El hombre que trascendió a la muerte

Era una tarde de inicios de mayo de 1914 y la ciudad de Managua lucía unos celajes que resaltaban la quietud de aquella joven capital de Nicaragua, especialmente en la Calle de El Triunfo que iba del beneficio “La Industria” de la familia Cabrera hasta el Parque Central y que era llamada así en conmemoración de la entrada triunfal en Managua del General José Santos Zelaya y sus tropas.

Cuando en uno de los beneficios de café sonó el poderoso pito a las cinco de la tarde en punto, de una casa ubicada sobre la mencionada calle a unas pocas cuadras del Parque Central, salió un ataúd acompañado de un raquítico cortejo.  Un hombre vestido formalmente de traje negro y un sombrero del mismo color que portaba en la mano, parecía presidir la procesión, acompañado de media docena de personas.  Los cuatro individuos que cargaban el féretro, tan austero como el cortejo, por sus vestimentas parecían haber sido contratados para ese efecto.

El singular cortejo tomó hacia el sur hasta encontrar la 2ª. Calle Sur Oeste, conocida después como Calle 15 de septiembre, torciendo hacia la derecha y seguir hasta el final de esa calle en donde se encontraba el recién inaugurado Cementerio Central de Managua.  A su paso, algunos curiosos salían de sus casas y realizaban cualquier comentario, acompañado de algunas furtivas sonrisas.  Cuando el féretro se encontraba ya en la fosa recién abierta y listo para descender, apareció un sacerdote de sotana y bonete negros, asistido por un joven que cargaba la parafernalia de estos casos y de esta forma de manera un tanto apresurada, el cuerpo que estaba pronto a ocupar su última morada, recibió un responso final.  Todavía los trabajadores no finalizaban su labor en la fosa cuando los acompañantes emprendieron el regreso a sus hogares, a excepción del hombre del traje negro quien esperó a que finalizara la tarea y hasta entonces dijo algo en voz baja y regresó a casa.

El difunto de este relato era Don Zacarías Guerra, último miembro de una acaudalada familia de la vieja Managua quien murió soltero y sin descendencia.  Había ocupado algunos cargos en la Comuna de Managua, sin embargo, tenía un carácter retraído y no se le conocían amistades.  Vivía prácticamente solitario en su casa de la Calle del Triunfo y su fama obedecía a que este señor llevaba una vida en extremo austera, situación que lo reputó como uno de los “pinches” de la época en la ciudad capital.  Pero el asunto no terminó en esa calificación, sino que Don Zacarías también fue víctima de un constante acoso que se manifestaba en gritos y burlas en su cara cuando salía a la calle, así como pintas en las paredes de su casa, las cuales soportaba con extraordinario estoicismo.  Algunos cronistas de la ciudad cuentan que Don Zacarías llegaba a una pulpería del barrio propiedad de unas señoras llamadas Las Reñazquito en donde adquiría cinco centavos de cigarrillos que alcanzaba en esos tiempos para doce unidades, los cuales le duraban todo un mes, pues se los fumaba al suave.

A la semana siguiente, representantes de la Comuna de Managua fueron invitados a la oficina de un abogado local, presentándose estos puntualmente al despacho en donde los recibió cordialmente el abogado que resultó ser el elegante hombre que presidió el cortejo fúnebre de Don Zacarías.  Les explicó que se trataba de la apertura del testamento del Sr. Guerra.  Cuando el notario leyó los términos del testamento los asistentes se quedaron con los ojos desorbitados y la boca abierta.  El mandato del acaudalado simplemente expresaba que dejaba toda su fortuna a los niños huérfanos de la ciudad de Managua.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad capital y por muchos días fue el único tema de conversación entre los managua.  Como una afilada daga, la culpa penetró en la humanidad de todos aquellos que habían criticado a Don Zacarías y parecía que todas las frases que salía de sus bocas comenzaban con “Si tan sólo hubiese…”  Fue tan grande la consternación entre esos sectores de la población que un día se comenzaron a reunir todos aquellos que despreciaron un día al noble ciudadano y realizaron una procesión que salió del Parque Central, pasando por su casa de la Calle El Triunfo y llegando luego hasta la tumba de Don Zacarías en el Cementerio Centra en donde depositaron flores y discursos de elogio para el ahora filántropo.  En esa ocasión hasta el recién estrenado Arzobispo de Managua, Don José Antonio Lezcano y Ortega ofreció un responso especial.

Con la herencia de Don Zacarías Guerra una junta conformada por personalidades de la ciudad capital se encarga de hacer cumplir la voluntad del filántropo, atendiendo a los niños huérfanos de Managua en los inmuebles heredados por don Zacarías.  Esta junta logró además captar contribuciones de todos los sectores pudientes de la ciudad, de tal manera que  se fundó el Hospicio que lleva el nombre de este ciudadano ejemplar.   En 1963 de inauguró el Hogar Zacarías Guerra, mismo que con el terremoto de 1972 debe ubicarse en los alrededores del Centro Comercial Managua en un lugar llamado Granja La Esperanza.  Actualmente conserva el nombre de Hogar Zacarías Guerra y se encuentra bajo la Dirección de los Religiosos Terciarios Capuchinos, ampliando su cobertura a niños y jóvenes huérfanos, en riesgo, abandono o maltrato y es financiado por aportes de la comuna, ONG´s y ciudadanos de buena voluntad.

En estos tiempos, el nombre de Zacarías Guerra se asocia inmediatamente a la Casa Hogar o bien al edificio de varios pisos que en el lugar en donde estuvo la casa del filántropo se construyó a inicios de los años setenta albergando inicialmente al Instituto de Estadísticas y Censos y que ahora ocupa el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, al saber bajo qué régimen de propiedad.  No obstante, muy pocos ciudadanos conocen la vida de este ejemplar hombre.

La historia de Zacarías Guerra nos mueve a reflexionar profundamente sobre la ligereza que utilizamos al juzgar a nuestro prójimo y cuánto nos pesa cuando llegamos a conocer su verdadera personalidad.  De la misma manera nos motiva a extrañarnos por qué se extinguió esa especie humana que pensaba en tan nobles acciones.

 

 

 

 

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5 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

5 Respuestas a “El hombre que trascendió a la muerte


  1. Ciertamente es una historia poco conocida. Gracias por compartirla tan bien narrada.

    Saludos.

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  2. A. L. Matus

    Es una mala costumbre del nica, juzgar a la ligera y hablar al peso de la lengua. En cuanto a ciudadanos honrados y desprendidos, parece que en algún momento se rompió el molde y muchos ciudadanos de hoy, no tendrían asco en robarse los fondos de los niños huérfanos y después acusar de injurias y calumnias a todo aquel que los denuncie.

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  3. Eduardo Ortega

    Una historia muy singular para estos tiempos. Los ricos de hoy destinan parte del pago de impuestos para apoyar algunas causas por medio de fundaciones que igual bien les sirve para sanear algunas finanzas. Si algún capital honesto tratara de emular a Don Zacarías, lo primero a lo que se enfrentaría sería a una línea de investigación del origen del dinero , de seguro lo relacionarían con alguna “familia” para terminar en las arcas del estado. El eslogan de los nobles millonetas sigue vigente: Es más fácil dar limosna que amar al prójimo.

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  4. Marco Antonio

    Muy original esta historia, de niño habia escuchado algo de Don Zacarias Guerra pero no sabia mucho hasta hoy que lei esta anecdota.
    Gracias Dr. por esta valiosa historia.

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  5. Hector Argüello Bustos

    fui un huerfano que estuvo en el Zacarias Guerra y me hubiera gustado estar en el mas tiempo ya que me forje un caracter para enfrentar la vida no teniendo padre y madre, desgraciadamente como miles de Nicaraguenses tuve que emigrar de mi pais despues del terremoto pero agradesco la educacion y el cariño que me dieron para formarme como hombre y ciudadano honesto gracias y sigan adelante en el apoyo a los niños que solo tienen esperanzas y ahi le forman una vida GRACIAS HOGAR ZACARIAS GUERRA por ser lo que soy

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