A la Maestra, con cariño

Los mejores maestros son aquellos que saben transformarse en puentes y que invitan a sus discípulos a franquearlos.

Nikos Kazantzakis

Tendría yo unos tres años cuando en mis incursiones en la botica de mi abuelo, buscaba el área en donde se ubicaban las latas de galletas que surtían a los vasos de cristal que estaban colocados encima del mostrador.  Eran unas cajas de latón que estaban cubiertas con papel decorado y en donde se indicaba el tipo y sabor de las galletas.  Entonces yo con un pedazo de papel de envolver y un lápiz me sentaba frente a esas cajas y empezaba a dibujar.  En cierta ocasión me dio por dibujar las letras que miraba en la lata y de tanto practicar me salió bastante decente: “Galletas Cristal”, de tal forma que podía leerse de forma más o menos clara.  Ocurrió que en esa ocasión llegó a la botica la Niña Flérida Noguera, insigne educadora, quedándose asombrada.  No calibró tal vez que no se trataba más que de un buen dibujo y que yo no tenía ni idea de las palabras que ahí se encontraban.  No obstante, insistió con mis abuelos y mis padres que era necesario que yo ingresara al kinder.

Después de un prolongado e intenso debate sobre el tema, llegaron a decidir que ingresaría al kinder de la Niña Carmencita González, el cual estaba ubicado en la casa de la educadora, media cuadra al oeste del Cabildo Municipal.  Tengo vagos recuerdos de mi fugaz paso por ese kinder, algunas compañeras como las hermanas Auxiliadora e Indiana Ortega, Ninoska Urbina y no estoy seguro si Magda Ovidia Pérez.  Viene a mi memoria una que otra canción como la de las estrellitas que van a la escuela, pero lo que más recuerdo fue el motivo de mi retiro del centro.  En cierto momento la Niña Carmencita nos inició en la oración y para este efecto empezó a enseñarnos el Dios te salve María.  En virtud de que siempre me ha gustado saber el significado de lo que estoy diciendo, estando en la mesa con toda la familia presente, se me ocurrió preguntar cuál era ese fruto del vientre de María.  En aquellos tiempos en que los niños tenían que creer a pie juntillas que a los bebés los traía la cigüeña, empezar a indagar el significado de la oración respecto al tema del embarazo y el parto y encima aquel producido por la sombra del Espíritu Santo, pues era algo inconcebible.  Mi abuela casi se rasga las vestiduras, mi madre se quedó sin habla, mi abuelo lanzó una sonrisa bandida y mi padre tuvo que entrar al quite recomendando mi salida del preescolar, por motivos de salud.  Así fue mi primera experiencia con la escuela; como dicen en el béisbol, me caminaron; debiendo yo regresar a mi lata de galletas Cristal y a rezar el Angelito de la Guarda, que bajo aquellos parámetros era inocua, pues los angelitos ni sexo tenían.

Para el siguiente año escolar decidieron que ingresaría a la Escuela Superior de Varones de San Marcos, que funcionaba bajo la férrea dirección del gran educador Don Fernando Rojas Z., aprovechando que el grado de Infantil estaba a cargo de la Profesora Ofelia Ortega de Morales, muy amiga de mis padres e hija de don José Manuel Ortega y de doña Esmeralda Robleto, entrañables amigos de mis abuelos.

Cabe la aclaración que en aquellos tiempos, a las docentes se les llamaba “Niña”, tratamiento utilizado para las señoritas solteras pero que en el caso de educadoras se empleaba aunque estuvieran casadas.  La Niña Ofelita estaba casada con Don Orlando Morales Mejía, quien por esa época falleció en un trágico accidente automovilístico.

El grado de Infantil equivalía en esa época a un tercer nivel de preescolar de ahora y es importante resaltar que en esos tiempos no existía como hoy, un currículum especializado para el aprestamiento de los niños en términos socioafectivos, de motricidad y cognitivos.  No obstante, siento que la enseñanza se enfocaba a conocimientos prácticos y especialmente pertinentes.

Una de las lecciones que aprendí con la Niña Ofelita y que recuerdo como si fuese ayer, fue la relativa a saber orientarnos.  Decía textualmente la lección: “Si pongo mi mano derecha al lado donde sale el sol, tendré de frente al norte, a mis espaldas el sur, a mi derecha el este y a mi izquierda el oeste”.  Más allá del conocimiento geográfico, que en estos tiempos se puede suplir con la ayuda de un GPS, era relevante que el niño supiera su ubicación, hacia donde quería ir y por dónde debía de ir.  Este conocimiento lo aplicábamos prácticamente conociendo la ubicación de la escuela que al oeste tenía al Molino San Cayetano, al Este la casa de Doña Teresita v. de Morales, al norte la casa de don José Robleto y al sur la casa donde vivía la niña Goyita o bien la ubicación del parque que tenía al Este la Iglesia, al Oeste el Teatro Julia, al Norte el Comando GN y al sur la Aguadora.

Aprendí también sobre la historia de San Marcos, la construcción de la iglesia de parte del Padre Eduardo Urtecho, la instalación de la luz eléctrica gracias a las gestiones del alcalde don Solón Campos, aunque según Jorge Morales, la luz se debía a su papito Marcos; la construcción del parque en donde era una caballeriza por parte del alcalde don Jorge Robleto, la capilla de El Calvario financiada con fondos donados por las señoritas Carrión de Masaya, el portal y muro del Cementerio construidos por el alcalde don Ricardo Robleto.  Otro tema en el área de historia era lo relativo a los indígenas y sus costumbres, los tiangues, los ritos de los casamientos donde el novio sostenía una astilla de ocote encendida, las divinidades, Cipactomal y Tamagastad, las tribus quiches y cakchiqueles y la famosa guerra de las tortillas, los sacrificios humanos y demás.

En cuanto al comportamiento, la niña Ofelita reiteraba en la clase de moral y cívica: “Debemos ser buenos, respetuosos y atentos con nuestros semejantes, especialmente con nuestros padres que nos dieron la vida y con nuestros maestros que nos dan el pan de la enseñanza”.  Claro que en esa época no entendía la metáfora del pan, pues cerca de las once sentía un hambre atroz y por otra parte tenía la sensación que entre más aprendía más quería aprender.

Así mismo, ese año aprendí a leer y escribir con la ayuda del Silabario y Catón, además de la dedicación y constancia de la Niña Ofelita, quien con extrema paciencia trabajaba conmigo aquellos soles con una consonante en medio y las vocales desprendiéndose de sus rayos.

Más de medio siglo después, siento que ese año fue fundamental para mi educación, pues tal vez no aprendí a recortar, a manejar crayolas, a jugar con arena, ni a desarrollar la motora gruesa, pero aprendí a ubicarme, no sólo geográficamente, sino saber sobre qué estoy parado y a dónde quiero ir; conocí a mi pueblo, las normas básicas de convivencia y encima de todo a leer y a escribir.  Pero lo más importante de todo, es que ese puente entre el hogar y la escuela estuvo construido con cariño, pues a pesar de la rectitud y disciplina mantenida en el aula por la niña Ofelita, había una considerable dosis de consideración y afecto.  Fue tanto mi apego con mi maestra, que después de haber aprobado el Infantil con sobresaliente, me negué rotundamente a ingresar al primer grado pues estaría a cargo de otra docente.  Lo anterior me valió para que mi padre decidiera que ingresara semi interno al primer grado con los ínclitos hijos de La Salle en Diriamba.

La niña Ofelita también le enseñó a leer y a escribir a la mayoría de mis hermanos, por lo que el afecto y la gratitud de mi familia fue siempre especial para la educadora, quien continuó con esa misión tan especial por varios años. Muchos sanmarqueños aprendieron sus primeras letras y conocimientos con la niña Ofelita y estoy seguro que la recuerdan con mucho cariño.  En los años setenta fue designada directora del Instituto Juan XXIII, cuando este centro tuvo su primer edificio propio, contiguo a la Colonia Obrera. Al igual que muchos grandes docentes, la niña Ofelita abandonó su misión en los años ochenta, cuando todavía tenía muchos años más que entregar a la educación.  De repente, su querido San Marcos se transformó de manera apocalíptica.  Aquel pequeño pueblo en donde reinaba la paz y la armonía, de pronto convulsionó y los lazos de unión que un día parecieron imperecederos, se desbarataron como hojas secas.

Nunca me he sacado la lotería y muchas de las cosas que a otros les llegan por añadidura a mi me han costado sangre, sudor y lágrimas, pero he tenido la suerte de tener grandes maestros, con sus reglamentarias excepciones.  Cuando ingresé al Instituto Pedagógico de Diriamba me recibió con los brazos abiertos el gran educador Prof. Juan Carlos Muñoz, luego estuvo el Hermano Agustín, la Doctora Aidalina García en el Juan XXIII, los Hermanos Silverio María, Domingo Esteban González, Javier Resano, así como los Profesores Paco y Bayardo Cordero y Heberto Linarte.  Igualmente me sucedió en la universidad, pues tuve como catedráticos a Julio C. Vega, Roberto Zelaya, David Mc. Field, León Paulino Pérez, Bayardo Méndez, Francisco Laínez, Edgard Martínez, Ramón Romero, Mauricio Santamaría, entre otros.  Sin embargo, debo resaltar que el cariño, respeto, agradecimiento y admiración que siento por la Niña Ofelita Ortega supera por mucho al que siento por mis otros maestros.

Este sentimiento por mi maestra, no es tanto por esa máxima jurídica que reza: “Primero en tiempo, primero en derecho”, sino porque a medida que pasa el tiempo, más me convenzo de la importancia que tuvo en mi vida ese nivel de Infantil por el que con extremo cariño ella me condujo, más ahora que me he adentrado en el fascinante mundo de la educación preescolar y entiendo el papel fundamental que juega en el futuro de un niño.  Mi admiración por ella se magnificó además por el coraje que tuvo al hacerse cargo de la formación sus hijos al enviudar y saber encaminarlos por la senda de la rectitud.

Estoy convencido que el reconocimiento debe ser ante todo oportuno y estoy seguro que ella leerá estas humildes líneas y sabrá que de aquella semilla que sembró hace tanto tiempo, germinaron tantas cosas, pero antes que nada la gratitud.  Cabe tal vez para finalizar este homenaje, la estrofa final del Himno al Maestro:

Que cultivas la sabia simiente

laborando constante y con alma,

que iluminas del niño la mente,

transformándole el cuerpo y el alma.

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6 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

6 Respuestas a “A la Maestra, con cariño


  1. Muy bonita historia. Y qué bueno que tienes tan gratos recuerdos de tus maestros.

    Con toda seguridad cuando la Niña Ofelita lea tus palabras se sentirá contenta y muy satisfecha.

    Felicitaciones tanto para vos como para ella.

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  2. Orlando realmente tus narraciones son como que lo llevas de la mano a uno y nos haces recorrer exactamente por donde algunos como yo pasaron por esas aulas de clases que sin lugar a dudas muchas de las cosas que pregonamos ahora son por la base y disciplina de esos tiempos donde la educacion era estricta nos ensenaron a respetarnos, felicito a vos por tu escrito a como a la maestra Ofelia como tambien le llamabamos por su dedicacion al magisterio junto con otras grandes maestras de su epoca como dona Emerita, Carmencita Gonzalez, Mi tia Socorro Silva, mi propia madre Carmen Romero , la Nina Flerida y mi tia Tencha entre otras. exitos y segui cosechando tus escritos, Kenneth Urbina Romero

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  3. A.L. Matus

    Muy bonito gesto el de mostrar el agradecimiento que se merece su maestra y en especial por haber sido la primera maestra que por lo general asume una figura materna en la labor educativa. Además, imprime siempre a sus escritos ese estilo tan particular y ameno. Felicidades.

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  4. corina perez

    muy bonitos comentarios y mas viniendo de un hombre

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  5. Mario calero

    Saludes,yo también conoci a niña Ofelia,soy originario de esa maravillosa ciudad y todavia me embarga la nostalgia de mi San Marcos querido.Suerte y siga escribiendo…

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  6. Germán Pomares-Herrera

    La niña Ofelia, tengo gratos recuerdos con ella. En 1980 me enseño a leer. El libro en el cual aprendí guiado por su paciencia y su dulce voz fue “Las Aventuras de Tom Sawyer”.

    En 1995, por consideración a mi familia (enseño a leer a mi madre y abuela) le dio clases a mis primos menores.

    La guardamos en nuestro corazón con inmensa gratitud y respeto.

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