Puente León

 

Es temprano por la mañana y las calles de Managua poco a poco van adquiriendo su característico dinamismo provocado por gente que se desplaza de un extremo a otro de la ciudad para trabajar, estudiar o realizar gestiones diversas.  Un vehículo toma la calle que conecta Linda Vista, Las Brisas y repartos vecinos con el que fuera el centro de la ciudad hacia el oriente.  Una mujer que viaja en el automóvil revisa unos documentos mientras el conductor trata de avanzar lo más rápido posible entre buses y taxis que van siguen su misma ruta.  Atraviesan el sitio conocido desde hace mucho tiempo comoLa Ceibitay a las pocas cuadras el conductor disminuye la velocidad para atravesar un pequeño puente el cual pasan sin poner mucho cuidado.  En esa parte del recorrido la calle se va estrechando considerablemente en los límites del barrio Santa Ana con Monseñor Lezcano.   Pasando lo que un día se llamóla Avenidadel Ejército la calle se ensancha considerablemente en lo que se conoce comola DuplaSur, nombre importado para un proyecto vial que nunca se finalizó. 

La mujer continua revisando documentos mientras de manera más expedita el vehículo atraviesa el MITRAB en la avenida del Estadio, luegola Bolívar,la Roosevelty unas cuadras más adelante, en donde se construye un enorme complejo judicial, detiene su lectura y vuelve a ver hacia el sur, lo que una vez fuela QuintaAvenidaEste y que bajaba desde el costado nororiental de la loma de Tiscapa.  En esa avenida estuvo ubicada la casa de sus abuelos, desde inicios del siglo XX hasta el terremoto de 1972.  Mientras el automotor ya avanza a la par del Colegio Loyola, casi para tomarla CarreteraNorte, ella sigue pensando en sus abuelos y en su extraordinario espíritu de donde se desprendía una incansable dedicación al trabajo y un sentido de la solidaridad único.

Por un momento su pensamiento juega un poco a la máquina del tiempo y se transporta a la Managua de los años veinte del siglo pasado, reviviendo una de las historias que en su niñez escuchó de boca de su abuela.  Es de madrugada aún y la oscuridad se extiende por toda la capital que en esa época es apenas una pequeña mancha a la orilla del lago Xolotlán.   En el extremo oriental de la ciudad, de una pequeña casa sale una mujer que cubre su cabeza con un rebozo para protegerse del “sereno” que a esa hora baña a la ciudad con un imperceptible rocío.  Con paso firme se dirige unas cuadras hacia el norte para tomar luego rumbo al occidente.  La oscuridad de las calles se rompe con el fulgor del firmamento que en aquellos tiempos brillaba con una intensidad que se fue apagando al pasar de los años.  Atraviesa las solitarias calles en medio de largas filas de casas de taquezal.  Al llegar al centro de la ciudad observa a su derecha la luminosidad del Hotel Lupone, sinónimo del lujo en aquella época y en donde años atrás se había alojado Rubén Darío.  Continúa su marcha hacia el poniente, atravesando el barrio San Antonio primero y San Sebastián luego, en donde prácticamente terminaba la ciudad.  Al final de la calle inicia un camino “carretero” como se llamaba en aquel tiempo y que con el incansable paso de carretas de bueyes se había convertido en una ruta de acceso a la ciudad.  Los cercos de piñuela a los dos lados del camino convierten en un instante el paisaje urbano en un lugar agreste en donde las quiebraplatas juguetean por el camino.    

En unos instantes los primeros celajes aparecen en escena, indicando que el amanecer está pronto y el camino deja su tenebrosa oscuridad.  Sin embargo, un kilómetro más adelante se observa la silueta de un rústico puente.  El corazón de la mujer comienza a latir más aprisa y acelera el paso para cruzarlo lo más rápido posible.  Se trata del Puente León, que marcaba la salida hacia la antigua capital de la República.  No era nada parecido ni al Pont Neuf de París ni del Brooklyn Bridge en Nueva York, pues apenas tendría unos seis metros y debajo de él no corría ni un caudaloso río ni un profundo mar.  Era simplemente un cauce formado por los torrentes pluviales que bajaban de las sierritas por el lado de Ticomo y llegaban con fuerza hacia Managua atravesando por lo que ahora es San Judas, Colonia Independencia, Altagracia, Monseñor Lezcano, hasta desembocar en el lago Xolotlán un poco al este de lo que hoy forma La Chureca.

No eran pocas las leyendas que los capitalinos tejían alrededor de aquel puente, que en algunas húmedas noches parecía emanar una tenebrosa bruma.  Muchos vieron pasar los cuerpos ya sin vida de algún descuidado ciudadano que más al sur había sido arrastrado por la corriente y otros los vieron regresar en forma de fantasmas que trataban de subir por el cauce al lugar por donde cayeron.  Se contaba también que una avanzada del ejército liberal fue enviada la madrugada del 25 de julio de 1893 y que uno de los hombres que la componía desapareció misteriosamente el cruzar el puente.    

La mujer se persignó mientras cruzaba presurosa el puente y ya al otro lado respiró tranquila.  Eran tiempos en donde se temía más a los muertos que a los vivos, pues en el trayecto del camino se encontraba uno que otro transeúnte o carretas que madrugaban con su carga y después de un lacónico saludo cada quien seguía su camino.  El camino surcaba luego la hacienda conocida como La Ceiba que cubría gran parte del occidente de la ciudad y después de un par de kilómetros la mujer llegó al pie de la Cuesta del Plomo, llamada así por haberse librado en ese lugar la última escaramuza entre los ejércitos conservador y liberal, este último al mando del Gral. José Santos Zelaya. 

Mucho antes de que el Mercado Oriental se convirtiera en el principal lugar de recepción de los productos agrícolas de los alrededores de Managua, la Cuesta del Plomo constituía el lugar en donde se juntaban las carretas de bueyes que traían los productos de San Andrés de la Palanca y demás comarcas aledañas.  La mujer empieza a revisar los productos que han llegado al lugar: leña, bananos, plátanos, naranjas, frijoles, huevos y empieza a negociar precios y cantidades; al final contrata una carreta y llena de productos regresa ahora a Managua al cansado paso de los bueyes que recorren el mismo camino.  Ya el día está puesto y la temperatura ha subido ligeramente.  Atraviesan el puente, ahora sin la menor intranquilidad y aún temprano por la mañana llegan a la casa de la Quinta Avenida en donde una tropa de chavalos recibe con singular alegría a la mujer y le ayudan a transportar toda la carga al interior de la casa.  Ya en la casa hay un movimiento singular de personas que llegan al molino a sus diferentes encargos, pinol, masa, entre otros, otras mujeres afanosamente echan tortillas que no tardan mucho en el comal antes de que los clientes se las lleven para el desayuno.  La mujer comienza a dar órdenes antes de sentarse un rato a descansar de su agotador periplo.    

El poderoso claxon de un tráiler que aventaja al vehículo trae de regreso al presente a la mujer, quien se percata que ya casi llegan a su destino final, en donde en su oficina le esperan situaciones que resolver que le tomarán posiblemente toda la mañana. Al llegar, baja rápidamente del automóvil y se dirige a su oficina, en donde en un rincón tiene una foto de su abuela, aquella mujer que junto con miles de capitalinos dedicados en cuerpo y alma al trabajo, levantaron una ciudad que ni dos terremotos lograron doblegar. 

De regreso por la tarde, al automóvil toma la misma ruta de regreso, pero esta vez no se distrae pues al pasar por el Puente León lo mira detenidamente.  Ha cambiado mucho, pues ahora es una estructura de concreto que cubre el ancho del cauce, ahora revestido también de concreto y que a pesar del tiempo sigue siendo un punto de referencia.  Ya no es el final de la ciudad o el inicio del trayecto hacia León, pues está prácticamente en el centro del sector occidental de Managua.  Su carácter emblemático ahora se mantiene al constituir el lugar en donde anualmente se recibe a Santo Domingo de Abajo.  Ya no se habla de fantasmas y lo que se teme ahora es a los malvivientes, que en más de alguna ocasión lanzan al cauce algún cuerpo de alguien asaltado en un lugar cercano.  Ya el traqueteo de las carretas cruzando el puente no se escucha más y el ronronear de miles de vehículos que lo pasan desapercibidamente es el ruido que ahora impera en el lugar.  

7 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

7 Respuestas a “Puente León

  1. Tantos años y no imaginaba por qué el nombre León. Me ha encantado el recorrido en la distancia y en el tiempo.

    Fue de los primeros sitios que conocí en mi juventud al llegar a Managua, viví muy cerca de allí.🙂

    FELICITACIONES POR TUS MAGNÍFICOS ESCRITOS.

    Saludos

  2. A.L. Matus

    En aquellos ayeres amarraban los perros con chorizo. Ahora a unas cuadras de ese puente está el famoso Cartelito de Santa Ana, en donde la policía se persigna si se atreve a entrar. Buena crónica.

  3. Gustavo Arcia

    Estimado Orlando,
    Me gusta mucho tu blog y te felicito por hacerme sentir anciano, pues muchas de las cosas “del tiempo viejo” las viví cuando era chavalo. Me gusta tu estilo directo de describir las cosas y la claridad con que el lector visualiza nuestra historia. Te felicito.

  4. Luis M. villavicencio

    Excelente articulo……un punto de referencia famoso…….quizas me puedas decir, de donde proviene su nombre…..gracias y saludes.

  5. Chepeleon Arguello

    Tus escritos además de entretenernos, nos reala información, que muchas veces ignorábamos… Gracias por compartirlo.

  6. omartinez12

    Hola Don Orlando!! A propósito del Puente’Leon. Que sabe Usted de “Gadala Maria” y “Los Balkanes” Estos sitios han sido por mucho tiempo referencia de direcciones. Sin embargo, desearía saber el origen de estos nombres. Otro nombre es “Las Delicias del Volga” Estas referencias aun se aun se utilizan en Managua. Gracias por su atención.

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