De chanchos y chanchitos

De acuerdo a las estadísticas de salud, en Nicaragua existe un total de 9.31 camas por cada 10,000 habitantes, cifra que pareciera arrancada de uno de los discursos de El Firuliche y que por sí sola no nos dice mucho, sin embargo, si la comparamos con el mismo índice de Rusia que es de 97 camas por cada 10,000 habitantes o Japón con 139, pareciera que estamos en la calle en cuanto a cobertura de servicios de salud.   Si nos sirve de consuelo, de conformidad con algunos estudios antropológicos, en la ciudad de Managua existe un total de 108.57 sillas de bar/cantina/antro, disponibles por cada 10,000 habitantes.  Lo anterior nos revela que hay una marcada preferencia de parte de los nicaragüenses a practicar la medicina preventiva y un claro desprecio hacia la medicina curativa.  Se sigue al pie de la letra la recomendación de Buldaire:  “Para no sentir el horrible peso del tiempo sobre sus espaldas, hay que embriagarse sin tregua. De vino, de poesía o de virtud, a vuestra elección. Pero embriáguese “.

Así pues, en la actualidad se puede observar en la ciudad de Managua una floreciente proliferación de bares, cantinas y demás antros que ofrecen un servicio extremadamente variado, existiendo locales para todos los gustos y presupuestos, desde el Bar Tuani, en las inmediaciones del Mercado Roberto Huembes, sólo apto para hombres de pelo en pecho que no le tienen miedo a nada ni a nadie, hasta los exclusivos de las zonas hippos y rosa.   En realidad se necesita de mucho valor para ingresar a cualquiera de los bares de Managua, en algunos por el peligro inminente de ser asaltado por parte de indeseables, en otros por ser asaltados a la hora de la cuenta.  Todos los antros en mayor o en menor medida buscan un lucro exagerado a expensas del vicio de sus parroquianos.  Puede ser en el precio de un vulgar trago, que llega a costar el equivalente a un highball de Whisky Dalmore Trinitas o el cobro de las bebidas para ligar por aparte y ni se diga de las bocas, no incluidas en el precio de la botella y que las cargan como si las hubiesen traído del Maxim´s.    Otro enorme riesgo, es la calidad de las bebidas, pues lo más probable es que le den gato por liebre, en especial si pide el whisky o el vodka por media o un cuarto de botella y se lo sirven en unos pichelitos, entonces lo más probable es que le pongan un vulgar ron claro, oscuro o mezclado hasta dar el tinte.  Si se le ocurre pedir un coctel, entonces el riesgo es peor, pues lo más probable es que se lo preparen con “alcoholegio” es decir “guarón” que puede producirle desde un comportamiento impropio, hasta una fuerte intoxicación.    Si le llega el momento de la cuenta y el mesero nota que tiene la lengua como de trapo, entonces corre el riesgo de que el encargado de la caja le sume hasta la fecha.  En los lugares de alto riesgo se aparecen muchachas que inocentemente bolsean a los clientes más fumigados.

En fin, salir a una noche de tragos se ha convertido en una aventura extrema en donde se necesita de una considerable amplitud en la disponibilidad de efectivo o bien, una tarjeta de crédito dispuesta a que le saquen brillo.

Pero no siempre fue así.  Había una época en Managua en donde se podía comer y beber tranquilamente y a precios accesibles.  Dicen que para muestra un botón y lo que voy a relatar lo ilustra de manera diáfana.

En 1976 ingresé a trabajar en el Ministerio de Agricultura.  Dicen por ahí que a donde fueres haz lo que vieres y poco a poco me fui sumergiendo en la dinámica de la Dirección en donde trabajaba, así como en los ritos que ahí se practicaban.  Cuando alguna tarde de miércoles o viernes no había programada alguna reunión importante, ni habría que finalizar alguna asignación urgente, se organizaba una gira a almorzar a Los Chanchitos.

En la carretera hacia Tipitapa, a unos dos kilómetros del Aeropuerto Internacional, a mano derecha, había un local, sin rótulo ni pinta de que existiera nada trascendental.  Unas diez varas adentro de la carretera, bajando un poco, había una pequeña pulpería que tenía un patio mediano, de tierra y en donde había unas rústicas mesas y sillas de madera.    En ese local, “mataban” dos veces a la semana, haciendo la aclaración de que el verbo que aquí se ocupa se refiere al sacrificio (sin dedicatoria a nadie en particular) de ganado porcino, diferente a “matar”, que en los bares de la actualidad ocurre de manera literal.

Lo particular de ese negocio era que, a pesar de no existir todavía los planes estratégicos, la Misión del negocio era satisfacer los requerimientos de alimentación y recreación de los clientes sin deteriorar su capacidad de compra y en un entorno amigable con el medio ambiente.  Sus Valores eran: Orientación al cliente, Interés por las personas, Integridad y Responsabilidad social.

Cuando nos sentábamos en aquellas mesas, lavadas con hoja chigüe y en sillas de funeraria, una muchacha solícita nos tomaba la orden.  Una media de Flor de Caña que para cuatro piches era más que suficiente, pues eran 93.75 mililitros por piocha, es decir dos rielazos de un poco más de 45 mililitros cada uno.  Cuando se trataba de un viernes, flojón y medio metidito en guaro, aguantaban la botella completa.  Lo interesante era que el ron lo vendían a precio de la pulpería, es decir al mismo precio que se lo daban a cualquier cristiano que llegara a la venta.  Las coca colas igual, se vendía por unidad al precio al público y un chelín o cinco reales de hielo.  Como bocas de entrada pedíamos una cuantas tortillas también a precio de costo más una cuajada de las que vendían en la pulpería.

Después de los tragos platicados, pedíamos una libra de chancho asado, también vendido a precio de matadero o bien unos maduros fritos al costo y de la pulpería traían media libra o cuatro onzas de queso seco.   Para completar el toque rupestre de aquel local, de repente se aparecían algunos perros que sin importunar a los parroquianos solicitaban, con un tímido meneo de cola, alguna sobra del almuerzo.

A la hora de la cuenta, daba gusto ver el total de la misma, pues por una módica suma de dinero, se almorzaba acompañado por unos sabrosos rielazos de Flor de Caña. Tal vez saldría a unos doce o trece córdobas por piocha, es decir unos 1.72 dólares.  En la actualidad en uno de esos bares fufurufos, esa cantidad no alcanza ni para una cerveza nacional.

Es posible que los dueños de Los Chanchitos no se hicieran millonarios con su negocio, sin embargo, les proporcionaba un ingreso digno, además de que se llenaba de bote en bote cada miércoles y viernes.

Recientemente tuve que pasar por la carretera vieja a Tipitapa y me pareció que todavía subsiste el negocio, ahora con un rótulo elegante, aunque se miraba la misma infraestructura.  Me dio un poco de nostalgia, no por el chancho, que por prescripción médica lo eliminé, ni por la Flor de Caña que cuando se me antoja, el hígado se pone de repugnante, sino por los amigos de esa época, Carlos Delgado, Francisco Rodríguez, René Estrada, Ricardo Cruz y varios más, que algún miércoles o viernes, al punto de las doce, andaban armando el viaje a Los Chanchitos y las amenas pláticas que ahí surgían.

 

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6 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

6 Respuestas a “De chanchos y chanchitos

  1. Junta Vecinal Valle Santa Rosa

    Maestro: También he tenido la oportunidad de estar en ese lugar y al juzgar por su descripción no ha pasado el tiempo, conservando precios, atención y ambiente. Felicidades siempre por ese estilo refrescante con que nos pincela anécdotas que nos transportan en el tiempo y espacio. Saludos. Ed Salvatore

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  2. Alguien me dijo que allí se puede comprar por encargo buen chicharrón para enviar al extranjero.

    Nunca estuve en el lugar pero me han hablado mucho de él.

    Saludos

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  3. Eduardo Ortega

    Ya recuerdo el lugar , muy bueno , económico y un ambiente muy especial. Claro que entre fritos y chicharrones ninguno como el bar de “La Soraya peluda” entre la ruta de Las Colinas y La Fuente. Buenas medias servidas donde “relleno de gato” , lugar de comandantes. Esos bares que sirven tragos fosforilocos no son de mi interés, hay muchos locales que aún tiene la gentileza de servir bocas con la media, sobre todo en los pueblos , todavía se puede platicar y de vez en cuando pegar unos cuantos gritos . Aunque la nostalgia de aquellas cubas de añejo en la Reforma del Pato con su maravillosa compañía, se presenta bien oportuna.

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  4. A.L. Matus

    Muy buen artículo, sin embargo, cabe la aclaración de que aunque son minoría, todavía existen locales que se manejan con la Misión de Los Chanchitos. Hay que saber cuáles son y eso cuesta duras experiencias, pues en la mayoría de los casos en la entrada de los bares lo esperan con un bate de aluminio. Pero todavía se encuentran lugares en que ofrecen la media “servida” con sus gaseosas y sus respectivas bocas, a precios justos.

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  5. Chepeleon Arguello U

    Orlando en el 2006, la familia de mi esposa me llevaron a un lugar muy parecido en el mismo vecindario, al que Vos, describís; La Chanchadita, muy ameno, sabrosa la comida y los traguitos nadie se quejo. Trabaje en el Plantel de Carretera, (74-79) el almuerzo eran dos horas, más de una vez, visitamos una cantina que quedaba en la calle del cementerio general, se me escapa el nombre, creo que era el Nilo o Nilito, o a las sopas, o nos escapábamos de las clases nocturnas (en la UNAN), y nos íbamos a Jocote dulce, al Resbalón… o al Chombo. Que días aquellos hermano. Ahora disfruto un trago de ron o whiskies, escudriñando recuerdos. Gracias por compartir tus escritos, nos animan a desempolvar memorias oxidadas.

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  6. Oscar

    Conocí este lugar como “El Chanchito” en la carretera vieja a Tipitapa. Fue a finales de la década del ’70. Llegábamos un grupo de compañeros de trabajo, especialmente los sábados por la tarde y quizás nos tomábamos unas tres medias de ron For de Caña. Sainamos de ali con buenos tragos y bien almorzados. Pedíamos cerdo asado, frito, chicharrón con tortilla, etc. Que buenos tiempos!! Todavía existe el lugar.

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