Un eskimo de chocolate

Creo que con muy raras excepciones los nicaragüenses guardan recuerdos vivaces de su niñez asociados al sabor de un Eskimo.  Desde el Tu y Yo que nos invitaba a compartir aquella paleta siamesa con su refrescante y dulce sabor a frutas, o bien el Eskimo de helado de vainilla recubierto de una capa de helado de frutas, el duradero sabor a cocoa de la paleta que por su consistencia le llamaban Eskimo de Piedra.  Por unos centavos más, estaba la paleta de cremoso helado de vainilla cubierta por una delgada capa de un exquisito chocolate.  Para aquellos que preferían deleitarse con el sabor puro del helado, estaban unos vasitos de cartón encerado que traían toda la variedad de sabores de los sorbetes de esa fábrica.  Cada quien desarrollaba su propia técnica para saborear las diferentes variedades de paletas.  Los egoístas que no compartían un Tu y Yo consumían de las dos mitades a la vez, aquellos que se deleitaban con el cremoso helado de vainilla y chupaban primero la paleta en su exterior para saborear primero la capa de frutas o de chocolate o quienes hacían durar su paleta de piedra, sorbiendo poco a poco la dura pieza, hasta quienes preferían devorar mordisco a mordisco la paleta de su preferencia.

Yo había probado los Eskimos en mis eventuales viajes a Managua, pero los llegué a consumir de manera sostenida en el bar del colegio, en donde eran el producto de mayor demanda a la par de las gaseosas.

La fábrica Eskimo se fundó en Managua a inicio de los años cuarenta por Don Mario Salvo Lazzari, miembro de una familia de ascendencia italiana que había llegado de Honduras y se había instalado en Managua.  Vivía la familia Salvo en el sector oriental de la ciudad, en las inmediaciones del Barrio El Caimito.  El Sr. Salvo, quien trabajaba inicialmente en la especialidad eléctrica, se casó con doña Josefina Horvilleur Burlet, de ascendencia francesa e hija de uno de los primeros concesionarios de vehículos en Managua.  Inicialmente comenzaron a producir sorbetes y paletas de manera artesanal a muy pequeña escala, hasta que don Mario se decidió abandonar la electricidad y dedicarse exclusivamente al negocio de los sorbetes.

Conocí la fábrica Eskimo a finales de los años cincuenta en una ocasión que mi padre me llevó a Managua y antes de regresar pasamos a comprar un galón de sorbete para el cumpleaños de alguno de mis hermanos.  Estaba cerca del Instituto Ramírez Goyena, en la calle que iba a dar al Banco Nacional de Nicaragua, junto a un antiguo bar que le habían anexado unos billares llamado La Flota.  Llegamos a la fábrica y mi padre buscó a un señor de apellido Maltez, si mal no recuerdo, quien le atendió con mucha deferencia y ordenó que le prestaran un termo de lona para resguardar el sorbete y llegara en buenas condiciones a San Marcos.  Luego pasamos porla Repostería María Alaniz, que quedaba en un garaje cerca de la Record en el centro de Managua, comprando un queque encargado previamente por teléfono.

Nunca vi a mi padre comerse una paleta Eskimo, sin embargo, era un gran admirador de los sorbetes que fabricaban.  Su favorito era el de ciruela, pues decía que no lo hacían en ningún otro lugar, también solicitaba mucho el de strawberry, que según él era diferente al de fresa, pues el primero llevaba compota de fresas, mientras que el segundo era preparado con esencias.  También decía que el de ron con pasas era algo especial.

La empresa Eskimo llegó a consolidarse en los años sesenta y constituye uno de los casos excepcionales de empresas familiares exitosas y con mayor permanencia en el mercado.  Sus principales estrategias fueron expandir el mercado local y uno de sus mejores instrumentos fueron los carritos expendedores, así como la distribución a nivel de pulperías, en una época en la que el fluido eléctrico era confiable.  De esta manera, el Eskimo logró dominar el mercado interno y en la capital sobrepasó por mucho a su competencia, los Sorbetes Riguero, que había mantenido un importante segmento del mercado.  Pronto, el nombre Eskimo se convirtió en genérico para denominar a las paletas, de la misma forma que en los Estados Unidos la marca Popsicle llegó a representar a este mismo producto.

Para finales de los años cincuenta existía en Managua una cafetería un tanto al estilo norteamericano llamada El Tastee Freez en donde se servían sándwiches, hamburguesas, helados y malteadas.  Luego se instaló con cierto suceso el Lacmiel, bajo el mismo giro.  La empresa de la familia Salvo también entró en la competencia e instaló el Restaurante El Eskimo en las inmediaciones del Cine Salazar, luego Alcazar.  Eran alternativas para almorzar o cenar en un ambiente tranquilo y elegante a precios accesibles.

A finales de los años sesenta el Eskimo sacó a la luz el Super Cono, un barquillo de sorbete cubierto por una capa de chocolate y nueces, de primera calidad, con una enorme aceptación de parte de los consumidores nacionales.  Por otra parte, con la entrada en vigencia del Mercado Común Centroamericano,  la empresa aprovechó para incursionar en el mercado regional.

Para el terremoto de 1972 ya la fábrica estaba ubicada en la planta de Altagracia a donde también se trasladó el restaurante y poco tiempo después del sismo comenzó a producir toda su línea tradicional.  A mediados de esa década inauguraron en el Camino de Oriente una cafetería llamada La Crema Batida.

En los años ochenta, la fábrica Eskimo no escapó de la confiscación.  No entendieron los que perpetraron el acto que una cosa era el gusto que tenía el pueblo por estos productos y algo diferente era que en nombre del pueblo se administrara su fabricación.  Obviamente la empresa entró en barrena, pues al igual que en el negocio del vidrio no es cuestión de soplar y hacer botellas, además, los prometidos caudalosos ríos de leche y miel no llegaron hasta la fábrica para suplirla de los insumos necesarios para producir.

En los años noventa, con el regreso de la economía de mercado (para no utilizar los conceptos de democracia o de capitalismo salvaje que provocan más de algún cólico), la fábrica fue regresada a sus dueños originales.  Los nicaragüenses, aún con las restricciones que imponían la pauperización de los salarios que imperaba en esos primeros años, volvieron a deleitarse con la línea de productos Eskimo.  Los carritos volvieron a pulular por las calles de Managua y principales ciudades del país.

La empresa no solo recuperó toda la línea que manejaba antes de los ochenta, sino que amplió significativamente su oferta que incluía las tradicionales paletas, sorbetes en variedad de sabores, nieves, yogures, leche fresca, quesos.  Con la aparición de los food courts de los centros comerciales, se instalaron expendios en cada uno de ellos y recientemente han incluido la franquicia de TCBY.

La demanda de Eskimos puede verse fácilmente en la calle al observar la cantidad de carritos expendedores que se mueven por la ciudad, además del número de pulperías y demás expendios que anuncian la venta de estos productos.

En una escuela al occidente de la capital, a la hora de la salida de los alumnos, todos los días de clase, desde hace casi veinte años, a la sombra de un arbolito se aposta Don Beto, el eskimero del rumbo, haciendo sonar las campanitas de su carro expendedor.  Tiene la seguridad de que más de algún padre de familia complacerá a su hijo adquiriendo una paleta y lo acompañará en alguna ocasión o bien disfrutará viéndolo saborearla.  Aquellos de la primera generación que probó esas paletas, no nos queda más que envidiar esa ilimitada capacidad de ingerir azúcar sin que proteste el páncreas y muy ocasionalmente, anestesiar a la conciencia y sucumbir a la tentación de probar un Eskimo de chocolate, romper delicadamente la delgada capa exterior y saborear el mismo sabor de antaño del chocolate primero y luego aquel cremoso helado de vainilla y sentir aquel singular placer con el paladar pletórico de nuestra niñez.

5 comentarios

Archivado bajo Familia, Nicaragüense

5 Respuestas a “Un eskimo de chocolate


  1. El mejor aliado de la fábrica Eskimo es el agobiante calor de Managua . EXCELENTE ARTÍCULO, muchas gracias.

    Saludos

  2. ;Está tan bueno el escrito que indujo a mi memoria a desear saborear un esquimo de cocoa, que era mi preferido. Espero hacerlo mañana, porque en estos momentos son las 11,15 pm. Saludos Orlando, siga produciento.

  3. Chepeleon Arguello

    En nuestro pueblo antes del terremoto del 72, la tía Mirian Urcuyo de Urbina, en el garaje de su casa, instalo el negocio de los Eskimos, lamentablemente ese mismo acontecimiento limito su existencia, aun conservo en la memoria el peculiar sabor de la paleta de chocolate, que a la distancia y experimentación de distintos sabores y calidades, no lograr superar, la que se implanto en el paladar de este chavalo chorreado… No sé, si existe en tu memoria, el establecimiento; La hormiga de oro, en el reparto Las brisas, después del terremoto, que se dedicaba a la venta de helados, refrescos y reposterías, nos gano más de una sonrisa de deleite.
    Cuando llegamos a San Marcos, vivíamos casi frente al negocio de Don Chico, que además de vender hielo tenían el negocio de sorbetes, ellos los hacían y me vienen a la memoria; los sorbetes de vainilla y los napolitanos, (mezcla de tres sabores; vainilla, fresa y chocolate), por las tardes, él, o su esposa hacían los conitos en una planchita de hierro y con mucho arte le daba vuelta a la tortillita para darle forma al conito… Un gusto siempre leerlo mi hermano, celebro su pluma.

  4. Eduardo Ortega

    Me parece mejor el sabor que recuerdo de aquellos Eskimos que me deleitaban de chavalo que el actual. Supongo que la materia prima ha cambiado desde entonces , la fórmula o la nostalgia le pone un ingrediente extra a los sorbetes de antaño. Lo que me parece muy especial es que le dediqués esta página a este producto , depués de haber probado sabores de helado de muchas partes del mundo, hasta sabor durazno tempranero de las islas Manri. Excelente mi bro, muchos recuerdos que vienen con este escrito.

  5. A. L. Matus

    Yo pienso que si se decidiera a probar los sorbetes Eskimo de hoy, es posible que se lleve una gran desilusión. La producción a gran escala y la lucha por mantenerse en un mercado competido, han hecho que los administradores hayan sacrificado calidad para maximizar ganancias. Parece que los lácteos que sirven de materia prima son tratados químicamente para aumentar el margen, así que el sabor deja mucho que desear y no sólo el páncreas sufre, sino también el hígado y el estómago al recibir una notable cantidad de grasa de quién sabe qué origen. Lástima.

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