese día o de que golosina se antojarán, que cuando nos damos cuenta de que existen muchas personas que tienen que luchar el día a día de su existencia, nos conmociona. Felicito a toda la familia y les deseo lo mejor. Extraordinaria historia.

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    • ortegareyes

      Deseo agradecer profundamente los gentiles comentarios que han plasmado los lectores de este post. Deseo, a riesgo de parecer demasiado reiterativo o peor aún, ingrato, que no soy un héroe, pues un héroe es alguien que realiza una acción extraordinaria por su patria o por sus conciudadanos. Yo simplemente acepté el reto de cumplir un compromiso que adquirí cuando traje al mundo a mis hijos. Las acciones que uno realiza por el bien de su familia (la buena) son un compromiso de la sangre, son de ineludible cumplimiento. Como dice Maná: El verdadero amor no abandona, no se quiebra, no revienta como pompas de jabón. Les mando un fuerte abrazo a todos.

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  14. Jan

    Las palabras sobran, no me queda mas que compartir, esto es un verdadero PADRE, quien con lo demuestra con gestos de genuino amor, que salen del corazón

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  15. Sonia Cruz Siles

    Estimado Sr. Orlando su blog es para mi una de las mejores razones para entrar a internet, siempre escribe realidades muy interesantes. Pero cuando escribe lo que ha pasado usted y su familia, las batallas ganadas y las perdidas también es cuando siento mayor admiración.

    Que Dios lo bendiga siempre a usted y su familia.

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  16. mercedes garcia

    Ha sido un largo caminar, primo, pero has sabido darle respuestas a los grandes retos que la vida te ha dado, realmente me has impresionado. Que Dios te bendiga.

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  17. Oswaldo Ortega

    Mi querido hermano: Bien dicen que el oro se prueba en el fuego y las adversidades no han hecho otra cosa que revelar el carácter ante el cual hemos fijado nuestra gran admiración. Milo es un alto ejemplo de la perseverancia y dedicación que ha sabido volar con más fuerza que aquellos que se adredan sin siquiera presentar batalla . Nuestro gran cariño siempre acompañará su esfuerzo que mas temprano que tarde darán los frutos deseados y de sobra merecidos. Un gran abrazo

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  18. Tu historia es conmovedora. Y qué valiente es tu hijo, Orlando. A vos y a tu familia les deseo lo mejor.Un abrazo.

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  19. Indiana

    Orlandito… toda palabra está de más porque no hay una que pueda dar el verdadero significado a tu bello testimonio .. Felicidades por ser un gran Padre y Cecilia una gran madre.. Las batallas la ganan los intrépidos y perseverantes…

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