El del cabrito

En los años cuarenta, Managua era todavía una ciudad tranquila; resintiendo los efectos de la segunda guerra mundial trataba de estar a la altura de su calidad de capital de Nicaragua, alcanzada tan solo noventa años antes.  Por las calles de la ciudad se miraba transitar uno que otro vehículo automotor conviviendo con coches, carretas y carretones.  El ferrocarril todavía era el medio de transporte más utilizado entre los pueblos del Pacífico, sin embargo una gran parte del abastecimiento de vegetales, frutas y otros perecederos de la novia del Xolotlán llegaba en carretas de bueyes que descargaban en el extremo suroriental, cerca de la entrada a Campo Bruce, en lo que luego se convertiría en el Mercado Oriental, desde donde se distribuía a los mercados Central y San Miguel en el centro de la ciudad.   Los carreteros que llegaban del oriente, principalmente de Ticuantepe, Nindirí y Masaya tenían un lugar en donde guardaban sus carretas y bueyes, ubicado al norte del punto de abasto, en las inmediaciones dela Cervecería, en donde habían construido un rustico galerón.

Todas las mañanas en un extremo del galerón en donde se había improvisado un cuarto, salía un hombre arrastrándose hacia un carromato que era tirado por un cabro y haciendo circo, maroma y teatro, con sólo el impulso de sus brazos, lograba acomodarse al interior del rústico vehículo.  Tendría unos cuarenta años, menudo y con una tez que en cierto momento fue clara pero que el inclemente sol había llegado a tostar.  En su rostro sobresalían una nariz torcida, como si de un golpe le hubiesen desviado el tabique, unos dientes ennegrecidos y una barba que tan solo rasuraba de vez en cuando.  No tenía movilidad en sus extremidades inferiores; era lo que en aquellos tiempos se conocía como “tullido”, aunque lo más probable era que en su niñez hubiera padecido de poliomielitis.

Su nombre era Abraham Pineda y había llegado a la capital a mediados de los años veinte, buscando una oportunidad para poder sobrevivir con sus serias limitaciones físicas.  A pesar de su condición era un hombre orgulloso, pues aceptaba ayuda pero nunca una limosna y de esa manera fue que encontró en la venta de lotería, una forma de ganarse la vida de manera honrada y sin necesidad de estirar la mano. Así pues, Abraham llegó a convertirse en uno de los personajes más pintoresco de la Managuade mitad del siglo XX, pues con su carromato y su fiel caprino se le miraba atravesar a la ciudad en medio del candente sol.  Como no tenía medios para defenderse por su inmovilidad, desarrolló un vocabulario que rayaba en la procacidad y que hacía que cualquier antagonismo se redujera ante cualquiera de sus diatribas.

Para sobrellevar sus limitaciones se aficionó a la bebida y en su recorrido por la ciudad visitaba una serie de cantinas y estancos en donde solicitaba un trago de lijón.  Uno de sus reductos en donde saboreaba uno de los tragos de la mañana era la cantina del Gato Abraham, en donde su tocayo tenía abierta una línea de crédito que siempre honraba.   También se envició con el puro, pues durante el día saboreaba lentamente un “chilcagre” cuyo aroma rivalizaba con el que despedía su cabro y que entre ambos hacían que su presencia se adivinara desde varias cuadras.   Aquí cabría aclarar que su actividad como lotero le generaba ingresos suficientes para sufragar los gastos de sus vicios, pues muchos capitalinos, admirando su orgullo para no pedir limosna, lo “invitaban” a almorzar o a algún refrigerio y con mucho tacto también le regalaban ropa usada.   Cuando algún extraño que no le conocía lo confundía con un mendigo y le quería dar una limosna, Abraham montaba en cólera y le amenazaba con la tahona, a la vez que le soltaba una andanada de improperios.

Cuando su negocio había alcanzado cierta “prosperidad”, decidió contratar a un jovenzuelo para que lo apoyara en su recorrido y hacer más expeditas sus evoluciones, pues en muchos casos castigaba cruelmente al animal al querer obligarlo funcionar como un 4×4 y subir en los lugares más inverosímiles, mientras que al muchacho lo enviaba a dejar billetes de lotería o a cobrar los importes sin tener que abandonar la calle.  No obstante, su tahona siempre estaba lista ya fuera para fustigar al pobre caprino o bien al muchacho que le ayudaba.

Otra de las aficiones de Abraham era aparecer en los medios de comunicación, en especial en la prensa escrita, visitando regularmente la redacción de los principales periódicos de la época, ya fuera para pregonar su amistad con las principales familias de Managua o bien para denunciar el robo de su caprino, hecho que se repitió varias veces, desconociéndose si fue por necesidad de algún amigo de lo ajeno o por pura maldad.  De alguna manera, el inválido siempre lograba reponerlo por otro más joven y siempre blanco, lo cual era un decir, pues a pesar de que en algún momento el animal era de un color blanco, con el tiempo iba adquiriendo un tono amarillento.   Uno de estos caprinos se hizo famoso pues vivió junto a su amo más de quince años y muchas veces después de una jornada agotadora por toda la ciudad capital con sus respectivas paradas en unas quince cantinas y sus respectivos reatazos de lijón, Abraham se rendía en los brazos de Morfeo, mientras su fiel caprino lo llevaba por su propia inspiración hasta su cuarto en el oriente de Managua.  En estos dorados tiempos se diría que tenía integrado un GPS.

Muy pocas gentes de la ciudad capital lo conocían y lo llamaban por su nombre, pues casi todo el mundo lo llegó a conocer como “El del cabrito” y el recuerdo que dejó entre la población fue diverso, pues mientras unos lo consideraban como un ejemplo de trabajo, para otros era tan sólo un borracho, otros que no lo conocían lo etiquetaban como loco o mendigo y había otros que lo tenían como la quintaesencia de la vulgaridad.  Sin embargo, a pesar de que este personaje despareció del mapa allá a mediados de los años sesenta, ignorándose si alguna enfermedad lo postró en su cuarto o si simplemente falleció, quedó en la memoria de los Managua en un dicho que reflejaba la invalidez de Abraham, pues cuando alguien no tenía habilidades para la pelea le decían: “Vos no le pegás ni al del cabrito”, dicho que con el tiempo se fue extendiendo a otras cualidades: “Vos no convencés ni al del cabrito”, o bien “Eso no lo cree ni el del cabrito”.  Así pues el famoso personaje persiste en la memoria colectiva como el extremo de la inutilidad o la credulidad, cuando debía recordarse como ejemplo del esfuerzo para superar las limitaciones que el destino puso en su camino.

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

4 Respuestas a “El del cabrito

  1. Matylde Zepeda Mejia

    Buena historia! Nos demuestra que el que quiere trabajar y salir adelante horadamente, no lo atrasa nada! ni siquiera una limitación física.
    Gracias, me gusta mucho leer lo que escribes. Bendiciones

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  2. Hola, Orlando. Estupenda historia, como siempre, con sus notas de humor. Gracias por contribuir a que la memoria colectiva se afiance.

    Saludos.

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  3. Chepeleon Arguello U

    Orlando, siempre un gusto leerte, se aprecia que en tus escritos, a tus personajes los tratas con tacto y humanidad. En mis tiempos de sanmarqueño chorreado, (1964-1973) llegaba al pueblo un señor en un carretón tirado por un caballito de color café, daba la impresión por la forma y el tamaño del carretón, que le faltaban sus miembros inferiores…

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  4. Henry Soto

    Yo tambien me acuerdo de ese señor que andaba en un carretoncito y se recorria todo carazo, en la parte de atras del carreton decia LA CARIDAD ES LA LLAVE DEL CIELO

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