Las quince floridas primaveras

Una calle de cuatro carriles adoquinada conecta de este a oeste el Seminario Nacional con la carretera sur, atravesando Miraflores, Monseñor Lezcano, Las Palmas, perdiéndose luego en el barrio Altagracia.  Es una tarde de sábado cualquiera, de esas tan particulares en la ciudad de Managua y el tráfico vehicular ha descendido notoriamente.  De pronto, de una de las calles que desemboca desde el sur, un cortejo entra a la amplia avenida y ocupa casi los dos carriles que van hacia el este.  El tráfico que viene del oeste se detiene y después de vacilar un rato, toma el carril contrario atravesando la doble raya amarilla para adelantar al cortejo, sin ponerle mucho cuidado.  De las casas que están sobre la calle, uno que otro curioso se sale a observar el paso de la comitiva.

El desfile en cuestión está encabezado por una niña, que vestida de algo parecido a un hada con una capa roja, porta una estrella que se esfuerza por lanzar un tímido destello, seguida de otras niñas que con canastas en sus manos le abren paso a una muchacha.  La jovencita, figura principal del desfile, luce un vestido largo color rosa pastel, estilo princesa y que va del brazo de un señor mayor, seguramente su padre, quien luce un traje negro parecido al que usaban los umpires de béisbol.  Seguidamente marchan catorce parejas de jóvenes, las muchachas vestidas de largo también pero en color magenta (fucsia reclamaría alguien con sensibilidad para describir colores) y los muchachos, uniformados con pantalón azul y camisa manga larga color mamón (la fruta), con una corbata multicolores.  Luego siguen en el desfile varias parejas vestidas para la ocasión, es decir cada quien a su propia interpretación y al final una muchedumbre que cierra el desfile.

Cuando el cortejo llega a los semáforos del Banco Popular, dobla hacia el norte, obligando con esta maniobra a que todo el tráfico de los cuatro sentidos se detenga para darle paso.  Luego después de varias calles, llegan a su destino final, la Iglesia del Corazón de Jesús de Monseñor Lezcano en donde se ofrece una misa.  Se trata de una misa de acción de gracias, conocida antes, cuando se oficiaba en latín, como Te Deum, en ocasión de los quince años de la jovencita.  Por algún arreglo de parte de uno de los parientes de la muchacha, la misa es exclusiva para esa celebración, así que todas las intenciones de la mismas están dirigidas al agradecimiento al Altísimo por los quince años de vida de la jovencita e incluso las lecturas han sido encargadas a tres damitas de honor quienes han provocado la consternación del oficiante por los garrafales dislates al cancanear las epístolas.  En cierto momento, en donde la antes niña es elevada al rango de mujer a través de alguna cita bíblica, la orgullosa madre le quita un bolero, chaquetín o como quieran llamarle a la pieza del traje que cubría un escote, no tan atrevido como para poder ser lucido en la iglesia, pero que simboliza el nuevo estatus de la muchacha, quien además recibe una tiara o diadema y una cuchufleta a manera de cetro.

Cuando el oficiante exclama: Pueden ir en paz, se sienten varios suspiros y más de alguno sentirá que se le hace agua la boca pues durante todo el oficio no han pensado en otra cosa que en el banquete que les espera en casa de los padres de la quinceañera, además del licor que correrá como agua de lluvia en el cauce de al lado, evocando muchos de ellos una cita muy cierta: Aprovechá Macario, que esto no es a diario.  La casa en cuestión ha sido adornada para la ocasión con chimbombas color rosado y en una parte de la entrada luce un quince en números romanos recortado en poroplast.  La calle ha sido convenientemente cerrada a la circulación mediante el microbús del tío de la quinceañera que ha sido atravesado a lo largo y por una camioneta en el otro extremo, mientras dos toldos cubren las mesas para los invitados, arregladas para la ocasión y el resto de la calle se convierte en pista de baile, pues una discomóvil ha sido instalada en un lugar estratégico para amenizar el evento.

Una vez acomodados los asistentes, un Maestro de Ceremonias hace la introducción al evento, improvisando una oda a la quinceañera, anunciando luego el vals que bailarán la agraciada muchacha con su padre.  En cierto tiempo se escogía entre el Danubio Azul y Cuento de los Bosques de Viena, pero ahora para facilidad de todos se lanzan Tiempo de Vals en la voz de Chayanne, en donde la pareja, de manera atropellada, le hace swing para acercarse un poco al ritmo, incorporándose luego las damas y caballeros de la quinceañera.  Luego viene una especie de Talent Show de la agraciada cumpleañera en donde se miran los esfuerzos de meses de ensayo, bajo la dirección de Danny un experto bailarín contratado para el efecto, de tal suerte que la cumpleañera parezca finalista de uno de los concursos de Televisa.  Una vez terminado el show, el baile queda abierto para toda la concurrencia y unas vecinas desempeñándose de improvisadas meseras empiezan a repartir licor a diestra y siniestra, Ron Flor de Caña Oro y Extra Dry para la concurrencia y una pachita de Johnny Walker etiqueta roja para el jefe de la madre, quien se aburre como una ostra.   Luego pasan unas bocas encargadas en una pastelería del rumbo, que resultan ser más efímeras que una libélula.  Ya muy entrada la noche, se sirve la cena a los que han sobrevivido a la intoxicación alcohólica, consistente en un arroz a la valenciana, ensalada de papas y pancito de bola a discreción, rematando con un postre que resulta ser una sopa borracha con una delgada capa de atolillo que pretende ser un Pío V.

No es remoto que al filo de la madrugada, mientras las rancheras y cortapulsos de Paquita la del Barrio retumban en toda la cuadra, comiencen los pleitos, tan clásicos en las fiestas contemporáneas de quince años, pues nunca faltan los inconformes, los excluidos, los resentidos, los acavangados, que al menos lograrán que el evento aparezca en los diarios, no importa que sea en la nota roja.

De esta forma, con algunas variantes de conformidad con las costumbres y recursos financieros disponibles, en pleno siglo XXI sobrevive esta expresión cultural que se manifiesta en toda América Latina y en los Estados Unidos en las comunidades de origen latino.  Aquí cabría preguntarse, ¿dónde se originó esta costumbre que se ha arraigado tanto en la cultura popular?

Existen dos fuertes antecedentes que podrían explicar el arraigo de esta tradición.  El primero tiene su origen en los famosos “Bailes de Debutantes” muy de moda en la sociedad europea en el siglo XIX, especialmente en Inglaterra y en Francia, en donde las niñas que alcanzaban la pubertad, generalmente a los 15 o 16 años, eran formalmente presentadas en sociedad en un baile de gala en donde tendrían la oportunidad de conocer prospectos para una posible y conveniente boda.  Esta tradición fue importada en México en la época de Porfirio Díaz a finales de ese siglo y aparentemente fue diseminada en muchos países hacia el sur, aunque no es remoto que algunos países de Sudamérica como Argentina hubiesen copiado directamente esta costumbre.

Por otra parte, la gran necesidad de que las muchachas tengan un rito de iniciación social a los quince años, también encuentra un claro origen en las sociedades azteca y maya, en donde las muchachas que llegaban a la pubertad debían seguir ciertos ritos de iniciación, debiendo abandonar sus casas para ingresar internas a escuelas llamadas telpochcalli, en donde recibían una educación para el matrimonio, así como el conocimiento sobre su cultura, historia y todo lo concerniente a su tribu.

De esta forma, en la sociedad nicaragüense de inicios del siglo XX se encontraron, por un lado esa marcada necesidad de un rito iniciático incrustada en el inconsciente colectivo y por el otro el afán de copiar las costumbres de las clases altas de otras sociedades.  Así pues se comienza a documentar en los anales de las primeras décadas del siglo XX fiestas de presentación en sociedad y luego específicamente fiestas para celebrar los quince años de jovencitas de la sociedad.  Eran célebres las fiestas de presentación en sociedad del Club Terraza, en donde las muchachas de alcurnia debutaban en sociedad en una fiesta sin precedentes, con las mejores orquestas, un opíparo banquete y los más finos licores.

El evento sociológico más interesante ocurre cuando de un efecto demostrativo de los padres, el evento se convierte en un “sueño” para las futuras quinceañeras, que desde que cumplen los doce no piensan en otra cosa que en su fiesta de quince años.

Indudablemente, esta celebración ha sufrido una sensible transformación en Nicaragua.  Recuerdo que cuando mi generación alcanzó la pubertad, los primeros bailes a los que asistimos en el pueblo fueron fiestas de quince años.  En aquella época el Te Deum se realizaba a nivel familiar y no había desfile.  La invitación para los asistentes era directamente para la fiesta.  Todavía no existía una amplia oferta de música en vivo, por lo que la mayoría de ellas fueron amenizadas por “Agujita y sus redondos” es decir con un aparato de sonido y la única variante respecto a las fiestas tradicionales era que había que reservar los “sets” de baile con alguna damisela, quien anotaba en una libretita fufurufa que repartían en la fiesta.  El baile lo abría la cumpleañera con su padre que bailaban un vals o cualquier otra pieza y a mitad de la misma, un amigo de la muchacha o su novio si tenía, se acercaba y el padre le entregaba a la muchacha y continuaba el baile.  El licor estaba reservado para los adultos y si acaso se servía un ponche con cierto piquete que para los jóvenes era suficiente para un despegue de la euforia.  Las muchachas probaban el ponche y si le notaban una sensible patada, lo dejaban pues iban recontra amenazadas y en muchos casos las madres de familia se apostaban en las puertas para monitorear el detalle de todos los movimientos de sus hijas.  Cabe aclarar que en la capital había más opciones y desde luego más dinero y algunas fiestas de quince años se realizaban con orquestas en vivo y en locales como el Club Terraza o el Casino Militar.

Con el tiempo se fueron relajando las costumbres, entre otras cosas, al generarse una permisividad en cuanto a la distribución de licor, repartiéndose parejo a todos los asistentes independientemente de su edad o sexo, provocándose que en muchos casos las fiestas terminaran en pleitos u otros desaguisados.

Cuando las fiestas de quince años cayeron en lo corriente, algunos padres de familia le dieron la opción a sus hijas de realizar un viaje en vez de la fiesta y por salirse de lo trillado, algunas jovencitas empezaron a presumir que no tendrían fiesta, sino que si irían de viaje.  Algún emprendedor miró en esto una oportunidad y se empezaron a organizar “tours” por Europa, con la asistencia de chaperonas, las quinceañeras viajarían por las principales capitales del viejo mundo y en un “castillo” de Austria bailarían un vals con los cadetes de una academia militar más balín que un billete de quince pesos.  Con estos viajes todos ganaban pues los padres de familia se ahorraban una buena cantidad de dinero, pues el costo del viaje era mucho menor de lo que gastarían en la fiesta, las quinceañeras ganaban pues mostraban cierta exclusividad que las acercaba al Jet Set y los organizadores del tour se llevaban una generosa tajada.

En los años ochenta la gente estaba tan ocupada con los ríos de leche y miel que no tenía tiempo para pensar en aquella manifestación tan burguesa, por lo tanto las fiestas de quince años cayeron en desuso.  Para los noventa, una gran cantidad de ciudadanos que habían emigrado a los Estados Unidos regresaron y reinstauraron la costumbre de las fiestas de quince años, esta vez con algunas variantes aportadas por otras culturas, en especial la mexicana, reforzado lo anterior con la telenovela mexicana Quinceañera.  Esta celebración se arraigó de nuevo en mayor forma en los estratos de menores ingresos que se apoyaban en las remesas familiares para todos sus proyectos.

En la actualidad la actitud de las jóvenes ante su cumpleaños número quince es tremendamente variada.  En un reducido porcentaje se continúa con la tradición de organizar una fiesta, la cual presenta sus diferencias de conformidad con el presupuesto de la familia y/o capacidad de endeudamiento y bien puede ser una como la de nuestra historia inicial o puede organizarse comme il faut, en el salón de un hotel de prestigio, con una orquesta o grupo musical y una mesa de regalos en Galerías Simán.  Una importante proporción de las cumpleañeras no realiza una celebración especial y se limita a una reunión familiar.  Otro sector organiza una gira a una discoteca con el grupo de sus amistades, generalmente sin supervisión de sus respectivos padres de familia y otra proporción se conforma con organizar una fiesta en Girls Sensations, una franquicia guatemalteca ubicada en Galerías Santo Domingo que ofrece paquetes para cumplir todas las fantasías en materia de maquillaje y peinados de las jovencitas, además de un queque y gaseosas para las asistentes.

Cabe tal vez resaltar la labor altruista que realizan algunas organizaciones sin fines de lucro que organizan fiestas de quince años para niñas con enfermedades terminales o con cualquier tipo de discapacidad.

Lo cierto es que las muchachas que alcanzan esa edad no tienen todavía consciencia de los retos que les depara el destino, ni de que su capacidad y conocimientos no son suficientes para esa dura lucha que es la vida y en lugar de recapacitar sobre la sabia máxima del Magistrado Benavides: La calle está dura, más bien se pliegan al estribillo de la canción de Timbiriche que sirvió de tema a la telenovela Quinceañera:

Ahora, despierta la mujer que en mi dormía
y poco a poco se muere la niña,
empieza la aventura de la vida…

Anuncios

5 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

5 Respuestas a “Las quince floridas primaveras

  1. Otro excellente relato…siempre me paseas del los años 65 a los años 80s!

    Me gusta

  2. A.L. Matus

    Es impresionante ver cómo algunas familias de escasos recursos ahorran y además se endeudan para cubrir los gastos de una fiesta de quince años. Pareciera que existe una fuerte presión social para que este cumpleaños se celebre con tanto boato y cursilería. Por lo menos los indígenas preparaban a sus adolescentes en cuestiones prácticas en esa celebración, pero en estos casos, después de la fiestas, el endeudamiento y la goma física y moral, ¿qué queda?

    Me gusta


  3. Completamente de acuerdo con A.L.Matus. Sé de un caso en que la madre para ayudarse a complementar los gastos ¡vendió su propia cama!….

    Muy interesante escrito.

    Salud♥s

    Me gusta

  4. Eduardo Ortega

    Me recuerda un escritor Ruso que hablaba de la presentación de la joya para ser vendida al mejor postor. No hace mucho fui criticado en otro blog por burlarme de este tipo de celebraciones , hablaba entre otras cosas del fiado y la deuda que se termina de pagar cuando ya se acerca el próximo cumpleaños. Mucha gente que radica en el exterior siempre está preguntando sobre la comida acostumbrada, el vestido y demás detalles para celebrar muy al estilo Nica el evento, yo digo que si no se cuenta con los borrachales encabes , no puede haber celebración. Muy bueno.

    Me gusta

  5. Mraco Antonio

    Que hermoso es recordar y vivir nuestras costumbres y tradiciones, siempre la celebración de los 15 años se hace gala de licores (aunque yo no este de acuerdo con esto) y comidas muy exquisitas, por muy pobres que sean las familias siempre existe esta celebración.
    Gracias Dr. Ortega por recordarn nuestras costumbres.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s