Cuando el corazón no puede seguir

Nunca le he puesto mucha mente a los temas de la reencarnación ni de vidas pasadas, ni siquiera he tenido la curiosidad de ver cómo funcionan esos cálculos que ofrecen algunos sitios de internet para averiguar sobre la vida anterior con base en la fecha y lugar de nacimiento actual.  No obstante, a lo largo de mi existencia, de repente, sin ton ni son, acuden a mi mente algunas vagas escenas de sitios que nunca he visitado, de épocas remotas, de tal forma que me asalta la sospecha de que podría haber vivido en otros tiempos.

En estos días en que se ha conmemorado el centenario del hundimiento del Titanic, he tenido la oportunidad de adentrarme en todos los aspectos que rodearon a esa tragedia y he llegado a la conclusión, no sin cierta dosis de sorpresa, de que si acaso tuve alguna vida anterior, una de ellas coincide con ese negro episodio.   Lo interesante es que no fui ninguno de los pasajeros o miembro de la tripulación del trasatlántico, así que ni disfruté de la magnífica opulencia del barco, ni viví el drama de su choque con el iceberg, ni la desesperación de su posterior hundimiento.  Las escenas que han venido a mi mente están más bien relacionadas con lo ocurrido días más tarde de la fatídica fecha, cuando la propietaria del Titanic,la White StarLine, contrató los servicios de cuatro barcos cableros de Halifax, Nueva Escocia, Canadá, para rescatar los cadáveres que todavía flotaban en el lugar de la tragedia.

Una de las escenas que destellan en mi mente tiene que ver con un barco que zarpa de un puerto, gris, gélido, con una carga de dolor, ataúdes vacíos y una misión ingrata y lanza en su salida una prolongada y sonora pitada que rompía la quietud de la tarde, mientras algunos curiosos se quitan sus gorros y sombreros.  Por mucho tiempo esta escena logró calzar con una canción que en mi niñez me producía una extrema tristeza.  Era el tango Niebla del riachuelo, que en su inicio decía :  “Turbio fondeadero donde van a recalar, barcos que en el muelle para siempre han de quedar, sombras que se alargan en la noche del dolor; náufragos del mundo que han perdido el corazón…”  La canción, interpretada en otro ritmo por la orquesta de Rafael Muñoz y cantada por Raffi Muñoz tenía una melodía profundamente triste que se clavaba en mi ser como un aguijón y traía a mi mente lo que ahora entiendo era esa escena de la partida del barco cablero a la búsqueda de los cadáveres del Titanic.

Otras imágenes están relacionadas con centenares de cadáveres flotando en el mar, en medio de trozos de madera astillada.  Hombres, mujeres, niños, jóvenes, viejos; todos ellos en una danza macabra en la superficie del mar, aferrados a la vana esperanza que ofrecía un salvavidas de corcho.  Sus ojos extremadamente abiertos como en vigilia ante un posible rescate.  Estas escenas se entremezclaron con las vividas en diciembre de 1972 cuando observé centenares de cadáveres en muchas calles de Managua, en mi travesía por las entrañas abiertas de la ciudad.

En diciembre de 1964 falleció un primo de mi padre.  Yo estaba por cumplir quince años y mi padre sintió que ya era suficientemente grande para que le ayudara en una obligada pero impactante tarea que fue preparar el cadáver.  Con una botella de formalina y una jeringa de unos 200 cc. ingresamos al lugar donde se encontraba el cuerpo del tío Armando y mi padre comenzó a inyectar el químico en su inerte y desnudo cuerpo.  El olor del formaldehído penetró más allá de mis pulmones, rebotando luego en mis sienes y de pronto llegaron hasta mí algunos flashazos de un camarote en donde se preparaban docenas de cuerpos, en un masivo embalsamamiento un tanto forzado por los medios con que se contaba y en medio de todo, el penetrante olor de la formalina.

A finales de abril de 1992, volé de Los Angeles ala Ciudadde México con las cenizas de mi padre, quien recién había fallecido en esa ciudad.  Al atravesar la inmensidad de esa urbe por la noche, se fue agigantando la extraña sensación de ser portador de lo que fue un gran hombre, ahora reducido a mínimas cenizas y que debía entregar a mi madre, sentimiento que trajo a mi mente ciertas escenas de un barco cargado con ataúdes y cuerpos en hielo que llegaba a su destino en Halifax, mientras una gran muchedumbre se agolpaba para ser testigos de los capítulos finales de aquella tragedia, en donde al final de cuentas, los pasajeros de primera clase alcanzaron una sepultura decente en tierra firme, al contrario de los de segunda y tercera clase, así como la tripulación que encontraron en el fondo del mar su morada final.

Otra escena que a veces me llega es la del Atlántico observado desde una colina cercana a la costa de Nueva Escocia, en donde alguien admira la quietud del mar, mientras su corazón se encoge ante el recuerdo de aquella macabra travesía.

Ahora que se cumplen cien años de aquel episodio, siento propio aquel dolor y puedo dimensionar todo lo que representó aquella tragedia.  Fue algo más que la historia romántica que John Cameron plasmó en su película y que en estos momentos están anunciando su reestreno a los cuatro vientos, ahora en tercera dimensión.  El Titanic fue una lección de lo que representa la soberbia, de que no es tan cierto que la muerte nos iguala a todos, eso sí, que al resto nos minimiza.  Por eso ahora, al escuchar a Celine Dion cantar My heart will go on, pensaré que para muchos que estuvieron alrededor de ese desastre, su corazón simplemente no pudo seguir.

4 comentarios

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4 Respuestas a “Cuando el corazón no puede seguir


  1. Te comprendo y sí creo que viviste esa experiencia. A lo mejor indagando hasta podría saberse quien fuiste en ese pasado. Te comprendo porque yo tengo dos historias personales increíbles- Una de ellas, la más fantástica, que solo a mi hija he contado, está relacionada con Roma en los tiempos de Augusto, coincide con muchas cosas pero hasta miedo me da contarla porque creo que me tomarían por loca.

    Tu historia me conmueve.

    Gracias por compartir.

  2. A. L. Matus

    Bien logrado artículo, sin embargo, yo incluiría la lección que dieron los miembros de la orquesta del Titanic, quienes siguieron tocando en medio de la catástrofe y si tuvieron temor a morir, fue mayor su profesionalismo.

  3. Edwing Salvatore Obando

    Impresionante. Un dejá vú posiblemente.Son los grandes misterios de la mente, porque van mas allá de sugestiones conscientes o inconscientes. Siga fascinándonos con historias presentes y pasadas, aunque haya participado o no, reencarnado o no (no me refiero a la uña), siga maestro.

  4. Oscar Martinez

    Aunque soy escéptico para estas cosas, he tenido algunos sueños de situaciones en las que estoy en otra ciudad y con otras personas, que conozco bien y me conocen; luego al despertar me queda la sensación de que en realidad he vivido esas experiencias. “Déjà vu”? o simplemente sueños ?En una oportunidad di mis datos en internet para saber quien había sido en una vida anterior. Pues se me contesto que había sido un monje que había vivido al norte de Italia en el año 1300 y resto. La verdad es que esto me dio un poco de temor. Creo que el hombre en su afán científico aun le queda mucho por conocer y aprender y que aun hay muchos misterios para la comprensión humana.

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