La Virgen de El Arenal. Parte IV

Al final, sólo el amor

Cuando no hay más que amor
como única sed
como única fe
como único don

Nacha Guevara

Los dos pescadores llevaron presurosamente a la muchacha a una casucha improvisada a la orilla del lago, en donde la acostaron en un petate.  Una mujer que permanecía junto a un fogón, puso a calentar un poco de sopa en un perol.  Cuando estuvo caliente, la mujer le sirvió la sopa en un guacal y le dio a beber a la muchacha en pequeños sorbos, quien después de tomársela, se puso en posición fetal y se quedó profundamente dormida.  Uno de los pescadores decidió avisar sobre lo sucedido al dueño de una botica que quedaba en las inmediaciones de la estación del ferrocarril, pues siempre estaba dispuesto a ayudar a la gente y podría aconsejarle sobre lo que se tenía que hacer.

Cuando el boticario pudo dejar a alguien a cargo del negocio, fue a ver a la muchacha que todavía dormía.  Suavemente la sacudió y Catalina despertó preguntando dónde estaba.  Le respondió que en la costa del lago de Managua y le inquirió su nombre y qué le había pasado, a lo que ella respondió que se llamaba Catalina y que no recordaba qué le había sucedido.  Entonces el boticario comenzó a examinarle el cuerpo, empezando por los moretones en sus sienes, pasando luego a la profusión de pinchazos en los brazos y unas extrañas cortaduras principalmente en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.  Después de ver la bata que llevaba puesta la muchacha, concluyó para sus adentros que no se trató de un asalto ni ataque violento, sino que parecía haber estado en algún hospital.   Como era un hombre muy precavido, recomendó a los pescadores que no le comentasen nada a nadie, les dio un billete y les dijo que compraran leche y maicena y que le dieran atol en pequeñas dosis y les encomendó que si la muchacha recordaba algo, que le avisaran de inmediato.

Catalina pasó todo el resto del día durmiendo y a la mañana siguiente despertó y con cierta dificultad caminó un poco en la costa para admirar la inmensidad del lago y regresó a la casa.  La mujer le preguntó si se sentía mejor y ella le respondió que un poco, que todavía le dolía mucho el cuerpo.  Uno de los pescadores se acercó contento de ver mejor a la muchacha y le preguntó si lograba recordar algo y ella le respondió: -Me llamo Catalina, vivo en El Arenal, cerca de Masatepe.  El hombre se fue a toda prisa a buscar al boticario con la noticia y este fue de inmediato a ver a la muchacha.  Ella le repitió lo mismo, pero agregó que le pedía el favor de contactar al Dr. Benicio Gutiérrez de Masatepe.   El boticario era un hombre muy ilustrado y seguía muy de cerca toda la información respecto a lo que sucedía en el país y empezó a darle vueltas al asunto.  Por la tarde, tomó el teléfono y llamó al Dr. Gutiérrez y con mucha cautela le dijo que había recibido una medicina que él buscaba desde hace meses y que le pedía que llegara a la brevedad a su botica antes de que se terminara.  El Dr. Gutiérrez, muy perspicaz también, entendió que se trataba de alguna clave para despistar en caso de que alguien estuviera escuchando sus conversaciones.  Le agradeció la información y le manifestó que al día siguiente a primera hora llegaría a Managua.

Cuando el Dr. Gutiérrez llegó al siguiente día al establecimiento, el boticario le explicó brevemente lo ocurrido y el primero le solicitó lo llevara a ver a la muchacha.  El médico había visto en algunas ocasiones a Catalina, cuando la habían llevado a Masatepe para que la tratara de unos fuertes dolores de cabeza que la aquejaban.  Conocía además toda la historia de la virgen y tenía cierta información respecto a su internamiento en el Hospital de Enfermos Mentales.  Cuando el doctor entró en la casa a la orilla del lago, la muchacha se alegró de verlo y le dedicó una sonrisa.  El médico le tomó fuertemente una mano y empezó a auscultarla.  Sintió un profundo dolor cuando miró el cuerpo atravesado de cicatrices y moretones.  Escribió en un recetario una serie de medicamentos que entregó al boticario y le dijo a la muchacha que saldrían inmediatamente para Masatepe.  Después de que la muchacha se despidió de los pescadores y la mujer, agradeciéndoles lo que habían hecho por ella, pasaron por la botica retirando el medicamento que el propietario no quiso cobrar y que Catalina agradeció sinceramente.

El Dr. Gutiérrez sabía que su casa siempre estaba vigilada por orejas del régimen, entonces decidió llevarla donde su hermano a quien le encargó que la cuidara mientras encontraba la mejor solución al asunto.  Al cabo de un par de días regresó el doctor a casa de su hermano y encontró a Catalina bastante recuperada.  Conversó un buen rato con ella y al final le preguntó si todavía sentía algo extraño en su interior.  Ella le miró fijamente a los ojos y le dijo: -Solamente el amor por Juan.  Entonces el médico sintió que se abría una puerta de salida al problema y le encargó al hermano que fuera a El Arenal y trajera a Juan, que él contactaría a un sacerdote muy amigo y que vivía en Jinotepe a quien le pediría el favor de que casara a la pareja.

Así fue que en la casa de la familia Gutiérrez, con la presencia de la familia inmediata, que Catalina y Juan unieron sus vidas.  Regresaron a El Arenal con la reiterada recomendación de que por un tiempo no se hiciesen ver ni que se volviese a hablar de la virgen.  De esta manera, los recién casados estuvieron unos meses un tanto escondidos y fue cuando Catalina quedó embarazada que se atrevió a salir.  En el círculo cercano se mantuvo la consigna de olvidar todo lo concerniente a la virgen y que dejaran a la muchacha empezar una nueva vida.  En cambio, en el resto de la comunidad las reacciones fueron encontradas, unos justificaron el nuevo estado de Catalina, otros tomaron una actitud burlesca y otros la emprendieron contra Juan, a quien culpaban que la muchacha hubiese abandonado su misión y unos más radicales lo acusaban de haber tentado a Catalina por obra de Lucifer y es por eso que empezaron a llamar a Juan “el diablo”.

Cuando nació su primer hijo, lo llamaron Pedro y con el niño se atrevieron a subir a Masatepe, en donde Catalina, a pesar de todo, seguía siendo la Virgen de El Arenal.  Sin embargo, el nuevo estado de ella motivó a la gente a enterrar el episodio de cuando causaba las enormes romerías hacia El Guarumo y obraba prodigios.

Catalina tuvo seis hijos, Pedro, Juan, Ana Julia, Bismark, Remigio y Epifanía.  Su vida transcurrió en la tranquilidad de los parajes de El Arenal y tanto la iglesia como Somoza García se olvidaron de ella.

El 20 de octubre de 1950, el Arzobispo Liberato Tosti falleció en Roma a la edad de 67 años.  De conformidad con un reporte médico del Ospedale San Filippo Neri, el ex nuncio en Brasil, Cuba, Paraguay, Honduras y Nicaragua, no presentaba ningún cuadro clínico relevante, más que una severa depresión.   Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega falleció en Managua el 6 de enero de 1952 a la edad de 85 años, después de una prolongada enfermedad.

El 21 de septiembre de 1956, Anastasio Somoza García fue víctima de un atentado en donde Rigoberto López Pérez le disparó con un revólver durante una fiesta en la Casa del Obrero en la ciudad de León.   Somoza falleció ocho días más tarde en el Hospital Gorgas de Panamá.

Monseñor Alejandro González y Robleto falleció en Managua el 18 de junio de 1968 a la edad de 84 años y contaba un ayudante de cámara que el prelado balbuceaba en su agonía pidiendo perdón a la virgen.

Catalina llevó una vida normal y solamente en ciertas ocasiones se quedaba ausente, como si no estuviera en este mundo, pero su familia ya conocía estos episodios y simplemente la dejaban tranquila.  Llegó a practicar una gran devoción por la virgen de La Concepción, de tal manera que todos los años en diciembre celebraba la purísima en su comunidad.  Sus últimos años estuvieron endulzados al llegar a conocer a sus nietos.

En diciembre de 2003 Catalina enfermó gravemente, tenía tan solo 72 años sin embargo, todo lo que había vivido había afectado hondamente su humanidad.   Ella sabía perfectamente que su fin estaba cerca, dejó arreglados todos sus asuntos y encargó a sus familiares que no se olvidaran nunca de celebrar su purísima.  El 8 de diciembre, Catalina sintió nuevamente que la luz que había sentido en La Peña la envolvió nuevamente, esta vez para llevársela para siempre.

 

Continuará

3 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

3 Respuestas a “La Virgen de El Arenal. Parte IV


  1. Estaba ansiosa por leer la continuación y me ha pasado lo que a veces, ansiosa por ver el final y, a la vez, deseando no terminar🙂

    Hasta la próxima.🙂

    Que tengás un bonito domingo.

  2. Fabiana Arauz

    Ella le miró fijamente a los ojos y le dijo: -Solamente el amor por Juan.
    Linda historia de amor….

  3. Augusto Perez Montano.

    Brillante e conmovente el articulo;las personas como nosotros sentimos que en texto el autor tiene la oportunidad de reconstituir escenas tipicamente familiares : la poblacion rural a las vueltas con sus simbolismos religiosos , mesclado con el mundo catolico e los personajes politicos; entonces representado por el presdente que en aquel momento politico era el representante de la era somocista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s