Archivo diario: febrero 6, 2010

El legendario Town Club

Para el año 1957, San Marcos, Carazo parecía estar despertando a la modernidad.  La ciudad había sido seleccionada para albergar a la nueva Escuela Normal de Señoritas que con el nombre de Salvadora Somoza funcionaba hasta ese entonces en la ciudad de Jinotepe.  El ambicioso proyecto contemplaba la construcción de un complejo educativo con todas las especificaciones que una nueva escuela normal demandaba, además que gracias a un convenio con la UNESCO, un grupo de chilenos especialistas en pedagogía vendría a Nicaragua a brindar asistencia técnica en el nuevo modelo educativo.

De esta manera, un enorme terreno contiguo a la finca El Convoy, fue preparado para la construcción del moderno campus que sería la más moderna escuela normal de toda Nicaragua y tal vez de Centroamérica.  El diseño era impresionante, pues contaba con aulas, auditorio, comedor, cocina, dormitorios, biblioteca, instalaciones deportivas.  Cuando la escuela estuvo finalizada todos los sanmarqueños pasaban orgullosos admirando aquella obra que además comprendió la construcción de la escuela primaria de niñas, que quedó anexa a la Normal.  Una especial satisfacción mostraba el alcalde de San Marcos, don José Antonio Serrano Robleto que miraba que durante su gestión el pueblo progresaba a pasos agigantados, pues además nuevas residencias empezaron a construirse y la economía local reforzada por el auge en el cultivo del café, le imprimían un aire optimista a su desarrollo. En el edificio del Cabildo Municipal, se instaló la primera biblioteca infantil que fue bautizada con el nombre de Club de Letras y contiguo a este edificio se localizó la primera sede o “cueva” del recién fundado Club de Leones.

Animado por este auge, don Ramiro Campos, hermano de doña Amada Campos viuda de Somoza, quien residía en los Estados Unidos, decidió invertir en un restaurante bar que atendiera la demanda de una población en pleno crecimiento.  A esa fecha, San Marcos contaba sólo con los restaurantes de Chugén y de Santiago José y respecto a salones de baile el único local que cubría la demanda de todo el pueblo era el Cabildo Municipal.   Así fue que nació el restaurante bar que se construyó en el costado sur occidental del parque municipal, bautizado con el nombre de Town Club y que se convirtió en un icono regional durante los siguientes veinte años.

El local tenía un área techada que comprendía un salón con mesas, así como la cocina y en el extremo norte, una fila de “reservados” para encuentros especiales.  Había una roconola que animaba el ambiente.  En el extremo oriental del local, estaba la pista de baile, al aire libre, la cual era ovalada y tenía una extensión considerable en donde fácilmente cabían cincuenta parejas.  En el borde de la pista, había un pretil curvo que servía de límite y protección de la misma y en su parte interior había luces de colores que la convertían en un lugar de ensueño para bailar.  En el extremo sur de la pista, había un reducto en alto para ubicar a la orquesta, pues no podía concebirse un baile en ese local que no fuera con música en vivo.

A pesar de que el Town Club no mostraba un abarrotamiento en su afluencia diaria, siempre había una regular asistencia durante todo el día, pues lo mismo podía verse muy temprano a Don Frank Irschitz desayunando, que a funcionarios del Ministerio de Educación almorzando o bien en la noche parejas de enamorados que acompañados por una Coca Cola se hacían falsos juramentos de amor en los “reservados”.  No obstante, lo que ponía de bote en bote al Town Club eran las fiestas.  Generalmente programadas para la época de verano y en especial para las fiestas de abril, pues durante la época lluviosa era imposible la utilización de la pista de baile. En esos eventos, se cubría de mesas toda el área exterior junto a la pista para dar cabida a la muchedumbre ansiosa de demostrar sus mejores cualidades coreográficas, al compás de la música de los más afamados grupos del país.

Por el Town Club desfilaron las más importantes agrupaciones musicales del país y fue una lástima que para su inauguración ya agonizaba la legendaria Jazz Carazo.  No obstante las mejores orquestas y grupos musicales pasaron por el Town.  Tal vez no me daría la memoria para nombrar a los distinguidos músicos que desfilaron por ahí, sin embargo recuerdo muy vívidamente la ocasión en que llegó como cantante estrella la exótica Sadia Silú quien nos deleitó con su éxito Corn Island y aquel sensual bolero llamado Tenías que ser tú y que ella en su portoñol cantaba como Habías de ser tú.

Es indudable que los grupos que más sensación causaron en el Town Club fueron los locales.  Los Panzer vinieron a revolucionar la música romántica, realizando versiones modernas de los boleros clásicos y a pesar que se dice que el grupo era originario de Diriamba, la preponderancia de los hermanos Jerez, sanmarqueños puros, los hacía hijos dilectos del pueblo.  Posteriormente aparecieron en escena los S.M. 70, grupo fundado por la familia Hurtado, que llegó terremoteada al pueblo y se convirtieron en sanmarqueños por adopción y siguieron una línea parecida a la de los Panzer.  Para gustos más refinados surgió el grupo Barrunto Persuasión,  integrado por sanmarqueños y uno que otro caraceño, aunque ensayaban en Las Esquinas.  Este grupo logró un estilo más cercano al rock, con muy buenas versiones de los éxitos de Santana, Three Dog Night, Bread, Nielsen, Stevie Wonder, Eagles, Grand Funk, Stealy Dan, War, Cream, Rolling Stones, The Beatles, entre otros, así como un extenso repertorio de música tropical, incluyendo la salsa que empezaba a causar sensación.  Cuando tocaba cualquiera de estos grupos el Town Club se ponía de bote en bote.

La pista del Town también vio pasar a los mejores bailarines de la época.  Ahí mostraba toda su capacidad el recordado Manuel Ulises “Meluco” Urbina, quien ganó varios campeonatos de baile, al igual que María Amalia Robleto, ambos con una agilidad que sobrepasaba su voluminosa figura.  También era todo un espectáculo observar a Don Roberto Pérez bailar un tango o un pasodoble con su prima Mina Herrera.

Otra característica del famoso club, era su muro exterior, pues el mismo estaba construido con bloques que dejaban orificios en donde otra multitud se agolpaba para mirar a los felices parroquianos, en especial observaban afanosamente las preocupadas madres de algunas jovencitas que se manejaban a mecate corto, así como muchachos que por su edad todavía no asistían a esos eventos.

Cabe anotar que después del terremoto de 1972, el pueblo mostró un dinamismo inusual y se convirtió en una ciudad que casi no dormía, pues quienes regresaban de la capital en reconstrucción lo hacían hasta altas horas de la noche y otros que tenían que llegar allá muy temprano, se levantaban muy de madrugada.  Ese movimiento dio lugar a que un par de inversionistas, creo que de Diriamba, alquilaran el Town Club para convertirlo en The Red Fox, antro que seguía la línea de la Tortuga Morada, la discoteca más famosa en la Managua pre terremoto.  No obstante, después de poco más de un año, el Town Club regresó a su modalidad original.

En los años ochenta, cuando el amanecer dejó de ser una tentación, lo mismo ocurrió con las fiestas, así que después de algunos desaguisados que incluían el lanzamiento de una granada en dicho local que afortunadamente no explotó, el legendario Town Club cerró sus puertas para siempre.

En la actualidad en el lugar que ocupó el famoso club se encuentra el proyecto de la Casa de la Cultura que comprende un edificio de dos plantas.  Hace un par de años, en el local de procesamiento de café de la familia Briceño, mejor conocido como El Banco, se inauguró el Nuevo Town Club, en donde frecuentemente se realizan fiestas y tertulias.

Estoy seguro que todos los sanmarqueños de esa época, así como muchos jinotepinos, diriambinos, masatepinos y capitalinos guardan recuerdos especiales de alguna noche en el Town Club.  Las historias y anécdotas seguramente abundarán.  Muchos coincidirán que ese mítico lugar era algo único. Yo en lo particular tengo recuerdos especiales del Town.  La primera fue en enero de 1967 cuando después del examen público del bachillerato en el Instituto Juan José Rodríguez de Jinotepe, los egresados del Instituto Pedagógico de Diriamba fuimos a celebrar al Town Club.  Recuerdo que al llegar a San Marcos fui corriendo a avisar a mis padres y luego a unirme al grupo en ese local.  Fue la última vez que muchos de nosotros departíamos juntos, después de muchos años de compañerismo.  La otra ocasión fue en abril de 1976, en el baile oficial de las fiestas de abril, cuando Barrunto Persuasión se lució tocando incansablemente hasta la madrugada y a las cinco de la mañana fuimos caminando hasta la Alcaldía, en donde nos unimos a los chicheros que iniciaban la diana por todo el pueblo.  Otro recuerdo, un tanto desafortunado fue cuando en una ocasión, no recuerdo la fecha, el Town estaba completamente abarrotado, de tal forma que algunas personas optaron por sentarse en el pretil de la pista.  De pronto la orquesta tocó un mambo y ahí voy yo a tratar de lucirme, con tan mala suerte que al momento en que le estaba echando swing a un paso, a una persona que estaba sentada en el pretil se le ocurrió estirar la pierna y de esta forma mi pie, con doscientas y pico de libras detrás cayeron sobre un zapato, escuchando inmediatamente un grito que parecía que de repente había entrado un mariachi al local.  Me asusté y no me quedó más remedio que ejecutar el paso del moonwalk y perderme con mi pareja en la muchedumbre.  Estoy consciente que lo correcto era haber ido a presentar mis disculpas, pero en la madrugada, con un nivel promedio de alcohol en la concurrencia de 1.7 Gr./L (léase hasta el hígado) y considerando que tal vez no serían machos, pero sí muchos, probablemente fue lo más prudente. Así que ahora, más de treinta años después, si usted, estimado (a) lector (a), fue el infortunado que de manera involuntaria recibió el machucón, sinceramente le pido perdón, alegando a mi favor únicamente, que en esas ocasiones lo correcto es meter la pata, no sacarla.

Es posible que el Nuevo Town Club ofrezca el cielo y la tierra, pero aquellas noches en donde la alegría parecía no terminar, cuando teníamos a la mano tantos amigos, cuando aquella querida esquina nos ofrecía la oportunidad de convivir con todos ellos, como decía Gustavo Adolfo Bécquer:  Esas no volverán.

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