(3) ¿Y qué motivo tuvo?

orlando-ortega

Estaba practicando una mañana en el Estadio Nacional cuando necesitaba llamar a un atleta que se encontraba en el otro extremo del campo y con el estilo de un habitante de las islas Gomeras, le lancé un fuerte silbido que se escuchó en todo el estadio. Observé que el Teacher se dejó venir hasta donde yo estaba y me imaginé que no le gustaba que sus atletas silbaran.  -¿Fuiste tú el que silbó?- me pregunto- Sí, Teacher, yo fui-le dije.  Le iba a decir que no lo volvería a hacer cuando me sorprendió diciendo -Vuelve a silbar.  Volví a silbar y el Teacher parecía complacido. -Oye- me dijo- necesito que me ayudes con algo, hoy a las seis de la tarde paso por ti-agregó-. Me quedé intrigado, pero con el ritmo del entrenamiento y las gestiones que realizaba para mi padre por la mañana se me olvidó.  A las seis de la tarde pasó el Teacher por mí y me llevó al ensayo de una obra de teatro.

En realidad no conocía esa faceta del Teacher.  Luego me di cuenta que había estudiado Arte Dramático en la Facultad de Artes de la Universidad de Szeged, ubicada en la ciudad del mismo nombre en el sur de Hungría y mientras estudiaba practicaba atletismo, natación y esgrima.  Así que su carrera principal era de dramaturgo, pero fue su afición por el deporte lo que le dio los elementos para sobrevivir en estas tierras.  De hecho, cuando decidió trasladarse de Colombia a Nicaragua lo hizo porque alguien le comentó que en Managua había cerca de siete teatros.  Lo que no le explicó esa persona es que en aquel tiempo todos los cines de Managua eran bautizados como teatros.

En aquella ocasión el Teacher estaba dirigiendo la obra “Cuento para la hora de acostarse” de Sean O´Casey y actuaban en la misma, entre otros doña Pina del Carmen, Armando Urbina y Edwin Zablah.  En una escena, el personaje de doña Pina salía de una cabaña y lanzaba un poderoso silbido.  Desde luego que doña Pina no podía silbar ni tampoco nadie en el elenco.  Así que mi intervención en esa obra se limitó a silbar tras bastidores mientras doña Pina hacía el playback.  Nos logramos acoplar tan bien que parecía que realmente ella estaba silbando, de tal suerte que en la premier, doña Pina después de silbar se llevó una cerrada ovación.

De esta manera, mi incursión en el teatro inició con una intervención en efectos especiales.  Al asistir a casi todos los ensayos y a las presentaciones de la obra, le fui tomando afecto a la “maroma” como decía Armando Urbina.

Pasó el tiempo y me había olvidado del teatro cuando una mañana el Teacher llegó sumamente contrariado al entrenamiento.  Me confió que con una obra casi por poner en escena, Edwin Zablah le había informado que tenía que irse a los Estados Unidos. Tenía un papel secundario pero el personaje era una persona alta y voluminosa, que difícilmente conseguiría en corto tiempo.  De repente me volvió a ver y me dijo: -Oye, tú puedes hacer el papel.  Olvídese-le dije- puedo chiflar lo que usted quiera, pero de actuar nada. -Fuera de broma-agregó- tú puedes hacer el papel.  Yo no puedo hablar en público-le dije- me da canillera.  -Pues ahí tienes tu oportunidad para superarlo-me respondió.  Así que después de mucha insistencia de su parte, acepté.

La obra era El Apolo de Bellac, de Jean Giraudoux, y actuaban en ella Silvia Garza, Tito Zapata, Armando Urbina, Pina del Carmen, Armando Delagneau y el que escribe.  Era una comedia muy bonita y mi papel de portero a pesar de ser modesto tenía sus bemoles que lo hacían interesante.  Por varios meses ensayamos y el Teacher siempre me estaba dando consejos para vencer el pánico escénico y adueñarme de la concurrencia.  Aún con todo, siempre mantenía el temor que a la hora del estreno podría llenarla de ayote.  A cada rato se me venía a la mente el cuentecito de aquel fulano que logró un pequeño papel en una obra y además de los ensayos, practicaba incesantemente frente al espejo la única línea que le correspondía: -¿Y qué motivo tuvo? pero a la hora del estreno cuando salió a escena y se miró frente a todo el público sólo alcanzó a decir -¿Y qué tubo tengo metido?

Llegó la hora del estreno y el mismo se preparó comme il faut.  El grupo de teatro tenía buenos patrocinadores, entre ellos doña Adela Pellas, de tal forma que las presentaciones se realizaron en el Hotel Intercontinental, que en aquel tiempo era lo máximo en elegancia y más aún, en el salón La Vista que quedaba en los pisos superiores del hotel.  Era tanto el derroche de elegancia que quien nos maquilló en esa ocasión fue el célebre pintor Omar de León y la escenografía estuvo a cargo de Alberto Icaza.

La presentación se llevó a efecto sin contratiempos.  El salón estaba al reventar y asistió el who is who de Managua.  Yo entraba al inicio de la obra y como por arte de magia me invadió la sensación de ser el dueño de ese auditorio.  Mis diálogos salían con una fluidez tremenda y al final el grupo obtuvo una cerrada ovación.  Luego la compañía teatral ofreció un cocktail en donde las felicitaciones de los asistentes no se hicieron esperar.  Sin embargo, mi mayor satisfacción fue al día siguiente cuando La Prensa presentó una crítica de Don Pablo Antonio Cuadra, elogiando la puesta en escena y la actuación de los protagonistas, agregando al final, “Orlando Ortega estuvo bien”.  Eso fue suficiente para sentirme un Laurence Olivier. Ya no pensaba en ¿Y qué motivo tuvo? sino en To be or not to be.

Luego alguien consiguió que la obra fuera grabada para la televisión, así que fuimos al Canal 6, cerca del Banco Central en donde se grabó la obra completa y luego se presentó en algún momento en dicho canal.

Regresé a mis entrenamientos y pasó un buen rato sin saber nada del teatro y fue casi un año después cuando el Teacher llegó entusiasmado y me dijo: -Te tengo un papel extraordinario, te espero esta tarde a las siete en el Club Mangua.

El Club Managua era lo más popof de la vieja Managua, alguien había conseguido que tuviéramos acceso al mismo para todos los ensayos de de la obra.  Cuando me presenté al Club, estaba el Teacher, que en ese ambiente era conocido como Don Esteban, pues ese grupo del teatro decidió españolizar su nombre.  Estaba también Armando Urbina a quien ya había conocido antes y me presentó a Miriam Hebé González, a quien yo conocía sólo por la televisión pues en esa época tenía un programa de locura azul y a Patricia Altamirano, una joven que acababa de regresar de Francia y que era la elegancia personificada, alta, esbelta y con el porte de una modelo.  Sólo seríamos cuatro actores y la obra era nada más y nada menos que A puerta cerrada de Jean Paul Sartre.

Mi papel sería el del camarero de un piso de un “hotel” que supuestamente es el infierno.  Era un papel mucho mejor que el del portero del Apolo pues tenía una carga dramática mayor.  Armando Urbina era Garcín, Estelle era Miram Hebé González y Patricia Altamirano era Inés.  Los ensayos fueron toda una experiencia, cuatro actores y un director interactuando por varios meses, además del ensayo discutiendo sobre variados temas y a veces disfrutando del Club con elegantes meseros que nos llevaban refrescos en bandejas de plata sostenidas en sus manos enguantadas.

Mi intervención era corta y se concentraba en la primera parte.  No tuve problema con la interpretación salvo la parte en que Garcín nota que el camarero no parpadeaba, lo cual provocaba, según él, una indiscreción grosera e insoportable en su mirada, haciendo luego toda una interpretación del significado de parpadear que se extendía por algunos minutos.  Indudablemente durante todo ese tiempo todo el auditorio estaría fijándose en el camarero para ver si en realidad no parpadeaba.  Así que me tocó practicar por un buen rato el contener esas evasiones, el pequeño relámpago negro, como decía Garcín. El que parpadea pierde, me decía a mí mismo y al final de los ensayos llegué a dominar esos actos reflejos.

Está por demás decir que la presentación de la obra estremeció al público capitalino, las críticas, incluyendo la de de don Pablo Antonio, se deshicieron en elogios para la puesta en escena, una fenomenal dirección, una actuación insuperable, en fin, fue algo que en la historia del teatro en Nicaragua no se había visto. La frase “el infierno son los otros” quedó flotando por un buen tiempo en la mente de muchos.

Con esa obra cerré un capítulo inolvidable de mi vida. Era el año 1972 y en algunos meses la vida de todos los Managua daría un dramático vuelco. Dicen que la vida es como el teatro y a partir de 1973 empecé la difícil tarea de presentarme a la vida como si fuera un estreno constante, en donde no se admiten errores.

Debo de reconocer que el tiempo que pasé junto a Istvan Hidvegi fue un aprendizaje, me atrevería a decir, más relevante que el de la universidad.  Con el atletismo llegué a fortalecer mi carácter y con el teatro a enfrentarme al mundo, sin embargo, lo más importante fue que a su lado aprendí a desarrollar la entereza para aceptar retos.  Frecuentemente me acuerdo de A puerta cerrada, que me ha ayudado siempre a no depender del juicio de los demás y a administrar correctamente la relación con ellos.

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2 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

2 Respuestas a “(3) ¿Y qué motivo tuvo?

  1. Me he reído a más no poder con una parte de esta entrada.

    Qué boitos recuerdos tenés.

    Salud♥s

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  2. Jaime

    Me parece que la prensa nicaragüense ha sido ingrata con la memoria de Hidvegi. El hecho de que fomentara dos deportes, el atletismo y la natación, que no generan dinero a manos llenas, como lo hace el beisbol, le valió que siempre lo marginaran en los espacios que manejan los medios de comunicación. El colmo es que el Salón de la Fama nombró Dirigente del Siglo a Carlos García, cuando en realidad debería ser el empresario del siglo. La promoción del deporte amateur se logró gracias a una cantidad de dirigentes que se movían en la parte oscura para la prensa. En el teatro también sucedió lo mismo, ahora lo poco que se escribe del teatro favorece a una pequeña “argolla”.

    Felicidades por resaltar, de una forma tan amena, la memoria de Hidvegi.

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