Mensajes de amor

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Joan Manuel Serrat

Jorge camina por el nuevo centro de la ciudad de Managua.  Por el oriente, en medio de la oscuridad, un timorato fulgor anuncia que el amanecer está cerca; la nueva arteria principal de la novia del Xolotlán, la carretera a Masaya, luce desierta.  En varios trechos de esta vía, no hay aceras, por lo que caminando a su izquierda en el último carril de la carretera, se mantiene en alerta ante los eventuales vehículos que aprovechando el casi nulo tráfico, aceleran al máximo.

De buena gana Jorge tomaría un taxi, pues todavía tiene que caminar una hora y media más hasta su casa, sin embargo, no quiere gastar ni un centavo más, después que cerca de doscientos dólares se esfumaron de sus manos como por arte de magia.  Lo que parecía una noche de suerte excepcional, se transformó al final en el desencanto de siempre, pues a pesar de que muchos amigos le advertían que los casinos nunca pierden, él cada mes guardaba la vana esperanza de vencer al destino y salir del local con cientos, quizás miles de dólares en sus bolsillos.

La tarde anterior había salido de la Western Union, con una sonrisa de oreja a oreja, pues ya obraba en su poder el dinero recibido de parte de su hermana Lucía, que religiosamente enviaba cada mes para las medicinas de su madre y el cual lo tomaría prestado para multiplicarlo.  Tomó un taxi y se dirigió al casino, en donde el destino lo esperaba, sin embargo la madrugada lo sorprendió con los bolsillos vacíos, las ilusiones rotas y con un amargo sabor en la boca, tanto por su suerte, como por el alcohol barato de los tragos de cortesía.  Apenas había logrado salvar cincuenta dólares que se los escondió al estilo Papillon, con el fin de asegurar, según él, en el poco probable caso de perder, la compra de los medicamentos, aunque fueran genéricos, esenciales para que su madre sobreviviera su enfermedad hasta el siguiente mes. En esos momentos era un alivio que su hermano, conociendo la debilidad de Jorge, procurara en especie la alimentación de la madre, de la cual él agarraba pelo.  Son casi las cinco y treinta de la mañana y llega por fin a la Rotonda Rubén Darío en Metrocentro, ya la escasa claridad ha traído un tráfico mayor y piensa que todavía le falta mucho que caminar.

A esa misma hora, a miles de kilómetros al norte, en Nueva York, ya son las siete y treinta de la mañana, hora de verano, apenas entrada la primavera y la ciudad luce todavía grisácea.  Lucía sale de la estación del metro, componiéndose el abrigo y bufanda con el fin de evitar que el viento penetre con el frío intenso hasta sus huesos. Siente que debajo de sus gruesos guantes, las manos se le engarrotan, a causa de la artritis que se exacerba con el clima.  Camina hacia el departamento que comparte con una familia amiga, le faltan todavía diez cuadras y luego subir siete pisos del edificio que no tiene elevador.  A veces le hacen faltas las fuerzas para continuar, pero piensa en su hijo que apenas está por terminar el High School, además de las medicinas de su madre en Nicaragua, que religiosamente cubre enviándole dinero a su hermano Jorge hasta Nicaragua.

En Los Angeles, son ya quince para las cinco de la mañana y el despertador insistente levanta a Josué, quien se despereza sigilosamente en su cama, para no despertar a su esposa, quien llegó a medianoche después de su turno en el restaurante en donde trabaja de waitress.  Se mete a la ducha en donde toma un baño, luego se pone su uniforme azul, baja a desayunar y sube a su automóvil para dirigirse a su trabajo en un complejo comercial en donde se desempeña de security.  Antes de salir, mira en el tablero de su vehículo y toma un recibo de la agencia de envíos de dinero por cuatrocientos dólares que remitió a su hermana, quien cuida a su hijo Kevin, mientras logra regularizar su status migratorio y puede enviar por él.  Piensa en la última vez que lo tuvo entre sus brazos, antes de emigrar y siente que algo se le atora en la garganta, mientras enciende su automóvil.

En Managua, faltan diez minutos para las seis de la mañana y Mildred pasa su última revisión al arreglo de Kevin, quien toma su mochila y sale la calle a esperar el recorrido del colegio.  Su tía lo acompaña, pues la calle de Monseñor Lezcano todavía luce desierta, mientras tanto le expresa miles de recomendaciones y repasa algunos de los temas que estudiaron la tarde anterior.    Poco tiempo después, un bus blanco con azul, con una leyenda que dice:  Colegio Centroamérica, llega hasta donde están Mildred y su sobrino, él se despide con un beso de su tía y sube al bus que lo llevará al colegio en donde cursa, con excelencia integral, el sexto grado de primaria.  La tía Mildred le hace señas que irá a traerlo, aprovechando que irá a pagar la colegiatura que oportunamente cubre con el dinero que le envía su hermano Josué.

A las seis en punto de la mañana, La Carpio, una comunidad situada en el poniente de San José, Costa Rica está en plena ebullición, mientras miles de personas se dirigen a sus trabajos en toda el área metropolitana de la capital tica.  Rosario hace fila para tomar un autobús que la llevará al Mall San Pedro en donde en el Food Court trabaja en un puesto de comida rápida. Mientras espera el autobús, mira a un señor de unos setenta años que le recuerda a su padre y piensa en su viejo, jubilado con una pensión de miseria y que si no fuera por los ciento cincuenta dólares que le envía mensualmente, no podría sobrevivir.

En Granada, el mercado municipal ya se encuentra abarrotado de personas buscando alimentos, frutas, verduras y demás.  Un señor septuagenario sale del mercado con varias bolsas en donde lleva provisiones para una semana y se dirige a su casa en donde vive solo.  En el camino piensa en su hija y en silencio le dirige su agradecimiento por no abandonarlo a su suerte y ayudarlo a sobrevivir sus últimos días.

En Miami son las ocho y quince de la mañana y doña Irene se encuentra atareada supervisando el movimiento de su pequeño restaurante “Sabor Nica” en Hialeah, un comensal que desayuna opíparamente en una mesa le sonríe y le pregunta por su madre. –Mañana la operan, el doctor que le quitará la catarata es uno de los mejores oftalmólogos de Nicaragua. Gracias.  De repente tiene que ir a la cocina a apurar a las cocineras pues las órdenes se están acumulando.

En la ciudad de Estelí, Ricardo llega a la habitación de su madre, doña Santos y le dice: -Acabo de hablar a Managua con la asistente del Dr. Suárez y me ha confirmado la operación para mañana a las once de la mañana.   Todo está arreglado, ayer por la tarde fui a la Western Union a retirar los mil quinientos dólares que mandó la Irene para la operación.  Así que no hay ningún problema, saldremos para Managua a las seis de la mañana.  La anciana, no puede contener su emoción y sus lágrimas ruedan de sus cansados ojos, que a partir de mañana podrán funcionar bien y piensa para sus adentros: -Dios te bendiga hija.

En la provincia de Quebec, en Canadá, ya son las ocho y treinta de la mañana y Arturo se encuentra lavando vajillas en un hotel del sector de Charlesbourg, a pesar de contar con un título de post grado en química, su estatus migratorio no le permite encontrar un trabajo acorde a sus capacidades.  Sin embargo, se resigna pensando que con lo que gana es suficiente para vivir modestamente y ahorrar el equivalente a cuatrocientos dólares americanos, que le envía a su pequeña hermana Susy, que estudia odontología en una universidad en Nicaragua.

En uno de los corredores de la Universidad Americana en Managua, la pequeña Susana cierra su Laptop, en donde acaba de revisar las últimas fotos que han subido en Bacanal punto com, con los asistentes a las diferentes discotecas y centros nocturnos de Managua.  Siente que su popularidad ha decaído, pues sólo apareció en una.  Se dirige a la Dirección Administrativa de la universidad para negociar un arreglo de pago, pues tiene en mora las últimas tres mensualidades de su carrera de odontología.  Ya ha pensado que manejará el rollo de que su hermano en Canadá tuvo un accidente y no ha podido enviarle dinero.  De pronto suena su celular y sólo responde:  Ok, hoy a las nueve, en El Chamán.

En la comunidad de Milpitas, Santa Clara, California son ya las siete de la mañana.  El doctor Fabián Beteta sale de su enorme casa en el vecindario de Kristinridge Way.  Siente un extraño placer al escuchar el motor de su Audi A3 y se dirige a Nimitz Freeway.  A través de su celular con Bluetooth llama a su asistente y lacónicamente le instruye: -Voy a desayunar con el Doctor Siles, llegaré al consultorio cerca de las diez, para seguir la agenda acordada. Luego agrega: –Mande un e-mail a la asistente de mi mamá y dígale que ya puede cambiar el cheque que le dejé para este mes.  El doctor, acelera y se pierde en el tráfico matutino.

En Managua son apenas las nueve de la mañana y el termómetro ya marca 32 grados a la sombra.  En medio del calor doña Merceditas llega a su oficina de bienes raíces.  Su asistente le tiene lista un recorte de periódicos con las casas ofrecidas por particulares.  Le informa que manda a decir su hijo que puede cambiar el cheque de este mes.  La señora sólo mueve lentamente su cabeza, como negando algo, mientras su bien peinada y canosa cabellera se mantiene con una elegancia de salón de belleza.  Simplemente dice:  -Rosita, cuando tengás un rato libre, vas al banco a depositarlo, de cualquier forma se tarda más de tres semanas en hacerlo efectivo.  – ¿En qué ocupé el último?- agrega.  –Compró una retratera de electroplata, para la foto del doctor, pero tuvo que ajustar pues no alcanzó con los cincuenta dólares.  –La señora sonríe y agrega: -Enviale entonces cincuenta dólares al Padre Silvio.  Luego vuelve a centrar su atención en una casa en Santo Domingo que recién apareció en los clasificados.

Y así, a lo largo del día, miles y miles de historias se entrecruzan en la distancia, historias de gratitud e ingratitud, de sacrificio y dispendio, de amor y desamor, de generosidad y mezquindad, de responsabilidad e irresponsabilidad.  Los salvadoreños llaman a los migrantes Hermanos Lejanos y hasta un monumento le levantaron en la capital cuscatleca, sin embargo, creo que todos nuestros paisanos en el exterior son hermanos cercanos, mucho más cercanos de lo que pensamos, pues en su mente vive latente su patria y sus seres queridos y las remesas que envían, bien o mal utilizadas constituyen un pilar fundamental de la economía nicaragüense.  En cierta medida, las remesas familiares subsidian la incapacidad del gobierno para generar riqueza al interior del país.  A pesar de la recesión en los Estados Unidos y una supuesta contracción en el monto total de dichas remesas, las mismas superan al volumen de las exportaciones nacionales y se mantienen por encima de los setecientos millones de dólares al año.

A estos héroes, es necesario que el pueblo nicaragüense les reconozca su empeño, su trabajo incansable, su desprendimiento y su amor por Nicaragua. Decir gracias o levantar un monumento no sería suficiente.

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7 comentarios

Archivado bajo Familia, Nicaragüense

7 Respuestas a “Mensajes de amor

  1. Mario Arguello Urtecho

    Orlando, muy buen escrito. Siempre he pensado que la cooperación y la solidaridad están en el origen de la humanidad. Empero, podria yo decir que somos nosotros los seres humano una realidad compleja, que se manifiesta en diversas dualidades. Amor, odio, gratitud e ingratitud y muchas de las dualidades que enumeras en tu escrito. Lo que es perturbante en mi opinion es el ver que en estos dias el lado malo de estas dualidades esta imperando en muchas sociedades actuales. Paises como el nuestro, El Salvador, Honduras y Mexico entre otras se estan convirtiendo en sociedades expectantes con una tendencia a la inercia por parte de los que esperan el mana del cielo(Remesas). Podria decir que entre otras causas, esto se da mucho en gran parte por el desgaste y falta de valores sociales y humanos en nuestras sociedades. Como buen optimista que soy, quisiera pensar que hay soluciones a estas desviaciones sociales y humanas.

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  2. Largo y amplio recorrido nos ofrecés con verdades más grandes que la catedral. También en lo del acomodamiento que señala el señor Argüello Urtecho, lamentablemente, hay mucha verdad. Sé que en algunos pueblos del país familiares que reciben remesas la pasan en las cantinas y en los billares, por ejemplo, malgastando el dinero recibido.

    Es un placer leerte.

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  3. A.L. Matus

    Otra vez ha dado en el clavo. Estos ejemplos ilustran lo que sucede con las remesas. No es justo que mientras los nicaragüenses en el exterior se parten la vida trabajando en condiciones sumamente difíciles, otros por acá derrochen el dinero. Claro que existen excepciones como el caso de los que invierten en educación. También hay casos como aquellos que para silenciar sus conciencias, mandan remesas simbólicas como el doctorcito.

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  4. Marco Antonio

    Asi es Dr. no seria suficiente levantarles un monumento a los que vivimos en el exterior….
    Ya hace 11 años que vivo en Guatemala lejos de mi Managua y mi colonia Miraflores, pero estoy al pendiente de enviar parte de mi esfuerzo ami familia y por suepuesto todo mi cariño, en mi pais es dificil encontrar un trabajo digno y un salario justo….
    Gracias Dr.Ortega con sus lineas escritas me identifico

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  5. Poeta:

    Genial como siempre.

    Saludos.

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  6. Mariela

    Muy acertado el artículo. Es necesario el reconocimiento público a todos los paisanos que religiosamente envían las remesas a sus parientes necesitados. Solo espero que a Doña Santos no la hayan operado en Optilaser, pues la pueden dejar ciega.

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  7. Pingback: El digno laurel | Los hijos de septiembre

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