Lo que será, será

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!
Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre… Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva.

Antonio Machado

Uno de los trechos más jubilosos de mi niñez eran las dos cuadras que separaban la casa de los abuelos del Teatro Julia en San Marcos.  No obstante, la dicha era inmensa cuando lo recorría con mi madre, en aquellas ocasiones en que ella lograba delegar el cuido de mis pequeños hermanos para disfrutar de una buena película.  Todavía me parece sentir aquella particular emoción de recorrer de la mano de mi madre aquel camino que se hacía largo, mientras empezaba a escucharse en el altoparlante del teatro, Ruega por nosotros en la voz de Miguel Aceves Mejía, indicativo, según mi incipiente capacidad deductiva, que la película sería buena.  Luego, cerca de la taquilla, una cajetilla de chicles Adams de frutas o un cartucho de cacao maní tostado completaban la gloria, aunque nada se comparaba con la tremenda felicidad de tener a mi madre de manera exclusiva, como lo fue un buen tiempo, en el que como primogénito gocé de esa particular prerrogativa.  Durante ese par de horas, tenía además de mimos en exceso, una gran paciencia, que al igual que don José Almanzor la tenía para traducirle al árabe todos los diálogos de la película a su esposa doña Fátima, mi madre la tenía para explicarme todas las complicaciones en la trama de la cinta, que eran demasiadas para mi edad.

Uno de esos viajes maravillosos al cine que perduran en mi memoria fue allá por 1957, entre la primera comunión y el sarampión, cuando fui con mi madre a ver la película El hombre que sabía demasiado.  En esa época Alfred Hitchcock, director del film, no alcanzaba la enorme fama que llegó a tener como el genio del suspense.  Un poco más conocido era James Stewart, el actor principal, no obstante quien llamaba la atención de manera particular era Doris Day, símbolo de la inocente mujer americana de los años cincuenta.  De la película en sí no recuerdo mucho, salvo tal vez la escena final en aquella mansión con una gran escalinata en donde se desarrolla la trama final de la cinta, sin embargo, el tema musical de esa película es algo que se quedó grabado profundamente en mi mente.

La canción que sirvió de tema a esa película fue: Qué será, será, que a pesar de la renuencia de Doris Day para grabarla, alcanzó un éxito inusitado, comenzando con el Oscar al mejor tema musical de 1956, logrando posteriormente colocarse en las listas de popularidad de todo el mundo y convirtiéndose en la canción insignia de la actriz-cantante.  Aquella pieza a ritmo de vals, cautivó también a toda la audiencia sanmarqueña y en especial a mi madre, quien por mucho tiempo la cantó en medio de sus cotidianos afanes.  A mí me gustó mucho, sin embargo, no lograba comprender el espíritu de la letra, pues de entrada me sonaba a un acertijo o adivinanza.  Esta confusión pudo haberse debido a que la frase original se dio en italiano, che será, será y aparece en Doctor Fausto de Marlowe y posteriormente, en la película La condesa descalza,  en donde constituye el lema de la familia Torlato-Favrini a la cual pertenece el personaje de Rosanno Brazzi, siendo que en ese idioma es más fácil captar el sentido de lo que será, será.

Aun con las explicaciones de mi madre sobre su apreciación respecto al significado de la canción, a esa edad, el concepto del futuro era tan etéreo, tan perteneciente a lo mágico y remoto, que tampoco alcanzaba a comprender la expresión de esa canción: the future´s not ours, to see.  Así que la canción se quedó más que nada en una melodía pegajosa que por mucho tiempo mi madre y yo disfrutamos en sus diferentes versiones, recordando siempre aquella película o más bien la dulce experiencia de aquellas escapadas hacia el Teatro Julia.

No fue sino hasta cincuenta años después cuando por casualidad volví a escuchar aquella magnífica canción, que empecé a reflexionar sobre su significado y la manera cómo mi madre lo hizo propio para señalarnos el rumbo de vida que marcaría nuestros destinos.  Por muchos años durante nuestra niñez, la única preocupación que teníamos era estudiar, jugar y pensar cómo debíamos distribuir el tiempo para ambas actividades.  Mi padre se ocupaba de allegar recursos al hogar y mi madre de administrarlos eficientemente y así aquellos ingresos alcanzaban para llevar una vida tranquila aunque sin opulencia, en cambio cada tiempo de comida se convertía en un banquete gracias a la creatividad de nuestra madre.

Ella nunca nos animó a mirar el futuro como una meta determinada, así pues, cada quien desde pequeño manejó un impresionante abanico de vocaciones que comprendía aspiraciones para llegar a ser médico, torero, pianista, boxeador, bombero, beisbolero, farmacéutico, arzobispo, piloto, director de orquesta, astronauta, vaquero, súper-héroe, sin embargo, al final, cada quien se convirtió en lo que sus circunstancias particulares le marcaron y al final de cuentas ninguno siguió lo que originalmente había soñado.

Así pues, nuestra formación en el hogar fue más bien orientada a forjar un carácter que fuera como una de esas hojas de acero, lo suficientemente fuerte para resistir los embates de la vida, pero lo suficientemente dúctil para adaptarnos a las circunstancias que fueran surgiendo en el camino.

Esta forma de entender la vida fue la que tiempo después nos hizo identificarnos plenamente con Antonio Machado, cuando Serrat nos lo ofreció en la bandeja plateada de su música: Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.  Caminante, no hay camino sino estelas en la mar.

Cuando nuestras alas empezaron a embarnecer indicándonos que era hora de abandonar el nido, mi madre con una absoluta tranquilidad nos miró remontar el vuelo, con la certeza de que estábamos preparados para librar nuestras propias batallas.  Y así fue, ese camino no se nos presentó pavimentado ni apareció un arco iris al final de cada jornada, sino que ha sido un camino abrupto, lleno de vicisitudes, pero aquella fortaleza inculcada en el hogar sirvió para salvar todos los obstáculos.  De esa forma, aprendimos a aprovechar el día, a andar los caminos golpe a golpe.  No tenemos planes a quince años como pregonan los ahuizotes, sino que juntamos fuerzas para el día a día.

Cuando murió nuestro padre, ella nos dio una lección de fortaleza admirable, superando el dolor con una entereza que sólo un ser como ella podría haberlo hecho y con esto consiguió que nosotros lográramos sobreponernos de tan aciago golpe y aprender con su ejemplo que la vida puede tumbarnos, pero hay que sacar fuerzas para levantarnos y seguir adelante.

Ahora que mi madre está en la cima de la montaña, puede ver con claridad que la semilla que lanzó cayó en tierra buena, pues sus hijos supieron escuchar sus sabios consejos y tuvieron la perseverancia para ponerlos en práctica y al tiempo de cosecha puede enorgullecerse de haber obtenido el ciento por uno.  Sus hijos sin excepción le profesan admiración y respeto, aunque no les alcanza el amor para regresarle todo el que ella a manos llenas les prodigó.

Yo que todavía recorro el trecho escarpado, al recordar aquella película que disfruté con ella, me doy cuenta de que no hay hombre que sepa demasiado, sin embargo, una tremenda verdad es que lo que será, será.

QUE SERA, SERA VERSION ORIGINAL DE DORIS DAY
QUE SERA, SERA, VERSION DE NIÑOS TAILANDESES
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8 comentarios

Archivado bajo cine, Familia, Mùsica, Nicaragüense

8 Respuestas a “Lo que será, será


  1. Precioso escrito. Felicitaciones por tener la madre que tenés. Felicitaciones a doña Belya porque supo sembrar el bien en sus hijos que hoy la adoran merecidamente.

    Un fuerte abraz♥

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  2. Orlando, tu relato es todo un Poema dedicado a tus Padres y que bien lo haces, así tendrían que ser todos los hijos del Mundo, orgullosos de sus seres queridos, que hicierón posible que, llegaramos aca y seguir adelante, con la frente en alto.

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  3. A.L. Matus

    Creo que su mamá debe de sentirse muy orgullosa de tener hijos que la respeten y admiren como ella se merece y además que sepan expresar todos sus sentimientos hacia ella con la delicadeza con que usted lo ha hecho. Felicidades

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  4. Yolanda

    Como dice el Libro en Proverbios 23:22-25: “Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies. Compra la verdad y no la vendas; la sabiduría, la enseñanza y la inteligencia. Mucho se alegrará el padre del justo, y el que engendra sabio se gozará con él. Alégrese tu padre y tu madre, y gócese la que te dio a luz.” Me parece conmovedor ese reconocimiento a su mamá, el Señor lo guarde por ser agradecido.

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  5. Julio S.

    Orlando: No tengo más que decirte: sublime. Tuve la oportunidad de conocer tu casa, a tu papá el Dr Orlando y por supuesto a Doña Belya, allá por los años 74 0 75 cuando era muy amigo de tu hermano Barrunto. No exagerás en nada, dichosa Doña Belya de tener los hijos que tiene ,ejemplo de generaciones.Desde aquí un saludo a todos los Ortega y mis oraciones por la salud de tu mamá.

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  6. Oswaldo Ortega

    Brother: Debió haber sido muy complicado limitar a una sola página la expresión de tantas virtudes centradas en una sola persona. Con el tiempo aprendí que la ópera Carmen de Bizet encerraba una tragedia violenta pero por mucho tiempo la suite 1 de Los Toreadores fue para mi un himno a la alegría por asociarlo con aquellos dias gloriosos sentados en la cocina de la casa de San Marcos escuchando de la voz de nuestra madre aquellas extraordinarias historias de mundos mágicos con principes, duendes,caballos que volaban o peces que cumplian los deseos de un leñador. Ella es la responsable que nuestra filosofía de vida se haya reducido a anteponer el amor por la familia y asegurar siempre momentos gratos que brotan de las cosas más sencillas que hay que saber apreciar y sobre todo agradecer.

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    • Noel Sanchez

      Las madres son la mano que siembra la semilla, la riega y la cuida hasta hacer brotar la bella rosa que queda encendida en nuestros corazones por toda una vida. Recuerdos que nunca se olvidan y un mundo mágico y a la vez protector que nos dará la seguridad para lanzarnos hacia el futuro sin temor alguno.
      Felicidades por todos tus escritos, Orlando. Siempre recuerdo la segunda etapa de nuestra formación con los Hermanos Cristianos de La Salle, el recorrido del bus con Raul y por supuesto a todos los semi-internos del colegio. Siempre me pregunté el por qué de sus nombres, Orlando, Oswaldo, Ovidio. ¿Sería acaso que tu mamá veía el rostro de tu padre en cada uno de sus hijos?
      Un saludo fraterno.
      Noel Sánchez Serrano.

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  7. Pingback: La canción del adiós « Los hijos de septiembre

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