La caja

Por ahí se dice que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica y algunos se atrevan a afirmar que lo es de toda Latinoamérica.  En comparación con México, Guatemala y Honduras, podría decirse que estamos en la gloria, pues los índices de delitos aquí son mínimos comparados con las espeluznantes estadísticas registradas en esos países.  No obstante, se observa en los diarios locales una escalada de violencia y una cantidad de robos y asesinatos que parecen multiplicarse, que en su mayoría no se resuelven y quedan en la mayor impunidad.

A mediados del siglo pasado, si bien es cierto en Nicaragua se registraban robos y en menor medida asaltos, especialmente en la ciudad capital, eran tan pocos que los que ocurrían ocupaban la total atención de la ciudadanía.  En tiempos en donde no había televisión y las únicas telenovelas eran las que ocurrían en la vida real.

De esta forma, un robo ocurrido en los años cincuenta acaparó la atención de todos los nicaragüenses y durante muchos años fue un tema obligado de conversación.  Se le recuerda como el caso de la “Caja de la Ada Moncada”.

Ada Moncada era una señora que en su juventud, a inicios de los años cuarenta, se hizo famosa en la ciudad capital por participar activamente en varios equipos deportivos.  Fue cátcher del equipo de softbol femenino “Boer” y además fue basquetbolista.  Tenía toda la garra para destacar en el deporte y de la misma forma hubiera podido lanzar martillo, levantar pesas, practicar jockey sobre hielo o lucha libre.

Para los años cincuenta, ya retirada de la actividad deportiva, tenía un negocio cerca del Mercado San Miguel, exactamente del Edificio Silva, media cuadra abajo.  La ex deportista había encontrado en la compra y venta de queso, un nicho atractivo que le dejaba utilidades nada despreciables, pues llegó a dominar una estrategia ya conocida desde los egipcios, de utilizar una pesa para la compra y una diferente para la venta.  Parece que en alguna transacción comercial, alguien le ajustó el pago con una caja fuerte, que vino a adornar la trastienda de la comerciante y que le llegó a dar cierto caché a su estatus.

En determinado momento, se llegó a correr el rumor que la Ada Moncada poseía una verdadera fortuna en efectivo y alhajas que guardaba celosamente en la caja fuerte.  Fue tanto lo que se decía de la ya famosa caja, que una mañana que la comerciante bajó al negocio, pues tenía sus aposentos en el piso superior del inmueble, encontró que la puerta había sido violentada y la dichosa caja había desaparecido.

No había terminado doña Ada de tragarse la campanilla cuando ya una serie de curiosos se agolpaban en el negocio queriendo indagar sobre el robo cometido y realizando las más inverosímiles conjeturas.  Alguno de estos curiosos, ante la ausencia en esa época del 911 (ahora tampoco funciona) movió sus extremidades hasta la Policía Nacional a dar parte a la autoridad y en un santiamén, una patrulla policial se había hecho presente en el negocio de doña Ada, levantando las averiguaciones previas.  La comerciante no quiso darle mucha importancia al hecho y contestó con evasivas el valor de lo que había en la caja fuerte.

Hay que anotar que para ese tiempo no existía en realidad una Policía Nacional, sino que las actividades correspondientes estaban dentro de las mismas estructuras del la Guardia Nacional y un militar podía manejar varias camisetas a la vez.   Para esos años se había organizado una oficina de Investigación dentro de la institución y la ocupaba el Teniente Carlos García, quien llevaba una carrera promisoria en la Guardia Nacional.  García había trabajado de cerca con Richard van Wincke, un ex agente del F.B.I. que Somoza había traído como asesor de la G.N. y que gracias a su recomendación, el Teniente había realizado cursos de especialización en investigación en los Estados Unidos y Perú.

Así pues el caso de la caja de la Ada Moncada llegó al escritorio del Teniente Carlos García, quien con entusiasmo por resolverlo comenzó a realizar las pesquisas del caso.  Las primeras pistas apuntaban a un taxista que había sido visto por un trasnochado transeúnte y que con la sagacidad de García se logró identificar.

La población entera estaba al pendiente de los resultados de la investigación y todos apostaban a que en breve se resolvería completamente el famoso hurto.  Sin embargo, de repente pareció que la investigación hubiera caído en un impase.  Luego, empezaron a correr ciertos rumores que se diseminaban en voz baja y que daban a entender que en el robo estaban implicados algunos miembros de la propia Guardia Nacional.

En el punto más álgido de todo el embrollo se supo que el Teniente Carlos García había sido retirado de la Guardia Nacional.  El régimen de Somoza no dio detalles del motivo que causó su baja de la institución armada y en la calle se manejaron varias versiones sobre este particular.  Una de ellas manejaba que García había logrado descubrir al autor intelectual del robo y que quería llevar el caso hasta sus últimas consecuencias, cosa que a Somoza no le pareció y de donde se originó un fuerte altercado que desembocó con el retiro de García.  Otra versión señalaba que igualmente el Jefe de la Investigación había logrado identificar al autor intelectual, sin embargo, no pudo evitar que este resultado se filtrara y se empezara a diseminar.  La falta de capacidad para mantener un secreto que tratándose de otro integrante de la G.N. debía ser mantenido en la más estricta confidencialidad, fue lo que ofendió a Somoza quien se vio obligado a dar de baja al investigador.  Sopesando estas dos versiones, pareciera más factible la segunda, pues ningún oficial de la G.N. podría dar la más mínima muestra de insubordinación ante la omnipotente figura de Somoza, no obstante, la infidencia de parte de algún subordinado de García tendría mayor peso y sería congruente respecto al castigo, que se limitó a la baja (no deshonrosa) de García y que éste mantuviera la discreción aún después de su retiro, pues es la fecha y el ahora dirigente deportivo no suelta prenda al respecto.

Al final de cuentas, la dichosa caja nunca apareció y el caso nunca fue resuelto, sin embargo, fue vox populi que un oficial muy cercano a Somoza había sido el autor intelectual del robo.  Este oficial se mencionó como uno de los principales integrantes de la Oficina de Seguridad y experto en “interrogatorios” asistidos por inmersión.  También se le había señalado a dicho oficial como el autor de la ejecución de un personaje hasta cierto punto legendario, “El Jorobado”, un agente extranjero que había sido designado para asesinar a Somoza y que fue capturado en Guatemala, habiendo negociado Somoza su deportación a Nicaragua en donde según algunas fuentes militares fue ejecutado y su cadáver desaparecido.

Con estos antecedentes, si dicho oficial hubiese sido el responsable del robo es natural que nunca hubiese sido señalado y aparentemente esto fue lo que sucedió, aunque de manera extraña, a inicios de los años sesenta, este oficial se retiró de la G.N.

Lo interesante del caso es que la Ada Moncada poco después del robo se trasladó a una quinta que recién había construido en la carretera norte, cerca del Barrio La Primavera, por el rumbo del negocio de don Martín Benard; dejando el inmueble del centro de Managua, sólo para la compra venta del queso.  Según se comentaba en algunos círculos, la propia señora Moncada le había confiado a una amiga cercana que en realidad para el momento del robo, la caja fuerte tan sólo tenía el efectivo de un par de semanas de su actividad comercial y algunas joyas, con más valor sentimental que otra cosa.  Unos meses antes del robo, aparentemente la señora Moncada había adquirido un terreno en la carretera norte en donde soñaba con una quinta alejada del bullicio de la ciudad y había empezado su construcción, por lo que sus ahorros se le habían ido en esa inversión, además que le daba mala espina tener tanto efectivo aunque fuera en la caja fuerte.  En otras palabras, el autor o autores del robo se han de haber llevado un fiasco enorme al encontrar una nimiedad en la apetecida caja.

Allá por los años ochenta, doña Ada Moncada falleció placidamente en su quinta de la Carretera Norte y hace pocos años falleció en los Estados Unidos, en donde se refugió después de retirarse del ejército, el oficial de la G.N. que fue el principal señalado en el caso,

Quien sobrevive a todo el embrollo es el ex Capitán Carlos García, para quien su retiro de la Guardia Nacional podría decirse fue una bendición, pues encontró una misión más edificante como es la promoción del deporte, en donde hizo una fructífera carrera que lo ha llevado al Salón de la Fama y a innumerables reconocimientos.

Me imagino que en algún patio enmontado en la ciudad de Managua o en una finca aledaña, deben descansar los restos, ahora sarrosos, de lo que fue la célebre caja de la Ada Moncada.

 

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3 comentarios

Archivado bajo Nicaragüense

3 Respuestas a “La caja

  1. Marco Antonio

    Exelente esta anecdota, sobre todo en lo que refiere al celebre Carlos Garcia, y algo que queria comentar es que los altos mandos de la Policia Nacional tratan de minimizar las estadisticas en cuanto a delitos, accidentes y fallecidos se refiere con tal de vender la imagen de que somos el pais “más seguro de centroamerica”, eso no lo cree la ciudadania pues los asaltos a los buses de transporte colectivo solo es un pequeño ejemplo de lo que sucede a diario en la ciudad capital.
    Que Nicarargua sea el pais mas seguro de centroamerica eso ni ellos mismos lo creen.
    Saludos.

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  2. Muy interesante anécdota. Don Carlos, una figura muy conocida.

    Salud♥s

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  3. A.L. Matus

    Le faltó agregar que la carrera de don Carlos García en el deporte, le reportó interesantes ingresos. El régimen de Somoza le permitió hacerse cargo de la dirigencia del beisbol en Nicaragua, así que no hubo en realidad castigo para él, así que es posible que tan sólo hubiera sido un chivo expiatorio para la cortina de humo que se lanzó en el caso.

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