Avión, pues

Una de las grandes innovaciones de la banca comercial en cuanto la atención al público es la eliminación de las tortuosas filas, mediante la asignación de un número al usuario, quien pasa a una sala de espera en donde sentado aguarda a que una pantalla electrónica le anuncie el turno que le corresponde y el número de caja que le atenderá.   De conformidad con el número de cajas en operación, la cantidad de usuarios y la velocidad de atención de los cajeros, uno puede darse la idea del tiempo que puede llevarle realizar su operación.  En la mayoría de las ocasiones puede constatarse que este sistema es más eficiente que la antigua fila.

Me ha sorprendido sobremanera un banco que hace unos años inauguró su casa matriz en un impresionante edificio, con amplio parqueo y en donde más que el derroche de elegancia en la infraestructura resalta el de recursos humanos.  Desde el estacionamiento, en donde pulula un considerable número de vigilantes, se acerca uno de ellos a conminar al conductor para que estacione el vehículo de retroceso.  En el ingreso al edificio, existen cuatro vigilantes que lo invitan a pasar a un arco detector de metales, no sin antes haber vaciado los bolsillos de los objetos metálicos y posteriormente, por si las moscas, un ligero escaneo con un aparato detector manual. Una edecán elegantemente uniformada le señala al cliente el camino hacia el área de la sucursal bancaria.  Exquisiteces de un edificio corporativo, podría uno pensar.

No obstante, lo más anonadante es cuando uno llega a las dos máquinas que asignan el número de turno.  Son dos pantallas sobre un pedestal, situadas a una altura conveniente del usuario en donde aparece un menú sencillo con dos alternativas básicas: Cajas o Servicios Bancarios y al seleccionar digitalmente, es decir mediante la opresión con un dedo, alguna de las alternativas, aparece otro menú con el tipo de transacción que se desea realizar: tarjetas de crédito, pago de servicios, cambio de cheque, etc. Al momento de seleccionar, de la misma manera, alguna opción, la máquina conectada a un sistema central, le asigna un número, el cual para no asustar al usuario tiene una letra antepuesta y así los números son menos.  Pero esto no es lo que lo reduce a uno a la nada, es decir, lo anonada, sino que en cada máquina, sentada en un banquito de bar, a una altura conveniente, para ella, está una edecán, de igual manera impecablemente uniformada, quien con una amplia sonrisa le lanza un atento buenos días o tardes, según sea el caso y espera, con una mirada de psicólogo experimentado, la menor vacilación del usuario para ofrecer su invaluable ayuda.

Ahí es donde me he preguntado, cuál debe ser el perfil del usuario para que pueda operar una de estas máquinas sin la ayuda de nadie.  Como me imagino que el instructivo del referido aparato no ha considerado necesario incluir dicho perfil, voy a tratar de redondear uno.  En primer lugar, el sujeto que utilizaría el aparato debe saber leer y escribir, o por lo menos leer.  Según las estadísticas del MINED, tal como lo precisaría El Firuliche, el índice de alfabetización en la zona urbana de la ciudad de Managua es del 96.53 por ciento y haciendo un malabarismo digno del citado personaje, del total anterior, el porcentaje de personas que acuden a la casa matriz de una sucursal bancaria a realizar una operación alcanza el 99.984 por ciento.  De tal forma que la probabilidad de que una persona llegue a esa casa matriz y no pueda accionar la máquina dispensadora de números por no poder leer lo que dice, es equivalente a la ocurrencia de la muerte de un obispo.  Aquí se hace la jaculatoria.

Si hablamos de coeficiente intelectual, se podría asumir que alguien con un C.I. de 80 o más, puede, sin mayor problema, interpretar el menú de opciones de la máquina que asigna el número, por lo tanto, podría decirse que un 92.15 por ciento de los que acuden al banco, puede interpretar el funcionamiento de manera correcta y un 7.22 por ciento adicional, con cierta dificultad, pero al final intuitivamente lograría descifrar su funcionamiento.

Por lo tanto, podríamos concluir que no existe una razón evidente, de parte de los usuarios, para asumir que puedan necesitar ayuda para obtener, a través de un artilugio, un simple papelito con un número impreso que señale el turno que le corresponde para su atención en las cajas bancarias.

Al inicio, me sentía ofendido cuando estas señoritas, me ofrecían su trascendental ayuda para utilizar el aparatito.  Les respondía –Muchas gracias, señorita, pero ya tomé un curso en Harvard sobre el manejo de este tipo de aparatos. Sin perder la compostura, la edecan, ahora sin su sonrisa Colgate, masculla entre dientes algo que no se logra entender.  También me gustaba ver sus rostros cuando les decía: -Gracias, señorita, acabo de saltar el borderline y ya puedo.   De esta forma, el acudir a esa sucursal era motivo de buscar una chusca respuesta a la solícita señorita.  Cuando me aburrí de sacar esos chistoretes, opté por responderle su saludo en inglés, con un acento bostoniano, en francés parisino o en italiano napolitano, lo cual inmediatamente las convencía que no necesitaría su ayuda.  Algunas veces estuve tentado a utilizar aquel viejo dicho que utilizaba tan frecuentemente en el habla nicaragüense: Avión, pues, que se aplicaba cuando alguien quería sobredimensionar a alguien o a alguna cosa.

La gran interrogante es, en qué se basaron los brillantes funcionarios de esa institución bancaria para determinar que en Managua se necesitaba de ayuda para que se pudiera usar el aparato que asigna los números.  Sería acaso que sus parámetros para calificar la inteligencia de los usuarios son más rígidos y coligen que alguien que puede pagar los intereses que cargan en sus préstamos o en sus tarjetas de crédito, no tienen muchas luces.   Tratando de ponerme es sus zapatos he pasado buenos ratos cavilando en la razón que los condujo a que asignaran a un par de jovencitas para ayudar el manejo de los aparatos en cuestión.  Otra cosa que se me ocurrió es que al igual que en el gobierno, el nepotismo o bien el amiguismo es una práctica común en el sector privado y al no contar con más puestos de trabajo productivos, tuvieron que inventar ese par de cargos para cumplir con un par de compromisos de los directivos.

Así pues, estimado lector (a), si alguna vez le toca acudir a esa institución y al ingresar mira al par de edecanes, elegantes, sonrientes y prestas a brindarle ayuda, tiene dos opciones, una es quedarse patitieso ante la máquina, volver a ver al cielo y esperar que como el ángel de la guarda, la señorita le ayude a resolver tan intrincado problema o bien, llenarse de suficiencia y sin volver a ver la pantalla, presionarla en forma magistral dos veces, con el dedo índice, nunca utilice el medio y antes que ella diga algo le lanza un: Danke Schön.

5 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

5 Respuestas a “Avión, pues


  1. Muy interesante, como es tu estilo. Tomo nota🙂

    Saludos

  2. A.L. Matus

    Hasta qué punto hemos llegado. Sucede lo mismo en el aeropuerto internacional, en donde al llegar al parqueo hay una maquinita expendedora que automáticamente imprime un boleto con la hora de entrada. Pues aunque es sólo de tocar una pantalla, hay un “técnico” que le ayuda a cada vehículo a tocar la pantalla y eso no es todo, esta persona tiene un asistente en la caseta que quién sabe cuál es su tarea.

  3. Marco Antonio

    En nuestros pais es necesario a veces la ayuda para el manejo de la “maquinita”,
    las estadísticas del MINED no son muy creibles en cuanto al índice de alfabetización, yo me he encontrado en algunos cajeros a personas preocupadas por no poder manejar dichos cajeros y son personas de extración humilde, si a esto hay que sumarle a personas de escasos recursos que ni siquiera tienen acceso a un par de anteojos y esas personas requieren de una ayuda también. De todas formas creo que su articulo es muy interesante.
    Saludos

    • ortegareyes

      Estimado Marco Antonio. Gracias por el comentario. Debo de admitir que en realidad es un punto muy controversial. Por una parte, yo mismo no utilizo los cajeros automáticos, no tanto porque no vea, ni sepa cómo, sino por el peligro que encierran por los amigos de lo ajeno o por las zanganadas que hacen estas máquinas. Por otra parte,he visto personas “humildes” que traen un celular más avanzado que el mío, con funciones que se necesita que los dedos de la mano tengan un PhD. He visto casas “para el pueblo” supuestamente para marginados sociales, con antenas para televisión digital. La cantidad de hogares con DVD para películas pirata es impresionante y estos usuarios son expertos en los menúes de estas películas. Así pues, como te decía es un tema muy controversial.

  4. Roger J. Murillo S.

    Orlando, espero te encuentres bien. Tuve la curiosidad de preguntarle a una de las señoritas que atienden la máquina “asignadora” y me respondieron que estaba haciendo sus prácticas en el banco.

    Si observas, el uniforme es de otro color, pero lo más grave es que está cumpliendo con las 400 horas que las universidades piden cumplir a sus estudiantes para salir con experiencia. que te parece!!!

    Saludos.

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