Colevaca

francisco-obregon-colevaca.  Foto La Prensa

Cuando cumplió veintiún años, Francisco Obregón no se imaginó que el regalo que le había hecho su padrino iba a marcar su destino.  Nadie supo si en realidad el señor en cuestión lo había llevado a la pila bautismal, el caso es que este político leonés, que regularmente viajaba a la ciudad de Managua, le tenía un especial afecto a Francisco y el día de su cumpleaños le regaló un traje.  No era un traje nuevo, desde luego, se trataba de un traje que en algún tiempo le quedaba y que después de varios años de vivir en el mundo de la política, su humanidad se elevó cuatro o cinco tallas hacia arriba, de tal suerte que al no servirle, lo sacó del ropero, lo dio a limpiar y fue un regalo que cambió la vida de Francisco.

Ya con el traje, Francisco empezó a acompañar a su padrino a ciertos eventos a los que este último era invitado y quien sobre la marcha le iba ilustrando sobre las normas básicas de cortesía y modales; sin embargo, lo que forjó el carácter de Francisco fue el curso sobre autoestima que su padrino le remarcaba en el camino hacia cada reunión.  Le subrayaba que al ingresar a un local en donde se llevara a cabo un evento social, jamás debería sentirse menos que la concurrencia, es más debía mirarlos como diminutas hormigas, mínimas ante lo que representaba su presencia.  El joven aprendía rápidamente y muy pronto en compañía de su padrino ingresaba a los eventos, cada vez más frecuentes, como si fuera el propio Rey de España.  De esta forma llegó a aficionarse a la buena mesa y especialmente aquella que era ajena, no obstante siempre siguió el consejo especial que le dio su padrino, no abusar del alcohol, pues a lo sumo ingería dos aperitivos y nada más.

Como dice Luis Fonsi, “nada es para siempre” y un día de tantos, el padrino sucumbió ante un fulminante infarto al miocardio.  Francisco en su interior lo lloró amargamente, sin embargo, se resignó al entender lo invaluable que fue el legado que le brindó su padrino y que le serviría para sobrevivir por el resto de su vida.  Después de la misa de nueve días, su madrina le aliñó dos trajes viejos del finado y lo despidió deseándole la mejor de las suertes.

De regreso en Managua, Francisco pensó en aquel fabuloso mundo que le mostró su padrino y tomó la determinación de que no podía renunciar al mismo.  Pensó que una invitación no era más que la formalidad de un protocolo, que en su caso no era un requisito indispensable y empezó a presentarse sin invitación en todo evento que se celebraba en la capital.  Al comienzo, los anfitriones lo miraban con cierta compasión por la pérdida del padrino, sin embargo, con el tiempo su presencia comenzó a ser impertinente y molesta para los anfitriones e invitados; pero la determinación de Francisco, sus aires de suficiencia y en especial su descaro les impedían echarlo de los eventos.

En una ocasión, cuando en una fiesta a la cual el joven llegaba, desde luego sin invitación, uno de los asistentes, hastiado de verlo llegar siempre de “colado” exclamó: “ya viene ese cola… de vaca” y así se quedó per secula seculorum. Al inicio, fue sólo una referencia hacia el sujeto que se colaba en las fiestas y se manejaba entre los asistentes; luego, pasó a ser un apodo hecho y derecho que identificó al personaje que empezaba a ser famoso en la capital.  A esas alturas ya Francisco sabía de su apodo, no obstante, al escucharlo en los eventos nunca perdía la compostura y simplemente disimulaba.  El problema llegó cuando el apodo trascendió a la calle y cualquier hijo de vecino se atrevía a espetarle en su cara el apodo y ahí era en donde Francisco perdía los estribos, pues no toleraba que alguien de la calle se atreviera a tratarlo de esa manera y era entonces cuando sacaba “la caja de lustrar” como se decía en esa época, lanzando los improperios más procaces que podían imaginarse.  La reacción de Francisco no detuvo al vulgo que empezó a aficionarse a “torearlo” gritándole el apodo que con el tiempo llegó a contraerse a “Colevaca”.

Para los años cuarenta eran muchos los capitalinos que seguían de cerca las “aventuras” de Colevaca, quien diariamente recorría los principales lugares de Managua buscando una fiesta o reunión en donde colarse para procurase comida y bebida gratis y en algunas ocasiones irrumpía en un restaurante en busca de algún ingenuo a quien caerle en la mesa y comer y beber a sus expensas.

En el año 1948 se inauguró el Estadio Nacional, con motivo de la X Serie Mundial de Beisbol Amateur, y Colevaca se las ingenió para ingresar a los principales eventos sin pagar la entrada, apareciendo en algunas ocasiones en el dogout del equipo local.  Las funciones de beisbol se empezaron a llenar de colorido con el alboroto de los aficionados que al ver a Francisco empezaban a gritar a todo pulmón: ¡Colevaaaaaaaca!, esperando la consabida retahíla de insultos de parte del popular personaje.  En el año 1951 la selección nacional se preparaba para asistir a la Serie Mundial que en ese año se realizaría en la Ciudad de México, cuando al manager del equipo, el gran Carlos “Pichón” Navas se le ocurrió preguntarle con aire de burla a Francisco: -Ideay, Colevacá, ¿nos vas a llegar a hacer barra en México?, a lo que éste respondió – Perdé cuidado que ahí voy a estar.  Navas lo tomó a broma, sin imaginarse que meses más tarde, en el evento inaugural del torneo, con el Parque Delta de la Ciudad de México al reventar, al ingresar al campo, el equipo nicaragüense escuchó en medio de la ovación general una voz que no dejaba de gritar: ¡Viva Nicaragua!, volvieron a ver de dónde provenía el grito y casi se caen de la sorpresa de ver en el palco a Colevaca, con su infaltable traje, echándole vivas al equipo.

Colevaca se las había ingeniado, haciendo uso de su maestría, para viajar de Managua a México al puro “raid”.  En México en esa época vivían el gran poeta Salomón de la Selva y su hermano Rogelio de la Selva que era el Secretario Particular del Presidente de la República Miguel Alemán Valdés y Francisco se las ingenió para acercárseles y lograr una temporada a costillas de la buena voluntad de los hermanos de la Selva, quienes se arrepintieron de haberle dado entrada a Colevaca, pues durante su estancia en México se aparecía o bien en su casa de Las Lomas de Chapultepec o bien en las oficinas de Rogelio, en Palacio Nacinal jugando al influyente.  Cuentan que un día logró burlar la vigilancia y entrar en el despacho del propio presidente, lo que provocó un tremendo revuelo que terminó con un amable reclamo para Rogelio de parte de Alemán Valdés.

Colevaca logró concluir su “posgrado” en la ciudad de los palacios además de interiorizarse con la gastronomía mexicana que a la postre logró minar su salud, pues desarrolló una gastritis galopante.  Al sentirse enfermo, empezó a sentir la nostalgia de su terruño y solicitó el apoyo de Rogelio para regresar a Nicaragua, quien ni corto ni perezoso lo transportó a Managua en un dos por tres, obsequiándole además un par de trajes usados.

A su regreso a Managua, Colevaca aplicó sus refinamientos obtenidos en la capital azteca y se dedicó a recorrer todos los eventos sociales presumiendo de su estadía en México, avalado esta vez por las anécdotas relatadas por los miembros de la selección nacional de béisbol y algunos reportajes gráficos que publicó el periodista Julio Talavera Torres quien había viajado con los peloteros.  Esta vez no se limitaba a deambular por la capital buscando alguna reunión donde colarse, sino que irrumpía en las dependencias públicas dando órdenes, especialmente en el Hospital General en donde demandaba atención para su padecimiento gástrico.

A medida que su enfermedad fue desarrollándose, Colevaca empezó a descuidar su higiene, sus trajes fueron mostrándose más sucios y su figura que en una época se mostraba hasta cierto punto pulcra, empezó a resaltar por la indolencia y el descuido.  De la misma manera que misteriosamente apareció en la vida capitalina, un día allá por los años sesenta, Colevaca simplemente desapareció.  Dicen que con la debida antelación logró comprometer a alguien para que se hiciera cargo de su funeral.

Con el tiempo, el remoquete que le tocó cargar a Francisco Obregón, se convirtió en el habla nicaragüense en sinónimo de “colado” “sobrado” “metiche” “igualado” características que de manera aislada están enclavadas en muchos nicaragüenses.  También se han realizado estudios respecto al “colevaquismo” como algunos conocedores le llaman en el ámbito de la política y son pertinentes las cavilaciones que al respecto han realizado los Dres. Sergio Ramírez Mercado y León Nuñez.

Tal vez sea muy difícil que pueda aparecer en la vida nacional un personaje con el carácter y maestría con que Colevaca vivió su vida, no obstante, se observan casos de compatriotas que le siguen los pasos.  Al respecto, se conoce en la Managua actual a un matrimonio que con un boleto comprado con descuento y doscientos dólares pasan tres meses en Europa.  También a finales de los años noventa, en un salón de fiestas que se llamaba Sacuanjoche en la carretera a Masaya, se aparecía en las fiestas que se celebraban en dicho salón, un individuo alto, bien presentado, de traje completo, que de repente empezaba a solicitar licor y bocadillos confundiéndose con los invitados al evento.  Quién sabe a cuántos anfitriones logró burlar, el caso es que en la fiesta en que yo asistía era de un aniversario de bachillerato, en donde todos los asistentes se conocían cercanamente por lo tanto el aspirante a colevaca fue descubierto y puesto de patitas en la calle.  Al interrogar luego a un mesero confesó que era un colado que asistía regularmente a ese lugar y que no era la primera vez que lo echaban de una fiesta.

Será tal vez que Colevaca tenía su arte, o acaso sería otra época en la que él vivió su particular estilo de vida y quizá en estos dorados tiempos llenos de intolerancia y mezquindad no hubiese podido subsistir.

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, lenguaje, Nicaragüense, urbanidad

3 Respuestas a “Colevaca


  1. Desconocía el origen del término. Muy interesante.

    Salud♥s y gracias.

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  2. ¡Vaya hombre! Así que ésta es la historia detrás del apodo “colevaca”? Me encanta llegar hasta “el meollo” del chisme, esta buenísma la descendencia del término. Lo felicito. maneja muy bien el sabor criollo de las historias.

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  3. A.L. Matus

    Gracias por ilustrarnos sobre este personaje. En realidad el término “colevaca” es muy utilizado en Nicaragua, pero no se conoce muy bien de donde provenía y esta historia nos deja claro su origen y además de forma muy amena.

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