El legendario Jeep

Decía Chesterton que lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es una maravilla.  Por eso no me canso de repetir que la década de los cincuenta del siglo pasado tuvo años maravillosos.  Sería tal vez porque era un eterno descubrir y experimentar en un mundo que en la distancia nos parece mucho mejor y en donde el verdor que nos rodeaba combinaba perfectamente con el color de la esperanza que ardía en nuestros corazones.

Aún recuerdo las apacibles calles de mi pueblo, en donde los niños podíamos jugar sin fronteras ni temor, pues el tráfico vehicular era mínimo y los pocos vehículos que transitaban lo hacían con extrema precaución, a una velocidad moderada, al ritmo de esa tranquilidad que caracterizaba la vida del pueblo.

Dentro del escaso parque vehicular de aquella época destacaba sin lugar a dudas el emblemático Jeep, el incomparable vehículo de doble tracción que después de haber servido con altas calificaciones en la Segunda GuerraMundial, sirvió con el mismo estándar en el desarrollo del sector agropecuario de la segunda mitad del siglo XX.  San Marcos, Carazo llegó en ese entonces a su plenitud en el cultivo del café y en gran medida el uso de un vehículo con las características como el Jeep contribuyó a modernizar la actividad al facilitar el desplazamiento de los cafetaleros.

La mayoría de aquellos vehículos eran norteamericanos de la marca Willys, aunque había unos cuantos ingleses Land Rover.  Especialmente en el período entre noviembre y febrero, el tráfico de dichos jeep se intensificaba por la temporada de corte y escogido de café, en algunos casos con un trailer adosado a la parte posterior que acarreaba desde personas hasta insumos e implementos.

Una de las aventuras más impresionantes en mi infancia ocurrió a bordo de un Jeep Willys.  Tendría yo unos cuatro años, cuando un domingo un agricultor de La Conchallegó a buscar a mi padre, pues su esposa estaba muy enferma y quería que él la auscultase.  Como mi padre era un médico muy ajustado al juramento hipocrático, sin importar que fuese su día de descanso, accedió a visitar a la señora, aceptando viajar en el Jeep del agricultor.  Como mi padre no quiso dejarme en la casa, optó por llevarme, sentándose él en el asiento del pasajero del vehículo y colocándome en la parte posterior, en donde había dos especies de asientos que formaba la carrocería del automotor.  En aquel tiempo el camino a La Conchaera infame y pasando la pila de Sapasmapa atravesamos un trecho sumamente accidentado, brincando a tal punto que en uno de los saltos salí disparado fuera del vehículo.  El problema más grave fue que ni mi padre ni el conductor se dieron cuenta y siguieron hasta La Concha.  Afortunadamente mi caída no causó ningún traumatismo severo, más que raspones y el terror de verme a en el camino en medio de un polvazal.  Aparentemente se percataron de la caída unos lugareños que vivían al lado del camino y salieron en mi auxilio, llevándome a la casa en donde me lavaron los raspones, me dieron agua y me tranquilizaron.  Luego me llevaron a un tronco que servía de asiento muy cerca del camino y ahí esperamos.  Al llegar a La Concha el susto de mi padre fue mayúsculo al no encontrarme en el vehículo, sin embargo, no perdió la calma, entró rápidamente a ver si la señora no estaba en situación extrema y al constatarlo, regresó con el dueño del Jeep a recorrer de regreso el camino, tocando el claxon regularmente, hasta que al final de cuentas observaron a la gente que desde el tronco les hacían señas.  Después de agradecer a esas personas, mi padre y el señor regresaron a La Concha en donde con calma examinó a la señora y le prescribió lo conducente.  La verdadera historia se la relató mi padre a mi madre hasta una semana después y a los abuelos nunca, pues se hubiera desatado la de San Quintín, así que para ellos me había caído jugando con unos niños.

Muchos años después tuve la oportunidad de conducir un Jeep Willys, cuando trabajaba para el Banco Nacional y debía realizar inspecciones en varios puntos del país.  Fue toda una experiencia manejar aquel legendario vehículo.  En poco tiempo se acostumbraba uno a su ruido tan especial, pues tenía un ronroneo peculiar que aún con los ojos vendados uno podía adivinar que iba en uno de esos vehículos, al igual que se adivinaba a ojos cerrados el ruido de un VW Escarabajo. De la misma forma, se percibía un olor particular que no se producía en ningún otro vehículo y que no era precisamente de la combustión, sino más bien provenía de la transmisión.  Nunca llegué a necesitar la doble tracción pero aún recuerdo las tres palancas, una más grande al centro, la de las velocidades, la de la doble a la izquierda y la auxiliar a la derecha para la mayor o menor intensidad de la doble, conocida también como “la chancha”.   También tuve la oportunidad de manejar el Jeep Land Rover dela Casa Cural de San Marcos.

Además de los famosos Jeep en su versión original, en la década de los cincuenta conocimos la versión Wagon, que fue la precursora de la Wagoneer.  Este vehículo fue el preferido de los comerciantes del Oriente Medio que comenzaban vendiendo cortes a pie y luego de años de trabajo incansable ahorraban para agenciarse una de esas wagon, que en algunos lados se les conocía como camioneta de turco, de gran utilidad para ellos pues además del amplio espacio para los cortes y otros productos, tenía doble tracción y podían acceder a las regiones más apartadas del país.

Uno de los misterios más grandes alrededor de este singular vehículo es sin duda alguna el relativo al origen de su nombre.  Muchas versiones se han tejido alrededor de esto y a la fecha no se ha llegado a una coincidencia plena al respecto.  Unos manejan que proviene de la clasificación que hizo el ejército de los Estados Unidos cuando lo adoptó como vehículo estratégico en la segunda guerra mundial, bajo la etiqueta de General Purpose (Propósito General) que en inglés se abrevia GP y que se pronuncia Yi Pi y de donde se cree se contrajo a Yip.  Otros alegan que dicha clasificación nunca fue oficial en el ejército norteamericano y que el término Yip se utilizaba para designar a un nuevo recluta y como ese vehículo sustituyó a los grandes vehículos de guerra, se le designó con ese nombre.  Otros cronistas con más sentido del humor le achacan el nombre a un personaje de Popeye el marino, el gran héroe de los comics, que en los años treinta se hacía acompañar de un animal ficticio africano llamado Jeep, pues era el único sonido que emitía.  El caso es que cualquiera que hubiese sido el origen de su nombre el papel del Jeep en la segunda guerra mundial fue clave dentro de la estrategia de movilización del ejército norteamericano.

A finales de los años sesenta, fui al cine con mis hermanos a ver la película Los Mercenarios (Dark of the sun), con Rod Taylor, Jim Brown e Ivette Mimieux, film que se desarrollaba en el Congo.  Lo interesante es que casi al final de la película, Rod Taylor persigue a un villano estilo nazi a bordo de un Jeep Toyota, atravesando un escarpado y abruto terreno, peor que el viejo camino de La Concha, para finalmente meterse dentro de un caudaloso río y el vehículo como si nada.  En ese momento pensé que los días del Jeep Willys estaban contados.   En efecto, el jeep Toyota, así como también el Nissan Patrol, ambos japoneses, vinieron a posicionarse fuertemente en el mercado nacional, aunque estos últimos fueron de funestos recuerdos en la capital pues fueron utilizados por la temible BECAT (Brigada Especial contra Actos Terroristas), en donde patrullas recorrían la ciudad, buscando inicialmente células subversivas y posteriormente graffiteros urbanos y hasta hippies a quienes peloneaban.

De la misma manera que el video mató a la estrella de radio, la camioneta pick up de doble cabina vino a desplazar casi en su totalidad el uso del jeep dentro de las actividades agropecuarias y de comercio en áreas rurales, pues ofrecía la comodidad de un vehículo de pasajeros, con mayor capacidad y además un área para carga unido al hecho de contar con doble transmisión y en la mayoría de los casos aire acondicionado.  En los años setenta comenzó este cambio de manera paulatina, de tal forma que en la actualidad, el jeep es tan sólo una figura clásica del automovilismo.  La marca Jeep fue absorbida por la Daimler-Chryslery el jeep clásico es más que nada un vehículo de colección, sin ningún uso en áreas rurales y su línea fuerte está en las camionetas tipo SUV como la Cherokee.

Así pues el jeep va convirtiéndose en una pieza de museo, al igual que muchas cosas que en nuestra infancia eran de lo más común, como las máquinas de escribir, los radios de transistores, los mimeógrafos, las tizas, las máquinas de coser, las cámaras polaroid, los casettes y especialmente aquella incansable capacidad de asombrarnos.

6 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

6 Respuestas a “El legendario Jeep

  1. fuenteovejuna

    El hummer de aquellos dias

  2. Eduardo Ortega

    Muy interesante. Por aquí todavía se ven pasar unos cuantos Willys, Land Rover y alguno que otro Toyota. Me acuerdo del ” burrito de acero” del que muchos finqueros renegaron, considerándolo no apto para el campo.Lo del camino a la concha está genial, no conocía la anécdota, Un abrazo mi bro

  3. Muy bonito tu post e interesante; son un reliquia los famosos yip

    http://www.enometepe.info


  4. Excelente artículo, como acostumbrás. Conocí muchos Jeeps pero nunca subí a uno. Tu anécdota me hizo reir aunque no fue una situación para reirse.

    Gracias por compartir.

  5. Manolo García

    Mi tío abuelo tenía un Jeep que eventualmente regaló a mi papá. Al rededor de 1971 algo similar sucedió con mi hermano, excepto que el accidente pasó con mi tío abuelo al timón en el patio de support finca en Samaria, cerca del Carmen. Mi hermano tuvo que ser llevado de regreso a Managua al médico de la familia, Dr. Téllez Lacayo cerca del Cementerio aquel que dice Letum Non Omnia Finit. El viaje de regreso de 30 kilómetros

  6. Pues yo lo mire bastante, mi Papá era teniente de la GN en león en la famosa 21, ahi murio en el 79 defendiendo a su patria.

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