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Hoy en día, es muy difícil que un medicamento ofrezca un alivio eficaz para cualquier dolencia. Encontrará usted coadyuvantes en el tratamiento de la hipertensión o de la diabetes que sin ningún compromiso ayudan a los pacientes que padecen estas enfermedades y que bajo una gran cantidad de efectos secundarios y contraindicaciones, pueden reducir las molestias que los aquejan, sin llegar nunca a producir un alivio definitivo. De la misma forma, existen fórmulas que aparentemente le hacen bajar de peso, siempre y cuando realice un programa sistemático de ejercicios y mantenga una dieta adecuada. El tratamiento para el dolor de cabeza tiene el riesgo de provocarle irritación estomacal y otros medicamentos analgésicos o desinflamatorios tienen que ser administrados en forma conjunta con ranitidina para evitar una úlcera. Muchos antibióticos actúan eficazmente contra las bacterias más resistentes, pero pueden producir fuertes daños sobre el hígado o los riñones e incluso producir sordera.

 

Sin embargo, a comienzos del siglo XX, salió al mercado una medicina que prometía curar la mayoría de las dolencias que aquejaban en aquel entonces a la humanidad y de manera tal vez pretensiosa, fue bautizada como Píldoras de Vida. Eran las famosas píldoras del Doctor Ross que también se conocían como píldoras rosadas, por el coincidente parecido de su color con el apellido del supuesto galeno que las había desarrollado.

 

Nunca nadie supo la fórmula de las famosas píldoras, pues en ese entonces la Food and Drug Administration ( FDA) no tenía el control que mantiene ahora sobre cualquier medicamento que sale al mercado, sujeto a miles de controles y pruebas en animales y humanos. Así que en el envase de las benditas píldoras, a duras penas se leía el nombre, el laboratorio que las producía, en un inicio la Sydney Ross Company, así como el lugar de los EE UU en donde eran fabricadas.

 

Todavía en los años cincuenta estas píldoras tenían una amplia demanda. En la farmacia de mi abuelo, en el mostrador principal, en la gaveta superior derecha, viendo hacia la calle, junto a varias otras píldoras y pastillas de la época como las Helmitol, Vigorón, De Witt, De Reuters, Ganol, Matadolor, Anacin, Cafeaspirina, Saridon, Mejoral, Veganine, Tiro Seguro, Higado Sanil, Entero Vioformo y varias más, estaba un recipiente de vidrio, minúsculo, con un tapón de corcho también diminuto con las célebres píldoras de vida del Dr. Ross. Para despacharlas había que hacer circo, maroma y teatro, pues con mucho cuidado había que abrir el recipiente retirando el pequeño corcho y sacando la cantidad de píldoras a vender, que en forma esférica tendrían unos 5.43 milímetros de diámetro como precisaría El Firuliche, luego había que depositarlas en un rectángulo de papel de envolver debidamente sellado con el nombre de la botica y el logotipo de la Emulsión de Scott, volviendo a tapar cuidadosamente el envase sin ejercer mucha presión para evitar que se rompiera. Estas píldoras que se vendían al menudeo costaban 15 centavos de córdoba de aquella época, equivalentes a 3 centavos dólar. Según mi abuelo, las píldoras de vida no eran otra cosa más que ruibarbo.

 

A pesar de que las Píldoras de Vida del Dr. Ross, como rezaba el frasco que las contenía, era de manera genérica un laxante, los beneficios que se le atribuían abarcaban la mejoría en el funcionamiento del sistema digestivo, del hígado, los riñones y por lo tanto prevenía el envejecimiento. Al creerse que una buena digestión tenía efectos sobre una piel sana, muchos tenían una enorme fe en que ponía la piel color de rosa y de una lozanía inigualable. Cuando la mercadotecnia comenzó a desarrollarse, a un ilustre gerente de marca se le ocurrió que las píldoras de vida deberían tener un slogan aplastante y se institucionalizó el famoso: “Píldoras de vida del Dr. Ross, chiquititas pero cumplidoras”, slogan que vino a fortalecer el famoso adagio de: “El tamaño no importa”, mismo que perdió toda validez cuando apareció Godzilla.

 

Generalmente nadie tomaba las píldoras rosadas como un laxante. Era muy generalizada la costumbre de la gente del pueblo de purgarse dos veces al año, a la entrada y salida del verano, quien sabe si para buscar una rima, para contrarrestar alguna descompensación zodiacal o como simple referencia para evitar el olvido, la cosa es que para ese efecto se recurría invariablemente al Laxol, que no era otra cosa que aceite de ricino o castor como también se le conocía. Sabía a rayos por lo que debía ingerirse acompañado de una naranja concheña. El purgado debía tener mucho cuidado en tener el campo despejado hacia el excusado y en algunos casos un bloque de salida como el que usa Usain Bolt en la salida de los cien metros planos. Si por casualidad el sujeto tenía una tos rebelde, el Laxol actuaba como un efectivo inhibidor.

 

En el caso de las píldoras del Dr. Ross, el efecto laxante no era tan dramático, pues con la ingesta de una píldora se observaba un ligero movimiento intestinal que mejoraba sutilmente el funcionamiento del sistema, dando una sensación de que actuaba sobre el estómago, intestinos, hígado y riñones.

 

Una gran cantidad de habitantes de San Marcos y La Concha eran fieles creyentes de las bondades de las píldoras rosadas, sin embargo existen algunos casos que son dignos de mencionarse. Había en el pueblo una joven llamada Mireyita que pertenecía a la congregación de las Hijas de María, llamada así porque le dedicaban su doncellez a la Virgen María, hasta el momento cuando el tren empezaba a pitar o las hormonas les jugaban una mala pasada. Esta jovencita religiosamente seguía la devoción de los primeros viernes, con la firme creencia que a través de la comunión en esas fechas, el Corazón de Jesús no la dejaría abandonar este mundo sin el auxilio de los últimos sacramentos; sin embargo reforzaba su devoción con la ingesta de una píldora rosada mientras guardaba el ayuno previo a la comunión, con la fe de que las píldoras de la vida mantendrían su cutis rosado y lozano, hasta que San Antonio decidiera que conociera al que sería su marido. Por un buen rato siguió con su costumbre y al final logró aferrarse al último vagón del tren, cuando apareció en el pueblo un barbaján que le ofreció matrimonio y no precisamente por su cutis. A partir de entonces, dejó a un lado su devoción de los primeros viernes y cambió las píldoras rosadas por las Hígado Sanil.

 

Allá por el año 1968, un volcán en Costa Rica amenazaba con hacer erupción, noticia que se difundió en todo el territorio nacional, con todas las especulaciones que un fenómeno de esta naturaleza puede despertar. En el pueblo, un joven llamado Viviano, quien aparentemente había conocido la historia de los últimos días de Pompeya a través de un paquín, se aterrorizó tanto al pensar que podía quedar devorado por la lava o por los gases tóxicos del volcán, de tal suerte que entró en pánico y decidió poner fin a sus días. Su primer intento fue morir ahorcado y se amarró un mecate al cuello, colgándose de una solera de la casa de su madre, sin embargo, su considerable peso provocó que dicha solera se rompiera y se viniera al suelo junto con la humanidad de Viviano. Sin embargo, su terquedad era única y su segundo intento fue mediante envenenamiento. Juntó todas las medicinas que tenía su madre en un rudimentario botiquín y lo único que encontró fue una docena de píldoras rosadas, cuatro desenfriolitos, tres Matadolor Cherrosi y dos Serafón. Con ese material preparó un cocktail que apuró con una Ensa Roja y se echó a morir. Pasó el tiempo y desde luego que Viviano no mostró signo alguno de intoxicación y lo único que logró fue un feroz ataque de flatulencias que por poco termina con todo indicio de vida en su manzana. Al final, la erupción de El Arenal no pasó a mayores consecuencias y Viviano se resignó a continuar su azarosa vida.

 

Posteriormente se originó una serie de fusiones entre las compañías farmacéuticas que llevaron a la Sydney Ross Co. a asociarse con la Sterling Winthrop y posteriormente conformaron la Glaxo Smith Kline. Ya en los finales del siglo XX una píldora de vida no tenía cabida en el mundo moderno y las píldoras del Dr. Ross desaparecieron del mapa. Sin embargo, algunos laboratorios observando la constante demanda de las famosas píldoras, empezaron a producirlas y comercializarlas bajo el nombre genérico de píldoras rosadas y a la fecha todavía pueden encontrarse, ahora en modernos frascos de plástico.

 

Una verdad irrefutable es que la gente igual se sigue muriendo, un poco más temprano o un poco más tarde, el final siempre es el mismo. También es cierto que tratar de mantenernos sanos nos cuesta un ojo de la cara, pues por ejemplo sólo un tratamiento para la hipertensión cuesta cerca de 52 dólares al mes y lo malo es que no llegamos a alcanzar aquella confianza y fe ciega de que unas sencillas y diminutas píldoras podían asegurar la vida de manera tan eficaz, por tan sólo 3 centavos de dólar.

 

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