La fiesta de los chivos

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Dicen que la profesión más antigua del mundo es la prostitución, aunque algunos aseveran que el más remoto en realidad es el oficio de los políticos, por aquello de que al principio era el caos.  De cualquier forma, la prostitución es una actividad tan vieja como la humanidad misma y por lo tanto, un oficio correlacionado que se fue desarrollando a la par de este menester fue la figura del hombre que convivía con las prostitutas y que de alguna manera usufructuaba el producto de los servicios que aquella prestaba.  Este oficio tiene diferentes denominaciones en todo el mundo, proxeneta, chulo, rufián, padrote, pimp, souteneur, pappone, caften, etc.

En Nicaragua a quienes se dedican a este oficio se les llama “chivos”.  Según el Profesor Róger Matus Lazo, la voz “chivo” proviene del chibcha y es la cría macho de la cabra.  De esta forma guarda similitud con el vocablo “cabrón” que es el hombre que consiente el adulterio de su mujer; sin embargo, a pesar de que conceptualmente podría marcarse una estrecha relación entre ambos, chivo tiene una connotación de oficio, más que de situación incidental.

A pesar de que el chivo constituye un verdadero fenómeno sociológico que se manifestó en Nicaragua durante casi todo el siglo XX, muy poco se ha estudiado y no existen tratados que lo expliquen a fondo.

En primer lugar habría que admitir que existió una amplia gama en la tipología del chivo.  Estaba aquel que protegía a la sexoservidora de todos los peligros que rodeaban a esa azarosa profesión, recibiendo a cambio una compensación financiera.  También estaba el que fungía como intermediario, buscando clientes, fijando tarifas y prácticamente administrando el negocio de la sexoservidora a cambio de un porcentaje de la prestación del servicio.  Existía el explotador, que por medio del engaño y/o la violencia obligaba al ejercicio de la prostitución y se quedaba con el producto del ejercicio, asignando, si acaso, una mínima cantidad a la sexoservidora, rayando este tipo en lo que se conoce con el nombre de trata de blancas o trata de personas.  El oficio de chivo se daba básicamente en la prostitución callejera, pues cuando la actividad primaria ocurría en locales establecidos, ya fuera que se llamaran prostíbulos, burdeles, casas de citas, o cualquier otro eufemismo, las madames o regentes del negocio no eran muy afectas a permitir la figura del chivo con sus muchachas.

Había sin embargo, un tipo de chivo que se salía un tanto del esquema básico planteado anteriormente y era aquel que conquistaba a una prostituta para que se enamorara de él y gracias a ello, lograba que aquella lo mantuviera.  La esencia del chivo partía en ese caso de un perfil que atraía a esas mujeres y hacía que llegaran a entregarles su corazón.  Este perfil comprendía, de entrada, un buen físico y bastante bien cuidado que el chivo lograba mantener gracias a una férrea disciplina en sus rutinas de ejercicios, más que nada gimnásticos, sólo para definir los abdominales y los brazos, pues les interesaba mucho mantener una extrema flexibilidad.  El chivo también debía ser un as en la cama, para poder resaltar entre tantos hombres que conocía la muchacha.  De la misma forma, era obligado que el chivo fuera un buen pugilista.

Otro aspecto relevante en esta tipología era el “look” de chivo.  Podría decirse que en parte estaba inspirado en el “look” de los pachucos, aquellos jóvenes norteamericanos de origen mexicano de comienzos de siglo.  De esta forma, la parte principal de este “look” era la vestimenta, sumamente vistosa, compuesta básicamente por un pantalón blanco o negro según el resto de la indumentaria, mismo que debía ser hecho a la medida para que tallara como guante.  Generalmente el chivo le pedía al sastre que le hiciera un corte especial en el tiro del pantalón que resaltara la parte izquierda de la ingle, además de cargadores del cinturón que simulaban puntas de lanza.  La camisa debía ser ajustada y de colores llamativos, floreadas o de rayas gruesas, que contrastaran con el color del pantalón.  Usaban zapatos o botines preferiblemente blancos, los cuales de mantenían impecables con aplicaciones constantes de albayalde o Griffin All White, aunque también utilizaron mucho los zapatos tipo francés combinados de blanco y negro.  La faja o cinturón era generalmente blanca, pero también era muy usual la de cuero de conejo o lagarto.  Los calcetines bastante altos y blancos o de un color llamativo.  Los accesorios eran obligados, pues debían de llevar una cadena de oro con medalla que resaltaba en pecho dejado al descubierto, así como un anillo de rubí y una esclava que demostraba la bonanza financiera de la muchacha. En ciertos casos, un pañuelo amarrado al cuello completaba el atuendo.

De la misma forma, el chivo era extremadamente pulcro, se bañaba a diario y si era menester dos veces al día.  Se afeitaba todos los días y si usaba bigote lo mantenía cuidadosamente delineado, si era preciso de barbería.  Su corte de pelo era característico, conocido ampliamente como “la capona” que resaltaba las patillas más grandes que las tradicionales y  marcaba geométricamente la parte posterior del cabello.  El peinado levantaba, a punta de brillantina, un gracioso copete.  En términos generales, el chivo invertía tiempo y recursos en su cuidado personal, sin embargo, se cuidaba mucho de no cruzar la delgada línea después de la cual su virilidad podría ponerse en duda, al contrario de lo que hacen en la actualidad los metrosexuales, que a propósito invaden el otro carril.

Uno de los elementos indispensables en un chivo era indudablemente la habilidad para bailar.  Todos los chivos eran excelentes bailarines, tanto en el estilo “agarrado” (bolero, vals) como “suelto” (chachachá, mambo, cumbia, salsa).  En este último, su estilo, a pesar de ser extremadamente masculino, estaba lleno de figuras que marcaban el ritmo, logrando con extrema maestría resaltar la línea corporal, a la vez que mantenía una movilidad en el torso y un rápido movimiento de las piernas.  De vez en cuando realizaban pasos de fantasía con saltos que finalizaban en splits, medios splits, o hip rolls.  A finales de los sesenta llegaban frecuentemente algunos chivos con sus damiselas al bar Los Caracoles, en el Oriental y de vez en cuando brindaban un verdadero show bailando aquellas famosas cumbias Atlántico, El Paso de al Mona y La Cigüeña de Hugo Blanco.

En su trato el chivo era exageradamente cortés.  Trataba siempre de mostrar una desmedida caballerosidad.  Con su muchacha era sumamente romántico y de esta manera, su trato, en combinación con su look, hacía que ésta viviera enamorada de él. Nunca le pedía dinero de manera abierta, siempre recurría a indirectas para lograr que ella le diera lo necesario o le comprara lo que requería. No recurrían frecuentemente a la violencia, aunque su trato, en especial en presencia de sus amigotes, no dejaba de ser machista.  “Se me va para la casa y ahí me espera” era una orden de corte chivezco.

Muchos de los rasgos característicos en los chivos eran trasmitidos directamente en lo que constituía una especie de cofradía, celosamente guardada en secreto pues no había la menor evidencia de ella.  Incluso los ensayos de los bailes, se realizaban en la mayor intimidad.   Eran pocas las ocasiones en que se les miraba juntos a un grupo numeroso de chivos, no obstante había eventos en los que inexplicablemente se miraban pandillas de esta especie, como por ejemplo las fiestas de San Sebastián en Diriamba, quien parecía ser un patrón clandestino de esta cofradía.  De la misma forma, las fiestas que se organizaban en Monimbó parecía que tuvieran un imán que atraía a numerosos contingentes de chivos.

Cada rincón del país, recordará sin duda a un chivo local, por ejemplo fue muy famoso en el sector oriental de Managua Alfredo “Terraza” quien vestido con su típica indumentaria, asistía religiosamente a las misas de los niños, aquella que oficiaba el Padre Iriarte a las diez de la mañana en Santo Domingo y donde Alfredo seguía muy devoto el oficio y muy contrito comulgaba.  En el sector de El Triángulo fue muy famoso “Chocorrón”, quien en sus buenos tiempos también fue boxeador.  En el sector del cine Ruiz había un sujeto a quien le llamaban El Doctor Chivago, porque decían que además de chivo era vago.

En fin el “look” del chivo llegó a ser reconocido en todo el país, de tal forma que cuando alguien era afecto por arreglarse o utilizar parte de esa indumentaria era rápidamente calificado de chivo, chivazo o chivián.

Para los años setenta la figura del chivo todavía se mantenía vigente, sin embargo a partir de los años ochenta, empezó a convertirse en una especie en peligro de extinción.  Las causas de este fenómeno son oscuras y muchas de ellas están en el terreno de la especulación, sin embargo, una de ellas concuerda con la caída de la prostitución en manos de mafias organizadas que dieron al traste con la figura del chivo.

Por pura casualidad tuve la oportunidad de mirar a los últimos sobrevivientes de esta tribu.  Fue a mediados de los años noventa cuando me avisaron que un ex compañero de trabajo estaba muy enfermo, le habían diagnosticado cáncer y estaba muy deprimido.  Averigüé su dirección, era en San Judas, bastante al sur y un tanto complicado llegar pues en esa época todavía no estaba construida la pista suburbana.  Al salir del trabajo pasé por el supermercado, como pueblerino compré unas galletas y unos jugos y fui a verlo.  En su casa me pasaron al patio en donde en una mecedora tomaba el fresco de la noche.  Conversamos un rato pero se hacía difícil entenderse por el ruido que venía de un predio vecino.  Le pregunté qué sucedía y me dijo que era la fiesta de los chivos.   De vez en cuando, se reunían algunos chivos y con sus parejas armaban bailes, en donde recordaban sus viejos tiempos.  Me invitó a que nos asomáramos discretamente por una rendija de la barda y pude observar a unas doce o quince parejas que andaban por arriba de los sesenta años.  Vestían los varones con la clásica vestimenta de chivo y las mujeres ropa de fiesta.  En un rectángulo enladrillado se acomodaban para bailar al compás de una música que salía de una disco móvil.  De repente los parlantes empezaron a vibrar al son de Jugo de Piña de El Super Show de los Hermanos Váskez y todas las parejas se lanzaron al ruedo, en una especie de competencia.  A pesar de su edad, todavía guardaban una gran habilidad para el baile y con una impresionante maestría seguían el ritmo de esa pegajosa canción.  Cada quien ejecutaba sus mejores pasos que dejarían regados a los participantes de esos concursos de baile de la televisión.  De repente vino el solo de sax tenor de Rafael “El Chiquis” Vázquez”, el hombre de los catorce pulmones, en donde el instrumento parece perderse en el espacio sideral, y cada quien se empeñó en sacar sus mejores pasos, uno de ellos, con la agilidad de un gato se lanzó en un salto y cayó en split, agarrándose luego él mismo del cuello de la camisa y solo con la presión de las piernas se levantó y continuó su danza.  En fin un espectáculo digno de filmarse, lástima que en ese entonces los celulares no tenían cámaras de video.  Al año siguiente falleció el amigo de San Judas y fui a su vela, situándome a propósito en las sillas ubicadas cerca del muro trasero.  En algún momento me llegué a asomar al predio vecino, pero estaba completamente desierto.

Hoy en día, es muy raro encontrar un chivo.  Debe de haber uno que otro espécimen, sin embargo, el espíritu de chivo continúa vivo en el corazón de muchos nicaragüenses, no importa que sean vendedores, locutores, ingenieros,visitadores médicos, diputados, economistas o abogados y se manifiesta de alguna forma en algún rasgo de su personalidad.  En algunas ocasiones a través de la predilección por los zapatos blancos, o bien por los pantalones del mismo color y con un corte chivezco.  Otros tal vez con cabello arreglado al estilo de la “capona” y otros con una esclava de oro de 14 kilates que agitan incesantemente para sopesar su calidad.  Puede ser que en alguna fiesta, entusiasmado por el ritmo de alguna pieza, un ciudadano se salga del closet y proclame a los cuatro vientos su vocación de chivo a través de su estilo de bailar, típico de la cofradía. Tampoco falta aquel que le estire la mano a su pareja para que le dé para la gasolina o para una media o bien le dé órdenes en público con el estilito del chivo.  Lo más curioso es que abundan las mujeres que admiran estas cualidades.

Agradezco sobremanera el apoyo de algunos colaboradores en la elaboración del presente post, quienes no obstante me solicitaron que los mantuviera en el anonimato por razones obvias.

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, lenguaje, Nicaragüense

4 Respuestas a “La fiesta de los chivos

  1. ¡MUY INTERESANTE! Desconocía todo éso.

    Gracias por ilustrarme.

    Salud♥s

    .

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  2. Oswaldo Ortega

    Una vez preguntaba por un viejo amigo que era aficionado a la bebida y la referencia fue la siguiente: “Dicen que frecuenta unos lupanares tan palmados que hasta los chivos van descalzos”. La hipérbole si bien es cierto de sobra ocurrente mitificaba un estilo de vida muy particular donde las privaciones y penurias son impensables. Muchos dicen tener título de chivo “honoris causa” y aunque nunca estuvieron en una cantina hay que verlos bailar “El Manicero” para saber que existió una sólida vocación que los prejuicios sociales malograron. Un escrito ilustrativo y muy ameno. Felicidades!

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  3. Jaime

    Lo felicito por tan completo reportaje pues no hay muchas referencias escritas sobre este interesante fenómeno. Tal vez me atrevería a agregar que le faltó aclarar que había chivos cuya mujer no era necesariamente de la vida alegre como dicen, pero que mantenían a un guapo, pues de la misma forma en que existen chivos de corazón, existen prostitutas de espíritu.

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  4. Benito Cardoza

    Muy bonito artículo y bien redactado. Sería necesario aclarar a donde está la frontera entre aquellos que tienen un alma de chivo y los que se atienen a que la mujer trabaja para dedicarse a resaltar el culto a su persona. Creo que los segundos son más vivianes que otra cosa.

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