Y a veces río sin querer

Cuento para el Día de Difuntos

Orlando Ortega Reyes

And into my garden stole
When the night had veiled the pole;
In the morning glad I see
My foe outstretched beneath the tree. 

William Blake

Cuando la asistente de vuelo anunció que en pocos minutos el avión estaría aterrizando en el Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino de la ciudad de Managua, a duras penas pudo disimular la emoción que sintió y casi sin querer, observó desde la ventanilla el clásico verdor de la novia del Xolotlán.  Después de tanto tiempo, el paisaje se le hacía a veces un tanto desconocido, sin embargo la silueta de lo que fuera el Banco de América era inconfundible.  Al aterrizar, con un par de horas de retraso, el aeropuerto le impresionó por las grandes ampliaciones que se habían realizado y después de pasar migración y recoger su maleta se dirigió a la salida, en donde decidió abordar un taxi.  No quería arriesgarse a rentar un vehículo y retrasar su programa.   El conductor muy atento, le saludó extendiéndole la bienvenida a Managua.  Secamente le devolvió el saludo y le indicó: -Al Cementerio General.   –Sí, señor, respondió el conductor.   Por la seriedad del pasajero, comprendió que no quería nada de plática, así que se limitó a conducir por la carretera norte, en un tráfico bastante ligero por la ocasión.  Ya era tarde y en un dos de noviembre, la mayoría de las personas ya habían regresado de los cementerios de conmemorar el día de difuntos.

El pasajero zambullido en sus pensamientos no se percató del trayecto y en menos de lo que canta un gallo estaban en el Cementerio Central.  Las últimas personas estaban ya abandonando el camposanto y los vendedores de flores estaban recogiendo lo que había quedado de sus productos.  Parecía que había sido un día no muy afortunado para ellos pues había ocasiones en que vendían la totalidad de sus flores.  Al acercarse al portón principal, el pasajero le preguntó al conductor si podía esperarlo una media hora.  Este último lo pensó un rato, pues se hacía un poco tarde y en breve todo estaría sumido en la oscuridad.  Al final acordaron una suma que incluía llevarlo a un hotel en el nuevo centro de la ciudad.

Pasó por un puesto de flores en donde la locataria le manifestó que sólo le quedaban algunos arreglos que por lo elevado de su precio, nadie había querido llevar.  Sin regatear compró uno y se dirigió al interior del cementerio.   Después de vacilar un poco entre las callejuelas, llegó a un lugar en donde había una tumba que parecía abandonada.  Era obvio que nadie había estado ese día de visita ni tampoco por mucho tiempo atrás.  Tomó su pañuelo y mojándolo con un poco con el agua que quedaba en una botella que llevaba en su bolso, limpió la superficie de la lápida y entre el lodo salió un nombre que al verlo le produjo una punzada en mitad del corazón.  Lo leyó una y otra vez, mientras las lágrimas caían copiosamente sobre la tumba.  De rodillas colocó el ramo de flores en la tumba y se quedó así un rato, mientras balbuceaba algunas palabras que se quedaban flotando en la superficie.  Cuando vio que los celajes estaban dando paso a una incipiente pero segura oscuridad, decidió levantarse y después de acercarse a la tumba y decir algo en voz baja, se levantó y emprendió el regreso a la salida.

En el camino de regreso para encontrar el portón principal, tomó un trecho que no había transitado a la ida.  De pronto, pasó por un paraje que le pareció familiar por los mausoleos que todavía lucían los arreglos de la ocasión, cuando sintió curiosidad por una tumba en particular, más reciente que el resto y se acercó.  Con la poca luz que todavía bañaba el camposanto, logró distinguir la lápida.  Leyó varias veces los dos nombres, los dos apellidos y la fecha de nacimiento.   Cuando se convenció de que no había la menor duda, sin proponérselo, una sonrisa asomó en su rostro. Por mucho tiempo había obligado a su rostro a mantener aquel rigor de la seriedad y de pronto, una lápida le había cambiado radicalmente su expresión y sintió la casi olvidada formación de sus músculos cuando dibujaban una sonrisa.  Se alejó mientras disfrutaba de aquella sensación de volver a sonreír y de pronto, como cuando empieza una tos, soltó un tímido “ja” y luego como en cascada le siguieron otros.  Cuando llegó al taxi, que impacientemente le esperaba, no podía contener su risa.  El conductor se quedó anonadado al ver al grave pasajero, salir del cementerio en carcajadas.  –Debe de estar loco, pensó para sus adentros.

Llegaron a Tiscapa y al bordearla apareció la iluminación de la ciudad que se aglutina sobre la Carretera a Masaya, el pasajero calmó su risa y admiró aquel paisaje que se le hacía completamente nuevo.  Aprovechando el impase, el conductor muy prudentemente le preguntó: -¿Se encuentra usted bien?, el pasajero le respondió: -Sí, es tan sólo que la muerte no lo termina todo.

3 comentarios

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3 Respuestas a “Y a veces río sin querer

  1. A. L. Matus

    Bonita forma de pasear al lector por las callejuelas de un cementerio casi al anochecer y cuando uno espera alguna situación de terror, le lanza una sonora carcajada, riéndose del suspenso. Muy acertada la cita de Blake.

  2. Eduardo Ortega

    Alucinante mi bro. Un abrazo

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