Padrino de funeral

Una de las cosas más sagradas en esta vida es la última voluntad de un ser humano. A excepción de aquellos a quienes la muerte sigilosamente los sorprende o aquellos que tienen el absurdo sueño de ser eternos, la mayoría de las personas que llegan a su plenitud, tienen por lo menos un esbozo de lo que les gustaría que ocurriera después de su partida de este mundo o por lo menos de lo que no les gustaría que sucediera.

El problema serio es que a la hora de una fatalidad, la familia, el círculo más íntimo del difunto, entra irremediablemente en un estado de shock, que no le permite discernir adecuadamente, mucho menos asegurarse que la voluntad del finado sea respetada. Claro que siempre sobra un acomedido, un pariente, un compadre, un amigo, un vecino, que aprovecha la ocasión y se “adueña” del funeral y hace y deshace de acuerdo a su propio criterio, sin importarle los deseos del difunto y organiza las honras fúnebres a su gusto y antojo, haciendo al final todo lo que el pobre finado aborrecía.

Tal vez la persona que pasó a mejor vida soñó en algún momento con ser enterrada con el vestido de su preferencia; aquel traje Emanuel Ungaro que tan bien le tallaba, en un ataúd de caoba con ligeros toques tallados en los extremos y un laqueado en un tono pálido. Se ilusionaba en recibir flores a montones, que inundaran con su aroma el recinto donde fuera velado, de preferencia alguna casa funeraria con amplio estacionamiento y en donde, para no empañar la ocasión, se sirviera tan sólo café y galletas. Tal vez pensaba en un servicio religioso en su iglesia parroquial, en donde el oficiante muy cercano al difunto, implorara, con la gravedad del caso, resignación para la familia doliente, mientras un órgano clásico con sus arpegios disimulara el constante, pero discreto, llanto de la concurrencia. Luego, que al momento de su inhumación, un amigo con dotes de orador, lanzara un panegírico, que sin exagerar la nota, hiciera que la concurrencia valorara su paso por el mundo y tuviera la plena conciencia que su partida representaría, en cierto modo, una pérdida para esa comunidad, y posteriormente un tenor local, acompañado por un buen guitarrista, Araica tal vez, cantara Las Golondrinas, mientras sus restos mortales bajaran a su última morada. Luego una sola misa a los nueve días y a otra cosa mariposa.

Sin embargo, el oficioso “dueño” del funeral, decide que es injusto que los gusanos se coman un buen traje, que algún conocido, incluyéndose él mismo, aceptaría gustoso en herencia y que algún ripio con un buen frente y una corbata negra de paca, podrían servir para la ocasión. Piensa también que no vale la pena en gastar en un ataúd de lujo, pues uno de talalate, de esos que desprecia el INSS, puede desempeñar si se maniobra con cuidado. Tampoco resulta acorde con la crisis actual el contratar un velatorio, si la casa del finado es enorme, con un frente amplio y un patio grande y es posible que no llueva la noche de la vela.

Dado su carácter sibarita, el acomedido piensa que no puede escatimarse en la atención a los asistentes y pide a los hijos del difunto, una generosa partida para comprar whisky, ron, viandas y demás exquisiteces para la ocasión.

Se emociona a tal punto que manda a publicar una esquela en el periódico en donde después de anunciar el lamentable deceso, la familia solicita encarecidamente que no envíen flores y que el importe sea enviado a una ONG de oscuro proceder.

Arregla también con un cura amigo de él, una misa de cuerpo presente en una parroquia al otro lado de la ciudad, en donde desde la entrada del féretro al templo, se inicia una charanga al compás de un conjuntillo de cuarta categoría que se arranca con una mezcla de tecno cumbia testimonial y de pronto la ocasión se convierte en una fiesta en donde hay que regocijarse por la feliz partida del difunto, pues en el cielo hay otra fiesta más grande y total que un poco más y todos se ponen a bailar en el oficio. La salida del difunto de la iglesia se hace al mejor estilo de Nueva Orleáns.

Luego en el cementerio se inicia un desfile de oradores que pareciera que nunca conocieron al difunto y posteriormente el ataúd desciende a la madre tierra al compás de un salmo a capella en la voz de una desafinada aspirante a soprano. Al final, la familia ya no sabe si llorar por su muerto o por la leve sospecha de que su funeral resultó ser todo lo que él detestaba y regresa medio atolondrada a su casa, mientras el feliz y acomedido organizador desfila con el pecho henchido de emoción por sus insuperables arreglos. A unos pasos, seis pies bajo tierra como decía la serie, el difunto todavía se retuerce como ostra ante el limón y aún más, cuando se programan nueve misas al hilo, con su respectivo rosario, en la parroquia del otro extremo de la ciudad.

Es aquí en donde se necesita urgentemente la figura del “padrino de funeral”, que es una persona de la mayor confianza del candidato a pasar al más allá, que mediante un voto solemne adquiere un compromiso serio, incluso más serio que cuando se lleva a un niño a la pila bautismal y que al momento de desaparecer el “ahijado”, este “padrino” defiende, si es preciso con su vida, la voluntad del finado respecto a sus funerales.

El “ahijado” debe de asegurar que su familia, obedezca fielmente las instrucciones que en su nombre dará “el padrino” llegado el aciago momento; siendo incluso prudente que el testamento esté ligado al sometimiento de los posibles herederos a lo que disponga “el padrino” en lo concerniente a las honras fúnebres.

El padrino por lo tanto deberá ser, además de la extrema confianza y afecto del ahijado, una persona de carácter fuerte, capaz de poner en su lugar a cualquiera, no importa quien, que se atreva a contravenir los deseos del finado. Debe ser una persona proba e intachable, de tal suerte que no se aprovechará de su encargo, además de que en caso necesario deberá asumir de su peculio cualquier gasto adicional en que se incurra y que la familia no esté dispuesta a asumir. Así mismo, no deberá dejarse llevar por sus emociones y toda su energía deberá estar encaminada al cumplimiento al pie de la letra de los deseos del difunto.

De esta forma, el finado tendrá una expresión plácida en su ataúd de caoba finamente tallado, de pálido tono y dará la impresión de que tiene un sueño gratificante al lucir su traje Ungaro a la medida y su corbata de seda en perfecta armonía, incluso con el alud de flores que se recibieron. Hasta parecerá que sonríe cuando “el padrino” en su delicada función, obliga, mediante una “llave”, a quedarse sentado a un improvisado orador y casi se le sentirá suspirar cuando un maestro del Conservatorio, acompañado de Araica, interprete Las Golondrinas, arrancándole las lágrimas a la concurrencia.

Así, al momento de caer la última palada de tierra sobre el fino ataúd, “el padrino” podrá susurrarle muy cerca: “Misión cumplida, ahijado”.

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

3 Respuestas a “Padrino de funeral

  1. Cuando yo muera, me gustaría que mis cenizas fuesen enterradas al pie de un rosal o fuesen arrojadas al volcán Masaya. Ojalá logre contar con un padrino. Salud♥s

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  2. Oswaldo Ortega

    Siendo de todos conocida tu rectitud y buen juicio, me gustaría que aceptaras ser mi padrino de funeral, sin más ceremonias que las especificadas en el poema del Padre Pallais ( Azaharias no el otro) Aún cuando la mortaja no es de momento una de mis prioridades, la preocupación es válida y tener rayado el cuadro es lo más prudente.

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  3. Hola Orlando, interesan tu articulo vengo de leerlo. Imaginate tanta cosa. un padrino ni se me paso por la mente; pero bueno cada cual su voluntad. es un momento incomodo y doloroso sobretodo para los hijos, pienso que lo mejor es que simplifiquen las cosas y acomoden sus sentimientos al rito que mejor les convenga en ese momento de su vida, y a continuar se ha dicho. Saludos fraternos.

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