El fatídico cordonazo

Los desastres naturales, no importa cuando ocurran, marcan la conciencia colectiva de los pueblos. Es la fecha y todavía sigue vigente el impacto que tuvo sobre los habitantes de Managua y de alguna forma a los de toda Nicaragua, el terremoto del 23 de diciembre de 1972. A pesar de que una gran parte de la población actual no había nacido en ese entonces, siempre pende sobre toda la población el fantasma del tremendo sismo que cambió la configuración de la ciudad capital y la vida de muchos nicaragüenses. Lo único que puede borrar la sombra de este desastre en la mente de la gente, es otro desastre.

Antes de 1972, mucha gente mantenía vigente los horrores del terremoto que desoló la ciudad capital el 31 de marzo de 1931 y por mucho tiempo, en las noches de insomnio, el recuerdo de los horrores que se vivieron en ese entonces rondaba la existencia de quienes fueron testigos del sismo y era motivo de anécdotas, cuentos y leyendas. Este desastre por su parte, vino a mitigar el recuerdo amargo del famoso aluvión de finales del siglo XIX.

Era el año de 1876, Managua tenía 19 años de ser la capital de la República y de acuerdo a las crónicas de los historiadores de la época, no era más que una gran aldea de una media legua cuadrada de superficie y según algunos cálculos tendría a lo sumo unos diez mil habitantes. A pesar de ser la capital de Nicaragua, no fue sino el año anterior, 1875, cuando Managua pasó a ser departamento, pues antes de esa fecha pertenecía al departamento de Granada.

El miércoles 4 de octubre de ese año, iba a celebrarse la fiesta de San Francisco de Asís y como todos los años, los recién estrenados capitalinos asistirían devotamente a misa, que se oficiaría en los cuatro únicos templos que tenía Managua: Candelaria, San Sebastián, San Miguel y San Antonio. Sin embargo, se anticipó el famoso Cordonazo, creencia según la cual, en el día de su festividad, San Francisco de Asís, para alejar al demonio, sacude el cordón que sobre su hábito lleva atado a su cintura, provocando rayos, truenos y fuertes lluvias. Desde la noche anterior una pertinaz lluvia comenzó a caer sobre la ciudad capital. El aguacero no fue tan fuerte en el casco de la ciudad, sin embargo, ya de madrugada, en la región sur, en el trecho comprendido entre Ticomo y Tacaniste, la intensidad de la lluvia fue mayúscula, provocando una fuerte corriente que siguió su curso natural hacia el lago Xolotlán.

No había terminado de amanecer cuando al llegar a los confines de la ciudad capital, la corriente llevaba ya un considerable caudal, entrando por la zona en donde ahora es el Price Smart, atravesando la actual Bolonia y siguiendo su curso hacia donde se ubican las oficinas del Instituto Nicaragüense del Seguro Social, bajando luego hacia la Calle Honda, llamada así por constituir un cauce natural que bajaba considerablemente su nivel respecto al resto de la ciudad. La corriente, que había tomado una enorme fuerza en su curso hacia abajo, comenzó a destrozar todo lo que encontró a su paso. La gente que escuchaba la plácida lluvia caer sobre los tejados de sus casas, no se imaginó que el rumor que se escuchaba a lo lejos, de pronto se convertiría en un estruendo ensordecedor, al chocar la corriente con las débiles construcciones de taquezal.

El torrente de agua siguió su curso, atravesando un costado del barrio San Antonio, hasta encontrar las aguas del lago Xolotlán en donde llegó a depositar todo lo que había arrastrado a su paso, en la zona en donde hoy se ubica la Plaza de la Fe.

Las casas que estaban en el curso de la corriente fueron destruidas en segundos por la descomunal fuerza y las personas que se encontraban en su interior, perecieron instantáneamente, algunos de ellos nunca fueron encontrados. A medida que la corriente seguía bajando, el caudal se hacía más ancho, derribando y arrastrando más viviendas y sus ocupantes, sin embargo, algunos de ellos tuvieron la suerte de escapar y otros fueron rescatados por vecinos que acudieron en auxilio de los azorados habitantes. Algunos de los sobrevivientes se aferraron a troncos de árboles y resistieron hasta que fueron rescatados.

Según algunos cronistas, entre los vecinos que acudieron a rescatar a los afectados, estaban los jóvenes hermanos Francisco y José Santos Zelaya, que acababan de regresar de Europa, así como los hermanos Arróliga.

A medio día, el sol todavía no se atrevía a salir, la lluvia amainó, sin embargo, el cielo continuaba de un gris oscuro y amenazante. Las máximas autoridades del Gobierno se hicieron presentes al lugar de la tragedia a través de los Ministros don Emilio Benard y don Anselmo Rivas, en representación del Presidente de la República don Pedro Joaquín Chamorro, quien se encontraba en León, supervisando el combate de una plaga de chapulines que se desató en la zona occidental del país. Los funcionarios realizaron una evaluación de los daños e inmediatamente ordenaron la ayuda a los damnificados, así como organizaron las labores de atención a los heridos, así como de búsqueda y rescate de los cadáveres de quienes perecieron en el incidente. Al llegar la noche, la población agotada se retiró a descansar.

La mañana del 5 de octubre trajo de nuevo al sol y con la enorme claridad que cayó sobre la ciudad capital, la población observó un cuadro dantesco en la playa del lago, en donde quedó depositada una enorme cantidad de desechos, tanto de viviendas, como de árboles, así como uno que otro cadáver que no había podido ser rescatado. En el propio lago, flotaba una cantidad de madera astillada, así como fragmentos de muebles de las casas que habían sido arrasadas.

Este horrendo cuadro quedó impregnado en la memoria de muchos Managuas, que por mucho tiempo no hablaron de otra cosa que del fatídico Cordonazo de San Francisco de 1876. A partir de esa fecha, la Calle Honda se le conoció como la Calle del Aluvión y sus habitantes, con la firme creencia de que no ocurriría otro fenómeno igual, volvieron a construir sobre la misma. Cuando a inicios del siglo XX, se formalizó la nomenclatura de las calles de Managua, la Calle del Aluvión se transformó en la 3ª. Avenida Oeste, precisamente dos cuadras abajo de la Avenida Bolívar.

No fue sino hasta la mañana del 31 de marzo de 1931, martes santo, que un terremoto sacudió la ciudad capital, causando muerte, destrucción y desolando a la novia del Xolotlán. Sólo así pudo apartarse de la mente de los capitalinos los horrores del Aluvión del 4 de octubre de 1876.

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1 comentario

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

Una respuesta a “El fatídico cordonazo

  1. Hola, no conocía mayor cosa sobre el aluvión. Oía hablar del cordonazo de San Francisco porque se dice que cada 4 de octubre llueve religiosamente.

    Gracias por ilustrarnos. Salud♥s.

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