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Uno de los flagelos más crueles que sufren las personas que viven en las ciudades circunvecinas y que trabajan en la ciudad capital, es el transporte interurbano.  Además del pésimo servicio, tarifas al alza y bellaquería de los conductores; en los últimos años pareciera que el índice de accidentes en donde los cafres de los microbuses interurbarnos han sido protagonistas, se han incrementado, tanto en número como en la gravedad de sus consecuencias.

Es triste recurrir al dicho –todo tiempo pasado fue mejor- sin embargo, esta situación por la que atraviesa el transporte interurbano nos hace preguntarnos ¿Qué pasó?  Antes, definitivamente no era así. Viajar era mucho más seguro y en algunos casos placentero.

Si usted estaba en Managua y deseaba viajar al tramo comprendido entre San Marcos y Diriomo, debía llegar al Mercado Boer  y en el costado occidental, propiamente donde tenía su farmacia la Dra. Carmencita Sotomayor, estaba la “parada” de los buses hacia ese rumbo.  De ese punto salían durante todo el día buses de las diferentes líneas que cubrían las rutas hacia “los pueblos”, esparcidas en el espacio entre las seis de la mañana y las siete de la noche, con mayor concentración cerca del mediodía y las cinco de la tarde.

En dependencia de la flexibilidad en el horario que tuviera el viajero podía escoger entre las diferentes líneas de buses, pues cada una de ellas tenía un estilo de servicio diferente.

Quienes detestaban la velocidad y las emociones fuertes escogían a los Transportes Rugama, cuya unidad era conducida por un señor maduro, con cara de pocos amigos que tenía dos rótulos que resaltaban al frente del interior de la unidad, “Dios bendiga nuestro camino” y “Dichosamente aquí sólo viaje gente decente” y por algún motivo desconocido, un pequeño rótulo de Ripercol con la imagen de un enorme buey.  El señor conductor parecía heredero de Job, no por el buey, sino porque hacía gala de una tremenda paciencia y conducía a una velocidad de crucero de 60 kilómetros por hora, descendiendo en los tramos peligrosos hasta los 40 kilómetros por hora, cubriendo el tramo de Managua a San Marcos en hora y veinte minutos, dependiendo de las paradas intermedias que realizara y que el ayudante requería una vez que se pasaba el puesto de Nejapa, con el grito: “Esos que van al camino”, debiendo avisar y pagar anticipadamente quienes se bajaban en Monte Tabor, El Cañon, El Tizate, El Boquete y demás puntos intermedios.

Las damas que eran proclives al flirteo preferían el bus de los Transportes Hermanos Silva de Masatepe, que era conducido por sus propios dueños, los hermanos Elman y Holman que eran los Tenorio de la ruta, pues con sus cortes de pelo al estilo Dr. Chivago y sus bigotes de Clark Gable se consideraban los galanes de la carretera.  Era un bus pequeño, con la mitad de la longitud de los estándares lo que lo hacía más ágil y rápido y por lo tanto, la ruta la cubrían velozmente, con gran pericia y precaución. Era incómodo pues le habían agregado más filas de asientos para que compensara el tamaño, así que uno viajaba encogido como astronauta.  Salían temprano de Managua pues llegaban casi de madrugada con el cargamento de la vivanderas del Mercado Boer que venían de Masatepe, así que esa primera corrida era olorosa a nacatamal y hierbas.

Una de las líneas con mayor demanda era definitivamente el San Fernando, propiedad de la familia Gaitán de Masatepe y que se caracterizaba por su puntualidad, prudencia y cortesía de su personal.  En todas sus corridas el bus iba completamente lleno, por lo que desde un inicio el ayudante del bus, un chaparrito, moreno y “culoatuto” como dirían algunos Managua, ponía el orden con la advertencia: “Donde van de dos, son tres”, esto quería decir que aunque los asientos del bus hubieran sido diseñados para dos pasajeros, la capacidad efectiva del bus era de tres por asiento.  Así que cuando se trataba de viajeros robustos no quedaba de otra más que “sacar manteca”.  El conductor tenía una enorme experiencia en ese trayecto y conducía a una velocidad de 75 kilómetros por hora, descendiendo a 55 kms. en las curvas de El Crucero. Su costo era más elevado que el resto, mientras la mayoría cobraba 3.00 córdobas, el San Fernando cobraba 3.50, es decir 50 centavos dólar.

Para quienes se deleitaban con las emociones fuertes o bien necesitaban llegar urgentemente a su destino estaban los Transportes San Pedro, de Diriomo, cuyo bus era conducido por un joven que parecía salido de la portada de un disco de Credence Clearwater Revival.  Lo que le ponía la nota al viaje era la música que llevaba el conductor a buen volumen, pues predominaba Jimi Hendrix con sus fantasías en la guitarra y de repente daba la apariencia de emanar del interior de la unidad una nube de humo color púrpura.  Así que por una módica cantidad el viajero lograba un Magic Mistery Tour, que con la velocidad que desarrollaba el temerario conductor a veces se cubría en unos cuarenta minutos.

El único microbús que cubría la ruta era El buen vecino, propiedad del buen amigo Don Edgardo Gutiérrez de Masatepe, sin embargo, el conductor era tan precavido que manejaba a velocidades tan reducidas que el viaje se tardaba cerca de hora y media.  Un poco después de este microbús salía un bus ideal para quienes no eran supersticiosos y les gustaba lo esotérico, era la línea de Los Brujos, de Diriomo que alcanzaba rápidamente al Buen Vecino y cubría rápidamente su ruta.

Una línea que se adelantó definitivamente a su tiempo fue la de los Transportes Mercado, de La Concha, que fueron los primeros que llevaban un conductor designado.  Siempre viajaban dos hermanos que eran tan responsables que se ponían de acuerdo respecto a quién podía echarse sus rielazos, de tal forma que el que permanecía completamente sobrio se hacía cargo de manejar el bus, mientras que el sesereque hacía las veces de perico.

A las seis treinta de la tarde salía del Boer un bus pequeño, como el de los Hermanos Silva llamado el Thomas, al que muchas señoras llamaban el Santo Tomás.  Quienes perdían ese bus debían forzosamente abordar el Cantillano, que salía a las siete de la noche y que era como decía Electric Light Orchestra, Last train to London.  Este bus recogía a todos aquellos que por motivos recreativos, la mayor parte de carácter etílico, se quedaban después de la jornada laboral.  El recorrido del Cantillano era diferente, pues en la quietud de la noche, el pequeño bus, repleto de viajeros iba en un extremo silencio, de tal suerte que a lo lejos parecía el Buque Fantasma.  Cerca de las ocho, se aparecía el bus por San Marcos y su arribo causaba expectativas entre los paisanos, pues las miradas escudriñaban a los viajeros que descendían, ya fuera una damisela que cargaba un pecado que la hacía parecer al tipo de la Emulsión de Scott o bien aquellos que bajaban con extremada precaución e iniciaban la interminable marcha hacia su casa, con pasos emulando a John Wayne y pensando en el pretexto que debían de inventar en el camino.

Para quienes deseaban un transporte más exclusivo y veloz, estaban los taxis “intermortales” que tenían su “parada” en el cafetín llamado “El buen tono” frente a la Estatua de Montoya y que al costo de 7.00 córdobas, es decir un dólar, transportaban de seis a siete pasajeros en menos de lo que canta un gallo.

Definitivamente como decían: Ay, qué tiempos señor Don Simón.  Uno de los recuerdos que más se han clavado en mi mente es aquel aroma del Mercado Boer, mezcla de frutas, hierbas, refrescos naturales y remedios de farmacia, mientras un poderoso motor ronroneaba y el perico con una voz de tenor anunciaba: San Marcos, Masatepe, Niquinohomo, Catarina, Diriá, Diriomo.

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