La sabrosa vida en el mar

La población nicaragüense de la franja del Pacífico tiene un especial apego hacia el mar.  Además de contar con bellas playas a lo largo de todo el litoral, la mayoría de las ciudades se encuentran a una reducida distancia de alguna de ellas y a medida de que la infraestructura vial se ha ido ampliando y mejorando, actualmente un ciudadano de esta franja puede estar en una bella playa en menos de una hora.

En la primera mitad del siglo XX, los viajes al mar eran toda una aventura, pues al no existir carreteras hacia las principales playas ni existir un gran parque vehicular, el desplazamiento hacia una playa se hacía en romerías de carretas que tardaban uno o dos días en llegar a su destino, salvo tal vez algunos balnearios ubicados muy cerca de la zona urbana como es el caso de Poneloya y León.

Quedó para siempre en mi memoria el relato que hacía nuestro barbero y amigo “Chalo” Vásquez, en el cual narraba los detalles de su primer viaje a una playa.  Decía que antes de los catorce años no conocía el mar y sólo escuchaba las historias de los paisanos que habían tenido la dicha de viajar allá y sus peripecias en la playa.  Cuando su familia planificó un viaje al mar, “Chalo” se emocionó tanto que no dormía por la ansiedad de ver por primera vez el mar y especialmente conocer los “tumbos” que de acuerdo a las crónicas de los amigos eran como unas grandes pelotas de agua que salían del mar y que se estrellaban contra los bañistas.  En ese entonces era toda una aventura el viaje hacia la playa en carretas en donde convivían los paisanos y en las noches cada quien daba rienda suelta a su imaginación con los cuentos de camino más espeluznantes.  Los muchachos que esperábamos turno en la barbería nos quedábamos con la boca abierta escuchando los relatos de “Chalo” y aquellos periplos hacia el mar allá en los años treinta.

Mis recuerdos más antiguos sobre el mar se remontan a mediados de los años cincuenta, a pesar de que dentro mi primer año de vida pasé seis meses en un pequeño puerto en el Golfo de México donde mi padre prestaba su servicio social, de lo cual solo sobreviven algunas fotos.  Los balnearios más concurridos en aquella época eran Masachapa y en menor medida Pochomil.  La emoción iniciaba cuando después de salir con los primeros albores de la mañana llegábamos al empalme de El Crucero y tomábamos la carretera hacia San Rafael del Sur.  Era una carretera nueva, de concreto y bastante sinuosa a medida que bajábamos “Las Cuchillas”, la cual tomaba mi padre con extrema precaución, hasta llegar a la planicie que anunciaba que el mar estaba cera y avanzábamos a buena velocidad en medio de los cañaverales.  En la niñez el mar era esa mezcla de la emoción de ingresar en semejante inmensidad, el extremo temor de la fuerza de las olas que lo tumbaba a uno y el único asidero era la mano del padre, siempre alerta.  La comida en ese tiempo no era ningún atractivo especial y por lo tanto no permanece ningún recuerdo, sin embargo, la memoria auditiva tiene todavía muy presente que la reina en esos lugares era sin lugar a dudas la Sonora Matancera, que en cada una de las roconolas en hoteles y enramadas repetía sin cesar los grandes éxitos del verano: En el mar, la vida es más sabrosa o A la orilla del mar, con Carlos Argentino y Bienvenido Granda, respectivamente.

También recuerdo un viaje familiar a La Boquita, en donde el trayecto era bastante agreste pues pasando “La quebrada del perro” en Diriamba seguía un camino de terracería bastante accidentado y al final llegaba uno a las ramadas de ese balneario.  De ese viaje recuerdo el escándalo que se armó cuando una ola revolcó a mi abuela quien sintió que se ahogaba y pidió que regresáramos a la casa inmediatamente, con la promesa de no regresar nunca más a ese lugar.  En 1958 un amigo de mi abuelo de apellido Reyes de La Concepción lo invitó a San Juan del Sur y mi abuelo tuvo a bien ordenar que me equiparan para el viaje, así que en un jeep de doble cabina del Sr. Reyes fuimos en un viaje que se me hizo eterno hacia San Juan del Sur, pues en el trayecto realizamos varias paradas, de las cuales recuerdo una por San Jorge comprando “panecillos”.  En aquella época el puerto no era ni la sombra de lo que hoy es, pues recuerdo unas enramadas a lo largo de la costa en donde almorzamos opíparamente, no pregunten qué, pues no me alcanza la memoria, tan solo recuerdo que la reina ahí también seguía siendo la Sonora Matancera, en esa ocasión destacando Celia Cruz, con un tema llamado Rock and Roll mezcal de ese nuevo ritmo y del sonido característico de esa agrupación musical, que sonaba al unísono a lo largo de toda la bahía.

Por varios años se nos hizo la costumbre de salir al mar los domingos de pascua, como un símbolo de cierre de las restricciones de la semana santa, al reafirmar que el Señor no estaba muerto.  No obstante, un viaje que se quedó grabado en mi mente fue cuando tenía unos diecisiete años y estaba aprendiendo a manejar.  Mi padre tenía fuertes lazos de amistad con las familias Sánchez Avilés y Ramírez Morales de Jinotepe y lo invitaron a Huehuete.  Mi padre me dio su camioneta Opel para que la manejara hacia el balneario, considerando que no había policías en el trayecto.  En el tramo de Diriamba hacia Casares el camino estaba fatal, pero lo libré sin problemas, sin embargo, los pocos kilómetros de ahí hasta Huehuete estaban peor, incluyendo el tránsito por un río en donde estuve a punto de regresarle el volante a mi padre, quien no sé qué pensaba en su interior pero me animó a que continuara y al final llegamos a nuestro destino.  Cual no sería nuestra sorpresa al darnos cuenta que detrás de nosotros en un vehículo de doble tracción venía el comandante de Carazo, el entonces Coronel Bermúdez, quien felicitó a mi padre porque su “conductor” había realizado tan fácilmente la travesía del río en una camioneta station wagon sin doble trasmisión.  Reflauta, me dije a mí mismo.

Cuando llegaron los padres canadienses a San Marcos, uno de ellos, el Padre Pedro Pelletier gustaba de manera extrema del mar y en breve se organizaron constantes viajes a la playa, en especial con los integrantes de los movimientos de los cursillos de cristiandad a los cuales pertenecían mis padres.  Así pues a finales de los años sesenta, fueron innumerables viajes al mar, en especial a Huehuete, Casares, La Boquita y Pochomil Viejo, en aquellas ocasiones no esperábamos al domingo de pascua, pues el sábado de gloria seguíamos al Padre Pedro que en su Land Rover parecía volar por la carretera.  En esos viajes convivimos con muchos recordados amigos de San Marcos y afortunadamente nunca tuvimos ningún accidente que lamentar como ocurría frecuentemente en esos eventos.

En el arranque de los años setenta, llegó la temporada de verano con una canción que dejó atrás todos los temas que caracterizaban los viajes al mar.  Era el tema Tiritando un éxito que el año anterior había lanzado en Argentina el cantante Donald y del cual el grupo costarricense Los Gatos con la voz de Manuel Nájar, realizó un cover bastante bueno.  Desde ese año, Tiritando sería el soundtrack de tantos viajes al mar y de tantas aventuras de los nicaragüenses que seguían abarrotando las playas del Pacífico, cuando la infraestructura mejoró sustancialmente, en especial la carretera hasta Casares y La Boquita, así como la de El Velero.  Luego entró en acción el cantante de origen cubano, nacionalizado tico y radicado en Colombia, Ricardo Acosta con otros éxitos arrolladores para el verano como Y te diré te quiero, Verano feliz y Quiero.

Por muchos años, estos temas resonaron por días y noches en las rokonolas de las enramadas de todas las playas del Pacífico.  Yo tuve la oportunidad de escucharlas en lo que recuerdo como la primera Discoteca de una playa y fue El Pirata Cojo, del balneario El Velero.

Recuerdo de manera especial cuando mis padres me organizaron una cena para mi cumpleaños en diciembre de 1977 en el Casino de Casares, la sensación de la noche en el mar, la brisa que traía hacia el Casino y la compañía de los seres queridos en esa fecha disfrutando de una deliciosa cena.  Luego, cuando estuve en México, llevé a mis hijos a conocer algunas playas de ese país: Acapulco, Veracruz, algunas de Colima, sin embargo, no nos aficionamos a esas giras.

Luego, el mar dejó de tener el atractivo que un día tuvo.  Comencé a apegarme a la comodidad y mis viajes al mar se hicieron mucho más esporádicos hasta que transcurrieron muchos años sin viajar a una playa.  Este año, mis nietas me hicieron regresar, así que ese afán de estar cómodo tuvo que hacerse a un lado para llevar a las niñas a disfrutar de esa aventura que para un niño constituye un viaje al mar.

Estoy seguro que la mayoría de los lectores que son de la franja del Pacífico tienen en su mente un bagaje mucho más grande de recuerdos en torno al mar.  Aventuras para llenar libros enteros en donde una playa, una enramada, un estero, fueron la escena para eventos fundamentales en cada vida.  Algunos evocarán esos tiempos al sentir el aroma de la brisa marina, al sentir en sus pies la suave y tibia arena o el abrazo del mar en la piel, otros se transportarán a otra época al escuchar a la Sonora Matancera, o bien con los primeros acordes de Tiritando o cualquiera de los éxitos de Ricardo Acosta.

7 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

7 Respuestas a “La sabrosa vida en el mar

  1. Maribel

    Como siempre Orlando, es un placer leer todo lo que escribe! Gracias!

  2. Salvador

    Caramba poeata!! Como se le vienen a la mente tantos buenos recuerdos de su ninez. Tambien la mia fue una aventura el ir a conocer el mar y fue precisamente La Boquita, el primer balneario visitado por mi. Mi familia iba a acampar cada ano a ese lugar y la pasaba de maravilla…


  3. M encanta tu post, especialmente por el tema de la música. Yo soy de ‘monte’ y prefiero la montaña en verano que el mar, este tiene para mí solo un valor estético especial, me encantan los atardeceres y siempre estoy suspirando por tener la oportunidad de volver, mirar el sol ocultarse y ver a los pescadores retornar de la faena, alegres si la pesca fue buena.

    A mí no me hacen entrar al mar y quizá se deba que me pasó lo que a tu abuela en San Juan del Sur a mis diecisiete años. Primera vez que entraría al mar, ni siquiera lo había hecho en una piscina, y a las seis de la mañana, sin que hubieran personas alrededor, me metí al agua. Una corriente me iba arrastrando y con gran esfuerzo logré sobreponerme y salir. Para mí, que un milagro me salvó.

    No sé nadar ni me gusta bañarme con huacal🙂😀

    Gracias por la refrescante entrada.

    Felices vacaciones.

    • Gilberto Vega Caldera

      ORLANDO. He leido con mucha atención , la crónica que has escrito de una manera magistral, pues has conseguido traer a la mente una serie de recuerdos de la infancia a los que vivimos esa misma experiencia en los años cincuenta en nuestra querida y añorada San Marcos y nuestros primeros viajes al mar que en mi caso fué a La Boquita. Te felicito. Un abrazo.

  4. A. L. Matus

    Es una lástima que las limpias playas del Pacífico de Nicaragua ahora sean basureros, en donde los esteros están contaminados y el recibir un refrescante baño sea un riesgo. Urge una campaña que regrese a nuestro país sus recursos naturales que la inconsciencia de sus habitantes están destruyendo. Muy buen artículo.

  5. Michał

    Tengo que decir que estoy muy feliz de haber encontrado tu blog. Escribes en una manera tan ligera, vívida, descriptiva que siempre es un placer leer sobre tus recuerdos, pensamientos, historias, sea lo que sea. También como un estudiante de la riquísima lengua española, es maravilloso leer algo que ha estado escrito por alguien que de veras conoce la lengua y quien lo utiliza para hacer y describir escenas e imágenes que a través de sus palabras cobran vida. Tienes una manera de escribir que es llena de vivencia y riqueza.

    Muchísimas gracias por compartir lo que escribes con nosotros y seguiré aprendiendo y gozando de tus estupendos relatos.

    Michał

  6. Chepeleon Arguello

    Orlando, todos tenemos recuerdos de los viajes al mar, mi madre nos hablaba de esos viajes en carreta que su familia los Urtecho, hacían a las playas de Brito, precisamente en ese lugar se concentraban varias familias de la ciudad de Rivas, en donde nació la costumbre fomentada por la familia Urcuyo Maliaños; “ las fiestas de la coronación de la reina (de por vida) de dicho balneario: Rogelia Urcuyo de Sacasa” , la algarabía y los discurso del tío Chico, hicieron historia, celebración intima, familiar que se había extendido a un grupo numeroso de visitantes, amigos cercanos, que se posesionaban de las costas del estero, levantaban ranchitos, las hamacas remplazaban la cama, y más de una noche, nadie durmió, ante la mirada incrédula del chavalero extasiados por dicho comportamiento… La Virgen (en el lago Cocibolca) me trae recuerdos infinitos, de alegría y la belleza del traspaso de la niñez a la juventud, sus vicios y exploraciones. Entre los alimentos que se consumían: tamales pisques, queso seco, huevos cocidos, sardinas, galletas simples, por las noches las serenatas de pedos o las guerras de zapatazos.
    Te fuiste en Abril, tema de Palito Ortega, que recuerdo por los primeros enamoramientos de temporada…
    Que bonito es recordar…
    Vos y yo, compartimos el origen de nuestros ancestros mexicanos, recién llegue de Cancún, playas bellísimas, con todo disponible, pero que no logra vencer, la memoria el recuerdo de la niñez en mi Nicaragua…
    Gracias Orlando…

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