La caridad es la llave del cielo

Si en algún lugar de Nicaragua se seguía al pie de la letra la estrofa del Himno Nacional que dice: El trabajo es tu digno laurel, era en San Marcos.  En esa pequeña ciudad había gente que tenía una verdadera vocación para el trabajo honrado.  No importaba si la persona tenía alguna limitación física; eso no era óbice para buscar el sustento mediante un trabajo productivo.  Uno de los ejemplos más claros de esta situación era la de Abel Vásquez, quien era ciego de nacimiento, sin embargo, logró superar esta limitación y se ganaba honradamente la vida vendiendo lotería.  Conducido por su lazarillo, recorría el pueblo desde muy temprano ofreciendo el premio mayor.  Era un tipo muy especial, regularmente llegaba a la botica de mi abuelo a comprar Bay Rum, tomando el vaso de la medida y echándose una buena parte encima y el resto se lo echaba a su lazarillo.  Tenía Abel también sus ratos de esparcimiento, pues cuando el Teatro Julia presentaba alguna película mexicana, entraba a escuchar la cinta.

De la misma forma, había personas que carecían de algún miembro y nunca se les ocurrió pedir limosna para ganarse el pan de cada día.  Uno de los mejores albañiles del pueblo era sordomudo y a base de señas lograba captar lo que sus clientes pretendían de su trabajo.  Mi tío, César Guevara, desde muy joven perdió la movilidad de una pierna, lo que le dificultaba su desplazamiento, sin embargo, siempre era el primero en llegar a sus trabajos y en sus ratos libres, iba a los lugares más lejanos del pueblo a poner un suero o a descubrirle las posaderas a quien necesitara de una inyección.

Sin embargo, el pueblo se veía invadido por una troupe de limosneros que durante todo el día apelaban a la solidaridad de los sanmarqueños y lo más interesante del caso es que todos ellos eran fuereños.  Seguramente al evaluar la falta de competencia de parte de los locales, miraban a San Marcos como una plaza atractiva.

El personaje más recordado y a la vez más emblemático del oficio era uno que parecía haber salido de la mente de Federico Fellini.  Circulaba en un pequeño carromato tirado por un cabro.  No se sabía a ciencia cierta cuál era su impedimento, pues a pesar de que daba la impresión de carecer de sus miembros inferiores, también parecía estar sentado en posición de flor de loto, así que era todo un misterio verlo en tan pequeña cabina.  Tampoco se sabía su nombre y la mayoría de la gente lo conocía como “El Señor del Cabrito”, que en estos tiempos podría haberse convertido en rival del “Señor de los Anillos”.  El pequeño carruaje estaba pintado de verde, con algunos adornos y en la parte posterior había una leyenda que decía: “La caridad es la llave del cielo”.  Es importante aclarar que esta persona no es la misma que se conoce en el folklore de la vieja Managua como “el del cabrito” quien también era limosnero pero a la vez majadero y vulgarazo de primera categoría.  Este señor, era más bien tranquilo, casi no hablaba, salvo cuando daba las gracias por la limosna recibida.  Su presencia era anunciada por el fuerte olor que emanaba el sufrido caprino y cuya presencia se adivinaba desde varias cuadras; animal que era fácil referencia cuando alguien no se bañaba y andaba olisco, por lo que le decían: “Yo creía que ahí venía el señor del cabrito”.

El más temido de todos era un invidente, de procedencia desconocida al igual que su apelativo y a quien se le conocía sólo por apodos, siendo los más utilizados “Mokorón” y “Tercera base” aunque muchos también se referían a él como “El ciego malcriado”.  Tenía una expresión grave y guardaba un extraordinario parecido con Sandino, máxime que le gustaba vestirse de kaki.  Era el ejemplo vivo del dicho: “Limosnero y con garrote”.  Llevaba el susodicho un garrote que le servía para guiarse y también para descargar su ira.  Cuando alguien no le daba una limosna consistente, profería los más agrios insultos y se escuchaba que le respondían, empezaba a dar garrotazos a diestra y siniestra.  Cuando en la calle los muchachos, amantes de ajochar a la gente le gritaban “Mokorón, tercera base” buscaba por donde venían las voces y empezaba a lanzar garrotazos como en piñata.  Hasta que un día, como a Juan Diego, le salió la virgen.  Alejandro Calero a quien por su tamaño se le conocía en el pueblo como “Calerón” y quien tenía una finca camino a Masatepe, llegó a donde Juan Molina a comprar provisiones en una camioneta que acababa de adquirir y a la cual cuidaba con esmero.  Estando de compras en la tienda, ocurrió que transitaba por ahí el famoso invidente y al divisarlo algunos lustradores comenzaron a gritarle sus apodos.  El ciego montó en cólera y empezó a distribuir garrotazos, echándole cada vez más swing al asunto y en una de esas alcanzó a impactar con su garrote la carrocería de la camioneta de don Alejandro.  Al escuchar el alboroto, el enorme señor salió y observó como el ciego malcriado se ensañaba contra su camioneta, lo cual provocó su enojo.  Se acercó al ciego y agarrándolo del cuello de la camisa lo levantó en peso, mientras le reclamaba agriamente.  Al pobre ciego como dice la canción, se le fueron los pulsos mmm.  Al terminar de sermonearlo, lo lanzó a media calle, ante la ovación de todos los curiosos que ya se habían reunido en el lugar.  El antes iracundo invidente se levantó zorrito, tomó su garrote y se alejó sin decir palabra y en lo sucesivo se guardó de administrar su ira, pues cuando adivinaban que deseaba tomar su garrote en son de guerra, bastaba con que le gritaran: “Ahí viene Calerón” para que se pusiera como el lobo ante San Francisco de Asís.

El que más terror infundía, especialmente en los niños, era un sujeto a quien se le conocía como “El dundo”.  Era un hombre de edad indeterminada que parecía haber sufrido parálisis cerebral, pero que en aquellos tiempos la gente consideraba que se trataba de algo diabólico o de algún pecado de parte de sus padres.  Caminaba dificultosamente, no podía hablar y los únicos movimientos coordinados eran los que hacía para meterse las monedas que recibía en el bolsillo del pantalón.  Llevaba una vara amarrada a su mano con una correa de cuero.  La saliva se le iba acumulando alrededor de su boca, de la cual sólo emanaba un ininteligible murmullo.  No era violento, sin embargo, su apariencia hacía que los niños corrieran a esconderse cuando aparecía.  En Jinotepe, por alguna razón se le conocía como “Figurín”.

Había un tipo bastante bajito, menudo, que caminaba como Chiquito de la Calzada y hablaba como Joselito.  No se le observaba ninguna limitación visible, salvo la desvergüenza de vivir de la caridad pública, pues poco le faltaba cantar aquella tonadita de los Churumbeles:  Porque nací gitanillo, le tengo miedo al trabajo. Le decían Juan Capullo y lo interesante de este sujeto es que cuentan que cuando murió se encontró en su casa una cantidad impresionante de dinero, producto de las limosnas que recibía, las cuales prestaba a un interés leonino.

Había un ciego que llegaba del lado de La Concha y que lo conocíamos como el Corazón de Jesús, pues tenía barbas hirsutas y ponía una expresión que lo hacía idéntico a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús de donde las Pérez, un cuadro que tenían en la sala y que si mal no recuerdo estaba adornado con dos lámparas rojas que simulaban dos pebeteros.  Este ciego empezó pidiendo con la cantaleta, “Una limosnita por el amor de Dios”, sin embargo con el tiempo lo deformó a “Menemenemen Mo Te Tioooo”.

También llegaban, quién sabe de dónde, dos mujeres a cual más folklórica, una de ellas era ciega y se llamaba Julia, portaba unos lentes oscuros, casi negros y era buena al perico, se dilataba en cada lugar platicando de Raymundo y todo el mundo.  Otra todavía más estrambótica era la Pío Pío, apodo que nunca supe a qué se debía, ni tampoco recuerdo cuál era su impedimento, pero se vestía con un traperío y cargaba con un motetero que no era jugando.

Mi abuelo tenía un presupuesto diario para dar de limosna en efectivo y cuando se terminaba se procedía a entregar un bollo de pan o cualquier otro alimento, sin embargo, algunos eran tan especiales que arrugaban la cara cuando no les tocaba “oro físico”.   En algunas ocasiones, por vagancia tomábamos de un recipiente en donde se almacenaban los “centavos negros” que habían salido de circulación y se los entregábamos a esos menesterosos, sin embargo, todos ellos eran abismo sin apeadero y detectaban el engaño, lanzándonos cualquier tipo de epíteto.  Al único que teníamos vetado y lo mandábamos a volar era un tipo bastante joven, cuyo único defecto era que tenía el pie derecho tieso, andaba descalzo y parecía como cuando alguien prueba la temperatura del agua del mar, sin embargo, daba la impresión que fingía.

Fue después de muchos años, que haciendo un recuento de todos estos especímenes, que llegué a la conciencia de que en San Marcos no había pordioseros.  Todos eran importados.  Es hasta ese momento que uno llega a valorar todo aquellas lecciones de orgullo y entereza de parte de tantos conciudadanos, que sin importar sus limitaciones o adversidades hacían del trabajo su digno laurel.  A todos ellos, mi reconocimiento imperecedero y mi sincero agradecimiento por su invaluable ejemplo.

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8 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

8 Respuestas a “La caridad es la llave del cielo

  1. A.L. Matus

    Debe ser motivo de orgullo haber crecido en una ciudad con ese gran apego al trabajo. Mucho tiene que ver en la actitud de algunas personas de luchar contra los impedimentos para salir adelante, la solidaridad de sus familiares que lo apoyan para que encuentre alternativas para sobrevivir por sí sólo.

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  2. Estupendo artículo. Ojalá el ejemplo de los sanmarqueños se extendiera.

    Gracias y salud♥s

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  3. barrunto

    Juan Capullo era todo un caso. Dejaba su ropa fina en un buzón ubicado entre el cementerio y San Dionisio y se vestía con su atuendo de pedigüeño, no sin antes aplicarse su dosis de yodo en el pecho. Algunas veces se olvidaba de quitarse el Novelti Sello de Oro pulsera dorada de la muñeca.Algunos aseguraban que se bajaba de un Jeep ,que tambien dejaba camuflado.
    Excelente, un abrazo.

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  4. Edwing Salvatore

    Maestro, ¿qué informacion tiene usted de don Benicio Herrera Rocha, el dueño de la famosa Sorbeteria Herrera de Jinotepe, situada a la par de la Normal Rooselvelt. Tengo entendido que era de San Marcos y se caso con una madre soltera que tenia una hija y por la verguenza se traslado a Jinotepe? Esa sorbetería es toda una referencia de toda la region. Gracias

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  5. Poeta:
    Tantos recuerdos olvidados que vos, me los recuerdas de nuevo, como te decía en otro comentario, están por un lado, pero se me olvido la músiquita. Que lindo que vos los recuerdes y compartas con nosotros,todos esos personajes que tu nombras, los recuerdos totalmente. Recuerdas tambien el que, vendía agua, en un carretón jalado por un caballo?
    Un fuerte abrazo Poeta, se te quiere y aprecia.

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  6. Del unico que me acuerdo es de mocoron y es porque mi papa si mal no recuerdo. Leia el periodico (novedades y la prensa) con su trago de old parr sentado en la esquina de la casa. Cuando mi papa veia a mocoron. Le decia aja mocoron…y es cierto que ya no robas gallinas…a lo que mocoron respondia. Ingeniero…ingeniero…no sea asi…deme una limosna…entonces mi papa le decia…ok cual es el de diez y el de veinte…a lo cual mocoron ni corto NI perezoso. Se quitaba los lentes oscuros…y señalaba ESTE. Con lo cual se “ganaba” el billete de veinte. Depues le decia: “Ingeniero y para la sed”. A lo cual mi papa le decia: “Lleno o a la mitad”. Y dependiendo de la sed de mocoron…se tomaba de un trago el vaso lleno (o a la mitad) de old parr.
    Tambien mocoron decia que el fue alistado de Somoza y que habia quedado “ciego” durante la guerra de mocoron. Esa historia la narraba despues del vaso de old parr.

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  7. Mario Arguello Urtecho

    Es increible Orlando como tus escritos me hacen retornar al pueblo de antano con sus tipicos personajes pueblerino. Todo ha cambiando, todo avanza, caen viejas construcciones y nuevos edificios surgen mas sin enbargo nombres como Mocoron, La Pico Rojo y la Rosa Flaca entre otro de los que tu mencionas en este escrito sobreviven. Por otra parte yo tambien admiro he admirado a aquellas personas que salen o buscan como salir adelante aun con sus limitaciones fisicas. Estas personas son dignas de admiracion y de ejemplo social de lo que es la dignidad del hombr. Hojala como dice Melba el ejemplo de lo que fue San Marcos con su gente en esos tiempos se extendiera por todo lo ancho de nuestro querido pais.

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  8. Cesar Campos Aragon

    asi es Orlando!! San marcos en esos años tenía menos de 5000 habitantes con todas sus comunidades, pero se vivía la floreciente y empuje de la mejor economía de centroamerica y parte del caribe el cafe en San Marcos y sus beneficios,otros rubros, estaban en los cuernos de la abundancia, se mataba diario res (tres o cuatro cabezas) y cerdo , los trabajadres del campo tomaban sopa los sabados y domingos ,hoy con mas de treinta y cinco mil habitantes no se mata una vaca y los domingos la destasan y queda venta para el dia siguiente,

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