Los hombres en la cocina…

Recuerdo que en la casa de mi abuela el ingreso de los varones a la cocina estaba terminantemente prohibido.  –Los hombres en la cocina, huelen a cuita de gallina, decía reafirmando su negativa ante cualquier intento de participar en las labores que eran exclusivas del género femenino.  De esta forma, jamás miré a mi abuelo ni siquiera servirse el café con leche que desayunaba a diario, pues mi abuela, cuando él se había sentado a la mesa se acercaba y a un poco de leche le agregaba “esencia” de café, agregando el azúcar que según el gusto de mi abuelo, ella sabía calcular.

Mi padre fue criado bajo ese mismo tabú de que los hombres no deberían participar en ninguna actividad doméstica, que eran propias de las mujeres.  Nunca lo miré preparar absolutamente nada e incluso el aromático café percolado que disfrutaba era preparado por mi madre y él se limitaba a comprar el café adecuado.  Así era por lo general el hombre de aquella época, se limitaban a generar ingresos (con deshonrosas excepciones) y la mujer era la encargada de las artes culinarias.  En donde había cierta disparidad era en la distribución para realizar las compras diarias en el mercado, que en algunas ciudades era labor exclusiva de los hombres y en otras era también endosada sólo a las mujeres.  Un poco más complicado era el asunto de la administración de los fondos familiares, en donde a pesar de constituir una función propia de los varones, había casos en que las señoras absorbían este menester y con sabiduría y buen acierto, hacían uso eficiente de los fondos que en la mayoría de los casos no eran abundantes.

A modo de reafirmación de esta regla sobre la participación de los hombres en la cocina estaba el hecho de que los únicos cocineros en el pueblo eran miembros de la comunidad gay y como no se sabía qué era consecuencia de qué, pues todos los varones seguían al pie de la letra la prohibición de entrar a la cocina.

Cuando nos mudamos a nuestra casa propia, mi madre que no era inflexible como mi abuela, abrió las puertas de la cocina a todo el mundo, instalando un desayunador que servía para tomar los cotidianos alimentos a excepción de las comidas familiares de los sábados y domingos o cualquier otra ocasión especial, que se realizaban en el comedor.  Así mismo, servía para que ahí llegáramos a acompañar a nuestra madre mientras preparaba aquellos pequeños banquetes y que aprovechaba para contarnos los cuentos más fantásticos y las anécdotas más inverosímiles.  No obstante, a pesar de haberse erradicado la veda hacia el ingreso a la cocina de parte de los varones, nunca hubo ningún intento de mi parte de aprender los secretos de la cocina, ni tampoco de mi madre en enseñarme.  Lo que sí logré dentro de la formación de mi independencia fue el prepararme mi desayuno de acuerdo a mis propios gustos y preferencias, jugando con las diferentes combinaciones de leche con café, cereal o frutas y el pan con sus diferentes acompañantes.  Como parte de la disciplina familiar, ciertos días me correspondía ayudar a lavar trastos y secarlos.

La única experiencia en mis años mozos relacionada con los alimentos fue en una ocasión en que mi madre acompañó a mi padre a Managua y por alguna razón se retrasaron y era hora de la merienda y no había señas de comida.   Como dicen por ahí que el hambre es arrecha, pero más arrecho el que la aguanta, así que como hermano mayor acudieron a mí para que resolviera al respecto.  Lo único que se me ocurrió fue tomar un recetario que regalaban por la compra de la licuadora Oster y buscar, casi al azar, una receta para salvar la situación.  Encontré una receta que a la par de su nombre sugestivo, “Morir soñando” (nada que ver con la cususa), se miraba sencilla de preparar.  Así que tomé leche, jugo de naranja y miel y en un dos por tres los estaba batiendo en la licuadora con hielito pi-picado.   Todos nos tomamos la pócima que no dejaba de tener un sabor extraño y así los reclamos de mis hermanos no se hicieron esperar, acusándome de querer atentar contra su salud.  Les expliqué que era “Morir soñando” y uno de ellos, no recuerdo quién, me dijo que íbamos a morir cagando.  Afortunadamente, no llegó la sangre al río o lo que fuere, pero no quedé convidado a incursionar en el rubro de las artes culinarias.

A finales de los años setenta, recién llegado a México, en cierta ocasión visitando a mi abuela materna, quien dominaba a la perfección toda la gastronomía mexicana, mi hermana, en broma, le comentó que yo era un excelente cocinero y ella lo creyó a pie juntillas, a tal punto que fijó una fecha para llegar a mi casa a probar mi cuchara.  Como las cosas no estaban como para salir con el plato de baba que era una broma, pues ya montado en el macho no había de otra más que jinetearlo.  Conseguí un libro de cocina y busqué una receta que mi abuela no pudiera conocer y salió una de conejo al vino tinto.   Dio la casualidad que un compañero de trabajo tenía un negocio en su casa de venta de conejos en canal y le encargue una buena dotación.  Conseguí todos los ingredientes, incluyendo naranjas agrias y unas ramas de romero y con la valentía de Cristóbal Colón en el puerto de Palos, me embarqué en esa aventura culinaria.  De muy fuerte, como dicen por acá, invité a mis primos que vivían muy cerca y por si las dudas, tenía un plan B, con un pequeño restaurante de los alrededores que vendían comida para llevar.  Sin embargo, no fue necesario, pues a la hora en que el guisado comenzó a cocerse, empezó a invadir todo el edificio un aroma inigualable.  Total que la comida fue todo un éxito, mi abuela me felicitó y me animó a que cocinara más seguido, mis primos aplaudieron por un “encore”, así que la generosa cazuela de conejo se terminó por completo.

Debo de admitir que a pesar del logro alcanzado, en primer lugar de realizar algo que nunca antes había hecho y en segundo lugar hacerlo con buen suceso, pues mi abuela era gran conocedora y estricta en sus evaluaciones, no me sentí animado a continuar cocinando.  No era por conflictos de género, sino porque no era una actividad que me apasionara.  En los años subsiguientes sin embargo, tuve que meterme a la cocina, más por solidaridad que por vocación.  Mi esposa tuvo que empezar un constante peregrinar al hospital con mis hijos varones, de tal forma que para organizar el tiempo de la familia, debía yo que hacerme cargo del desayuno y me hice experto en desayunos americanos, continentales, mexicanos, panqueques y demás.

Mi otra gran aventura en este terreno fue a finales de los ochenta, cuando mi padre me sugirió que para mi cumpleaños consiguiera una paella.  Entonces me dije como la Liebre de Marzo:  Why not?  Conseguí con una amiga una paellera de considerable tamaño y me di a la tarea de buscar todos los ingredientes, con mariscos al por mayor y en una tienda de ultramarinos conseguí el azafrán.  Con la ayuda de un libro de cocina y con la emoción de cumplir cuarenta años, me puse la “Toque Blanche” de Chef y me volví a lanzar como el Borras, como dicen en México.  Para mi sorpresa, la paella quedó de primera y mi padre no paraba de alabarla, de tal forma que se terminó por completo.  En esa ocasión, tampoco me animó el éxito obtenido para seguir incursionando en esas lides.

Hoy en día, se puede observar que en la programación diaria de los canales del cable, siempre que a los dóciles tarailas de ESTESA no se les ocurra quitar la señal, cerca de un 32.58 por ciento, como afirmaría El Firuliche con una mano en la cintura, está dedicada a la cocina y es impresionante ver que una considerable mayoría de los Chefs a cuyo cargo están estos programa, un 71.22 por ciento reincidiría el tipo aquel, son varones.  Por alguna razón la totalidad de ellos, al menos esa es la apariencia que dan, son heterosexuales.  Es como si la televisión insistiera en afirmar que la puerta de la cocina está abierta a este género y que los hombres no dejarán de oler a testosterona o a CK1, si ingresan a ese recinto.

Será tal vez el efecto de estos mensajes subliminales de la televisión internacional, o que los vientos del cambio han sido casi huracanados, que cada vez es mayor la proporción de hombres en Nicaragua que son aficionados a cocinar.  No obstante, parece mentira, las mujeres no terminan de aceptar esta situación.  No prohíben más el ingreso a la cocina, pero cuando los hombres lo hacen no terminan de quejarse de los relajos que arman en ese recinto y que el trabajo de limpiar y ordenar todo después de la incursión es mayor a que si ellas se hubieran hecho cargo de todo.

Lo interesante es que en análisis realizados por especialistas en gastronomía, los mejores chefs del mundo son varones.  Esto lo atribuyen a la seriedad que le ponen a su oficio y a la pasión que le imprimen al trabajo.  Lo anterior no le quita validez al hecho de que para muchos la comida más deliciosa que pervive en sus mentes, sea alguna exquisitez que la madre solía preparar.

Aún así, es la fecha y todavía no termina de atraerme la cocina.  Sigo disfrutando de la independencia de prepararme mi desayuno, que es un sencillo continental o el café de la media tarde, generalmente un capuchino, que no es por nada, me queda mejor que a muchos “baristas” de Managua.   Cuando recibo a mis amigos en casa, no me arriesgo y le dejo la tarea de la comida a una profesional y lo más que hago es meter mi cuchara, dirigiendo cierto proceso o supervisando otro.  Tal vez me guste preparar uno que otro “dip” y me emociona el hecho de servir de “barman” y me digo tal como diría el propio Neruda: “Puedo preparar los tragos más ricos esta noche”, sin embargo, ya entrada la noche y a media asta, cada quien amarra su gallo.

Debo de admitir que lo que realmente me apasiona es escribir y tal vez muchos dirán que el conejo al vino o la paella valenciana serían mucho mejor que mis escritos, pero como dice Joan Manuel Serrat:  “Es caprichoso el azar”.

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7 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

7 Respuestas a “Los hombres en la cocina…

  1. Hola Orlando,

    Por favor continue escribiendo y cocinando. Sólo asegúrese que lo haga con todo su corazón, y con toda su alma, y con toda su mente y con todas sus fuerzas. Gracias por su inspirante mensaje.

    Dicen que los buenos cocineros son buenos amantes también. Tal vez es porque hay cosas que no se pueden apurar. Toman tiempo y paciencia, pero no son ciencia de propulsión de navecohetes. Parece que las cosas más importantes en la vida toman más interés y cuidado que materia gris.

    Un abrazo fraternal desde Los Angeles,

    Manolo

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  2. Está visto que escribir los hacés muy bien. Seguí escribiendo, sin embargo, esos éxitos eventuales que has tenido me hacen considerar que tenés buen instinto para la cocina, prestá un poquito de atención que con poco podés llegar a tener grandes éxitos… 🙂

    Salud♥s

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  3. A.L. Matus

    Ya el cocinar dejó de ser una cuestión de género y se ha convertido en una cuestión de capacidades. Así como existen hombres que son una maravilla en la cocina, también hay mujeres a quienes se les quema el agua caliente. Bien planteado el asunto y me gustó mucho el parafraseo de Neruda. Saludos

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  4. Junta Vecinal Valle Santa Rosa

    Igual me pasa a mi maestro, cuando incursiono en la cocina (1 o 2 veces al año) queda espectacular y al menos nadie se ha muerto c…, pero tampoco me atrae a pesar de estas incursiones exitosas. Yo me sigo apasionando por las lecturas como la suya. El boletín septiembre – octubre incluyó las “delicias del nombre” y muchísima gente quedó encantada con dicha columna. Felicidades. Edwing Salvatore Obando

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  5. Ana Rosa Velázquez

    Me ha gustado mucho leer su artículo, pues sigue un estilo sin pretensiones y con mucho humor. Es raro encontrar un blog que se mira que está escrito de manera original y no copia y pega, enlaces o videos de otras fuentes. Lo felicito y continúe escribiendo. Lo de la cocina es como usted refiere de Serrat: Es caprichoso el azar.

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  6. Oswaldo Ortega Reyes

    Muy interesante este blog y la anecdota del famoso licuado Morir Sonando me ha hecho reir un buen rato y se te olvido mencionar aquel helado de vainilla preparado con leche en polvo por razones economica,sin receta escrita y con mediciones arbitrarias que resulto un producto de buena apariencia pero ingrato al paladar mas prosaico.
    Creo que existe una relacion causal entre el mal comer y el habito de ver television. Mucha gente prefiere alimentarse con una sopa instantanea antes de sacrificar una hora de programacion para entrar a la cocina. Hay hogares donde lamentablemente nunca se cocina, no existe esa costumbre y se privan de una convivencia unica que antecede al almuerzo o cena en familia.
    Entrar a la cocina al menos 4 veces a la semana es la mejor forma de cuidar la salud, el bolsillo y sobre todo la union familiar.

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  7. Saludos de Ecuador , a parte de guapos muy talentosos

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