El chile del buen samaritano

Chile congo y roble.  Foto: Orlando Ortega Reyes

Para inicios de los años sesenta la población de Managua iba desplazándose fuera del centro de la ciudad al empezar a descubrir el encanto de los suburbios y de esa forma empezaron a surgir repartos ubicados fuera del entonces perímetro de la capital, como el caso de Altamira y Los Robles al sureste.  En el oeste de la ciudad, en donde finalizaba el antiguo barrio de Monseñor Lezcano, la inmobiliaria de Julio Lalinde empezó a urbanizar unos terrenos que bautizó con el nombre de Loma Verde, tal vez porque al extremo occidental de los mismos había un montículo que alguna vez tuvo un verdor que resaltaba.

Algunas familias empezaron a adquirir terrenos en Loma Verde y a construir sus casas.  En aquellos tiempos La Financiera y La Inmobiliaria otorgaban créditos en condiciones favorables y poco a poco el nuevo reparto se fue poblando.  Entre esas familias estaba la del Dr. Julio Miranda Cortés, abogado de la inmobiliaria de Julio Lalinde.  En 1963 construyó su casa en el extremo oriental del reparto, colindando con Monseñor Lezcano y a la orilla de una avenida que formaba el cauce que bajaba del kilómetro cinco de la carretera sur y llegaba hasta el Lago Xolotlán a la orilla de Acahualinca.

Con el ánimo de que su nuevo hogar luciera acogedor, el Dr. Miranda sembró cuatro árboles al frente de su casa.  En la acera plantó tres robles y frente al porche, una casuarina, árbol que muchos tienden a confundir con una especie de pino, sin embargo se trata de una latifoliada y no una conífera.

El tiempo fue pasando y los árboles empezaron a crecer y a ser testigos de cómo poco a poco, la tranquila zona de Loma Verde fue adquiriendo un dinamismo inusitado.  Con la creación de Linda Vista unos metros más al norte, el movimiento se incrementó y años más tarde, Las Brisas vino a cubrir el occidente hasta la refinería.  La avenida natural fue convertida en la 35 Avenida Oeste, misma que fue adoquinada y conectó desde el kilómetro 5 de la carretera sur hasta la calle que venía de la prolongación de El Triunfo al extremo de la colonia Morazán.

Después del terremoto de 1972, la presión del comercio sobre las zonas residenciales se incrementó y se perdió para siempre la tranquilidad que se vivía en esas zonas.  Linda Vista se convirtió en un eje comercial en el occidente de la capital y la 35 avenida en uno de los principales corredores de Managua.

Los tres robles continuaban creciendo y ocupaban todo el frente de la acera de la casa del Dr. Miranda, ofreciendo su fresca sombra cuando el sol de la tarde proyectaba sus rayos de manera inclemente y en verano adornando la calle con sus abundantes flores.  La casuarina por su parte, poco a poco fue pudriéndose por dentro y en un momento debió cortarse.

En 1992 el Dr. Miranda se rindió ante la muerte.  Sus tres robles lo vieron salir hacia su última morada.  Parecía mentira que partiera tan pronto ese hombre tan fuerte como sus robles, luchador incansable por el deporte amateur, verdadero fundador del Comité Olímpico Nicaragüense, prisionero del régimen después del asesinato de Somoza García, apasionado de la sociología y de quien se dijo fue quien le enseñó los fundamentos del socialismo al propio Carlos Fonseca Amador.

Actualmente los tres robles continúan flanqueando la casa y siguen desafiando a las caudalosas corrientes que bajan del sur cuando llueve torrencialmente y a las frecuentes podas que realiza Unión Fenosa para resguardar la seguridad de la conducción eléctrica.  Otro embate que tienen que resistir, es la impresionante cantidad de basura que tiran en sus costados cuanto borracho y marrano se le ocurre pasar a su lado, desde botellas de cerveza hasta desechos de comida y platos plásticos, por no mencionar otras inmundicias.

Hace algunos meses, observé que a un lado del roble que está en el extremo sur, estaba creciendo una mata de chile congo.  Esta variedad de chile, cuyo nombre científico es Cápsicum Annuum, es uno de los condimentos más utilizados en la cocina nicaragüense.  En México, esta variedad es conocida como chile “piquín” y se consume deshidratado, sin embargo en Nicaragua se utiliza crudo, ya sea verde o maduro.

Lo más probable es que alguno de esos transeúntes haya lanzado algunos desechos de comida a la par del roble y entre ellos se encontrara un chile congo y de alguna forma se enterró y germinó.  La mata en cuestión creció y de repente apareció cargada de chiles.

A partir de entonces, me he dedicado a observar una extraña peregrinación alrededor del roble que alberga y protege a la mata de chiles congos.  De repente, un transeúnte se detiene y un tanto furtivamente se agacha y agarra unos cuantos chiles y con un gesto de agradecimiento vuelve a ver hacia la casa y sigue su camino.  Esta rudimentaria ceremonia se repite varias veces al día y provoca a la imaginación, pensando que la señora que con dificultad se inclina para tomar los chiles que pone en su delantal, luego los empleará para darle sabor a una suculenta sopa de gallina, o bien, el barbero del sector que haciendo un rápido giro, como a la navaja, corta sus chiles para una ensalada callejera que pondrá sobre sus tajadas fritas, o la emperifollada señora que viene del supermercado con su libra y media de costilla de res y se lleva sus cinco chiles para que amarre su sopaza, o la atolondrada fámula que se lleva una media docena para rellenar el chilero de su patrona, la elegante secretaria que se saborea un rico vigorón con su ensaladita picante, el maestro que casi entona el himno al árbol antes de cortar sus chiles para acompañar su carne asada, o el pobre orate, seminterno del hospital del kilómetro cinco que cantando La consigna corta seis chiles que le darán sabor a dos tortillas tiesas que le regalaron, un trasnochado mariachi con una mano sostiene su guitarra y con la otra corta dos chiles para sus huevos fritos y una sexoservidora que pretende pasar de incógnita, toma su dotación para una deliciosa repocheta.  Hasta uno que otro niño, con mucho respeto toma unos cuantos chiles, tal vez por encargo de sus padres o bien para jugarle una broma a un familiar.

Así la mata de chile congo, al amparo del roble, se muestra generosa con cuanto prójimo se le acerca, sin hacer distingos de edad, sexo, credo, filiación política, ocupación, preferencias sexuales y demás.  Nadie necesita pedir permiso, sin embargo, su tamaño obliga a agacharse a quien se acerca a tomar uno o varios chiles, provocando una reverencia, tal vez a manera de agradecimiento.

Es todo un espectáculo mirar a toda esa gente y sólo me intriga saber si el gran José Martí cuando escribió el poema “Cultivo una rosa blanca”, se hubiera decidido mejor por un delicioso chile congo, que tal vez no perfumará como la rosa, pero sí le da sabor a la vida.

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

3 Respuestas a “El chile del buen samaritano

  1. A. L. Matus

    Muy bonita e interesante historia. Extraña además pues este tipo de plantas son de patio y generalmente no crecen en la vía pública. Es una buena experiencia que los peatones respeten la planta y tomen de ella sólo lo que necesitan. De parte del roble pareciera un gesto noble que ante la basura que le echaron, respondiera ayudando a crecer a la planta. Me imagino, por la forma en que enfoca la historia, que el Dr. Miranda también era un hombre, no sólo fuerte, sino que noble también.

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  2. Me has abierto el apetito con esa lista de platillos nacionales, ¿te imaginás un nacatamal sin el chile congo…?D

    Salud♥s

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  3. Oscar Martinez

    No me gusta un “vigoronazo” con poco repollo y sin chile congo, como tampoco un buen “vajo” sin chile y sin algo de “gordito”. Siempre me ha gustado el chile, aunque actualmente no lo como mucho. A la sopa de gallina con albóndigas, me gusta “destriparle” con la cuchara unos tres chilitos congos. Queda bien rica, asi como la sopa de res, no digamos una buena sopa de pescado. Me ha despertado el apetito! El chile ha sido parte de la gastronomía del nicaragüense. En un tiempo estuve trabajando en la ciudad de Bluefields y el “chile cabro” no esta separado de gastronomía costeña, de tal forma que en mi casa no falta un chilero de esta clase. En otras partes le dicen “habanero”. Eso si; hay que tener mucho cuidado es bien poderoso. Gracias Don Orlando nuevamente por este bonito escrito. Hasta el titulo impresiona: “El chile del buen samaritano”

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