Los cofaleados hijos de Eva

Las postrimerías del siglo XIX trajeron una verdadera revolución en el ramo farmacéutico.  Con la aparición de nuevos laboratorios con un enfoque industrial, empezó a menguar la medicina tradicional basada en complejos preparados que requerían de un alquimista que combinara en las proporciones adecuadas las sustancias medicinales.  De esta manera, aparecieron en el mercado mundial nuevos productos ya preparados como el caso de la aspirina que surgió como una panacea para el dolor, la fiebre y la inflamación.  Así mismo, el mundo vio el surgimiento de reconstituyentes como la Emulsión de Scott, tónicos como al inicio fue la Coca Cola, así como una amplia gama de productos diversos que se vendían ya preparados y envasados industrialmente para el consumo masivo.

En la última década del siglo XIX aparecieron en el mercado, casi de manera simultánea dos productos dirigidos a aliviar las molestias del resfriado bajo la presentación de ungüentos.  Uno de ellos fue el Mentholatum fabricado por la empresa del mismo nombre fundada por Albert Alexander Hyde en Wichita, Kansas, EE.UU., quien había ensayado la manufactura de productos como jabones y cremas para afeitar y luego se aventuró con un jarabe para la tos.  El Mentholatum se basa en las propiedades del mentol, el alcanfor, acompañados por el petrolato, combinación de donde se deriva su nombre. Pocos años más tarde, Lunsford Richardson fundó en Greensboro, North Carolina, EE.UU., la empresa Vick Family Remedies Company, habiendo escogido el nombre Vick de su cuñado.  Estos laboratorios fabricaban un medicamento compuesto por eucalipto, trementina, alcanfor, nuez moscada, mentol y vaselina llamado Vicks Vaporub.

A inicios del siglo XX se dio en Nicaragua una considerable expansión en el comercio de productos farmacéuticos industrializados, que en aquellos tiempos se llamaban “de patente” para diferenciarlos de los medicamentos recetados por los médicos y preparados por los “farmacéuticos”.  Fue un tanto difícil la aceptación de parte de la población el ingerir con confianza alguna tableta fabricada en Alemania o Estados Unidos, mediante el nuevo ejercicio de hacerla pasar con un trago de agua.  Un poco menos difícil fue la aceptación de los tónicos o jarabes a los que había que apartar el mal sabor que tenían, como es el caso de la Emulsión de Scott y fue más fácil la adopción del uso de pomadas y ungüentos, tal vez debido al uso extendido de las aplicaciones tópicas de los exponentes del herbolario indígena.

Así pues, se hizo de rigor la aplicación de estos ungüentos en los casos de molestias respiratorias por el resfriado en un inicio y extendiéndose luego a un sinfín de usos, incluyendo la aplicación en los ojos para fingir lágrimas de cocodrilo.  Había la facilidad de que estos medicamentos se vendían además de los frascos de 50 gramos, en unas latitas pequeñas con unos 12 gramos, a precios que estaban al alcance de todo el mundo.  Con el tiempo, se hizo indispensable la existencia de una buena dotación de estos productos en el botiquín de cada hogar.  Se conocían estos productos como Mentolato y Vaporub o bien Pupurrú, para quienes no dominaban el inglés.

Poco tiempo después, en Oklahoma, EE.UU., el Dr. Samuel Gotcher desarrolló la fórmula de un ungüento específico para el alivio de la neumonía, preparado a base de guayacol, creosota de la Haya y salicilato de metilo, el cual patentó con el nombre de Numotizine, que después fue extendido su uso para bronquitis, resfriados y demás padecimientos, utilizándose a manera de cataplasma.  El Numotizine también encontró una gran aceptación entre los nicaragüenses quienes lo utilizaban para padecimientos mayores y era de rigor para el tratamiento de la “topa” (parotiditis) acompañado de las hojas de higuera y collares de carrizo.  Lo que distinguía a este medicamento era su particular color, que se asemeja al rosado chicha mezclado con lila y el característico olor que le daba la creosota.

En los años sesenta, entraron al mercado centromericano dos productos que competirían con los clásicos ungüentos:  el Cofal, fabricado por el laboratorio Cofala, S.A. de Costa Rica y el Zepol, fabricado por los laboratorios del mismo nombre, también de Costa Rica.  Ya para ese tiempo, por lo accesible de sus precios y el poder adquisitivo de la población, se utilizaba más el frasco de 50 gramos.  Entre ambos productos, lograron quitarle una gran parte del mercado al Mentolato y al Vick Vaporub.

En la década de los ochenta, cuando escasearon los vasos y demás recipientes de vidrio, supuestamente para envasar los ríos de leche y miel, se empezó a utilizar los envases de Zepol para el expendio del guaro, por lo que se empezó a llamar Zepolazo al trago de guaro y en muchos lugares todavía se utiliza este vocablo aunque ya el envase no provenga de ese ungüento.  Así mismo, a los guardas de seguridad conocidos como C.P.F (ce-pe-efe), por ser las siglas de Cuerpo de Protección Física, se les ha llamado Zepol, remoquete que no les entusiasma mucho.

El Cofal por su parte, vino a dar su nombre a un verbo que ahora se ha extendido y forma pare del léxico nicaragüense: Cofalear.  No hay que confundir con el uso que le dan los ticos a este verbo y que es sinónimo de golpear.  Resulta que después de muchos años del uso extendido del Mentolato y el Vaporub, se hizo costumbre de muchas personas de cubrirse el cuerpo del ungüento, cada noche antes de ir a dormir.  Esta costumbre está tan arraigada en algunas personas que se les hace imposible conciliar el sueño si no están embadurnados del producto.  Con la entrada al mercado del Cofal, empezó a utilizarse cofalear o cofalearse, al acto de embadurnarse de Cofal u otro producto similar.  Aunque se atribuye esta práctica a las personas de la tercera edad, en la realidad personas de todas las edades incurren en la misma.  Es muy común escuchar a alguien decir que no puede salir de su casa pues ya está cofaleado.

En las últimas décadas las cremas y ungüentos han sido desplazados por el gel y la aparición de nuevas fórmulas de analgésicos y antinflamatorios, han venido a reducir significativamente el uso de los ungüentos clásicos del pasado, pues además de que el gel desaparece después de su aplicación, a diferencia de la sensación grasosa que dejaban aquellos, el olor de los nuevos productos es más tolerable.  De esta forma, los gel de diclofenaco o incluso mentolados son preferidos ante los mentolatos.

En estos días cuando tiende a olvidarse la cortesía de anunciar anticipadamente una visita, si al llegar a una casa después del ocaso y al momento en que se dispone a tocar la puerta siente un fuerte aroma que se cuela del interior del inmueble, que da la sensación de estar en medio de un equipo de beisbol, lo más prudente es abstenerse de tocar, pues la persona a quien buscamos o su compañía está debidamente cofaleada, con los ojos llorosos y pronta a ponerse en los brazos de Morfeo.

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, farmacias, Nicaragüense

3 Respuestas a “Los cofaleados hijos de Eva


  1. De niña, recuerdo el Vick Vaporub. Mi abuela y mi madre-en el norte del país- también lo usaban como preventivo del catarro. Cuando nos mojábamos en algún aguacero la orden era secarse y aplicarse Vick Vaporub. He visto a muchas personas ponerlo en cuchara sobre fuego y aspirar el humo para destupir la nariz.

    Yo era muy propensa a las bronquitis y sufría mucho por ello. En una oportunidad alguien llevó de Honduras un bálsamo Bengué, me resultó efectivísimo pero no conseguí más.

    En este preciso instante tengo un frasco del Vick Vaporub grasoso- no me importa -a mi alcance, he estado con tremenda gripe y cuando siento que la temperatura está bajando aplico un poco en los bordes de las fosas nasales para -supuestamente, quizás- no aspirar aire frío.

    No soy adicta pero lo fui por mucho tiempo a las pastillas Vick y a los inhaladores. Quizá estos eran para mí como el cigarro para los fumadores, siempre portaba uno.

    En estos días que he estado enferma y todo conocido empieza a recetar sus fórmulas dos personas me han dicho que ¡TRAGAN Zepol! y que con eso se alivian y ante eso no sé si sonreir:D o si lamentarlo 😦 pues tengo entendido que el petrolato es tóxico. Los que lo tragan no lo creen.

    Sé de muchos que se cepolean antes de acostarse, afortunadadamente no formo parte del club.

    En acto de desesperación, una noche que escuché a una de mis gatas bien cargada de flema, la cepoleé.

    Excelente escrito, como siempre. FELICITACIONES.

    Saludos y felicitaciones.

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  2. A.L. Matus

    La única forma en que soportaba el Vaporub era nebulizado. En los tiempos en que no se conocía este invento, en un recipiente se ponía agua hirviendo y se le dejaba caer una cucharada de Vaporub y haciendo un embudo con papel, se aspiraba el vapor que despedía y aliviaba la congestión en los pulmones. Ahora es una práctica común hacerlo con un aparato de 50 dólares y agregándole salbutamol. Como siempre, muy ameno el artículo. Saludos

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  3. irenemejiacampos

    Muy gracioso tu comentario, me encanta el vaporub por la noche, joven no lo soportaba olia a viejo pensando en un juventud eterna, existía en ese entonces o existe un famoso unguento de guardia creo que era para desinflamar y otros medicamentos, recuerdo que en mi casa acostumbraban a la famosa limpieza antes del invierno un purgante recuerdo de laxol o castor era la muerte, y en La Sanidad hoy Centro de Salud te daban otro purgante famoso y luego chupar una naranja y te tapaban la nariz otra muerte casi morias de asfixia luego vacunas no se si eran inventos malos recuerdos mi papá nos llevaba había un señor no se si era DR. con una jeringa tremenda que dejaban cicatrices visibles y permanentes en tu cuerpo, saludos

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