La Virgen de El Arenal. Parte III

Matar a un ruiseñor

Como el miedo es el mayor suplicio de los tiranos, el crimen más irremisible a sus ojos, es hacerles sentir miedo.

Jean Baptiste Say

Un enorme automóvil negro subió hacia la loma de Tiscapa y en el costado oriental de la misma se estacionó en la entrada principal de La Curva, un palacete, por así decirlo, que con sus dos torres hacían contrapeso al Palacio Presidencial y que según algunos conocedores era una clara muestra del Art Deco.  Era la residencia oficial del Ministro de Guerra y Jefe del Ejército Anastasio Somoza García y centro neurálgico del poder en Nicaragua, pues aunque el Palacio Presidencial estaba ocupado por Víctor Román y Reyes, era Somoza García quien llevaba las riendas del país.   Del automóvil descendió el nuncio apostólico, Liberato Tosti quien recientemente había llegado de Paraguay en donde ocupó el mismo cargo.  Un edecán impecablemente uniformado lo estaba esperando y lo condujo al despacho del general.

Somoza García recibió a Tosti con una amplia sonrisa y respetuosamente se agachó y le besó el anillo; el episcopal, pues Monseñor usaba tres.  Después de los saludos de rigor y de una pequeña charla intrascendente, el nuncio entró en materia.  Le explicó con remilgo que la salud del general era motivo de muchas oraciones de parte de la iglesia, incluyendo al santo padre Pío XII, sin embargo, se escuchaba que una muchacha que aparentemente había perdido la razón, decía que la Virgen se le había aparecido y que le manifestaba mensajes para el pueblo, incluyendo vaticinios sobre el futuro y que había llegado al colmo de predecir que el general fallecería antes de que finalizara el año.  Somoza lanzó una sonora carcajada, no tan fuerte como cuando Leonardo Argüello le solicitó que abandonara el país; pero al final Tosti, viejo zorro, adivinó cierto marcado nerviosismo.  –Desde luego, la iglesia católica no le da el menor crédito a esas patrañas –dijo Tosti y agregó –No obstante, el pueblo es muy susceptible ante esos desvaríos y podría crearse un clima, no muy favorable, para la tranquilidad que requiere el país en estos tiempos.  Antes que Somoza pudiera intervenir, Tosti enfatizó –La iglesia católica, a todos los niveles ha exigido a esta muchacha que desista en su afán de inquietar al pueblo, sin embargo, nuestros esfuerzos han sido en vano.  Estamos prácticamente con las manos atadas.  Somoza, con un tono de extrema tranquilidad le dijo: -No se preocupe, Monseñor, yo me encargaré de eso.   Tosti comprendió que su misión estaba cumplida y le extendió la mano a Somoza, quien ceremoniosamente le volvió a besar el anillo.  Monseñor dio la vuelta y el edecán lo condujo hasta la entrada principal de La Curva en donde abordó el automóvil negro que esperaba y que con mucha precaución bajó hacia Managua.

Somoza se quedó muy preocupado después de su entrevista con el nuncio.  Hacía meses, antes de entregar la presidencia, subrepticiamente había salido para New Orleans, desde donde se informó que el general se realizaría exámenes de rutina, sin embargo la visita se extendió y de pronto apareció por Baltimore, en donde supuestamente estaba siendo tratado de pequeñas dolencias.  Los partes oficiales de prensa eran escuetos y muy gallo gallina.  Según algunas crónicas, sólo unos pocos sabían que le habían practicado una delicada operación en salva sea la parte.  Dicen que al que obra mal se le pudre el tamal y él se había portado requetemal, por lo tanto le realizaron un procedimiento en donde conectaron parte del intestino a una bolsa que recibía sus desechos.  Por eso es que literalmente vivía con el fondillo a dos manos.  De esta forma, un vaticinio de esa naturaleza, por más chapucería que fuera, no dejaba de inquietarlo y especialmente en Masatepe, que seguía siendo una espinita para él.  Así fue que descolgó el teléfono y pidió que lo comunicaran con el Director del Hospital de Enfermos Mentales a quien le explicó la situación y le ordenó que interviniera, haciendo lo que debía de hacerse.  Inmediatamente después, llamó a un capitán de su confianza y le ordenó que con un contingente de soldados trajeran a la muchacha que se hacía llamar la Virgen de El Arenal y que de paso amedrentara a los pobladores.

A la mañana siguiente, un camión cargado de soldados atravesó Masatepe, ante la mirada atónita de los ciudadanos, bajó por Veracruz y luego se dirigió al punto cerca de la laguna llamado La Puerta del Cielo.  Ahí dejaron el vehículo y en formación, a marcha forzada, se dirigieron a El Guarumo.   Los habitantes de la región se asustaron al ver a los soldados y al final se dieron cuenta que se dirigían a la casa de Catalina.  En posiciones amenazantes se apostaron alrededor de la casa y cuatro de ellos fueron designados para subir a la muchacha que yacía catatónica en el tapesco, colocarla en una camilla y transportarla al camión.  Sorprendentemente, los cuatro soldados sintieron que trataban de levantar una enorme roca y se declararon incompetentes.  El capitán ladró instrucciones para que los más fuertes se hicieran cargo de levantar a la menuda muchacha y tampoco lograron elevarla ni siquiera un centímetro.

Como las instrucciones que recibió el capitán eran precisas, gritó la orden de calar bayonetas.  Al ver esto, la tía Aurora detuvo al capitán y se inclinó y le pidió a Catalina que no opusiera resistencia, que la Virgen siempre estaría con ella y la cuidaría.    Entonces los soldados volvieron a tratar de levantarla y esta vez la sintieron como una pluma al colocarla en la camilla y fue así que amenazando con sus fusiles el contingente salió rumbo al camión.

Ya muy entrada la tarde, el camión llegaba al kilómetro cinco de la carretera sur, en donde se ubicaba el Hospital de Enfermos Mentales.  Se dirigió al patio central y ahí aguardaban dos enfermeros que trasladaron de camilla a Catalina y la llevaron a una habitación, la colocaron en una cama y la sujetaron con unas gruesas correas.  Al cabo de unos minutos entró en la habitación el Director del Hospital, con una gabacha impecablemente blanca, que contrastaba con las sábanas de la cama, curtidas por el uso.  El médico le practicó un examen somero y se congratuló de haber conseguido un conejillo de indias sin restricciones.  En ese tiempo, estaba de moda la administración del electroshock, el choque por hipoglucemia a través de insulina y la aplicación de Cardiazol, estimulante parecido a la anfetamina y el Director se ufanaba ante los medios de comunicación de estar experimentando con ellos en el Hospital con buen suceso.

Mientras tanto, en El Arenal, el desconcierto reinaba en toda la región y se manejaban cientos de hipótesis de lo que pudo haberle pasado a Catalina, la familia desconsolada, en cambio, no paraba de llorar.  Sin embargo, un vecino un tanto más avezado que el resto, empezó a analizar en medio del problema, las oportunidades que se podían generar y concluyó que si se dormía, se lo llevaba la corriente.  Se vistió con su pantalón blanco de lino, su camisa manga larga y su sombrero de fieltro y se presentó a la casa de la familia de Catalina.  En la puerta,  se apostó con la sonrisa a flor de piel, un tanto cuanto sonrojado y jugando con el ala del sombrero haciéndolo girar entre sus dedos.  Si hubiera necesidad de poner acá una música de fondo, sería sin lugar a dudas The Enterteiner, de Scott Joplin, produciendo una escena digna de George Roy Hill, que curiosamente se repetiría en esos lares en los años sucesivos.

Mis estimados amigos –señaló el vecino- he estado preocupado por los últimos acontecimientos y me asalta la duda de que si el responsable de semejante atropello, no estará acaso poniendo sus ojos en el dinerillo de las contribuciones que recibió Sofía, digo Catalina.  Como los vecinos somos como hermanos –agregó el hombre- siento que el deber me llama para ayudarles a poner a buen recaudo esos fondos, de tal suerte que si alguien viene a buscarlo ya este pequeño patrimonio estaría a salvo.  Han de saber ustedes –continuó el vecino- que tengo un poco de experiencia en esas cosas de finanzas y puedo ver la manera de que el dinero esté a salvo y produciendo intereses.  Los familiares lo escucharon, no sin cierta desconfianza, sin embargo, no pudieron consultar a Doña Aurora, pues se había ido a Masatepe y Masaya a buscar noticias sobre el paradero de Catalina.  Así fue que ante el temor de que aparecieran más soldados a traer el dinero, le entregaron los costales con el dinero al acomedido vecino, quien salió con una sonrisa de oreja a oreja y presuroso alistó un viaje a Masaya en donde en la sucursal del Banco Nacional abrió una cuenta a su nombre y como beneficiarios a dos de sus hijos.

Nadie supo a ciencia cierta los atropellos y vejaciones que sufrió Catalina en el Hospital de Enfermos Mentales, pues el Director tuvo la precaución de no llevar registro alguno del “tratamiento” practicado a la joven.  También cuidó que los ayudantes fueran del sobaco de su confianza, no obstante, años más tarde, una enfermera in extremis, confesó a sus familiares parte de lo ocurrido.  Sería tal vez un exceso en los tratamientos utilizados, el caso es que al cabo de un par de semanas, una tarde un enfermero llegó a buscar al Director con la noticia que la muchacha había fallecido.  El médico fue a auscultarla personalmente y después de practicarle varios procedimientos, llegó a la conclusión de que realmente había muerto.  Inmediatamente tomó el teléfono y llamó a La Curva, de donde recibió instrucciones.  En la madrugada siguiente, bajo el amparo de la oscuridad, dos ayudantes del Director, incondicionales a toda prueba, subieron a un carromato tirado por un caballo el cuerpo de Catalina y atravesando las veredas al norte del Hospital, llegaron hasta la costa del lago Xolotlán en donde abandonaron el cuerpo de la jovencita, alejándose a toda prisa.

Al rayar el sol, unos pescadores que deambulaban por la costa del lago observaron el cuerpo abandonado.  Se acercaron temerosos, pues no era extraño encontrar tirados ahí, cadáveres de personas asesinadas en otra parte de Managua.  Al ver que no había señales de descomposición uno de ellos le tocó el cuello para adivinar la temperatura, encontrando que estaba tibia.  Agarró valor y se inclinó a escuchar si el corazón estaba latiendo y sorprendentemente al contacto con el pecho de la muchacha, esta abrió los ojos.  El otro pescador comenzó a gritar: -Está viva, está viva.

Continuará

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

3 Respuestas a “La Virgen de El Arenal. Parte III


  1. Muy interesante…Y yo creí que hoy quedaría saciada mi curiosidad :(, pero seguiré esperando 🙂

    Hasta entonces 🙂

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  2. Fabiana Arauz

    Que horrible esas mancuernas que lograban siempre hacer los tiranos con los representantes de la iglesia para dañar a los indefensos.
    Y si Juan estaba en verdad enamorado de Catalina….que triste historia de amor.

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  3. A.L. Matus

    Increíble todos los elementos involucrados en esta historia y me imagino que el desenlace será o fue, sorprendente. Felicidades.

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