La Mimi

Oralya Ortega y sus sobrinos

Nuestro calendario poco a poco se ha ido llenando de toda suerte de celebraciones, como son el día de la madre, del padre, del niño, de la tierra, del amor y la amistad, de la mujer, del Español, del adulto mayor, del médico, del dentista, del libro, de la doméstica, del bombero, de la secretaria, de la enfermera y así podría seguir por varios párrafos más.  No obstante, me parece una gran ingratitud que en ese maremágnum de celebraciones no se resalte la figura de un personaje, clave, vital, imprescindible, como es el de la tía.  Es más, en algunas partes este vocablo adquiere cierto tinte despectivo.

De manera especial, en algunas sociedades como la nicaragüense, en donde pareciera que nuestra suerte es andar de desgracia en desgracia, como si el destino se empeñara en llevarnos “al bote y al meado”, la solidaridad se hace un imperativo para poder sobrevivir y es entonces cuando la familia, en primera instancia, debe asumir papeles que van más allá de los que normalmente ocurren en otras sociedades y en este contexto, la tía además de ser un elemento proveedor de apoyo económico, es depositaria de un amor subrogado que por alguna razón los padres de familia no están en condiciones de asegurar.

Puede ser que la mujer tenga o no tenga hijos, lo cierto es que en determinado momento acepta un compromiso de entrega y se convierte en un eje fundamental de la familia, aportando todo lo que su extrema capacidad está en condiciones de ofrecer a los suyos y en especial a los niños.

Yo tengo la suerte de tener una hermana.  Es dos años menor que yo y eso permitió que creciéramos juntos, compartiéramos muchas experiencias y que entre los dos se desarrollara una relación entrañable; de tal forma que cuando nació mi primogénita, mi hermana no cabía en sí de júbilo y esa niña llegó a convertirse en su adoración.  Como pronto llegó el primer varón, mi hija pasaba más tiempo con sus abuelos paternos y sus tíos, pero en especial con su “Mimi”, que fue el nombre con que cariñosamente llamó a su tía.

Mi tercer hijo recién cumplía un año cuando viajamos a México, atemorizados por los ríos de leche y miel que se venían sobre Nicaragua y nosotros sin saber nadar.  Mi hermana ya estaba allá y nos acompañó un gran trecho de la inolvidable aventura de sobrevivir en esa tierra.  De esa forma, mis hijos crecieron teniendo como un ángel guardián a su Mimi, que les entregaba su amor y su paciencia a manos llenas.

Mis hijos varones se turnaron por más de diez años en un constante peregrinar a los hospitales de México y mientras su madre luchaba hasta con los dientes por alguno de ellos, los otros dos navegaban en una plácida mar que su Mimi les aseguraba con sus mimos y cuidados.

Cuando mi hermana iba a tener a su hijo, sentí un gran remordimiento, pues creía que con mis hijos ella había agotado toda su capacidad de querer.  Afortunadamente me equivoqué, pues con la misma pasión y entrega que desbordó con mis hijos, así también crió al suyo.  Ahora él es un abogado con un futuro promisorio que le devuelve con creces todo el amor que recibió.

Fue en los noventa, cuando regresamos a Nicaragua y ella se quedó en México, que me llegué a dar cuenta la dimensión de la relación de mi hermana con mis hijos.  A pesar de la distancia, el cariño entre ellos se muestra siempre incólume.  Para mi hija, su Mimi pasó a ser su “Adorada” y para mis hijos, más reservados que una mesa en el Maxim´s, ella es la confidente con quien comparten sus cuitas.

Así como esta historia, conozco varias, de mujeres que sin tener el compromiso de la maternidad, han sacado lo mejor de sí para entregarlo a sus sobrinos y estoy seguro que muchos nicaragüenses pueden dar fe de lo que significó una tía en sus vidas.

Por eso, antes de que algún desquiciado proponga la creación del “Dia del Diputado”, debemos reflexionar sobre la necesidad de hacer patente el reconocimiento de la sociedad nicaragüense a esa figura primordial que es la tía.  No importa que al igual que existen malos padres y malas madres, hayan tías que en su corazón, nido de sierpes como diría Gustavo Adolfo, no crezca más que el egoísmo y se dediquen a hablar con un espejo.  Afortunadamente, para nuestra dicha, la mayoría de ellas son ángeles.

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

4 Respuestas a “La Mimi


  1. Sí, son incontables esas tías. En realidad es una injusticia la que señalas. Se acostumbra saludarlas el día de las madres, porque éso es lo que son, MADRES, muchas de ellas superiores a las biológicas.

    Salud♥s

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  2. A.L. Matus

    Completamente de acuerdo en la necesidad de reconocer la actuación de muchas tías nicaragüenses. Yo le debo mucho a una tía que en los momentos difíciles de la familia siempre acudió a ayudar, sin necesidad de llamarla. Muy bonito artículo.

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  3. María José Alvarez

    Dicen que a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos. Yo tendría entonces que agradecer al príncipe de las tinieblas porque tengo unos sobrinos que son como la luz de mis ojos. Los quiero tanto que daría todo porque ellos crecieran felices. Espero que cuando sean grandes, sean de agradecidos como sus hijos con su Mimi. Gracias por darle su verdadera dimensión a las tías.

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  4. Me ha conmovido esta anecdota de su hermana menor y estoy de acuerdo con usted que debiera existir un dia dedicado a esas personas que con tanta dedicación dan amor a sus sobrinos@ sin esperar nada a cambio.

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