La soportable informalidad del ser

El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer

Oscar Wilde

Los primeros rayos del sol se desparraman sobre el barrio Monseñor Lezcano en el occidente de la capital, dándole la apariencia de una postal de los años cincuenta.  Algunas calles todavía guardan una calma pueblerina y de una de sus casas, una mujer, todavía en kimona, sale al cancel de hierro exterior, en donde con la ayuda de pequeños trozos de alambre fija un cartón con una leyenda que dice: Se vende hielo.  Este improvisado rótulo es una señal de que en ese hogar la economía familiar se ha visto deteriorada hasta el punto de recurrir a sacarle provecho a un electrodoméstico que de otra manera tendría que venderse.  Es posible que su esposo, que tradicionalmente ha sido el que mantiene la casa, haya visto reducido sus ingresos en el puesto que tiene en el gobierno, corriendo con suerte, pues muchos han sido despedidos sin la alternativa siquiera de optar por un puesto inferior.

La señora no tiene la menor idea sobre qué es una microempresa, tampoco sabe qué es la equidad fiscal, mucho menos qué significa Producto Interno Bruto.  Lo único que sabe es que necesita un ingreso extra y si no aparece una competencia por su rumbo, podría obtener cierto dinero al vender hielo y tal vez, una vez hecho el “punto”, podría ampliar su venta a “helados” y con suerte “chocobananos”.  Por su mente no atraviesa la idea que su nueva actividad tenga que ser gravada con un impuesto, ni que tenga que registrarse en ninguna oficina pública.  No obstante, la señora en cuestión, sin saberlo, está ingresando en lo que se conoce como “economía informal”, concepto que los economistas nos hemos encargado de “hacerlo avión”, complicando su significado y alcances.

Inicialmente la economía informal se manejó como el conjunto de actividades que estaban a cargo de personas que trabajaban por cuenta propia y que en algunos países llegaron a conocerse como “cuentapropistas”.  Luego se amplió el término hacia aquellas actividades que no estaban registradas ante las autoridades hacendarias y por lo tanto no generan impuestos, ampliándose luego a quienes están fuera de la regulación gubernamental,  los sistemas de seguridad social y los registros estadísticos.  Luego cada corriente económica fue complicando el término y realizando consideraciones cada vez más sofisticadas e intrincadas, comprendiendo aspectos de autonomía y complementariedad, flexibilización de las relaciones de trabajo, expansión de los fenómenos de la población relativa, formación del ejército de reserva, estrategias de supervivencia de los sectores sociales marginados o la de capacidad de evasión de controles gubernamentales.  Luego para ponerle más salsa al asunto, surgieron los términos economía subterránea, economía sumergida y varios más, en donde se involucraban los aspectos de legalidad o ilegalidad de las actividades en cuestión.  Algunos economistas que estudian la economía informal a nivel mundial llegan a aseverar que entre mayores son los controles gubernamentales, mayor es el incentivo para que alguien ingrese a la informalidad, otros en cambio se inclinan a achacar al desempleo las causas de este fenómeno.  Los más osados llegan a calcular la proporción del PIB que representa la economía informal de un país y muy al estilo de El Firuliche lo hacen con una precisión de cuatro decimales o bien el caso de un economista austriaco que jura, hasta con los dedos de los pies, que a nivel mundial esta economía tiene un valor de 9 trillones (de los Estados Unidos) de dólares y si no lo creen, pues pueden empezar a contar.

Lo cierto es que tanto la señora que vende hielo, al igual que otra vecina que ofrece nacatamales sábados y domingos, o bien aquella que expende frijoles cocidos o la que en pleno siglo XXI sigue anunciando que forra hebillas y botones, no saben nada respecto a la regulación gubernamental y al momento en que se decidieron emprender ese pequeño negocio, no realizaron ningún estudio, ni financiero, ni de marketing, ni organizativo, fue simplemente la necesidad de obtener ingresos  para sobrevivir y lo hicieron en un arranque de emprendedurismo, como señalaría Arnulfo Urrutia, teniendo como base puras corazonadas.  El único incentivo que tienen es el ingreso adicional que aliviará sus necesidades básicas y son como inocentes bañistas en un mar que un poco hacia adentro está infestado de una impresionante fauna marina.  En el momento en que la señora del hielo, que ha tenido la suerte de atraer un considerable mercado para sus productos, decide ampliar su negocio poniendo unas cuantas mesas en la sala de su casa, consiguiendo que la Pepsi Cola le preste un refrigerador de puerta de vidrio, le proporcione gaseosas en consignación y le adorne la entrada de su casa con un rótulo de neón que dice “Cafetín Soraya”, al poco tiempo un inspector de la Dirección General de Ingresos la visitará para invitarla cordialmente a que se inscriba en el Régimen de Cuota Fija y casi automáticamente otro inspector del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social empezará a buscarle hasta por debajo de las camas, para ver si no tiene a un trabajador encubierto que considere sujeto a inscribirse en la seguridad social.  Ahí comienza su calvario, pues le serán requeridos más papeles que los que se solicitan en la adopción de un niño en China y además se involucrarán otras instituciones como la Alcaldía de Managua y el Ministerio de Salud, que reclamarán su tramo en la cadena burocrática.  Así pues, la discreción es un elemento vital en la economía informal y en el caso de los emprendimientos que se localizan en casas de habitación, los rótulos de cartón o cartulina constituyen un límite natural que los inspectores de hacienda, al igual que Nosferatu en el umbral de una iglesia, no se atreven a traspasar.

En el caso de los vendedores ambulantes y los prestadores de servicio a domicilio, que constituyen otro segmento importante dentro de la economía informal, su navegación dentro de esta franja es mucho más tranquila, pues para las autoridades hacendarias les saldría más caro el caldo que las albóndigas, pues perseguir a cada una de estas personas y meterlas al aro sería misión imposible.  Mientras los vendedores y prestadores de servicios trabajen con particulares y no esté de por medio ningún recibo o factura, es más factible para ellos permanecer fuera del rango de lo formal.  Aquí se puede encontrar un variopinto de bienes y servicios en juego, desde los tradicionales vendedores de frutas, verduras, carbón, leche agria, huevos, lotería, o bien los que ofrecen los servicios de fontanería, carpintería, jardinería y oficios conexos, hasta los nuevos servicios que han surgido en la modernidad como mantenimiento y reparación de equipos de computación caseros, desbloqueo de celulares, venta de tiempo aire, entre otros.

El caso de los semáforos es algo aparte, pues representan un caso único en donde confluyen las actividades informales, la explotación de menores, la intervención de mafias organizadas, el raterismo y en donde las autoridades manejan con pinzas el problema e intervienen con acciones más de promoción social que de orden público, pero más tardan en retirar a los menores de edad de estos puntos que ellos en regresar.

Generalmente las actividades de la economía informal son legales en su naturaleza, sin embargo, la forma en que operan podría considerarse un tanto fuera del marco de la ley.  No obstante, existe un fuerte segmento dentro de la informalidad que comprende actividades realmente ilegales, como todo lo que tiene que ver con apropiarse de lo ajeno o con los estupefacientes.  Existe en este apartado una rama de la actividad informal que de hecho es ilegal pero que se tolera y todas las autoridades se hacen de la vista gorda: la piratería.  En los últimos años, la piratería que se da en mayor extensión en la venta de películas en formato DVD y un poco menos la música en discos compactos, ha crecido vertiginosamente.  El bajo precio de aparatos de DVD o reproductores de discos compactos, ha incrementado la demanda de películas y música en estos formatos, especialmente de parte de sectores de bajos ingresos que nunca podrían pagar los altos costos de productos originales, cuyo precio fluctúa entre los 15 y los 30 dólares.  No obstante, una película pirata de estreno se puede conseguir en un dólar.  Las cadenas de salas de cine tienen un mercado cautivo que junto con la comida chatarra que ofrecen les dejan amplias ganancias y las cadenas de renta de películas son tan pocas que no existe ningún sector interesado que ponga presión para combatir a la piratería.  Esta actividad, al llevar un alto contenido de empleo para la población pobre, en términos políticos no constituye una prioridad para las autoridades.  Así pues a la vista y paciencia de todo el mundo, en cualquier casa de habitación, mercado o en las afueras de un centro comercial, existe una amplia oferta de estos productos.

Es indudable que el factor relevante dentro de la expansión de la economía informal es el creciente desempleo, de tal forma que al no poder la planta productiva absorber toda la oferta de mano de obra, esta buscará alguna forma de subsistencia por sus propios medios, toda vez que las posibilidades de emigrar son más difíciles.  En este afán, las consideraciones económicas, financieras, incluso morales y éticas dependerán de cada individuo.  Un caso muy ilustrativo de lo anterior es la explotación del físico, como dicen en Managua, que en un extremo propende hacia la prostitución y en el otro, a pedir limosna, dejando ambas actividades ingresos considerables, lo que hace rentable despojarse del orgullo y la vergüenza.  Una sexoservidora clasificación “B” puede redondear mensualmente en promedio entre 500 y 800 dólares, netos, pues no podría decirse libres de polvo y paja; nivel salarial que difícilmente alcanza un ingeniero civil recién egresado.  Un limosnero, por su parte puede obtener entre 200 y 300 dólares mensuales en promedio, nivel que con suerte alcanza un maestro.

Otro aspecto importante que se trata alrededor de la economía informal es la supuesta competencia desleal que constituyen estas actividades respecto a las que están inmersas en la economía formal.  Sin embargo, este es un espejismo, pues en primer lugar las actividades y el nivel en el que se realizan dentro de la informalidad, no son del interés de las pequeñas y medianas empresas.  Un caso ilustrativo es el del transporte pirata, actividad que en años recientes se ha incrementado, como son los recorridos que realizan padres de familia que aprovechan el viaje con sus hijos al colegio para llevar a seis u ocho niños adicionales, mediante lo cual obtienen un ingreso nada despreciable.  En este caso, no existe competencia desleal pues el transporte público trabaja al amparo de cooperativas que nunca pagan impuestos, antes bien obtienen subsidios y los recorridos escolares trabajan al amparo de colegios que navegan con bandera de organizaciones sin fines de lucro y por lo tanto, tampoco pagan impuestos.

Es muy posible que ante un desempleo que crece sin freno alguno y oportunidades cada vez más reducidas para la emigración, la economía informal vaya creciendo cada vez más con mayor dinamismo, constituyendo un verdadero reto para la imaginación e inventiva de los nicaragüenses, así que no es extraño que muy pronto, junto a la señora que ofrecía hielo en el barrio, aparezca un cartón que diga:  “Se nebuliza”, “Se toma la presión arterial” o “Exámenes de glucosa”.

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

3 Respuestas a “La soportable informalidad del ser


  1. Buenísimo, excelente artículo. Entre más agudiza la crisis más ‘emprendedores’ aparecen.

    También está el hecho -UN POCO AL MARGEN DEL TEMA- que un mismo local haya albergado muchos tipos de negocios en algunos años. Se abre un negocio y , al poco tiempo, cierra.

    FELICITACIONES y salud♥s

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  2. A.L. Matus

    Muy interesante el artículo y sobre todo, sin la arrogancia de los enfoques económicos o sociológicos. Pareciera que la foto explica mucho por sí sola. Me quedó la duda de dónde sacó la clasificación “B” de las muchachas. Un gran saludo.

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  3. Poeta:
    Tu artículo me recuerda un dicho Nica: “La necesidad tiene cara de perro” y la burocracia la hace más grande todavía.

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