Bienaventurados los pobres de espíritu

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Para algunos se trataba de una simple leyenda urbana, otros sin embargo juraban que ciertamente había pasado.  Mi padre que era muy cauteloso en sus juicios, era de la opinión que realmente había sucedido. Lo cierto es que la historia que a continuación les presentaré fue la comidilla de los capitalinos allá a mediados del siglo XX.

En los años sesenta mi padre trabajaba en una clínica que estaba ubicada de la Hormiga de Oro cuadra y media hacia abajo, frente a donde vivía la familia Frixione.  Ahí atendía junto con los hermanos Gonzalo y José Noé Ramírez, radiólogo y dentista respectivamente y con Luis Benicio Gutiérrez, laboratorista.

Cierta vez que esperaba a mi padre en la clínica para ir al centro a comprar algunas cosas, llegó un señor de unos cincuenta años, vestido de sport, con un cartapacio bajo el brazo.  Entró al consultorio de mi padre y al rato salió, se despidió cortésmente y se dirigió a la calle.  Le pregunté a mi padre quién era el señor y me comentó que era el agente de la compañía de seguros y le llevaba unos papeles a firmar.  Agregó -y ahí donde lo ves, es millonario. Tal vez adivinó una mirada de incredulidad de mi parte que me dijo -pero lo más increíble es la forma cómo llegó a ser millonario.  Así que mientras caminábamos hacia el centro me contó la historia.

A finales de los años treinta, en la ciudad de Managua, el señor en referencia cuyo nombre omitiremos por aquello del ¡Mmmm!…, en esa época era bastante joven, vivía en una casa muy humilde, que al final de patio tenía la letrina, excusado o pon-pon como se le conocía.  En la parte posterior de esa casa, dividida por una barda, vivía un famoso prestamista, quien de repente, de una fulminante enfermedad falleció y no había terminado de expirar cuando sus parientes estaban buscando su capital.  Después de buscar por todos lados, uno de ellos lo encontró en un saco harinero, en donde bien enrrolladitos se encontraba una impresionante cantidad de billetes que sumaban una verdadera fortuna.  Inmediatamente comenzó el pleito por hacerse del saco y se originó una rebatiña que a veces parecía un partido de futbol americano, de tal forma que salieron al patio para seguir disputando el dichoso saco.

En esos precisos momentos, el señor de nuestra historia, urgido por el llamado del cuerpo había ingresado al pon-pon, en donde plácidamente realizaba su operación mientras aprovechaba la suave brisa que corría, puesto que la letrina estaba forrada de madera por los cuatro costados pero no tenía techo.  Su retiro fue interrumpido por el rumor, cada vez más fuerte, de los deudos que seguían en su lucha por el saco.

De pronto uno de ellos realizó un lance para entregarlo a uno de su bando que se encontraba junto a la tapia, sin embargo no midió sus fuerzas y el costal pasó justo encima de la tapia perdiéndose en el predio vecino.

Cuentan que el joven de repente sintió que del cielo le caía un saco en sus piernas y asustado lo tomó, finalizó su operación y regresó de prisa a su casa.  Al rato, los vecinos en manifestación llegaron a golpear a su casa, informándole que un paquete de su propiedad por accidente había ido a parar a su patio.  El joven muy atento les invitó a pasar para que lo buscaran, sin embargo el esfuerzo fue en vano.  Los vecinos no sabían qué hacer pues había sido evidente que había caído en ese predio y ante su insistencia, el joven les dijo que la única explicación era que pudiese haber caído al fondo del pon-pon, que tenían su anuencia para bajar y explorar si así lo deseaban.  Ante eso, nadie se propuso de voluntario, tal vez ahora esos participantes de los reality show de Survivor y similares se hubiera atrevido por la bolsa, sin embargo, los litigantes se limitaron a encender una antorcha y bajarla con un mecate, pero era tan profunda la letrina que no se distinguía nada y optaron por retirarse, con una enorme sombra de duda.

Dicen que el joven, humilde tal vez pero con una gran visión, nunca hizo alarde de tener el dinero.  De una manera bastante inteligente, se matriculó en la mejor escuela de comercio de ese entonces obteniendo el título de perito mercantil y luego cuentan que se fue al extranjero a estudiar lo concernientes a seguros.

De regreso, el joven fundó una correduría de seguros que se convirtió en la más próspera de la capital y de pronto, construyó un edificio de varios pisos en el propio centro de Managua.

Lo más notable de este señor es que nunca presumió del dinero que tenía, siempre vistió modestamente, se movilizaba a pie y muy pocas personas conocieron su casa de habitación.   En lo que invirtió el dinero fue en la educación de sus hijos que estudiaron en los mejores planteles.  El edificio que tenía el apellido del señor en grandes letras doradas, no resistió el terremoto de 1972 y quedó reducido a escombros.

Tenía un carácter muy especial, pues recuerdo una vez que me encontraba en la clínica de mi padre, llegó el señor con su cartapacio debajo del brazo, saludando a todos los presentes, entre los que se encontraba un barbaján que sin responder el saludo le dijo: -Ideay, fulanó, ¿no te han vuelto a caer reales mientras cagás?  Yo creí que el señor iba a reaccionar violentamente, pero me sorprendió que simplemente esbozó una pícara sonrisa y le dijo: -Sólo chochadas sos vos, fulanó.  Acordate que no sos eterno, deberías pensar en agarrar un seguro, así tu familia no quedará en la desgracia.  -Ahí, me avisás.

La verdad solamente el señor en cuestión la supo y seguramente se la habrá llevado a la tumba, lo único cierto es que actuó con extrema cordura pues tuvo la visión de que la educación es el único camino hacia el éxito.  Lo demás puede ser leyenda.  Lo interesante es que por mucho tiempo, en esa época, había personas que se pasaban horas en el pon-pon, con la vana esperanza que les cayera un saco de dinero, sin más esfuerzo que pujar.  Y todavía.

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2 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

2 Respuestas a “Bienaventurados los pobres de espíritu

  1. Muy simpática historia :D:D:D:D:D

    Salud♥s

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  2. Oswaldo Ortega

    Esta amena historia echa por tierra aquel adagio que dice: “Dinero en manos de pobre…. pobre dinero”

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